Mamá murió el día que yo nací, o quizás el día después. No lo sé, era muy pequeña como para recordarlo, pero papá se aseguró de recordármelo cada que podía.
La familia Engel se levantó como una casa de segunda luego de que mi abuelo construyera toda una importante red de transporte marítimo dirigida por él mismo. La compañía se heredaba al hijo mayor, siempre dirigida por hombres. De seguro eso fue lo que decepcionó tanto a papá. Mi primer gran error, ser una mujer.
Mi madre, una humana normal, murió por complicaciones, algo que destrozó a mi padre, que la amó desde que se conocieron en la adolescencia. Escuché que ese evento lo cambió por completo, en especial por las palabras de mi abuelo.
“Debiste casarte con una operadora”. Decía. “Si te hubieras casado con una, no estarías llorando por la muerte de una humana cualquiera”.
Con el pasar de los años, mi padre cambió drásticamente, convirtiéndose en un frío e inescrupuloso magnate, líder de la compañía luego del fallecimiento de mi abuelo en “extrañas circunstancias” de las que no quiero hablar; jamás investigué sobre eso. Algo sobre su muerte me daba mucho miedo.
Mi padre fue estricto conmigo, muy duro; pocas veces tenía tiempo para verme. Jamás jugamos algo como otros padres con sus hijas; estaba segura de que él detestaba mirarme. A pesar de que heredé el cabello y los ojos de mamá, él odiaba ver a su horrible hija. Se encerraba a beber mientras trabajaba, o tardaba días en volver de sus reuniones, siendo yo atendida por niñeras que muy poco hablaban conmigo. Les molestaba tener que cuidar a una niña pequeña.
“Desde que nació Beatrice, nuestro trabajo es mucho más difícil. Maldita mocosa tan molesta”.
A veces escuchaba ese tipo de comentarios, odiaban el desastre que causaba al jugar, que mi habitación estuviera desacomodada o que rayara las paredes. Entonces, dejé de hacerlo.
Para no dificultar más su trabajo, dejé de jugar, me la pasaba en mi cuarto, encerrada viendo televisión. Tampoco salía al patio para no ensuciar mi ropa. Esa era mi gran idea. ¡Si no me ensucio y no hago desastre, quizá ya no les resulte una molestia! Sí, era lógico. Me querrían más, quizás hasta querrían jugar conmigo.
No fue así.
Ninguna se dignaba siquiera a venir a ver cómo me encontraba en mi cuarto luego de horas sin salir. No les interesaba.
Pasaron los años, y cumplí 8. Entonces supe lo que era un operador, el aura, la operación. Fue la conversación más larga que tuve con mi padre, atesoré cada segundo mientras me explicaba detenidamente aquellos términos. Estaba pasando tiempo conmigo, ¡papá me estaba mirando! Entonces, utilizar estos poderes místicos que me dijo seguramente harían que él se fije más en mí, por lo que decidí esforzarme en mi entrenamiento de aura para enorgullecer a papá.
Se me asignó un maestro, ilusionada, presté toda la atención posible. El problema era que el uso del aura no quedaba muy claro. ¿Solo saldría y ya? Eso era muy simple. Demasiado. Pregunté cosas sobre papá, descubriendo que participó en múltiples misiones en colaboración con un tal Lawrence Logan, un hombre muy importante. Según papá, mi deber era impresionarlo y unirme a su compañía, además de hacerme amiga de su hijo mayor.
—¡Vamos, Beatrice! Tú puedes, ¡adelante! —me repetía aquellas palabras frente al espejo todos los días, golpeando mis mejillas regordetas para enfocarme.
El entrenamiento era agotador. El ejercicio era una tortura que prendía fuego a mi cuerpo, pero yo lo aceptaba, por más cansada que estuviera, yo podía aguantar más. Si me cansaba con 20 flexiones, me esforzaba por llegar a treinta, si correr 30 minutos era un fastidio, corría diez.
Con mi cuerpo tembloroso, incluso sentarme era un martirio, me presentaba con mi profesor de aura, un enviado de la familia Zhu. Mi padre había contratado a alguien que al parecer cobraba bastante, pero portaba un buen historial en la hora de enseñar a usar aura. El promedio de a quiénes enseñaba rondaba entre los seis y ocho meses, algo que me emocionó.
—¡Si ellos pueden hacerlo en seis meses, yo lo haré en tres!
Todos los días me sentaba a meditar durante horas. Trataba de forzar mi aura a salir. Mi rutina se convirtió en eso.
