Otro pinche lunes en tráfico... por más temprano que saliera, por más rápido que caminara, siempre, siempre había un desmadre en la autopista.
No sé cómo a mis padres se les ocurrió dejar la ciudad e irse a Tultitlán. Mi madre decía que tenía sus ventajas, las cuales no veía en ningún lado, pero bueno, según ella, todo era más barato.
Lo único que veía era que me hacía dos pinches horas en llegar a Indios Verdes.
Miré mi reloj. Siete y veinte... ni de pedo llegaría a la primera hora, es más, seguro el profe ya hasta me había puesto falta.
—Me lleva... —murmuré mientras veía el tráfico por la ventana del camión.
Mi celular sonó.
—Órale, Cris, ¿dónde estás?
—No mames, Daniel... apenas voy a llegar a Artesanías —contesté—. ¿El profe ya me puso falta?
—No, wey, no vino. Apúrate.
En cuanto llegamos a Indios Verdes, me bajé lo más rápido que pude y corrí a los torniquetes, sacando mi fajo de boletos.
Corrí para alcanzar el tren antes de que se cerraran las puertas.
Estaba atascado de gente, como siempre, y a pesar de estar en pleno diciembre, el calor adentro estaba horrible.
Lo bueno es que bajaba en la siguiente.
Llegué a 18 de Marzo, miré mi reloj. Las ocho y diez.
—Pinche Cristian —oí la voz de Daniel detrás de mí—. Siempre llegas bien tarde, wey. Ya salte más temprano.
Me volteé a verlo y chocamos las manos.
—No mames, wey... como tú vives a la vuelta.
Daniel se rio.
—Pues sí, wey... ventajas de chilango.
—¿Viniste por mí? —pregunté, cayendo en cuenta de que según ya estaba en la escuela.
—No, vine por un tamal con Doña Lucy —contestó—, pero no vino...
Me quedé pensando un rato.
—Creo que abrieron un café en la esquina.
Daniel hizo una cara de asco, a él no le gustaba el café, puro chocolatito o atole.
—Wey, no mames, no nada más venden café —dijo mientras le daba un zape—. Vente.
Caminamos y pasamos frente a la prepa, había mucha gente en la calle, a esas horas todos entraban.
Daniel y yo platicábamos puras tonterías.
—Pinche Cristian, ni te peinaste —se rio—. Siempre vienes como escoba y más con tus pelos de elote.
Me reí con él, la neta es que hacía tiempo no me cortaba las greñas, pero se veía chido, era la moda.
—Pasenle—dijo una chica mientras dejaba de limpiar las mesas.
Pasamos y nos acercamos al mostrador. Había una pizarra arriba con el menú, del cual nada más entendí:
"Café americano $10"
—Tenemos de todo, chicos —dijo la chica mientras se ponía detrás del mostrador.
Miré a Daniel. No entendía la mitad del menú y, aparte, nada más vendían café, pero él traía una cara de idiota mientras miraba a la chica.
—Dame un cappuccino —dijo el imbécil, que seguramente no sabía ni qué era esa madre.
La chica sonrió y se dirigió a mí.
—¿Y tú?
—Dame un americano... —respondí.
—Está bien, serían treinta y cinco— la chica tomó el dinero y lo guardo en la caja—.En un momento salen sus bebidas... siéntense.
Así lo hicimos.
Miré, el lugar era bastante sencillo, tranquilo.
—¡Iván! Un cappuccino y un americano —gritó la chica.
Un chico salió de un cuarto de atrás.
—Sí...
Miré hacia donde había salido y ahí estaba. Era un chico un poco más grande que nosotros, con cara de pocos amigos y un mandil oscuro amarrado a la cintura.
La chica le señaló las tazas y él empezó a preparar los cafés sin decir nada. Daniel se quedó viendo cómo hacía el cappuccino, como si estuviera esperando que le explicaran qué chingados le habían vendido.
—¿Cuánto tarda? —pregunté.
El chico levantó la mirada y se quedó en silencio, como si la pregunta hubiera sido demasiado pendeja.
—Unos minutos... —respondió serio.
Daniel lanzó una carcajada a mi lado.
—No mames, Cristian ¿Qué pedo? ¿Qué querías, que te lo aventara?
Después de unos minutos, el chico se acercó con las dos tazas a nuestra mesa y las dejó enfrente de nosotros. Fue ahí donde pude notar que tenía los ojos claros, aunque no distinguí de inmediato de qué color.
—¿Les ofrezco algo más? —preguntó, algo apático.
—No, muchas gracias.
El chico se alejó y volvió a hacer cosas detrás del mostrador.
—Tenemos media hora —dijo Daniel mientras miraba el reloj—. Vamos encaminándonos. La siguiente clase es de la profe Renata y ya ves que se pone medio loca.
Nos tomamos el café en chinga y nos fuimos.
—¡Gracias! —grité mientras salíamos del local.
Llegamos a la puerta de la prepa. Como siempre, había mucho chamaco y apenas se estaban poniendo los puestos de comida para estar listos cuando fuera el receso.
—Creí que no habían venido —Miguel nos llamó desde atrás.
—Ya sabes, el Cris que vive hasta la cola del diablo.
Todos nos reímos y entramos a la prepa.
Miguel y Daniel eran mis mejores amigos. A Miguel lo conocí en primer semestre, cuando se me acercó a preguntarme dónde quedaba su salón. No tenía ni puta idea, pero no quería verme tan wey y le dije que sí.
Él era muy tranquilo a comparación de Daniel y yo. Estudioso, callado, inteligente y bastante popular con las chavas. Él estaba en el equipo de básquet de la prepa "Los Halcones de la prepa 9".
