La grieta palpitaba como una herida viva. Elisa la observaba con recelo mientras el sombrero reaccionaba, vibrando en su cabeza como si intentara advertirle algo más allá de las palabras. Y entonces, como una visión o un recuerdo que no era suyo, la mente de Elisa fue invadida por imágenes. Ecos de otra vida.
La vida de Astrid.
El nombre del mundo era Velhara, una dimensión cuya física fluía como la música: la gravedad seguía ritmos, el tiempo se medía en ciclos melódicos y el espacio se doblaba al compás de las emociones colectivas. Era un universo hermoso, pero inestable, construido sobre una armonía frágil, donde cada pensamiento podía influir en la materia y el destino.
Astrid nació bajo una lluvia de luz azul, en el núcleo de la ciudad-catedral de Caelum, la capital vibrante de Velhara. Su gente era sabia, pero orgullosa. Capaces de moldear el espacio con ecuaciones de voluntad y caminar entre estrellas con la sola fuerza del pensamiento colectivo. Astrid fue una niña prodigio, una compositora de fórmulas y arquitecta de geometrías imposibles. Soñaba con crear estructuras que pudieran sostener mundos enteros.
Pero Velhara tenía un secreto.
Era un borrador.
Un prototipo fallido del universo, el primer universo creado de la segunda existencia, que, como cualquier primer intento... podía tener errores. Una dimensión piloto del multiverso, diseñada con fuerzas que ni siquiera los Guardianes comprendían del todo. La estructura interna de Velhara tenía errores irreparables. Variables caóticas se acumulaban con los siglos, y los lazos que mantenían la realidad cohesionada comenzaban a desgarrarse.
Todo comenzó con pequeños deslices: días que se repetían, personas que desaparecían entre conversaciones, recuerdos que nadie podía confirmar si existieron.
Luego vinieron los colapsos.
Zonas enteras del planeta comenzaron a desaparecer, reemplazadas por vacíos inertes. El cielo se partía en silencios. Los mares se congelaban en fuego líquido. La música del mundo perdió su clave.
Los eruditos y los ancianos intentaron contener la entropía. Algunos rezaron. Otros se negaron. Pero todos fracasaron. Las anomalías empezaron a volverse calamidades. Aparecían y no dejaban nada más que destrucción y vacíos a su paso. Los planetas más afortunados solamente eran vaciados, quedando como lugares desérticos, pero los menos afortunados... eran absorbidos junto con media galaxia.
Un trágico día, una grieta terminó apareciendo en Velhara, empezando a consumir y desintegrar todo.
Todos fueron tragados por esa abertura y Astrid trató de alcanzar a su hermana, que era la única que aún no era absorbida; sin embargo, sus manos apenas lograron rozarse para que después Astrid la perdiera de vista en la oscuridad de esa fisura.
—¡¡¡HERMANA!!! —gritó con una impotencia inmensa.
Astrid, a sus 19 años, fue testigo de cómo su mundo, su pueblo, su madre y su hermana pequeña fueron tragados por esa grieta que apareció en medio de la ciudad y la absorbió por completo.
Su planeta e incluso el universo entero quedaron completamente destruidos y desiertos. No quedó nada. Ni gritos. Ni sombras. Nada. Solamente Astrid, residuos de ciudades y un paisaje desértico que asolaba todo el planeta.
El silencio eterno del universo solo era interrumpido por los llantos y lamentos inconsolables de Astrid, que no podía ver nada más que ruinas de lo que alguna vez fue su hogar.
¿Cómo sobrevivió?
Nadie lo sabe.
Ni ella.
Una grieta dimensional que conectaba con una existencia mucho más corrupta que la suya apareció y la dejó caer en otro universo: un rincón del vacío entre dimensiones. Un lugar sin tiempo. Sin cuerpo. Una celda abstracta donde flotaban ruinas de mundos que ya no eran. Allí, en ese cementerio de posibilidades, Astrid encontró el broche.
No estaba oculto.
Simplemente estaba.
Un objeto de metal cambiante, incrustado con un núcleo de cristal que giraba constantemente, mostrando escenas de infinitas realidades superpuestas. Al tocarlo, Astrid sintió al universo sangrar por dentro, vio la creación de todo y del objeto que ahora poseía. Comprendió y vio cosas que hasta para los más sabios de su raza serían totalmente desconocidas.
El broche tenía un propósito.
No sellar.
Sino crear.
Unir.
Con él, aprendió a viajar entre dimensiones, saltando a través de los restos del multiverso como una nómada fantasmal. Se infiltró en mundos alternos, recopiló conocimientos prohibidos, vio mundos igual de deshechos que el suyo y comprendió que el multiverso no era estable. Era una mentira mantenida por retazos frágiles y costuras débiles. Su mundo solo era uno más de cientos que estaban condenados, eventualmente, al fin.
Y al ver todo eso supo lo que tenía que hacer y decidió que iba a crear algo nuevo.
Un solo universo.
Uno sólido, indivisible, donde los errores de Velhara no pudieran repetirse.
Sabía que sería cruel.
Que rompería realidades enteras.
Pero también sabía que la alternativa era el colapso eterno.
Ella no se consideraba una salvadora.
Ni una villana.
Ella era, simplemente, la única que quedaba.
Y ese pensamiento la obligaba a actuar.
La visión se disolvió y Elisa cayó al suelo, jadeando. El sombrero se había quedado quieto, como si también hubiese quedado en shock.
La grieta seguía ahí, vibrando con el mismo pulso extraño. Ya no solo era una abertura.
Era un umbral.
Un susurro desde la existencia fallida.
—¿Lo viste? —dijo Astrid, apareciendo junto a ella sin previo aviso.
Elisa asintió, aún de rodillas.
—Vi... todo.
—Entonces ya no puedes odiarme.
—No... —murmuró Elisa—, pero tampoco puedo dejarte continuar. Me prometí a mí misma que arreglaría todo esto.
Astrid bajó la mirada. El broche en su pecho giró lentamente.
—Yo también me lo prometí y tampoco puedo detenerme. Yo quiero arreglar todo igual que tú, pero supongo que aún no entiendes mi enfoque diferente.
—Sí lo entiendo... pero no significa que sea correcto.
Astrid solo la observó en silencio.
Y ambas lo supieron.
Había comenzado.
El verdadero viaje de estas dos viajeras, que no era solo entre dos fuerzas opuestas.
Era entre dos sobrevivientes.
Dos mujeres arrastradas por decisiones que nunca quisieron tomar.
Dos símbolos de una paradoja cósmica.
Cerrar.
Unir.
Salvar.
Destruir.
La grieta tembló.
Y desde su interior, algo se movió.
Algo que no debía despertar.
Pero lo había hecho.
Y el multiverso... estaba escuchando.