¡Entrenar! ¡Meditar! ¡Dieta! ¡Un buen sueño! ¡Estudiar! Las claves para ser un gran operador según Escuela para Operadores 101. Seguí al pie de la letra mi rigurosa rutina con una sonrisa. Si esto sacaba una sonrisa a mi padre, entonces podría darme satisfecha. Todo lo que quería era que él pasara tiempo conmigo, si convertirme en una gran operadora me lo concedía, ¡entonces mi meta sería sobrepasar a Arthur el cosmopolita! ¡Una vez yo me convirtiera en la operadora más importante y poderosa, papá querría jugar conmigo!
Le declaré la guerra a ese hombre que solo veía a veces, cuando iba a jugar con Luck en su casa, entonces socialicé también con su hermana.
Cumplí diez años, pero nunca pude generar aura. No importa cuánto me esforzara.
Con el pasar de los meses en mi entrenamiento, los enojos de papá eran más constantes. Gritaba y maldecía cada día que recibía la misma noticia.
“Señor, su hija todavía no ha logrado sacar su aura”.
“¿¡Cómo es posible!? Ha pasado un año desde su entrenamiento. ¡Ella es una Engel! ¡Somos conocidos por nuestras grandes reservas de aura!
“No creo que continuar con esto sea productivo. Sería razonable que quizás tardase un año en aprender a mantener el aura en su cuerpo de forma instintiva, ¿pero un año y aún no ha generado aura?”
“Yo te sigo pagando, por lo que tú le seguirás instruyendo el tiempo que sea necesario”.
“…Bien, señor”.
Escuchaba sus conversaciones, recostándome a la puerta de su oficina antes de huir cuando estaban por salir. Papá todavía confiaba en mí al pasar el primer año, pero al terminar el segundo, mi maestro renunció.
Dijo que no seguiría aceptando dinero cuando era obvio que yo no era capaz de aprender a manipular el aura en mi cuerpo. Mi padre trató de convencerlo, hasta que una noche. Mi maestro insinuó algo que no le gustó a mi padre para nada.
“Quizás su hija no sea una operadora. ¿No ha pensado que, por ser mitad humanada, pudo haber perdido su capacidad de utilizar aura?”
Esa misma noche, sacaron a golpes a mi maestro de nuestro hogar, y aunque todo terminó de forma muy violenta, acordaron no hablar sobre mi entrenamiento con nadie. Todo permanecería entre ellos.
Mi papá se ofreció él mismo a enseñarme a utilizar Aura. ¡Eso me puso muy feliz! ¡Papá y yo pasaríamos tiempo juntos!
Fue lo peor que me pudo pasar en mis diez años de vida.
Papá convirtió el entrenamiento en un verdadero sufrimiento. Ahora no solo tenía que cargar con la extenuante rutina, sino con su mirada decepcionada cada día que pasaba. Los gritos empeoraron.
“¡Eres una maldita inútil! ¡No ha habido un solo hijo de operador que nunca haya aprendido a usar aura!”
“¿Cómo no puedes hacer algo tan básico? No sirves para nada”.
“¡Esfuérzate más, inútil!”
“Inútil”.
Inútil.
Beatrice Engel era un total inútil. Una basura insignificante que jamás pudo hacer lo que cualquier operador debería: utilizar su aura. Tan inútil que ni siquiera era capaz de hacer feliz a su padre, algo que toda niña lograba solo con su mera existencia.
Me refugiaba debajo de mi sábana en las noches, llorando en silencio para no molestar a los sirvientes de la casa. A veces me quedaba hasta altas horas de la noche meditando, quedándome dormida sentada en aquella cama, tratando de que ocurriera un milagro y yo por fin brillara.
Mi padre no me odiaba, solo estaba enfadado; obviamente, era mi culpa. ¿Qué clase de operador inútil no puede utilizar su aura?
Él lo decía, muchas veces lo dejó claro. Había algo malo conmigo, algo estaba descompuesto. Quizás los operadores tenían en su interior un órgano, o algo que les permitía usar sus poderes, pero tuve la mala suerte de nacer sin ellos.
A los 12 años, descubrí lo grave que era mi falta de control sobre el aura. Las familias de operadores en el congreso recibían mejores beneficios y valoraciones cuantos más miembros de la familia fueran operadores talentosos, pero como papá nunca consiguió otra esposa o tuvo más hijos, mi deber era convertirme en una operadora para heredar mi casa luego de la muerte de mi padre.
Obviamente, sin aura, no podría formar parte del congreso, lo que eliminaría a los Engel por completo de la unión entre operadores, a la larga, perderíamos el apoyo de las otras casas que nos respaldaban o teníamos alianzas y seríamos simples civiles comunes.
Ese era el mayor temor de mi padre, perder todo por lo que sus ancestros trabajaron solo porque su patética e inútil hija no era capaz de brillar.
¿¡Qué carajo había roto dentro de mí!? ¿¡Cómo podía ser tan estúpida!?
