Cuando llegamos a casa de Dani, su mamá ya nos esperaba con la mesa servida.
—Me gusta tanto que vengas a la casa —dijo Tere con una sonrisa—. Me acuerdo cuando eras un bebé.
Me gustaba mucho oír las historias de cuando aún no nacía o cuando era muy pequeño. Tere me contaba que, cuando mi madre se enteró de que estaba embarazada, fue corriendo a contárselo y que, unas semanas después, ella también quedó panzona.
Desde ahí, ellas decidieron que creceríamos juntos, como si fuéramos familia.
A veces me preguntaba si Daniel y yo seguiríamos siendo así de cercanos cuando fuéramos grandes. Supongo que los dos terminaríamos casándonos, teniendo chamacos y formando nuestras propias familias, pero seguramente seguiríamos juntándonos como siempre.
Incluso me imaginaba a Daniel llegando algún día con sus hijos, mientras los míos corrían por toda la casa.
La verdad, no era algo difícil de imaginar. Siempre había pensado que así sería mi vida.
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Nos fuimos a su cuarto. De pronto vi la computadora en su escritorio.
"Obvio la acepté"
Recordé las palabras de Iván cerca de mi oreja y, sin darme cuenta, llevé la mano hacia ella. Todavía podía recordar perfectamente su respiración y esa extraña sensación que me había dejado.
—Wey, ¿me prestas tu compu? —pregunté por impulso.
—Sí, wey.
Encendí la máquina y entré a mi Hi5. Rápidamente comprobé que sí, Iván me había aceptado.
Me quedé mirando su perfil unos segundos. No sabía por qué me había puesto tan contento verlo ahí. Era una tontería. Solo me había aceptado en Hi5.
Aun así, sentí algo extraño en el pecho, una emoción que no sabía si llamar alegría o simplemente curiosidad.
De pronto, apareció una notificación.
***Iván: Hola, agrégame a MSN, te pasaré algo para tus asesorías.***
Me dejó su correo. Lo copié y abrí Messenger.
Para mi sorpresa, estaba conectado.
«Hola»
Su mensaje llegó más rápido de lo que esperaba. Respondí casi enseguida.
«Hola»
«Te enviaré un correo con algunas cosas que podrían ayudarte.»
«Muchas gracias.»
«Supongo que en un rato te irás a dormir.»
«Sí, me quedo en casa de Daniel esta semana.»
«Qué bueno, así ya no haces tu peregrinación.»
«Sí, además así llego temprano al examen y tengo más tiempo para estudiar.»
«Tú no eres tan malo en mate.»
«No, pero Daniel me distrae.»
«Sí, entiendo esa parte.»
Me quedé mirando la pantalla un momento. No sabía exactamente a qué se refería, así que decidí preguntarle.
«¿También te distrae?»
La respuesta tardó unos segundos más esta vez.
«Me distraes más tú.»
Me quedé quieto frente a la computadora.
Volví a leer el mensaje.
"Me distraes más tú."
No sabía si estaba bromeando o si acababa de decirme algo que no había entendido. Por alguna razón, sentí algo raro en el estómago, como un cosquilleo.
Escribí una respuesta, pero antes de enviarla la borré.
«¿Yo?»
La respuesta apareció casi enseguida.
«Sí, tú.»
No pude evitar sonreír frente a la pantalla.
«Pues ni que hiciera algo.»
«Ese es el problema.»
Fruncí el ceño.
«¿Y eso?»
«No, por nada 😏. Ve a dormir, te veo mañana.»
Me quedé mirando el emoticono unos segundos.
«Nos vemos mañana.»
«Dulces sueños Cris»
Apagué la computadora y me eché en la colchoneta en el piso.
Daniel, al parecer, ya se había quedado dormido.
Miré al techo. La cara de Iván volvió a aparecer en mi mente. Otra vez ese momento, su susurro cerca de mi oreja...
—Maldita sea... —dije mientras me agarraba la nuca y me ponía en posición fetal—. Sal de mi cabeza...
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Antes de ir al café, le pregunté a Miguel de nuevo si quería acompañarnos. Le conté lo bueno que era Iván con las mate, pero hizo mala cara y se negó.
Aún no entendía por qué le caía tan mal, pero no insistí.
Cuando llegamos al café, Iván ya nos esperaba en una mesa, con dos capuchinos y dos cuernitos con queso. Nos saludamos y nos sentamos en la mesa.
—¿Viste los ejercicios que te mandé ayer? —preguntó mientras me acercaba el capuchino.
—La verdad es que no —dije un poco apenado—. Hoy en la noche los reviso.
—Bueno.
De pronto, Daniel dio un salto de su silla.
—Estoy bien pendejo —dijo en voz alta.
—O sea, sí, pero ¿ahora por qué?
Iván se rio un poquito.
—Ya, ya, qué chistoso—Daniel empezó a guardar sus cosas—.Mi mamá me encargó ir a ver lo de los chambelanes de Renata.
