I. Onni
Faltaban diez dias para el taikusai —el festival deportivo de otoño—, y esa mañana el pasillo sonaba como una casa de apuestas. Todos opinaban sobre si iba a llover o no, como si discutirlo con suficiente convicción pudiera cambiar el resultado.
—Si amanece nublado asi, llueve antes de la tarde. Siempre pasa —dijo uno de los chicos, apoyado contra la ventana.
—Mi abuela dice lo mismo —agregó una compañera—. Cuando el cielo está asi de bajo desde temprano, hay que llevar paraguas si o si.
Itou asentia, convencido, y hasta Kana parecia estar de acuerdo, lo cual, viniendo de alguien que normalmente tenia una opinión propia sobre todo, me pareció raro.
Miré hacia el fondo del aula. Asahina estaba en su lugar de siempre, con la vista baja, sin participar en la conversación, como cualquier otro dia. Pensé que seguiria asi.
No fue lo que pasó.
—Eso no es necesariamente cierto.
Su voz no fue fuerte. Pero el aula, en ese momento, estaba lo suficientemente tranquila como para que todos la escucharan con claridad. Varias cabezas se giraron al mismo tiempo, como si el sonido de su voz fuera más inusual que lo que estaba diciendo.
—Hoy son estratocúmulos, no nimboestratos —continuó, sin levantar mucho la vista, pero con una firmeza que no le habia escuchado antes en una conversación grupal—. Son nubes bajas, pero no producen lluvia por si solas. Primero tiene que formarse una capa más espesa. Según la tendencia de la presión atmosférica de esta mañana, lo más probable es que se despeje antes del mediodia.
Silencio.
No un silencio incómodo, exactamente. Más bien el tipo de silencio que se produce cuando varias personas procesan al mismo tiempo algo que no esperaban. Itou fue el primero en reaccionar.
—Eso… es información muy específica para alguien que ni siquiera estaba hablando con nosotros —dijo, con una sonrisa genuina, no burlona.
Kana no dijo nada de inmediato. Solo miró a Asahina con una expresión que no supe interpretar del todo, algo entre la sorpresa y una especie de reevaluación silenciosa.
Yo tampoco dije nada. No porque no tuviera ganas —las tenía; queria decir algo, reconocer de alguna forma lo que acababa de pasar—, sino porque noté, casi al mismo tiempo que terminaba de hablar, cómo se le tensaban los hombros. Volvió la vista a su pupitre. Su mano, que sostenia el lápiz, se quedó completamente quieta sobre el papel, como si estuviera esperando que la conversación se desviara hacia otro lado lo antes posible.
Entendi, sin que nadie me lo explicara, que decir algo en ese momento —"Qué bien que hablaste", o cualquier variante de eso— solo habria empeorado las cosas. Habria convertido un gesto pequeño en un espectáculo.
Asi que no hice nada. Volvi a mi propio cuaderno, como si la conversación ya hubiera terminado para mi.
A veces, ayudar significa simplemente no añadir nada más.
El cielo, dicho sea de paso, se despejó antes del mediodía. Exactamente como ella había dicho.
II. Tsumugi
Llevaban dos minutos enteros equivocados.
Estratocúmulos. No nimboestratos. Cualquiera con un minimo de atención al cielo de esa mañana lo notaria.
No es asunto tuyo. No tenés que decir nada. Nadie te preguntó.
Pero está mal. Van a llevar paraguas sin necesidad, o van a cancelar algo que no hace falta cancelar, solo porque la abuela de alguien dijo una frase que sonaba convincente.
No hables. No hables. No hables.
Es solo un dato. No es una conversación de verdad. No tengo que mirar a nadie a los ojos para decir un dato.
Las palabras salieron antes de que terminara de decidir si debia decirlas.
—Eso no es necesariamente cierto.
Y desde afuera, esto fue lo que vieron: Asahina, que llevaba media hora sin abrir la boca, dijo una frase completa, con datos precisos sobre tipos de nubes y tendencias de presión, sin que nadie se lo preguntara directamente. Después volvió la vista a su pupitre y no dijo nada más, como si aquella frase le hubiera costado algo que nadie a su alrededor podia ver.
Lo que nadie vio fue esto: el segundo exacto en que mi cuerpo entero pareció darse cuenta, con retraso, de lo que acababa de hacer. Las manos empezaron a pesarme. El sonido del aula, que un momento antes era solo un ruido de fondo manejable, de pronto se sintió más alto, más cercano, como si el volumen general hubiera subido sin que nadie tocara nada.
Conté, mentalmente, cuánta energia me quedaba para el resto del dia. No mucha. Acababa de gastar una parte importante en seis segundos de habla espontánea frente a un grupo, y todavia faltaban cuatro clases más.
Valió la pena, pensé, aunque "valer la pena" y "estar exhausta" pudieran ser ciertas al mismo tiempo.
Escuché a Itou decir que la información era muy específica. No sonó a burla. Eso ayudó. Senti la mirada de Momoi-san un segundo más de lo que me resultaba cómodo, pero no dijo nada, y se lo agradeci en silencio, porque cualquier comentario en ese momento —bueno o malo— habria sido demasiado.
Onni tampoco dijo nada.
Eso fue lo más fácil de soportar de toda la mañana. No vino a felicitarme. No me preguntó si estaba bien delante de todos. Volvió a su cuaderno, como si la conversación ya hubiera terminado, dándome exactamente el espacio que necesitaba sin tener que pedirlo.
A las doce, como dije, el cielo se despejó.
Nadie más pareció notar que tenia razón. Onni si. Tampoco dijo nada al respecto; solo miró un segundo hacia la ventana, después hacia mi, y asintió una vez, sin necesidad de palabras.
Esa noche, agotada de una forma que ni siquiera el club de meteorologia me dejaba, escribi en el margen del cuaderno:
Hoy hablé sin que nadie me preguntara. Costó. Pero no me arrepiento.