Me miraba al espejo todas las mañanas, odiando ese estúpido rostro, esas inútiles manos. Mis inútiles piernas, ¿de qué me servía estar viva si no podía cumplir con mi único propósito? ¿De qué me servía aprovecharme de todos los lujos y cariño de mi padre si yo daría fin a nuestra casa?
¿De qué me había servido arrebatarle la vida a mi madre si mi inútil vida no valía nada?
Mi última visita a la casa Logan fue a los doce, luego no volví a participar en nada más que en eventos donde no hablaba mucho con los demás. Me aseguraba de actuar respetuosa, amable. Una chica perfecta que ganara la confianza de todos, pero no podía relacionarme con otros por el peligro de que fuera descubierto que Beatrice Engel no tenía ninguna capacidad de utilizar aura.
Buscaba a Luck, que su padre lo había llamado, pero se había tardado un buen rato. Por pura curiosidad, entré al cuarto de Lindsy para preguntarle si lo había visto, pero ella estaba viendo una serie.
“¿Quieres ver un capítulo, Engel? Es la serie favorita de una conocida. Estoy tratando de darle una oportunidad”.
Me senté, disfrutando de las aventuras de un viejo loco que viajaba en una cabina azul que tenía que evitar que la luna explotara, pero resultó que la luna era un huevo de una mariposa gigante alienígena. ¡Era lo mejor que había visto! Dios santo.
Doctor Who se convirtió en mi programa favorito, esperaba todos los días en la noche para poder verlo. Lo único que me alegraba luego de mis entrenamientos, que cada vez el resultado era peor.
Al final de cada capítulo, me burlaba de mí misma. Quería ser como el Doctor, pero el Doctor no era un inútil incompetente. Él podía brillar; si lo herían, él se regeneraba, como cualquier otro Señor del Tiempo. Era muy listo y encontraba cualquier solución a sus problemas. Yo no.
Jamás podría ser como ese hombre, el solo hecho de compararlo conmigo era una ofensa.
A mis trece años, llegó el último día de mi entrenamiento, uno que no olvidaré jamás.
Papá llegó borracho, demasiado. Además de tarde, intentamos durante unos minutos, pero no funcionó. Entonces él se sentó en el suelo, riéndose con mucha fuerza.
“¿Sabías que ahora hay un dicho? Parece que se originó en los Zhu. Si tu hijo tarda más de año y medio en manipular su aura, lo mejor es que dejes de perder tu tiempo, ¡jajaja! Es... es muy gracioso”.
No le encontraba nada de gracioso.
—Papá, pero entonces, ¿por qué sigues perdiendo el tiempo conmigo? —No lo mereces, papá. No lo merecías.
Eras tan amable, cuidando a tu patética y estúpida hija inútil a pesar de que sería el fin de tu casa. Eso demostraba lo mucho que me amabas.
“¿Sabes cuál es el único requisito para usar el aura?”
—Saber que eres un operador, lo demás es solo entrenar. Pero hay operadores muy talentosos que pueden despertarla en ciertos momentos, ya que son prodigios.
“Tú sabes que tienes aura, quizás… Sí. Quizás, si estás en peligro, puedas… puedas aprender a manejarla, ya sea por instinto”.
—¿Cómo?
Dijo esas palabras con media sonrisa en su rostro. Era… aterrador, entonces, me tomó del brazo y me sacó de la sala de entrenamiento en el sótano. Subimos hasta la cocina, donde buscó en un cajón unas pinzas de hierro.
“Aquí están”.
Mi cuerpo temblaba, paralizada en ese lugar, traté de alejar mi brazo, pero solo lo apretó más.
—¿Papá?... ¿Papá? ¿Qué vas a hacer?
“Tranquila Beatrice… papá va a arreglarte. Sí. Encontraremos la forma de arreglarte”.
—¡No!
Cuando acercó aquellas pinzas, traté de huir, pero apretó más mi brazo y me golpeó con fuerza en la frente. Sentí algo caliente bajar desde donde me golpeó hasta mi mejilla. Luego de unos momentos en shock, lloré con fuerza al darme cuenta de que era mi propia sangre.
—¡Papá! ¡Espera! ¡Me voy a esforzar más! ¡Lo prometo! No, ¡no! ¡Por favor!
Mi padre ignoró mis súplicas; entonces acomodó la pinza. Jamás olvidaría lo fría que se sintió al chocar con la punta de mi dedo, acomodándose milimétricamente, cerrando sus fauces con fuerza.
Un tirón, un simple tirón bastó para arrancar mi uña.
Mi desgarrador grito resonó en toda la mansión, llorando, pataleando, grité tan fuerte como podía. Pedí ayuda y nadie vino, aunque estaba segura de que escuchaban cómo gritaba y lloraba.
“¿¡Por qué!? ¿Por qué no utilizas tu aura!?
