I. Onni
Llovió toda la mañana: una de esas lluvias finas que no parecen importantes hasta que uno se da cuenta de que lleva tres horas sin parar. Durante el descanso, Asahina salió un momento del aula —a buscar algo, supongo, aunque no le pregunté— y dejó su cuaderno abierto sobre el pupitre.
El viento entraba por la ventana entreabierta. Antes de que las páginas terminaran en el suelo, las sostuve con la mano, sin pensarlo demasiado, solo para evitar que se mancharan con la humedad que ya empezaba a colarse por el marco.
No fue mi intención mirar. Pero ya las estaba sosteniendo, y las páginas estaban ahi, abiertas, frente a mi.
No era lo que esperaba.
Esperaba dibujos simples, tal vez. Nubes con forma de algodón, ese tipo de cosas.
En cambio habia tablas: fecha, hora, presión atmosférica, velocidad del viento, tipo de nube clasificado con una precisión que no parecia de alguien de dieciséis años. Cúmulos, cirroestratos, nimboestratos, cada uno con una pequeña anotación al lado, en una letra diminuta y ordenada. Páginas y páginas de eso. Meses. Tal vez años.
—Eso es mio.
Su voz, detrás de mi, sonó más tensa de lo normal. Cuando me di vuelta, tenia los brazos casi cruzados sobre el pecho, como si se estuviera preparando para algo.
—Lo lei... no, perdón. Lo sostuve para que no se mojara —dije, señalando la ventana—. ¿Esto es de hoy?
Pareció no esperar la pregunta. Se quedó quieta un segundo.
—De esta mañana. Antes de clase.
—¿Mediste la presión tú misma? —insisti, mirando otra vez la tabla—. En mi casa, mi padre revisa algo parecido todos los dias antes de salir al bosque. No tan detallado como esto, pero...
—¿Tu padre lee el clima?
—Tiene que. Si no, podria quedar atrapado en una tormenta, o el camino se vuelve peligroso para sacar la madera. —Me encogi de hombros—. Nunca lo hizo con este nivel de detalle, eso si. Esto parece un informe real de una profesional, no una libreta de escuela.
No dijo nada por unos segundos. Pero algo en su postura cambió, apenas, como si la tensión se hubiera movido de lugar sin desaparecer del todo.
—¿De verdad te interesa, o solo estás siendo amable?
Fue una pregunta directa, distinta a las que solia hacer. Lo pensé un momento antes de responder, porque me pareció que merecia una respuesta igual de directa.
—Si solo quisiera ser amable, te hubiera dicho: "Qué lindo cuaderno" y ya. Te pregunto por los números porque quiero saber qué significan.
Eso pareció convencerla de algo. No sonrió —no creo haberla visto sonreir todavia, en las semanas que llevo aqui— pero bajó los brazos, y señaló una de las columnas.
—Esto es la presión en hectopascales. Cuando baja rápido, casi siempre significa que se acerca un sistema de baja presión. Tormenta, en general.
Pasamos el resto del descanso asi, ella señalando columnas, yo preguntando qué significaba cada simbolo. No hubo pausas largas esta vez. Las palabras le salian en un orden distinto, más rápido, como si en ese tema especifico no necesitara traducir nada.
—Si te interesa de verdad —dijo, cuando sonó la campana—, hay un club. Ciencias de la Tierra. Nos juntamos los martes y jueves en la azotea.
No fue una invitación elaborada. Fue casi un dato más, dicho con el mismo tono que usó para explicarme los hectopascales. Pero fue ella quien lo ofreció, sin que yo lo pidiera, y eso me pareció más importante que la invitación en si.
Fui ese mismo jueves.
◇ ◇ ◇
La azotea tenia una pequeña caseta metálica con instrumentos que no supe nombrar al principio: un anemómetro girando despacio con el viento, un pluviómetro, un termómetro de máxima y minima. Un hombre mayor, de pelo gris y suéter raido, anotaba algo en una planilla cuando llegamos.
