La gran sala de bromas de un momento a otro fue consumida por un silencio que parecía ser eterno. No fue hasta que los aplausos del ruso con elegante ropa blanca rompieron aquel ambiente. Estos aplausos fueron seguidos de una risa tan incontrolable como contagiosa para algunos.
—¡Lo mejor que escuché en toda mi vida! —Alexei apretó con fuerza los brazos de su excéntrica silla, que cualquiera llamaría trono al verla. Disfrutaba cada segundo de esta reunión a pesar de los chistes iniciales de Lawrence qué le provocaba algo de pena ajena.
Muchos otros operadores en las gradas siguieron sus acciones, ya sea porque las palabras de Arthur de verdad les causaron gracia o solo por querer imitar a uno de los hombres más poderosos de la sala de reuniones. Madame Zhu mantuvo su espalda recta, ocultando la mitad de su rostro con aquel abanico, aunque quería ocultar su sorpresa, aquellos ojos rodeados de pocas arrugas la traicionaron.
—Arthur, creí que eras más serio que Lawrence.
—Bueno, por algo son mejores amigos. Es lógico que ambos sean unos payasos.
Los operadores cambiaron entre ellos sus opiniones, tomando la risa de Alexei como indicador de que solo era una broma más del show de comedia barata que Logan buscaba dar.
Lawrence hizo algo muy impropio de él. Su sonrisa se esfumó y con su cuerpo algo tenso, se alejó hasta la entrada por donde vino. No tenía que ver el rostro de su esposa para saber que algo muy malo se le venía encima.
—¿De qué nos reímos ahora? —Arthur arqueó una ceja con los brazos en su cintura. Observando a los presentes con una confusión fingida—. Si yo no he dicho ningún chiste. Rachel Ficks es mi hija.
Alexei limpiaba algunas lágrimas en sus ojos, levantándose de su asiento mientras el ruido disminuía gradualmente. La broma empezaba a dar cada vez menos risa, hasta el punto donde quienes se rieron se sintieron bastante estúpidos.
Alexei levantó la mano para tomar la palabra. Arthur hizo un ademán con la suya, esperando a ver que tenía que decir su "querido" compañero.
—Eres un bastardo muy sorprendente, ¿Sabes? Llevaba tiempo sin reírme así, te debo esta.
—¿De verdad es tu hija? —Madame Zhu interrumpió. No se arrepentía de haberla golpeado hace unos momentos, pero el grito de una joven resonó en todo el lugar antes de que Arthur respondiera.
—¡Mentira! —El grito era de nadie más que Rachel Ficks, quién frunció el ceño con rabia, señalando a Arthur—. Tú no eres mi padre, yo no tengo padre ¡Deja de decir que lo eres!
Alexei se recostó en el barandal de las gradas, susurrando a Renate qué hiciera lo posible por traerle algo para comer y disfrutar mejor de lo que estaba por ocurrir. Arthur quedó totalmente paralizado, abriendo y cerrando uno de sus puños con lentitud, buscando rápido en su mente la respuesta más óptima para la joven de gabardina gris.
—A Sam le gustaban las películas del señor de los anillos.
Rachel abrió de más sus ojos con sorpresa, una que pronto se convirtió en rabia a medida que se estrechaban sus ojos. Quiso gritarle que eso no confirma nada, pero Arthur la interrumpió.
—Su personaje favorito era Sam, por el discurso de la segunda película y porque compartían el nombre. Tu abuela se llamaba Clementine y no fuiste capaz de conocerla.
—¡Basta! ¡Cállate! —Rachel cubrió sus oídos. Trató de controlar su exaltado pecho qué subía y bajaba gracias a la sangre ardiendo en su interior, pero antes de que Arthur fuera a continuar. Ella se lanzó a golpearlo en su estómago, sin importarle ni un poco la opinión de los espectadores.
Todos esperaban que Arthur lo esquivaría, pero mantuvo su posición y recibió el puño de la rubia sin protestar. La gran mano del peli teñido acarició con cariño el cabello dorado de Rachel qué lo miró a sus ojos por un momento, obviamente el golpe de una niña no le causaría más que molestias.
