Acto II 》El Reino del Silencio《
Golden, al no ver nada, decidió regresar a sus aposentos. A la mañana del día siguiente, todo transcurrió con aparente normalidad: los habitantes del Reino realizaban sus actividades diarias con tranquilidad, pero Golden permanecía inmóvil en un rincón, sintiendo una pizca de inquietud flotando en el ambiente. No podía dejar de relacionarlo con aquella criatura de la otra noche. Lo atormentaba en sus pesadillas, y a lo largo del día no pudo evitar la desagradable sensación de ser observado, como si un par de ojos invisibles lo siguieran desde las sombras.
– Hey, Gold, ¿estás bien? —preguntó uno de los escoltas de la otra noche, con el ceño ligeramente fruncido.
– S-sí, todo bien, Will. No te preocupes por mí —respondió Golden, esbozando una sonrisa forzada que no lograba ocultar del todo su nerviosismo.
Detrás de Will, apareció el segundo escolta, Arthur, acercándose a ellos y dándole un golpe seco en el hombro a Golden.
– Eso fue por lo de anoche —exclamó Arthur, con resentimiento en cada palabra.
– ¡Auch! ¿Cuántas veces tengo que pedirte perdón por eso? —dijo Golden mientras se sobaba el hombro adolorido.
– Cuando nos expliques qué carajo fue lo que, según tú, te asustó tanto —exigió Arthur, con una mezcla de molestia y auténtica curiosidad.
Golden quedó en silencio mientras en su mente se proyectaban imágenes vívidas de aquella criatura: su forma retorcida, sus ojos brillantes y aquel grito que aún resonaba en sus oídos. Recordó el pánico y la desesperación que sintió en esos instantes, y su garganta se secó por completo.
A lo lejos se escuchó un estruendo que llamó la atención de todos los presentes. Las conversaciones cesaron al instante y las miradas se dirigieron hacia el origen del ruido. Algunos, con instinto protector, posaron las manos sobre las fundas de sus espadas.
Aquel pequeño grupo de ángeles llegó hasta la entrada del Reino. Al abrir la gran puerta, descubrieron una caja de madera colocada justo frente a la entrada. Antes de abrirla, Golden y algunos de sus compañeros interrogaron a los vigilantes, preguntando si habían visto a la persona que dejó aquel paquete misterioso, pero solo recibieron negativas. Nadie había visto nada. Nadie había escuchado nada. Era como si la caja hubiera aparecido de la nada misma.
Un curioso empujó la tapa de la caja, dejando a la vista de todos su contenido. Acostado en el interior, yacía el cadáver de un viejo ángel. Sus alas habían sido cortadas de raíz, sus ojos arrancados, su mandíbula desencajada y congelada en una expresión de sufrimiento eterno. Una extraña masa negra cubría gran parte de su cuerpo, y un olor a putrefacción impregnaba el aire con una intensidad nauseabunda. Pegada al exterior de la caja, una carta doblada en cuatro esperaba ser leída.
El grupo entero se sumió en un silencio absoluto. Algunos por asco, otros por miedo, y unos pocos por pura incredulidad. Pero Arthur se veía especialmente desconcertado: aquel cadáver profanado era el de su anciano, pero amado, padre: Fred, el veterano más respetado del Reino.
°•Cuatro horas después•°
Todo el Reino de los Cielos se encontraba reunido en la plaza principal, rindiendo un último adiós a aquel veterano que en vida había sido respetado y conmemorado por un sinfín de logros. Nadie esperaba que una persona tan ejemplar terminara sus días de una forma tan espantosa. Las banderas ondeaban a media asta, y el aire se sentía denso, cargado de duelo y de preguntas sin respuesta.
Phosdem, con una expresión seria y el rostro endurecido por la tristeza contenida, se dispuso a dar unas palabras, no solo para honrar a un soldado, sino para despedir a un amigo. Sosteniendo entre sus manos algo con cuidado.
– Hoy todos estamos aquí con la intención de despedirnos de Fred. Un padre, un maestro, un comandante, pero sobre todo, un gran hombre. Posiblemente uno de los mejores soldados que esta tierra haya visto jamás —comenzó, con la voz firme pero quebrada por la emoción.
– Les prometo a todos y cada uno de ustedes una sola cosa, solamente una: el culpable de este acto tan atroz pagará la peor de las penas. El culpable escribió una carta, y ahora yo se la leeré —prometio el dios pausadamente, ahora bajando la mirada hacia el papel que se le había sido entregado, recogido del cadáver, ahora viendolo entre sus manos.