A Daniel ya lo conocía desde antes de que a mis papás se les alborotara la neurona y nos fuéramos de la ciudad. Éramos vecinos; nuestras mamás eran amigas desde chamacas y, por eso, nosotros crecimos juntos.
Daniel desde siempre fue un desmadre. Su madre se la vivía con el Jesús en la boca. Se subía a los árboles, se metía en problemas y una vez su papá le compró unos patines. El muy pendejo se cayó y se rompió el brazo la primera y única vez que se los puso.
Llegamos antes que la profe. Siempre nos sentábamos hasta atrás, aunque nos terminaban separando por todo el relajo que hacíamos.
—Miguel....—una chava se acercó a él, algo nerviosa
—Hola, Sofi —la saludó con una sonrisa.
Todos sabíamos que Sofi estaba enamorada de Miguel y, aunque era una chica muy bonita, Miguel nunca le había dado el más mínimo chance.
—¿Me ayudas con química? —preguntó Sofi, mientras sacaba su cuaderno—.Voy bien mal, y si no pasó el examen de la próxima semana, me voy a extraordinario.
Miguel tomó el cuaderno y comenzó a explicarle el ejercicio.
—No mames, Miguel... —Daniel le dio un trago a su Coca—. No sé cómo no le das chance a la Sofi.
Miguel solo se rio y mordió su torta.
La hora del receso se pasaba bien rápido. Yo pensaba en qué haría cuando llegara a mi casa cuando Daniel me habló.
—Oye, Cris... ahora que lo pienso... —Daniel se me quedó viendo con curiosidad—. Nunca me has dicho que te guste alguna chava.
—Pues porque no me gusta nadie —le di un sorbito a mi Boing.
—Ay ¿A poco, en pinches dieciocho años que tienes nunca te ha gustado ninguna chava?
La verdad era que sí, pero fue algo chistoso que jamás le había contado.
Tenía quince años y me habían invitado a una fiesta en Querétaro, de donde era originaria la familia de mi papá. Ahí había muchísima gente que no conocía. Hasta resultó que tenía sobrinos de los que ni siquiera sabía que existían.
Total, conocí a una chava que era amiga de una de las tantas “primas” que tenía. Me cayó muy bien y era muy guapa. Güerita de ojos azules que llamaban muchísimo la atención y el cabello bien largo. Me dio curiosidad porque todas iban vestidas más o menos igual, pero ella llevaba un traje sastre negro de pantalón.
Me la presentaron como Sam.
Nos la pasamos hablando toda la fiesta. Después nos fuimos a un lugar más “tranquilo” para hablar y tal vez para tener algo más. Pero cuando quise agarrar su mano, se alejó y me dijo:
—¿Sí sabes que soy vato, verdad?
Y desde ahí...soy más cuidadoso con quién me gusta.
· · ·
—No nada más pienso con el pito, como tú —le contesté—. Deberías mejor pensar en el examen de uni.
Daniel chasqueó la boca, harto.
—Nah, ya te dije que acabando la prepa entro a chambear.
—Bueno, ya vámonos —Miguel se levantó de la jardinera—. Toca inglés y es de las únicas materias donde van bien.
· · ·
Las clases terminaron.
Daniel y Miguel me esperaban en la entrada del salón.
—Ya apúrate, wey —dijo Daniel mientras se me acercaba—. De por sí, vives re lejos, vas a llegar mañana.
—Pues sí, wey, pero no encuentro mis llaves.
Era verdad, no encontraba las llaves de mi casa ni mi fajito de boletos. Ya había vaciado la mochila y nada.
—Ay, Cristian, estas re wey —Daniel me dio un zape—. Ahorita le llamamos a tu mamá, ya vente a mi casa.
La casa de Daniel no estaba lejos, nos fuimos caminando.
Desde que nos cambiamos ya no había frecuentado su casa por lo lejos que estaba.
Llegamos a su casa, una casa normal de un piso… por alguna razón la veía más pequeña o tal vez yo había crecido.
—Ya llegué…
—¡Qué bueno, mijo! —La mamá de Daniel salió de la cocina y, en cuanto me vio, sonrió con más ganas.
—Hola, tía —dije, un poco incómodo.
Mi madre insistía en que la llamara “Tía Tere”, aunque en realidad no eran hermanas.
—¡Mi niño! Me hubieras dicho que venía —le dijo a Daniel como reproche.
—Lo acabamos de decidir —dije, encogiéndome de hombros.
—Sí, al muy wey se le perdieron sus llaves.
Daniel dejó su mochila en el respaldo de una silla del comedor y me hizo señas para pasarle la mía.
—Ay, no… —Tere se quedó pensando unos momentos—. Le avisaré a Mariana que te quedas hoy aquí.
Le pasé mi mochila mientras le agradecía a Tere por ser tan buena.
—Mientras, vayan por las tortillas —dijo. Tomó su monedero y me dio una moneda de diez pesos.
—Vamos, pues... —le dije al baboso de mi amigo.
Caminamos entre las calles, ya casi daban las cuatro.
De pronto pasamos por la cafetería de la mañana.
—Oye… ¿no se me habrán caído aquí?
—Pues pregunta, a lo mejor sí —respondió.
Rápidamente, Daniel entró al local.
—Buenas tardes…
El mismo tipo que nos había atendido en la mañana salió del mismo cuarto de atrás.
—¿Qué les doy? —preguntó con la misma apatía de la mañana.
—Al pendejo de mi amigo se le perdieron unas llaves —respondió Daniel—. Venimos en la mañana…
—Ah… espera —el chico se metió al cuarto de atrás otra vez.
—¡No manches! Sí —respondí emocionado—. ¡Me salvaste de la caguiza de mi mamá!
El chico soltó una pequeña risa y me las entregó.
Fue hasta ese momento cuando noté mejor el color de sus ojos… azules, como los de la güerita de la fiesta.