—Lo único en lo que nos parecemos son los ojos... Me alegro mucho de eso, Rachel.
Rachel mordió su labio inferior negando con la cabeza violentamente antes de salir corriendo del lugar. Negaría con todo su ser aquellas palabras que provenían de la boca de Arthur, por más que solo fuera una niña berrinchuda en este momento.
Lawrence no la detuvo. Le dio un leve vistazo cuando pasó junto a él, soltando un profundo suspiro.
—Huir no te ayudará Rachel —Fue ignorado por completo, lo único que escuchó fue el impacto de la puerta cerrarse con toda la fuerza de la rubia—... Dale más fuerte.
Lawrence regresó su vista a su mejor amigo. Que empezó a ser bombardeado por las preguntas de todos los operadores. Aunque la pregunta en esencia todos realizaban la misma cuestión.
—Niños ¿Verdad? —bromeó en un tono sarcástico, aunque sin muchas ganas en su tono—. Repito, Rachel es mi hija. Tiene todo mi apoyo junto con el de la familia Logan. Agradecería mucho que lograran conseguir información de sus respectivas fuentes sobre el pequeño problema de mi niña.
La seriedad en su rostro provocó que la mayoría se replanteará su anterior elección. Pero nadie estuvo muy dispuesto a levantar la mano hasta que el líder de la familia Yadav lo hizo. El moreno levantó bien en alto su mano siendo uno de los pocos que no se burló del objetivo de Rachel Ficks, pero no era beneficioso para él apoyar a una humana común frente a la alta clase de los operadores. Que Arthur la respaldara y fuera su padre cambiaba por completo las tornas.
—Señor Arthur. Nuestro apoyo está garantizado.
Aquel acto de valentía inspiró a otros. Que, aunque no tuvieran de verdad un corazón de oro, no podían darse el lujo de rechazar ayudar a su miembro más importante para obtener algo a cambio después.
—También cuenta con la familia Roselle.
—Los Engel estamos a sus servicios.
—Primero nos haces pensar que estás muerto y ahora llegas con una hija. No nos sorprendas así, bastardo.
Arthur elevó sus labios de forma imperceptible. La mayoría de casas decidió brindar su apoyo, aunque sus ojos azules se clavaron en las dos más importantes. Madame Zhu y Alexei Vasíliev. Este último disfrutaba de unas papas en bolsa mientras negaba con su cabeza.
Madame Zhu regresó a su asiento. Con esto le quedaba más que claro que por más que fuera Arthur el que pedía el favor, los otros dos peces gordos no quieren nada que ver con ayudar a un humano normal, y menos si este está relacionado con la oveja negra de los Operadores: Lawrence Logan.
El de gabardina marrón inclinó su cuerpo hacía adelante. Brindando su respeto a aquellos que lo escucharon. Caminó a la salida, dándole unas palmadas en el hombro a Lawrence. Que caminó al centro del escenario.
—Acabó la novela turca, gente. Ahora necesito que todos sus judíos estén prestando atención, ya vamos a sacar cuentas.
Con esto, la parte más interesante de la reunión se dio por concluida. Dando paso a una aburrida charla sobre el presupuesto actual y las acciones de las empresas de la mayoría de operadores.
Aunque Lawrence no podía estar totalmente concentrado. Ahora mismo acababan de ponerle de nuevo una pistola en la cabeza a Arthur.
«Solo Dios sabe lo que ocurrirá desde hoy» pensó el alto Logan. Haciendo lo que mejor sabía hacer, fingir una sonrisa radiante y que todo estaba bien.
Rachel golpeó con fuerza la pared. Ignorando por completo el dolor instantáneo en sus dedos. Debía descargar su furia con algo en aquel extenso pasillo con decoraciones absurdamente costosas. Le era incómodo ver debido a las lágrimas que no había secado. Ya no sabía si quería llorar de la rabia de conocer a esta gente tan miserable, del odio al escuchar aquellas palabras de Arthur o del dolor en su delicada mano.
