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Capitulo 21 — Dos islas

El cielo que solo ella sabe leer · por habi · 30 de agosto de 2026

I. Onni

Llevo nueve meses en Japón.

Lo calculé esa mañana, sin buscarlo, mientras miraba el calendario del teléfono por una razón completamente distinta. Nueve meses. Suficiente tiempo para que el idioma haya dejado de ser un obstáculo constante y se haya convertido en algo más parecido a un suelo irregular que ya sé cómo pisar sin caerme, la mayoria de las veces.

Suficiente tiempo también para que algo que no esperaba empezara a ocurrir: que Finlandia empezara a sentirse un poco lejana de una forma que no tiene que ver con la distancia geográfica.

No lo noté de golpe. Lo noté en pequeños momentos: cuando Saara me mandó un meme que antes me habria parecido gracioso y tardé tres segundos en entender el contexto, no por el idioma, sino porque el contexto era finlandés y yo llevaba nueve meses viviendo en otro contexto. Cuando mi padre me llamó y describió el primer dia de nieve del año, y lo primero que pensé fue en los cirros que Asahina habia anotado esa mañana, no en la nieve de casa. Cuando Yumi-san me preguntó cómo era el invierno en Finlandia y tuve que buscar las palabras como quien recuerda algo en vez de como quien sabe algo.

No pertenezco del todo a ningún lado ahora mismo. Japón todavia no es "mio" de la forma en que lo es para quien nació acá. Finlandia ya no me queda igual de bien que antes de venir.

Estoy entre.

Se lo dije a Asahina esa tarde, en el camino, sin planificarlo. Salió de la misma forma que salen las cosas cuando ya llevan demasiado tiempo esperando un lugar donde ir.

Ella no respondió de inmediato.

El silencio de pensar, no el silencio de no saber.

—Mi padre es asi —dijo finalmente—. Siempre fue asi.

No entendi al principio.

—¿Cómo?

Entre. No exactamente de la misma forma que tú. Pero tampoco del todo en ningún lugar. El mar es suyo, la casa es suya, nosotros somos suyos, su familia. Y, aun asi, hay algo en él que existe un poco aparte, en algún lugar al que nadie más llega del todo. —Hizo una pausa—. Y está bien. Él está bien.

No sé si lo dijo para tranquilizarme o para recordárselo a ella misma. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo.

Le pregunté si ella también se sentia asi.

Tardó más esta vez.

—Diferente —dijo—. Lo tuyo tiene bordes. Tiene una fecha de origen y probablemente una fecha de resolución, aunque no la sepas todavia. Lo mio no tiene bordes. Es solo la forma en que funciono. Siempre fue asi, siempre va a ser asi.

Lo dijo sin amargura. Con la misma voz con que daria un dato del pronóstico: esto es lo que hay, esto es lo que mide el instrumento.

—¿Eso te molesta? —pregunté, y después de decirlo me pregunté si era demasiado directo.

—A veces.

No tardó mucho.

—Menos que antes. Este año, menos.

No dije nada. El mar siguió haciendo el sonido que hace siempre, sin importarle que acabáramos de tener la conversación más honesta del año.

Llegué a casa pensando en islas.

Dos islas en el mismo mar, visibles una desde la otra, ninguna parte de la misma tierra. No es lo mismo que estar solos en océanos distintos.

Tal vez eso también es algo.



 

II. Tsumugi

Lo que dijo sobre estar entre dos lugares lo entendi antes de que terminara la frase.

No porque sea lo mismo que lo mio. No lo es. Pasé suficiente tiempo analizando la diferencia como para saber exactamente dónde se separan los dos caminos: el suyo tiene coordenadas geográficas, tiene pasaporte, tiene la posibilidad de que el tiempo o una decisión lo resuelvan. El mio no tiene ninguna de esas cosas. Es simplemente la arquitectura de cómo proceso el mundo, y no cambia si vuelvo a casa, ni si aprendo otro idioma, ni si el tiempo pasa.

Pero la sensación de estar entre… eso si lo conozco.

La conozco desde que tengo memoria: entre lo que entiendo por dentro y lo que logro mostrar afuera. Entre el momento en que sé la respuesta y el momento en que llega a tiempo para ser útil. Entre la persona que soy cuando nadie necesita nada de mi y la persona que me esfuerzo en ser cuando si necesitan algo.

Siempre entre.

Pensé en mi padre mientras lo escuchaba. Ren Asahina, que lleva toda la vida siendo una isla sin necesitar que nadie lo nombrara asi. Que eligió el mar porque el mar tiene sus propias reglas y no exige traducción. Que me enseñó a leer las nubes antes de enseñarme a leer personas y que, probablemente, tomó esa decisión consciente o inconscientemente porque las nubes son más honestas.

Mi padre está bien. Siempre estuvo bien.

Eso no resuelve nada sobre mi. Pero ayuda tenerlo como dato.

Cuando Onni me preguntó si me molestaba, la respuesta honesta era complicada y la respuesta simple también era verdadera, asi que di la simple: a veces, menos que antes, este año menos.

Este año menos. Eso también es un dato, y este año tiene una causa bastante clara, aunque no la haya dicho en voz alta todavia.

Caminamos un rato más sin hablar. El sol ya estaba casi en el horizonte, ese momento del crepúsculo civil que siempre anoto con precisión porque marca el final del periodo de registro útil.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije, antes de la esquina donde normalmente nos separamos.

—Si.

—¿Cuándo te sentiste menos entre por primera vez? Desde que llegaste, digo.

Pensó un momento.

—Creo que cuando empecé a entender que el silencio acá podia significar cosas distintas dependiendo de con quién. —Hizo una pausa—. Con la mayoria de la gente todavia me siento un poco fuera. Con algunas personas, no.

No pregunte si yo era una de esas personas. No hizo falta.

Me quedé pensando en eso el resto del camino hasta casa, y después en la cena, mientras mi madre hablaba de algo sobre el trabajo y Hinata describia un nivel de un videojuego con más detalle del necesario.

Dos islas en el mismo mar. Ninguna parte de la misma tierra, ambas visibles desde la orilla de la otra. Separadas por agua que se puede cruzar, aunque cueste.

No es lo mismo que estar sola en un océano sin ninguna otra isla a la vista.

Esa noche, en el margen del cuaderno, después de los datos del cielo de invierno —despejado, frio seco, sin precipitaciones previstas—, escribi:

Las islas no son continentes. Pero tienen su propio cielo, sus propias reglas, su propia costa. Y a veces, desde una, se ve la otra con suficiente claridad como para saber que está ahi.

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