¡Papá! ¡Papá! ¡No! ¡No! ¡No!
Perdí otra, y otra y otra.
Me arrancó todas las uñas de mi mano derecha. Llegó un punto donde ya no podía gritar, quería, intentaba con todas mis fuerzas gritar, pero no me salía la voz.
Al darse cuenta de que no brillaría, nunca trató mi mano, enviándome a dormir. Creí que el dolor me mantendría despierta toda la noche, pero luego de varias horas sollozando en mi cama, terminé por quedarme dormida, o desmayarme, quién sabe.
¿Papá lo había hecho por mi bien?
No. Eso no podía ser por mi bien.
Era un monstruo.
Un loco obsesivo que dañó de forma inimaginable a tu inútil hija. No le importó cuánto me esforcé por él, no le importó todo lo que hice, todo lo que lloré.
Yo debí morir en lugar de mamá. O quizás, debí morir justo después, eso me hubiera ahorrado el sufrimiento y habría dejado mucho peor a ese monstruo.
Luego de ese día, nunca volví a recibir una clase de aura, y mi papá duró casi dos años sin hablarme.
Yo recibía dinero, comida, educación; nunca me faltó nada. Él se aseguraba de darme todo, aunque rara vez lo veía de frente, cuando ocurría, no hablábamos.
Empecé a preparar mis comidas por mí misma, a hacer todo por mí misma. Los sirvientes solo se encargaban de la casa y eso me hacía sentir mejor. Al menos no era un estorbo para nadie más que la basura de mi padre.
Estudiaba, comía, veía Doctor Who, leía algún libro.
Ya no estaba atada a nada, solo a saber que los Engel se hundirían conmigo, ese sería el final. La patética hija inútil continuó viviendo una vana existencia sin un propósito.
Hasta que un día, escuché de alguien como yo.
Una operadora, no cualquier operadora, la hija del mismísimo Cosmopolita apareció de la nada, insultando al congreso de frente, acompañada por los Logan, además, ¡no era una operadora! ¡Igual que yo!
—¡Qué genial!
Fue lo primero que pude pensar al ver a ese ilustre personaje tan curioso y divertido. Parecida a mí en muchos aspectos, utilizando el traje de la peor temporada de Doctor Who, pero ¿¡qué importa!? Quiero hablar con ella. Debía sentirse tan horrible, sin poderes, sin saber nada, pero con el peso de cargar el legado del Cosmopolita, el operador más fuerte que existe.
Otra vez, el universo me demostraba que yo era una inútil, porque Rachel Ficks actuaba de esa forma con tanto dolor a su espalda. Otra hija de una humana y un operador, que de seguro sufría más que yo, pero se esforzaba por algo. Tenía un propósito, mientras que yo no tenía nada.
Me preparé para hablar con ella, entonces llamé a Lindsy directamente luego de tanto tiempo, enterándome de que Rachel había empezado su entrenamiento para utilizar aura. Decidí que esperaría un tiempo, unas semanas o unos meses para dejarla acostumbrarse, luego aparecería para tenderle una mano en su momento más difícil, y hablaríamos de Doctor Who. Me preguntaba: ¿cuál sería su capítulo favorito? De seguro tenía que ser “Heaven Sent”.
Pero mi fantasía se rompió en mil pedazos una vez llamé a Lindsy Logan de nuevo.
“Oh, gracias por llamar, Engel. Rachel está aprendiendo ya a controlar su aura para mantenerla en el cuerpo”.
—¿Cómo?... ¿Ya puede generar aura?
“¡Sí! Todavía no la mantiene, pero es un buen progreso”.
Ya veo.
—Es una buena noticia. Me alegra que pueda adaptarse tan rápido.
Por un momento pensé que no era la única operadora que estaba dañada; qué tonta fui.
“Entendido”.
¿Qué tiene ella de diferente a mí?
Utilicé los recursos de mi padre para investigar su vida, pero no había nada especial. Fue criada por dos humanas, y al parecer los rumores de que apenas empezaba su entrenamiento con aura eran ciertos.
¡Pero ella ya estaba teniendo avances en tan pocos meses! ¿Por qué? ¿Por qué? Yo me he esforzado mucho más que ella; me estanqué por tanto tiempo.
Pensar en eso reventaba mi cabeza, causaba extraños dolores en todo mi cuerpo, tampoco tenía muchas ganas de comer. Así fueron las primeras semanas al saber que esa chica tan parecida a mí no estaba igual de dañada que yo.
Quizás por estrés o por el simple hecho de merecérmelo, rasgaba de forma inconsciente mis muñecas. Debajo de mis uñas palpitaba cuando quería llorar o simplemente desaparecer, la sensación se calmaba cuando rasguñaba algo, por lo que rasgaba mis muñecas de forma inconsciente para no romper mi ropa o dañar mis uñas contra otras superficies.