—¡Esto no puede ser cierto! ¡Es una maldita broma!... Lawrence, pedazo de... ¡Agh! Sí ibas a hacer un plan de ese estilo, al menos debías decírmelo.
Quizás no hacía mucha diferencia, pero esas palabras eran un punto bastante sensible para ella. Después de todo, era capaz de recordar las noches en las que su madre aún lloraba o lucía triste debido a ese padre de mierda qué había abandonado a Rachel y su familia a su suerte. Solo podía imaginar cómo su madre debió de sentirse al ser utilizada y desechada después.
Ya le había pasado una vez con el padre de Chloe, y luego otra vez. Ella nunca perdonaría a los dos bastardos que hirieron a la mujer más maravillosa que había conocido. Incluso si esto era un plan de Lawrence para conseguir apoyo utilizando la importancia de ese hombre. El corazón de Rachel no podía permitirlo. Ella nunca tendría un padre y no lo necesitaba, pues su hermana y su madre se encargaron de que nunca le faltara nada.
—No es posible... Además... Además. —Al momento de escuchar la puerta abrirse, sus pupilas se encogieron. Con sus ojos inyectados en sangre junto a su tembloroso cuerpo, miró con furia a Arthur acercarse despacio—. ¡Ese espejo era tuyo!... Sí lo que dices es cierto entonces ese espejo terminó en mi casa por tu culpa, mamá no era una operadora, Chloe no tenía idea de esa caja. ¡El único bastardo que pudo dejar esa puta mierda fuiste tú!
Aunque su corazón no lo aceptaba, todo encajaba a la perfección. Era mucho más probable que un artefacto con aura fuera dejado en su casa por un operador. Sus deseos más sinceros querían que le respondiera qué no era así, que todo esto solo era una treta, incluso aceptaría aferrarse a la idea de que el espejo terminó en su casa por alguna coincidencia del destino o una organización maligna.
—Lamento de verdad el problema en el que te metí.
«¡No se te ocurra seguir!» pensó Rachel mientras esos deseos se fragmentaban como cerámica cayendo al suelo.
—Y sé que debes pensar que sí no fuera por mí, nada de esto estaría pasando, pero yo tampoco conocía las características del espejo.
«¡Por lo que más quieras! ¡Basta! ¡Por favor!»
—Haré todo lo posible por ayudarte a solucionar este error.
Rachel no pudo soportar más el dolido tono de Arthur. Tomó el jarrón más cercano que fuera capaz de levantar y lo lanzó al hombre frente a ella. Que rápidamente lo atajó sin decir mucho. Aunque pagar cinco mil dólares no le sería demasiado costoso, era un gasto muy innecesario.
Rachel se acercó al hombre que bajó el jarrón con cuidado, dejándolo a un lado del pasillo. Ella tropezó en el camino, cayendo de rodillas para lanzar repetidos golpes al suelo antes de levantarse y mirar a los ojos a su progenitor.
—Arruinaste mi vida... También tienes la culpa, tanto cómo yo. La sangre de esa gente también está en tus manos ¡La sangre de mi hermana está en tus manos! —Rachel apretó sus dientes, golpeándose las piernas con ambos brazos— ¿¡Donde estabas cuando mí madre enfermó y murió!? —Ella tomó a Arthur del cuello de su camisa, obligándolo a inclinarse un poco debido a la diferencia de altura. Volvió a preguntar con una voz temblorosa qué mantenía un profundo rencor emergente de su corazón— ¿¡Donde estabas!? ¡No me importa si nunca estuviste conmigo! No me importó jamás ¡Pero a ella le siguió doliendo durante años!... Estoy segura que era por ti...
Los labios de Arthur temblaron ligeramente. Cosmopolita era acorralado por un pequeño demonio lleno de rabia. Su corazón dio un vuelco, mientras abría su boca para tratar de calmarla, pero sentía que cualquier frase sería solo una excusa.