—No mames ¿Ahorita?—pregunte un poco molesto.
Miramos cómo terminaba de guardar todo y agarraba su café.
—En un ratito regreso, espero no tardarme.
Me quedé mirando cómo salía del café.
Por unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
—Bueno, seremos tú y yo entonces —dijo Iván mientras se sentaba más cerca de mí y tomaba un lápiz—. ¿Qué problema no entiendes ahora, Cris?
Me volteé a verlo y me di cuenta de que estaba muy cerca. Me miraba con una gran sonrisa.
—P-pues este —terminé señalando un ejercicio al azar.
Él bajó la mirada al cuaderno.
—Ah, no está tan complicado.
Se inclinó un poco para mirar el ejercicio. Acercó su mano a la mía y sus dedos rozaron lentamente los míos, que aún señalaban el ejercicio.
Me quedé quieto.
El roce apenas había durado un instante, pero fue suficiente para que sintiera otra vez ese extraño cosquilleo que me provocaba cuando Iván se acercaba demasiado.
Retiré la mano y fingí acomodar la hoja.
—¿Qué? —preguntó Iván.
—Nada.
—¿Seguro?
—Sí.
Iván sonrió y volvió a mirar el ejercicio.
—Bueno... entonces pon atención.
Intenté concentrarme en lo que me explicaba, aunque me costaba más de lo que debería.
—¿Entendiste?
—Sí.
—¿Seguro? —preguntó, mirándome de reojo.
—Sí, wey.
Soltó una pequeña risa.
—Está bien.
Volvió a señalar el ejercicio con el lápiz, pero esta vez mantuvo cierta distancia.
Nos quedamos en silencio unos momentos, le di un trago a mi café.
—¿Está bueno? —preguntó Iván sonriendo.
—Sí.
Iván se me quedó viendo, apoyó la mejilla en su mano sin quitarme la vista de encima.
—¿Qué? —dije, ya algo incómodo—. ¿Tengo algo en la cara?
El wey solo se rio.
—No. Solo me preguntaba… ¿tienes novia, Cris?
La pregunta me agarró en curva. No entendía de dónde había salido.
Bajó la vista hacia mi cuaderno y tomó una lápiz, como si eso fuera más importante.
—No —contesté al fin—. No tengo tiempo para andar de novio.
—¿Y nunca has tenido?
Escribió algo, aunque no alcancé a ver qué era.
—No.
—¿Y te gustaría tener? —añadió, mirándome de reojo.
—Pues… supongo —dudé.
Aunque había pensado que en algún momento de mi vida eso pasaría, nunca me había detenido a pensar realmente en ello.
Iván sonrió, como si mi respuesta le hubiera gustado.
—¿Qué tipo de chica te gusta?
—No sé...las bonitas supongo.—admití, un poco nervioso—. Hace poco también me hice esa pregunta.
—Mmm…
Volvió a escribir algo. Por un momento pensé que estaba más interesado en mi cuaderno que en la conversación, pero entonces levantó la vista otra vez.
—¿Por qué tantas preguntas?
—Curiosidad.
Empezó a borrar algo que había escrito en mi cuaderno.
—Además, tenemos que conocernos, ¿no?
Lo miré sin saber qué responder. Esa frase me dejó un poco confundido. Claro que teníamos que conocernos, supongo. Íbamos a seguir estudiando juntos durante un tiempo. Pero no sabía por qué, de repente, me estaba haciendo ese tipo de preguntas.
Decidí cambiar de tema.
—¿Y tú qué? ¿Tienes novia?
Iván levantó la mirada con una sonrisa.
—No.
«¿No? ¿Y la morra de tu hi5 que?» pensé.
Me acercó el cuaderno y me dejó ver la hoja que se había pasado rayoneando.
«Iván.
Cel, 044 55…»
Me quedé mirando el número unos segundos.
Era su número. Lo señaló con el dedo y me miró sonriendo.
—Sí, un día tienes alguna duda o solo estás aburrido, llámame.
No supe qué responder. Apenas podía seguirle la conversación sin ponerme pendejo y ahora tenía su número escrito frente a mí.
Mi corazón empezó a latir como pinche loco y no sabía por qué. Sentí que me había puesto rojo y traté de esconderme tras mis greñas.
Iván siguió mirándome, todavía con esa sonrisa, como si estuviera esperando que dijera algo.
—¿D-Dónde está el baño?
Se rio.
—En la puerta del fondo, la primera.
Entré al baño y me mojé la cara y el cabello, me recargué en el lavabo y traté de controlarme. Sentía que el corazón se me salía por la boca.
—¿Qué chingados? —me dije—. Yo no…
Sabía lo que quería decir, pero las palabras no salieron.
Me quedé mirándome en el espejo, intentando entender qué demonios me estaba pasando.
«Yo no soy joto», pensé.
Entonces, ¿por qué me ponía así con él?