Muchas veces pensé en clavarlas tan profundo que no hubiera vuelta atrás. ¿A quién le importaría? Ni a mi padre, ni a sus sirvientes, ni a los operadores. Tampoco podía decir que tenía amigos. Los Logan, Hill y sus compañeros. Todos ellos simplemente eran socios, hablábamos por pura cortesía.
Pero algo en mi pecho volvió a encenderse una vez supe cómo Rachel logró encender su aura. No solo el dolor de ser brutalmente superada por la hija de Arthur.
Una noche, la que se supone debía ser la última, me senté de nuevo en aquella sala blanca a la que no había entrado durante años. Me sentó en medio de todo, recordando brevemente a la pequeña Beatrice, que dio su infancia para complacer los deseos de su padre.
—Ella puede… Su madre era una humana común. —Me repetí, llevando una mano a mi pecho.
Duré algunos minutos ahí sentada. La niña de papá, que todo lo había hecho para tratar de hacerlo feliz, actuaba ahora por un simple motivo egoísta. Quería demostrarme que quizás yo no estaba dañada, o tal vez sí. Me encontraba furiosa, dolida, triste, esperanzada. La existencia de Rachel Ficks me sacaba de quicio; en medio de ese remolino de emociones, pude sentirlo.
Una sensación embriagadora, que llevó mi cuerpo a sentirse más liviano que nunca. Capté un leve olor a hierro, sangre, mejor dicho, a la par que una sensación pegajosa envolvió mi cuerpo.
—Aura.
Cuando abrí mis ojos llenos de lágrimas, la sensación desapareció, pero podía jurar que Beatrice Engel por fin utilizó aura. Llegué a la conclusión de que el factor que me permitió conseguirlo fue: Rachel Ficks.
Mi odio y su aparición debieron de ser el perfecto estimulante; eso significaba que, para mejorar, debía odiar más a Rachel.
Entonces se me ocurrió una idea. Fui corriendo a mi habitación. Tomé mi celular de la cama y llamé a Lindsy Logan.
—¡Tengo una propuesta interesante! Lindsy. —No pude contener la emoción en mi voz— ¿Un evento? ¿¡Qué te parece!?
“¿Un evento?”
—¡Sí! Uno donde reúnas a otros jóvenes operadores talentosos, esto podría ayudar a Rachel a adaptarse más rápido y ganar experiencia. No tengo problemas en ayudar a pagar la mitad de los gastos.
“Bueno… De hecho, suena a una gran idea”.
—¡Bien! ¡Está bien! ¿Cuándo? —Ni siquiera había mantenido mi aura por 20 segundos y ya estaba buscando una fecha.
“Hmm, seguiremos con el entrenamiento de Rachel, cuando ella pueda mantener su aura en todo momento y tenga una mejor condición, te llamaré para preparar todo”.
—Entendido.
Al instante de colgar, salté en mi habitación, gritando por la ardiente emoción en mi pecho. Corrí de regreso a la sala de entrenamiento, no le diría nada a papá hasta poder controlar el aura a la perfección.
Ocho meses después, me presenté ante mi padre. Casi se cae de su silla al momento de encender mi aura. Le conté todo lo que había desarrollado junto con Lindsy y él estuvo más que de acuerdo.
Luego, recibí una llamada de Lawrence Logan, que quiso pedirme un favor. Yo debía fungir como una especie de antagonista para Rachel, ayudarnos mutuamente a tener un objetivo en común: Aplastar a la otra. Según, podría ser beneficioso para ambas.
Aprovechando que ella usaba esa ropa, compré algo parecido al traje del archienemigo del Doctor. No me quedaba nada mal usar la ropa de El Maestro.
En la mansión de los Logan en la República Checa, no dejaba de verme al espejo, mi corazón se me iba a salir. Incluso inventé toda una personalidad altanera y arrogante para anteponerme a Rachel. ¡Ni sé si soy más fuerte que Rachel! Pero ya estábamos ahí, la usaría para avanzar, ser la heredera que se supone que Beatrice Engel tenía que ser.
Al momento de tenerla en frente, fue como casi mirarme en un espejo, solo que más fea. Inicié esta falsa rivalidad entre dos completas novatas en el mundo del aura, cuestionándome muchas veces si estaba bien lo que hacía. Rachel no era una mala persona, quizás era algo amargada, pero era bastante agradable.
Sin importarme lo que en verdad creía, me aseguré de odiar y maltratar a una chica a la que solo quería preguntarle sobre su serie favorita.
Pero ahora, creo que al fin lo entiendo.
No tenía que ver con el odio, ya que nunca te he odiado, Rachel, solo me odié a mí misma. La niña que buscó ser perfecta y cumplir con las expectativas de su padre de mierda. Carol me permitió ver la verdad, y ahora yo te dejaría ver quién soy.