—Yo no podía estar con ustedes —Contestó luego de unos segundos, tratando de mantener la compostura—. Rachel, mi trabajo es demasiado peligroso, cualquier persona cercana a mi siempre estaría en un riesgo constante. Sé que te sonará estúpido, pero no sabes que fuerzas se mueven debajo de todo este asunto entre humanos y operadores.
—¡No es excusa! ¡Aún así te acostaste con ella! Podías haberte detenido antes, pero eso no lo pensaste ¿¡Cierto!?
—Yo de verdad quería estar con tu madre. —la sinceridad en las palabras de Arthur llegó al alma de Rachel, tanto que, aunque quería seguir reclamando, apretó sus dientes para aguantarse—. Ella era una mujer maravillosa qué le encontraba el lado bueno y divertido a las cosas. Su corazón era enorme, además de ser la mujer más bella que conocí... Y yo era un terco arrogante qué pensaba que solo con querer dejar esto atrás se solucionaría todo y viviríamos como una familia.
Los ojos del Cosmopolita se iluminaron ligeramente mientras que una sonrisa melancólica se formó en su rostro, ya no estaba viendo a Rachel, veía algo mucho más allá de lo que sus sentidos eran capaces de llegar.
—Pero no me fue posible... Y cuando me di cuenta, ya habías llegado a nuestras vidas. Tu madre estaba tan feliz de tenerte, en el hospital ni siquiera quería soltarte apenas estuviste en sus brazos por primera vez.
Rachel reunió toda la fuerza de voluntad que tenía para no llorar. Soltó a ese hombre para darle la espalda y abrazar su propia cabeza con desesperación.
—Ódiame todo lo que quieras, y échame la culpa de todo si quieres, pero mis palabras son sinceras. Amé a tu madre y mi más grande arrepentimiento ha sido tener que alejarme de su lado... ¡Tener que dejarte a ti! Mi propia hija.
—¡Deja de decir eso!
Rachel se dio la vuelta y soltó el grito más fuerte que fuera capaz de soltar. Entonces notó que los ojos de Arthur también estaban a punto de entrar en llanto. Quería de verdad echarle toda la culpa, pero no podía. Ella fue quién se dejó engañar y liberó a Adarza, era tan culpable cómo él.
Ahora mismo, dos almas miserables qué cargaban con el peso de sus pecados se miraban el uno al otro.
—Matamos a Chloe.
—Rachel, no es tu culpa. —Arthur trató de acercarse, pero Rachel se aseguró de alejarse tan rápido como le fuera posible.
—¡Cállate! Lo hicimos, matamos a Chloe. ¡Sí tu te hubieras dado cuenta de ese espejo o sí no lo hubieras dejado y sí yo no fuera tan estúpida y patética no estaríamos aquí!
Arthur mantuvo su silencio. Rachel miró sus manos para darle de nuevo la espalda a ese hombre. Mordió su labio inferior, agachando su cabeza con impotencia. Quería golpearlo hasta cansarse, tirarle un diente. Pero ahora que por fin podía tener respuestas, debía de obtenerlas para luego nunca volver a dirigirle la palabra al Cosmopolita.
—¿Dónde conseguiste ese espejo? —Preguntó Rachel de mala gana
—No lo recuerdo totalmente, pero sé que lo incluí en la caja de recuerdos que tu madre se quedó —Arthur parecía haberse dado cuenta de algo, fue entonces que sacó su encendedor personalizado con una R y una S dorada en ambos lados— Rachel y Sam... Yo jamás me olvidaría de tu madre o de ti. Aunque es una desgracia que ella no pudiera hacer lo opuesto conmigo.
—Ahórrate tu sentimentalismo barato, Cosmopolita —No quería ni llamarlo por su nombre. La molesta rubia miró a otro lado, limpiando sus lágrimas de forma disimulada— ¿¡Cómo no te diste cuenta!? Se supone que eres el operador más fuerte.
—Por la historia que escuché de Lawrence, ese espejo parece tener cierto grado de conciencia. Extrajo tu sangre al ver una presa qué fuera... Fácil de engañar.
