Saltar al contenido
Explorar novelas

Capítulo 4: El Primer Intento del todo

Elisa (Saga): Las cronícas de un multiverso · por Franteyenki · 14 de septiembre de 2026

La grieta las succionó a ambas. Elisa flotaba entre fragmentos de tiempo.

No caminaba. No volaba.

Simplemente se movía entre momentos. Un segundo detenido podía durar una eternidad o desvanecerse como una exhalación. El sombrero la guiaba sin rumbo claro, como si la realidad misma tratara de recordar un camino olvidado.

Las grietas que había sellado hasta ahora eran pequeñas, brechas ligeramente perceptibles. Pero esta era distinta. No era un corte, era un abismo.

Una garganta cósmica que no solo atravesaba dimensiones, sino que parecía tocar algo más allá de todo lo que había conocido.

Elisa descendió lentamente. Sus pies no tocaban nada. Su cuerpo tampoco proyectaba sombra.

Y entonces lo sintió.

Una presencia doble. No una voz, ni un ser. Era algo más profundo: una memoria primitiva del multiverso.

Algo que había sido encerrado... antes de que siquiera existiera el tiempo.

Mientras descendía por el borde de la grieta, las paredes del vacío comenzaron a mostrarse: escenas borrosas, distorsionadas, como pensamientos proyectados por un dios dormido.

Un universo imposible, dentro de una realidad que respiraba.

Un coro de criaturas que cantaban galaxias enteras a la existencia.

Un sol que proyectaba sombras.

Elisa se aferró a su sombrero. El poder que lo habitaba la protegía de la locura, pero incluso esa protección comenzaba a fracturarse.

Fue allí donde lo escuchó por primera vez.

No un grito.

Ni un rugido.

Sino una idea. Un recuerdo ajeno susurrado directamente a su alma:

"Somos lo que vino antes."

"La chispa que fracasó."

"Los dioses del error original."

Elisa retrocedió de inmediato.

No necesitaba más.

Sabía que no debía estar allí.

Minutos después, cuando logró escapar de la grieta usando el sombrero como ancla dimensional, Astrid la estaba esperando.

—Entraste demasiado profundo. No entiendo cómo escapaste. Yo apenas pude salir —dijo, sin juicio, pero con cierta gravedad en la voz.

Elisa, temblando, aún jadeaba.

—¿Qué... qué demonios era eso?

Astrid no respondió de inmediato. Observaba el horizonte estelar como si buscara algo que no quería encontrar.

—¿Sabes lo que es un borrador? —preguntó finalmente—. Cuando alguien intenta algo por primera vez y lo hace mal. Y no solo un poco mal. Lo hace tan mal que rompe la lógica misma. Eso fue lo que viste.

—La primera creación... —murmuró Elisa—. El primer intento fallido de un multiverso.

Astrid asintió lentamente.

—Y lo peor... es que nunca fue destruido. Solo fue confinado. Como un tumor encerrado en cristal. Pero las grietas que han empezado a abrirse... conectan también con esa existencia.

Elisa se estremeció. El frío que sentía no venía de su cuerpo. Era un miedo cósmico, existencial. Un terror que no se puede explicar con palabras.

—¿Quiénes... son ellos? Los que están allí...

—No se les debe nombrar —respondió Astrid—. Los Guardianes intentaron borrar incluso la memoria de su existencia. Fracasaron. Solo lograron encapsularlos. Fueron los primeros dioses. Nacieron de la inestabilidad. De la desobediencia de las leyes del ser.

—¿Y si salen...?

—No quedará nada. Ni dimensiones. Ni tiempo. Ni ideas. Solo ellos. Y el error repetido.

Elisa miró su sombrero y, por primera vez, no sintió confianza.

Sintió carga.

Responsabilidad.

Estas grietas que están apareciendo, que ella misma había causado en su pelea con los Guardianes y que ahora estaba sellando, son fisuras, pequeñas conexiones con la primera existencia que se crearon durante la batalla que Elisa tuvo con los Guardianes, la cual había sido tan intensa que hizo que la frágil estructura del multiverso se fracturara, creando esas fisuras. Y si no las sella... si deja solo una de las grietas abiertas, podría hacer que la segunda existencia se fusione con la primera y ellos salgan.

Astrid se acercó y se arrodilló junto a ella, sin agresión.

—Yo sé que no confías en mí —dijo—. Pero quiero evitar eso. Mi forma de hacerlo puede parecer extrema... pero no es porque desee destruir. Es porque he visto lo que pasa cuando no hacemos nada. Usando las grietas puedo fusionar universos y, con el tiempo y con algunas grietas más, podré crear un solo universo.

—¿Unir todas las dimensiones en una sola... es tu solución?

Astrid no respondió. Solo miró hacia la nada.

—Velhara murió porque nadie actuó a tiempo —murmuró—. No dejaré que vuelva a pasar. Al unir todos los universos en uno solo haré que no solamente la frágil estructura del multiverso se fortalezca, sino que también podré evitar que cualquier problema similar pueda ocurrir. Mi mundo fue aniquilado y los Guardianes no pudieron hacer nada porque no podían preocuparse por un único universo teniendo un sinfín de mundos más por cuidar, sobre todo por el mío, al ser uno que, de cualquier manera, estaba roto desde el inicio. El que fuera eliminado hasta les convenía; a fin de cuentas, se estarían deshaciendo de un prototipo mal diseñado. Solo tendrían que sellar la grieta una vez que mi universo muriera. Pero si creo un solo universo, eso no volverá a pasar. Ningún mundo se quedará muerto y olvidado como el mío. No habría un mundo que no pudiera ser salvado porque todos serían uno.

Elisa no respondió.

No sabía qué responder.

Y entonces Astrid se marchó, abriendo un portal hacia otro universo.

Elisa quedó sola entre las estrellas rotas, contemplando el abismo al que se acercaba lentamente el multiverso.

No podía evitar sentir que tal vez Astrid estaba en lo correcto, pero... algo la perturbaba. Debido a que las grietas en los universos que Astrid había unido no fueron selladas, sino más bien cosidas, suprimidas con esos universos, aún quedaban pequeños rastros, casi imperceptibles, remanentes de las grietas. Incluso para ella eran difíciles de percibir, pero sabía que, por más ínfimas que fueran, seguían siendo peligrosas y sabía lo que podía pasar si alguna de esas grietas volvía a formarse o si la estructura del universo que quería crear Astrid se rompiera al estar formada por tantas dimensiones.

Sabía que cada grieta que sellaba era como apagar una chispa en un campo de gas.

Pero también sabía que sellarlas era la única manera de verdaderamente acabar con esto.

Porque algo, allá adentro, ya había despertado.

Y lo único que mantenía a los dioses del error encerrados...

...era el tiempo que quedaba antes de que alguna de esas grietas se abriera por completo.

Y rápidamente selló la grieta del universo de Astrid. Ella, de cualquier manera, no quería unir su universo con otro.

Le traía demasiados recuerdos dolorosos.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Franteyenki en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: LO QUE EL ALMA NO OLVIDA · La inercia de un Dios · Prohibido enamorarse de ti