No voy a decepcionarte, y más importante, no pienso decepcionarme a mí misma, nunca más.
Se los agradezco, Carol y Rachel.
Rachel en círculos alrededor de Engel. Los árboles eran su cobertura y manera de engañar a la danesa que disparaba sus uñas giratorias envueltas de un aura roja. La operación le era repulsiva a la chica de chaqueta azul.
Conectadas por hilos de su propia sangre, las uñas fungían como sierras giratorias y proyectiles, mientras que los hilos también podían ser cuchillas, además de permitirle a Engel controlar la trayectoria de las cuchillas.
—¡Tenías que ser tú, Rachel! ¡Estaba segura de que nadie más iba a ayudarme!
«¿De qué carajo está hablando?» Con su clarividencia activada, Engel era un libro abierto muy fácil de leer, lo que le permitía esquivar sus ataques o bloquearlos con relativa facilidad, pero su mente estaba hecha un desastre.
Un profundo odio, al igual que su gigantesco autodesprecio, pero junto a todo eso, había cierta envidia dirigida a su persona. Esas cosas Rachel las entendía, pero lo que no llegaba a comprender por completo era el profundo aprecio que ahora provenía de Engel. Ella estaba gozando de este combate.
Rachel bloqueó los hilos de carne con sus propios hilos. Engel disparó más, pero todos fueron bloqueados a medio camino. Rachel corrió en su dirección, con las armas de ambas bloqueadas, la sonriente danesa de cabello apagado lanzó una patada a su costado. Rachel lo detuvo con su antebrazo, pero la fuerza aumentada de Engel consiguió arrastrarla por la tierra.
—¡No comprendía por qué les gustaba tanto pelear, pero ahora sí! —Engel controló sus hilos, que se deslizaron como serpientes de los hilos de Rachel, dirigiéndose a la espalda de esta última—. Lo que puedes descubrir de ti mismo es asombroso.
El brillo creciente en los ojos de Engel aumentaba la capacidad de su aura en gran medida, además del cambio notable en el mismo brillo. No solo era más fuerte, toda su aura cambiaba al igual que las de Taara o Lei Qiang en sus estados de flow.
Rachel hizo desaparecer sus hilos actuales, generando nuevos que utilizó como látigos para detener a los de Engel que buscaban su espalda. Ese movimiento le costó un golpe repentino en su pecho que la dejó sin aire. Frunciendo su ceño, lanzó un cabezazo que la danesa de rojo correspondió con su frente.
Ambas tomaron distancia. Rachel frotó su frente sangrante, maldiciendo en voz baja, mientras que Engel soltaba una pequeña risita e imitaba las acciones de Rachel.
—Eres cabezona, ¿lo sabías? Con razón adoras dar cabezazos. —dijo, las uñas volvieron a sus dedos, incrustándose en la carne.
—¿Qué clase de enferma mental eres? —Rachel arrugó su rostro, sintiendo un asco genuino.
—No tienes que ser tan cruel. Sigue sin ser tan horrible como la de Jack. —Ella realizó un pequeño puchero, moviendo su mano en un ademán— Además, no podía ser otra habilidad que no fuera esta.
Rachel se cansó de la conversación. Acortó su distancia y, justo como Renate le enseñó, lanzó múltiples golpes seguidos al abdomen de Engel, esta cubría con los antebrazos, hasta sentir su carne desgarrada por los hilos emergentes de sus dedos.
Engel gruñó, pero a esa distancia le fue imposible evitar ser amarrada por todos los hilos de Rachel. En ese instante en que no pudo moverse, recibió una explosiva patada en su estómago. Con sus uñas, cortó los hilos de Rachel, aplicando su propia fuerza física para terminar de soltar.
Varios de sus proyectiles se enterraron en el cuerpo de Rachel, clavándose en su abdomen, su hombro y uno de sus muslos. Las cuchillas giraron causando aún más daño, pero Rachel, en vez de sacarlas, las agarró y jaló con gran fuerza. Engel fue atraída sin más, siendo recibida por el impacto de un puño contra su mejilla. Antes de poder disparar más proyectiles de su otra mano, Rachel la golpeó con fuerza en su garganta, nublando tanto su mente como su juicio por un repentino mareo.
En ese momento, amarró el brazo de Engel con sus hilos, obligándolo a que lo levante, golpeándolo justo en su codo. El crujir de sus huesos causó un escalofrío en Rachel, que concentró la mayoría de su aura en su pierna, pateando el rostro de la rubia danesa.
Su cuerpo fue arrojado varios metros contra la tierra. Rachel soltó los hilos de carne y sangre, limpiando aquel líquido rojo con su short.
—Mierda… Estás más jodida de lo que pensé.