Rachel apretó sus puños. Era bastante lógico, pero le enfurecía lo estúpida que había sido en esos momentos. A cada segundo se repetiría qué debió romper ese espejo con el martillo apenas escuchó la primera palabra venir de su interior. Arthur prosiguió.
—Debió ocultar sus características al verme como un riesgo, se lo regalé a tu madre poco antes de irme, así que quedó en esa caja alrededor de 16 años.
Rachel mantuvo su mirada en el suelo. Asintiendo con la cabeza. Ni un operador tan poderoso como El Cosmopolita era capaz de sentir el aura en un objeto si este la ocultaba, eso era problemático.
Rachel dio dos palmadas a sus mejillas, ya había gritado, llorado y dicho lo que tenía que decir. Saber que ese hombre era su padre no cambiaba nada. No vino aquí a reclamar una herencia o solucionar asuntos de familia, quería destruir el espejo.
—¿Esa es toda la información que tienes? —Rachel movió un poco su cabeza para mirarlo, cruzando sus brazos ignorando el dolor en sus manos, al momento en que Arthur asintió, ella empezó a caminar hacia la puerta de salida a la sala de aquel enorme edificio—. Entonces aléjate de mí. No quiero tu apoyo, ni que me hables. Tampoco que me digas hija o me cuentes más cosas de tu pasado ¡Tú y yo no somos nada!
Rachel resopló por su nariz. Su voz recobró fuerza con cada palabra. Pisó con rabia al terminar con su monólogo y continuó con su camino.
Arthur bajó la mirada y limpió sus ojos con su antebrazo, observando a Rachel irse azotando la puerta detrás de ella. Estaba claro que dejaron de ser padre e hija al momento que Arthur se marchó. Fue entonces que una mano tocó el hombro del Cosmopolita, dándole ligeras palmaditas de consuelo. Lawrence quizás no escuchó la conversación, pero ni con habilidades de ver el pasado se le haría más obvio saber todo lo que había ocurrido.
—Esa niña tiene un carácter de los mil demonios, hermano. Me recuerda a ti cuando eras más joven —dijo Lawrence en un tono burlón.
—Ella tiene razón, Law. — Al observar la confusión en el rostro de Lawrence, Arthur negó con la cabeza— por mi culpa ella está aquí y la hija mayor de Sam está muerta.
Lawrence sintió que cualquier palabra que fuera a decir ahora mismo entraría en terreno peligroso, pero siguió su instinto y negó con la cabeza.
—Ninguno pudo saberlo, Arthur. El verdadero responsable de su sufrimiento es ese espejo. Ahora mismo solo está enojada, pero tampoco fuiste un mal padre —Lawrence se apartó con aquella sonrisa— Le compraste esa casa a Sam y le dejaste dinero suficiente para que pudiera criarlas cómodamente, la otra niña ni era tu responsabilidad, eso debe darte puntos.
Arthur frunció el ceño y prefirió guardar silencio antes de decirle inmundo animal a su compañero, que, a pesar de ser listo, era un cabrón desconsiderado. No tenía ningún derecho de sacarle en cara a Rachel qué había hecho esas cosas, era su deber como padre y como hombre proporcionarles dinero y una vida estable a su familia.
Pasó su mano por su cara, soltando un exasperado jadeo. Por fin había entendido a Lawrence. La dureza de la paternidad lo había alcanzado. De verdad era mucho más aterradora que el destello blanco y el ejército estadounidense.
—Ahora te respeto un poco más. Law.
—Me alegra escuchar eso... ¿Qué harás ahora? —cuestionó Lawrence con interés, aunque la respuesta era obvia.
—Seguiremos lo planeado, reunir información del espejo, encontrar a esa tal Adarza, mantener al gobierno alejado de esto y entregarle a ese clon maligno en bandeja de plata a Rachel.
—Tan rápido siendo un padre presente y ya quieres consentir a tu muchacha.
Arthur esta vez no lo soportó y otro explosivo golpe voló al costado del empresario qué lo recibió de lleno y de retorció de dolor, ocultándolo con una pequeña risa.
