I. Onni
La notificación llegó un martes de marzo, al correo electrónico que reviso con menos frecuencia que el de la escuela.
Era del programa de intercambio: formulario de decisión sobre la extensión del periodo, fecha limite para responder e instrucciones adjuntas en tres idiomas.
El asunto decia: «Decisión de continuidad — Korhonen, Onni — vence 15 de abril».
Quince de abril.
Cinco semanas.
Lo lei dos veces. Guardé el correo en una carpeta.
Me senté en el borde de la cama de la habitación de los Tanaka —la misma en la que dormia desde septiembre, con la misma vista al puerto, con el mismo sonido del mar que para entonces ya reconocia como parte del silencio normal de la noche— y me quedé pensando.
No en la decisión.
Esa ya la sabia.
Habia entendido que queria quedarme en algún punto del invierno, sin poder señalar el momento exacto, de la misma forma en que uno entiende que ya no es otoño: no hay un instante preciso, solo el reconocimiento de que el suelo cambió bajo los pies sin que nadie lo declarara.
Lo que me tomó más tiempo fue pensar en cómo decirlo, a quién primero y en qué orden.
Se lo dije a Asahina en el camino de vuelta del jueves siguiente.
No esperé más tiempo porque esperar más tiempo sin decirlo era una forma de haberlo decidido sin que ella lo supiera, y eso no me parecia justo.
◇
Jueves.
—Recibí una notificación del programa de intercambio —dije, en el primer tramo tranquilo del camino, pasada ya la esquina de la farmacia—. Tengo hasta el quince de abril para decidir si extiendo mi estadia o vuelvo a Finlandia.
Ella, siguió caminando al mismo ritmo. No aceleró, no desaceleró.
—¿Cuánto dura la extensión?
—Un año más. El próximo ciclo escolar completo.
Silencio...
Lo que no dije: que ya sabia qué queria responder. Que la respuesta no estaba en duda desde hacia semanas. Que el único motivo por el que todavia no la habia enviado era que decir «me quedo» sin contexto implicaba un peso que no queria poner sobre ella sin que ella eligiera recibirlo.
Lo que si noté: que, mientras procesaba la información, su paso se mantuvo exactamente igual, pero el cuaderno que llevaba cruzado sobre el pecho se apretó un poco más contra ella.
Lo noté porque ya sé leer esas cosas.
—¿Cuándo tenés que decidir?
—Quince de abril.
—Cinco semanas.
—Si.
Más silencio.
El mar a nuestra derecha. El frio de marzo, que ya no era el frio de diciembre, pero todavia no era calor tampoco. Ese periodo intermedio que ella habia descrito una vez como «la estación que no sabe qué es todavia».
—¿Ya sabés qué querés hacer? —preguntó.
Pensé en la respuesta correcta.
La respuesta honesta era si, pero la respuesta honesta completa tenia más partes de las que podia dar todavia sin que sonara a presión.
—Tengo una dirección —dije—. Pero quiero tomarme el tiempo que el formulario me da antes de enviarlo.
Ella asintió.
No siguió preguntando.
Eso también lo sé leer: que no siguiera preguntando no significaba que no quisiera saber. Significaba que estaba procesando y que las preguntas vendrian después, cuando las hubiera ordenado.
Caminamos el resto del trayecto en silencio.
Un silencio distinto al de siempre: más lleno de algo que ninguno de los dos estaba diciendo todavia, pero sin que eso lo hiciera incómodo.
Solo denso.
Como un cielo con mucha presión acumulada que todavia no encontró la forma de convertirse en lo que va a ser.
II. Tsumugi
Quince de abril.
Cinco semanas.
Lo anoté mentalmente antes de que terminara de decirlo, en la columna donde guardo las fechas que importan.
Tenia el dato desde hacia meses: «El año escolar completo, hasta la primavera», me dijo en septiembre. Lo habia registrado entonces con la misma precisión con que registro los datos que todavia no sé para qué voy a necesitar, porque no tenerlos me parecia peor que tenerlos sin uso.
La diferencia entre «hasta la primavera» como concepto y «quince de abril» como fecha especifica era la diferencia entre saber que iba a llover y saber que iba a llover a las tres de la tarde.
El mismo hecho, con una urgencia completamente distinta.
¿Ya sabés qué querés hacer?
Pregunté antes de poder revisar si era la pregunta correcta. Salió como salen a veces las cosas cuando el sistema está procesando más de una cosa al mismo tiempo y no tiene capacidad de filtro sobrante.
Él dijo que tenia una dirección.
Una dirección no es lo mismo que una decisión.
Lo sé porque yo también uso ese tipo de lenguaje cuando sé lo que quiero, pero todavia no estoy lista para decirlo del todo.
Lo reconoci.
No pregunté más.
No porque no quisiera saber, sino porque la respuesta completa, si existia, requeria condiciones que ese camino, en ese momento, no era el lugar correcto para crear.
Llegué a casa más temprano de lo normal porque caminé más rápido de lo que me di cuenta.
Subi a mi cuarto.
No abri el cuaderno todavia.
Me senté en la silla del escritorio y miré el calendario en la pared —ese que actualizo yo misma, con anotaciones de fechas de registro importantes y de eventos del club— y conté.
Quince de abril.
Cinco semanas.
Más de un mes.
Suficiente para que muchas cosas ocurran.
O para que no ocurra ninguna.
La certeza del invierno seguia ahi, instalada, sin haberse ido.
Pero ahora tenia competencia: el conocimiento de que habia una fecha, un formulario, una decisión que él iba a tomar independientemente de lo que yo sintiera, a menos que yo dijera algo antes de que la tomara.
A menos que yo dijera algo.
El sistema no tenia protocolo para eso.
El sistema estaba diseñado para adaptarme al mundo, no para cambiar lo que el mundo iba a hacer.
No tenia una regla para «decir algo que cambie el resultado».
Me quedé mirando el calendario un rato más, haciendo el tipo de cálculo que no cabe en ninguna columna del cuaderno.
Esa noche, cuando finalmente abri el cuaderno, anoté los datos del día con la letra un poco más pequeña de lo usual, como si quisiera dejar más espacio en la página para lo que todavia no estaba segura de cómo escribir.
En el margen, al final, dejé más espacio del habitual antes de la frase:
Dije que lo que haria con la certeza pertenecia a la primavera. La primavera llegó. Trajo una fecha. Ahora la primavera y yo tenemos exactamente cinco semanas para ponernos de acuerdo sobre qué hacer con lo que sé.