—Asi que tú eres el finlandés —dijo, sin levantar mucho la vista—. Soy Hoshino. Enseño geociencias y, de paso, superviso este club desde hace once años. —Señaló a Asahina con la cabeza, sin mirarla directamente, como si supiera que mirarla de frente la incomodaria—. Ella no ha faltado ni un solo dia a las observaciones en tres años. Ni uno. La cooperativa de pesca del puerto a veces usa sus datos para decidir si salen a pescar o no.
Miré a Asahina. Estaba revisando el pluviómetro, de espaldas a nosotros, pero pude notar que se habia quedado un poco más quieta de lo normal al escuchar eso.
—Eso es… impresionante —le dije, no a Hoshino-sensei, sino directamente a ella.
—Es solo registrar datos —respondió, sin darse vuelta—. Cualquiera podria hacerlo.
—Cualquiera podria —dijo Hoshino-sensei, volviendo a su planilla—, pero nadie más lo hace. Esa es la diferencia.
No agregó nada más. Volvió a sus anotaciones, dejándonos solos en la azotea con el viento y los instrumentos, como si lo que acababa de decir no necesitara ningún adorno extra para ser cierto.
II. Tsumugi
Cuando volvi al aula y lo vi sosteniendo mi cuaderno, lo primero que senti fue algo parecido al pánico.
Lo va a ver. Va a ver las páginas. Va a pensar que es raro, que es de niña pequeña, que quién a los dieciséis años todavia anota nubes en un cuaderno como si fuera importante.
Tengo ese cuaderno desde los catorce años. Nadie fuera de mi familia lo habia visto completo hasta ese momento. No porque fuera un secreto exactamente, sino porque nunca nadie preguntó lo suficiente como para que tuviera sentido mostrarlo.
—¿Esto es de hoy? —preguntó.
No fue la pregunta que esperaba. Esperaba un "¿Qué es esto?", con esa entonación que ya conozco, la que significa: qué cosa más rara. En cambio, preguntó por los números. Por el método. Como si el cuaderno fuera un objeto que mereciera preguntas de verdad, no solo curiosidad superficial antes de cambiar de tema.
Le pregunté si de verdad le interesaba o si solo estaba siendo amable. Necesitaba saberlo antes de seguir, porque ya me habia pasado antes: alguien fingiendo interés durante un par de minutos y, dias más tarde, esa misma persona contándoles a otros sobre "la chica que colecciona nubes", con una risa que no me incluia a mi.
Su respuesta fue seca, casi brusca, y por eso mismo la crei.
Si solo quisiera ser amable, te hubiera dicho "qué lindo cuaderno" y ya.
Eso no se dice por amabilidad. Eso se dice porque a alguien realmente le molesta la idea de fingir interés. Algo en mi, algo que llevaba mucho tiempo cerrado con cuidado, se aflojó un poco al escucharlo.
Empecé a explicarle las columnas: la presión, los simbolos de las nubes, cómo se relaciona la velocidad del viento con los cambios de temperatura. Y entonces noté algo que no esperaba: no me cansé.
Normalmente, hablar tanto tiempo seguido me deja agotada, como si cada palabra costara una pequeña cuota de energia que después tengo que reponer en silencio. Pero esta vez fue distinto. Las palabras salian en el orden correcto, sin que tuviera que revisarlas antes de decirlas, sin contar, sin calcular el tono.
Nadie me habia preguntado por esto de la forma correcta antes. La mayoria, cuando ven el cuaderno, dicen: "Ah, qué lindo", y pasan a otra cosa en cuestión de segundos. Él se quedó. Preguntó más. Quiso entender, no solo confirmar que existia.
Lo invité al club. No lo pensé mucho antes de decirlo; simplemente salió, de la misma forma en que salen los datos sobre el clima, sin el filtro habitual.
En la azotea, Hoshino-sensei dijo lo de la cooperativa de pesca delante de él. No fue la primera vez que lo escuchaba —sensei lo menciona cada tanto, como si fuera un dato más, sin darle peso de elogio—, pero si fue la primera vez que me importó que alguien más, además de él, estuviera escuchando.
Esa noche, después de anotar el cielo despejado de la tarde, escribi algo nuevo en el margen del cuaderno:
Hoy alguien preguntó por qué, no solo qué.