—Pfff…
La risita de Engel obligó a Rachel a bufar, sin darse cuenta de la pequeña sonrisa que se formaba en sus labios. La emoción, la alegría. La danesa estaba contagiándole sus propias emociones a través de la clarividencia, aunque no podía esconder que ahora la inundaba un inmenso dolor.
Las uñas volvieron a sus dedos, y como pudo, Engel se levantó, escupiendo algo de sangre, al igual que un diente. Su brazo colgaba inutilizado, ella lo miró, gimiendo adolorida entre llantos y una alegre risa.
—¿Engel?... —Rachel dio unos pasos, confundida por sus acciones— Creo que… deberías rendirte y ver a Mary.
—¿Rendirme? ¡Aaagh! —Engel abrió sus ojos, sorprendida de tal estupidez—. ¿Qué te pasa? Esta… Esta es la primera vez que conversamos de forma tan sincera… Nunca he sido tan… Yo.
Rachel arqueó una ceja, incapaz de entender sus palabras, pero su aura revelaba que ahora mismo, Engel se sentía… extremadamente feliz.
—¿Puedes sentirlo? —Engel, con su ensangrentado rostro golpeado, levantó la mirada, sonriendo como podía—. ¿Qué estoy sintiendo ahora?
—Agradecimiento… y felicidad. ¿Por qué me agradeces? —Rachel volvió a limpiar la sangre de su frente—. Nos odiamos… ¿Verdad?
—No, no seas tonta. Todo eso… No era más que un mal consejo que seguí de alguien.
Rachel sonrió, llevándose una mano a la boca, la clarividencia le permitió entender de quién hablaba, como si un nombre flotara de repente en su cabeza.
—¿Cómo vas a seguir un consejo de Lawrence? Yo aprendí a la mala que no puedes confiar en ese tipo.
—¡Jajaja! Yo lo descubrí con lo que me dijo Carol.
Ambas chicas rieron al unísono, Engel se levantó, sosteniendo su brazo dañado. Rachel sintió algo de lástima; no quería seguir combatiendo con Engel, ya estaba muy lastimada e incluso le rompió su brazo dominante, pero por sus pensamientos, sabía que iban a continuar.
—Engel… ¿Te odias?
—Lo hacía… —Engel tomó aire, limpiando rápidamente las lágrimas que brotaron de sus ojos— Agh, mierda… Esto… esto duele… Yo me odiaba, mucho. No creía tener una razón para vivir, y por mucho tiempo anhelé el amor de alguien que nunca me quiso de verdad.
El aura alrededor de Engel cambió, dejando de ser meramente un brillo rojo. Era más parecido a un líquido espeso, de un tono rojizo oscuro. Entonces la clarividencia de Rachel reaccionó. Algo estaba cambiando, no solo en su aura, sino en la misma Engel.
Se sentía distinto, poderoso, pero antes de indagar más, la conexión entre ambas se cortó, cosa que asustó a Rachel. No era como nada que hubiera visto antes, era diferente al aura de Taara, mucho más pura, refinada, además de decenas de veces más fuerte.
Los brazos de Engel se llenaron de aberturas que recorrían desde la base de sus uñas hasta su antebrazo, pero no salía nada de sangre, el iris en sus ojos emanaba un cautivador brillo rojo.
—No dejé de pensar en ti mientras practicaba mi aura… No era odio, quizás envidia, pero jamás te odié. Odiaba a mi padre, me odiaba a mí por creer que hacía lo mejor por mi futuro —Engel alzó su voz, dejando salir aquella rabia acumulada—. Te respeto, Rachel, hasta te aprecio, pero a pesar de eso… Desgraciadamente, eres a quien más deseo romper antes de terminar con todo esto.
Como si hubiera recibido algún permiso, la clarividencia regresó, era capaz de sentir la emoción, la excitación y su intenso deseo de quebrar cada hueso de Rachel, pero en lugar de asustarse, aquellas emociones se apropiaron de su mente. Quería hacerle justamente lo mismo.
—¿Crees que puedes ganarme solo porque obtienes un flow más brillante? Ven por mí, perra. —bramó levantando sus brazos, indicándole que se acerque con un rápido movimiento con sus dedos.
Engel dio un paso, luego otro, ignorando por completo el dolor. Las palabras de Rachel la deleitaban, era justamente esa Rachel la que quería ver, no a la deprimida y amargada.
—¡Vamos, perra! No me decepciones, dame tu mejor golpe.
—A tus órdenes~.
En un instante, Rachel perdió de vista a Engel, no era más rápida que River, pero las intenciones agresivas llegaron al mismo tiempo que el codazo en su costilla. Si hubiera tenido el tiempo para pensar en algo, hubiera sido “¡Es mucho más rápida que Lei Qiang!”