Rachel salió por la puerta al enorme recibidordel edificio de reuniones, repitiéndose a sí misma que esto no había cambiadonada. Solo fue un mal trago qué olvidaría en algún momento. Sí no había más información del espejo, no tenía nada de qué hablar con ese hombre.
Se detuvo para mirar al techo, dando un suspiro profundo para despejar sumente, fue entonces que miró sus adoloridas manos y algo picó su mente.
«No. Hay algo que de verdad cambia. Si yo soy su... Si de verdad vengo de operadores, yo soy capaz de aprender a utilizar sus habilidades».
Fue algo bastante fácil de entender. Rachel era hija de Arthur, por lo tanto,según las explicaciones de Leena y Lindsy, ella por defecto debería ser capazde aprender a manipular el aura. Sí aprendiera a combatir y utilizar esos variados poderes mágicos, sería capaz de enfrentar y derrotar a Adarza por sí misma.
No tendría que volver a ver esas manos tan débiles nunca más. Tampoco tendría que depender cien por ciento de otros. Una Rachel operadora lidiaría con sus propios problemas y podría asegurarse de que la lista de muertes en sus manos se detuviera, era una forma de volverse verdaderamente fuerte.
—Una Rachel verdaderamente fuerte. —Susurró aquellas palabras con un levebrillo en sus ojos. No creía que eso de verdad fuera posible, pero ahora podía imaginarse como una persona capaz de superar sus límites actuales.
Rachel llevó una mano al frente, apretando su puño de nuevo. Fue entonces que escuchó el montón de pasos acercarse. Miró como de las escaleras de mármol bajaban varios operadores y se dirigían a distintos pasillos o la puerta desalida. Sus miradas de nuevo se posaron en Rachel, así fuera por un momento.
Ella sintió náuseas, no por el pánico escénico, si no, porque creyó en algúnmomento que estos "Trozos de mierda" de verdad la ayudarían por buena voluntad. Otra demostración de que aún le faltaba demasiado por aprender sobreel mundo real. Continuaba siendo una chica ingenua. Se mantuvo firme, dándoles una mirada para nada amistosa, hasta que un excéntrico hombre de traje blanco salió junto a varios guardaespaldas de traje negro. Cuando sus ojos se posaron en Rachel, una pequeña pizca de emoción saltó de repente.
—Oh, sí estás aquí, qué bueno.
Rachel lo reconoció enseguida. Quizás no recordaba su nombre, pero era el líder de una de las tres grandes familias. Además de que Renate venía acompañándolo a unos pasos detrás, manteniendo una expresión inalterable y un total silencio.
—Gracias, Rachel Ficks. Hiciste de esta aburrida reunión algo que recordaré porel resto de mi vida... —dijo Alexei con un tono algo exagerado, mientras que tomaba su mano para estrecharla— Pero te cuento un secreto... aquí entre nosotros. No confíes mucho en Lawrence Logan. Al final, él no es diferente a mí, a esa vieja Zorra qué te golpeó o a casi cualquier otro operador... ¡Hastala próxima, hija de Arthur! Espero que puedas traer algo de diversión a estos aburridos viejos. la última A de "ALLMA" se despide.
Mencionó en voz baja antes de irse con un gran buen humor. Sus guardaespaldas lo siguieron y Renate le dedicó una última mirada a Rachel antes de marcharse.La joven de gabardina estrechó sus ojos, limpiándose la mano con el pantalón. Esas palabras finales le dieron por fín la pista que le faltaba. ALLMA eran los nombres de los amigos de su padre, no su madre.
—No tienes ni que decirlo, todos los operadores son basura.
—¡Rachel!
Fue entonces que una voz familiar llegó a sus oídos, bajando las escaleras concuidado de no chocar con nadie, Lindsy Logan se acercó a su mejor amiga, quienla miró con una expresión que dejaría helado a cualquiera. Detuvo sus pasos con nerviosismo, mirando a los ojos azules de su contraria que le preguntó algo antes de poder hablar.
—¿Lo sabías, Lindsy? —preguntó Rachel con una mirada que congeló a Lindsy Logan.