"𝐀𝐐𝐔𝐈 𝐃𝐄𝐉𝐎 𝐀 𝐒𝐔 𝐇𝐎𝐌𝐁𝐑𝐄. 𝐌𝐔𝐑𝐈𝐎 𝐋𝐔𝐂𝐇𝐀𝐍𝐃𝐎, 𝐒𝐈, 𝐏𝐄𝐑𝐎 𝐋𝐎 𝐇𝐈𝐂𝐄 𝐆𝐑𝐈𝐓𝐀𝐑 𝐇𝐀𝐒𝐓𝐀 𝐐𝐔𝐄 𝐒𝐄 𝐃𝐄𝐒𝐆𝐀𝐑𝐑𝐀𝐑𝐎𝐍 𝐒𝐔𝐒 𝐏𝐔𝐋𝐌𝐎𝐍𝐄𝐒. 𝐏𝐇𝐎𝐒𝐃𝐄𝐌, 𝐄𝐒𝐓𝐄 𝐄𝐒 𝐔𝐍 𝐑𝐄𝐂𝐎𝐑𝐃𝐀𝐓𝐎𝐑𝐈𝐎 𝐏𝐀𝐑𝐀 𝐐𝐔𝐄 𝐓𝐔 𝐘 𝐓𝐔 𝐆𝐄𝐍𝐓𝐄 𝐒𝐄 𝐏𝐑𝐄𝐏𝐀𝐑𝐄𝐍, 𝐏𝐔𝐄𝐒 𝐋𝐎 𝐐𝐔𝐄 𝐕𝐈𝐄𝐍𝐄 𝐒𝐄𝐑𝐀 𝐌𝐔𝐂𝐇𝐎 𝐏𝐄𝐎𝐑. 𝐄𝐒𝐓𝐄 𝐄𝐒 𝐒𝐎𝐋𝐎 𝐄𝐋 𝐂𝐎𝐌𝐈𝐄𝐍𝐙𝐎..."
El reino entero se vio envuelto en un silencio de ultratumba. Todos comprendieron que aquello no era solo una carta, sino una declaración de guerra proveniente de un enemigo que creían no conocer. Las miradas se cruzaron, buscando respuestas que nadie tenía. El miedo comenzó a filtrarse, lento pero constante, entre los presentes.
Golden sintió un escalofrío recorrer su espalda al escuchar el contenido de aquel papel. Desvió la mirada hacia su compañero Arthur y notó que había dejado de llorar. Sus puños estaban cerrados con tanta intensidad que sus nudillos se habían tornado blancos. A través de ese gesto, Golden pudo leer sus intenciones: Arthur quería vengar a su padre. Y Golden lo apoyaría, porque a pesar de los malos ratos que Arthur le había hecho pasar, él sabía perfectamente lo que se sentía perder a alguien.
Al terminar la ceremonia, Arthur se retiró en silencio, apartándose del grupo. Caminó con paso firme hacia la salida del Reino, decidido a no mirar atrás, hasta que una voz conocida lo detuvo.
– Sargento Arthur, necesito hablar con usted —gritó Phosdem, tomándolo por sorpresa.
– No es buen momento, señor —respondió Arthur, con frialdad.
– Sargento Arthur, ¿desde cuándo es usted quien da las órdenes aquí? —exclamó Phosdem, alzando la voz al final.
Arthur se dio la vuelta lentamente. Con el rostro aparentemente neutral, aunque por dentro una tormenta de emociones lo desgarraba, caminó hasta detenerse justo frente al dios.
– Señor, disculpe mi falta de respeto, señ-
Antes de terminar la frase, recibió un abrazo por parte de Phosdem, dejándolo completamente impactado y sin palabras. Durante unos segundos, su cuerpo permaneció rígido, incapaz de reaccionar.
– No se disculpe, Sargento. Tener fortaleza ante una pérdida como esta es respetable, pero conservar tus sentimientos a pesar de todo también lo es. —dijo el dios con una voz cálida y pausada.
Al soltarlo, Phosdem vio cómo Arthur derramaba lágrimas al fin, rompiendo esa fachada de aparente insensibilidad que había mantenido durante toda la ceremonia. Arthur no pudo contenerse más y rompió en llanto, siendo consolado una vez más por Phosdem, quien lo abrazó con la firmeza de un padre.
– Sargento Arthur, su padre fue uno de mis mejores soldados, uno de los pocos en quienes depositaba una confianza absoluta. Tal vez él nunca te lo dijo en persona, pero estaba profundamente orgulloso de ti. Al igual que yo.
Arthur se secó las lágrimas con el dorso de la mano y alzó la vista, con los ojos cristalinos pero llenos de una nueva esperanza. Sin decir una palabra, abrazó a Phosdem con una fuerza aún mayor, como si quisiera transmitirle toda la gratitud que le desbordaba el pecho.
A lo lejos, Golden observaba la escena. Ver cómo Phosdem dejaba de lado su papel de dios todopoderoso para apoyar en un momento de sufrimiento a uno de sus sargentos le hizo olvidar, por un instante, aquella bestia que lo había atormentado. Se sintió reconfortado al comprender que, pasara lo que pasara, su dios estaría ahí para ellos. Para todos ellos. Incluyéndolo a él. Esa certeza lo llenó de alivio y, al mismo tiempo, despertó en él un renovado deseo de ayudar a su amigo a vengar la muerte no solo de un padre, sino de uno de los miembros más reconocidos de los cuatro Reinos Celestiales. Fred había explorado gran parte del mundo, había sido ejemplo a seguir para muchos jóvenes, tanto humanos como ángeles… incluyéndolo a él.
Esa muerte no iba a quedar impune. A lo largo y ancho de toda la ciudadela, el aire se sentía cargado de dos emociones comunes: ira y sed de venganza. La guerra, aunque aún no lo sabían, ya había comenzado...
——Fin del capítulo 3...