Salió despegada al aire con sus costillas rotas, entonces las uñas de Engel volvieron a clavarse en su cuerpo, arrastrándola contra el suelo de un momento a otro. Ni bien su cuerpo rebotó debido a la fuerza del impacto, Engel estrelló un golpe con toda su fuerza en su estómago. Rachel utilizó sus propios hilos para evitar el golpe, desplazándose por el suelo rápidamente. Donde Engel golpeó, su mano atravesó la tierra, creando un gran agujero por el impacto.
—¿Acaso quieres matarme?
—¡Quiero darlo todo contra ti, Ray! —Engel sonrió extasiada—. ¡A la mierda los juegos! ¡A la mierda todo! ¡Atácame como si quisieras matarme! ¡No te perdonaré jamás si te contienes!
—¡Eres una demente! —Rachel gritó, igual de sonriente, le era difícil mantenerse de pie, pero contagiada por aquel entusiasmo, corrió en contra de Engel, que extendió sus brazos a sus lados.
Rachel casi todas sus reservas de aura a su puño. Repentinamente, se sintió revitalizada. Su aura recibió un repentino incremento. Conectó directamente en el estómago de Engel, que arqueó su espalda, infló sus mejillas, resistiendo por unos segundos, pero a medida que sus ojos se inyectaban con sangre, Engel acabó por abrir la boca en un grito ahogado.
Ambas permanecieron en silencio por un momento, con sus respiraciones entrecortadas. Engel vomitó coágulos de sangre; su ropa en la zona de su estómago fue destrozada por completo. Los vasos sanguíneos habían sido pulverizados por el golpe, dejando una espantosa marca morada en su abdomen marcado.
Rachel levantó su mirada, tratando de regular su aliento. Sus ojos se encontraron con los de Engel, ambos pares brillando, solo que los de Engel tenían mucha más intensidad y era un precioso brillo carmín.
—Ja… Buen golpe… —dijo Engel como pudo—. Me toca.
—Eres una puta desquiciada. —Rachel no podía darse el lujo de recibir un golpe con toda esa aura, la reventaría como un globo. Antes de alejarse, Engel tomó su muñeca. Aquellas uñas se enterraron en el brazo de Rachel, conectando a ambas jóvenes— ¡Agh!
Rachel cayó arrodillada, algo estaba pasando con su cuerpo, no, con su todo, su aura oscilaba, apagando y prendiendo sin control. En su mente, destellos de Adarza, Chloe y Renate eclipsaron cualquier otro pensamiento.
“Gracias por tu ayuda y por tu amistad, la aprecio. Pensé que nunca iba a necesitar de verdad un amigo, pero ahora que estás tú, la vida es más divertida cuando la compartes con alguien”.
“¡Si yo hubiera tomado la elección correcta, mi hermana estaría viva!”
“Ella sabía que posiblemente no vuelva a verme. No necesito clarividencia para darme cuenta de eso. ¡Y no me digas que no pasa nada! ¡No soy estúpida!”
No podía pensar en nada que no fueran aquellos recuerdos; lágrimas desbordaron por sus mejillas a la par que gritaba sin cesar. Su brazo acabó por romperse, mientras que sus muñecas terminaron llenas de cortes. El único dolor comparable a lo que ocurría en su consciente nacía en su abdomen como una marca morada del tamaño de su puño.
La tortura terminó segundos después, los recuerdos cesaron y las uñas con hilos regresaron a su dueña. Ambas jóvenes apagaron sus auras, Rachel estaba por caer, algo babeada con la mirada desenfocada, pero Engel tomó su barbilla con delicadeza, asegurándose de mantenerla consciente.
No dijo palabra alguna, solo balbuceó, mirando los estrechados ojos apagados de Engel. Una placentera sonrisa se formó en sus labios, mientras movía su brazo derecho, totalmente curado, al igual que todas sus demás heridas. Se llevó una mano a su espalda, manteniendo a Rachel de su mentón, obligándola a que la siguiera mirando.

—Fuiste todo lo que estaba esperando de ti. Eres increíble. —Beatrice acarició la mejilla de Rachel, que acabó inconsciente poco después. La sostuvo de su ropa antes de que cayera al suelo, recostándola con cuidado— Prometo que te compensaré todo el daño que te hice anteriormente… Gracias, Rachel.
“Ra-Rachel -1 un punto… ¡Beatrice +1!”
Con aquel anuncio, Louis llegó corriendo a buscar a Rachel. Dirigió una rápida mirada hostil a Beatrice antes de llevársela a un árbol.
Beatrice observó sus ropas rasgadas, pero su cuerpo se sentía como nuevo. Una esfera amarilla llamó su atención, se inclinó para recogerla y acercarla a su pecho con una cálida sonrisa.
—De nuevo… gracias, Ray.