Acto II 》El Reino del Silencio《
Nuestro pequeño grupo de ángeles estaba explorando los alrededores de esta zona; mientras lo hacían, uno de los escoltas iba anotando los materiales que encontraron y el terreno rescatable.
– Este terreno parece estar seco y firme, listo para iniciar reconstrucciones. Este templo no había sido terminado, así que hay muchos materiales sin usar y la mayor parte se conservó a buen estado, así que son rescatables. El único problema sería la lejanía. —decía y escribía uno de los escoltas, Will.
– ¿Estás bromeando? Mira el suelo, mira la vegetación. Tomaría décadas que vuelva a crecer una sola hierba en esta tierra. —Afirmó el otro escolta, Arthur, con una molestia contenida que le hacia temblar la voz.
– No podríamos simplemente traer la vegetación volando. ¿Qué opinas Golden?. —preguntó Will.
– Aunque quisiera darte la razón, tu compañero tiene un punto lógico pues hace meses que no cae una sola gota de agua por estos lares. Traer vegetación sería en vano; lo único que podremos hacer es recoger los materiales y llevárnoslos.
Los dos escoltas se miraron entre sí un momento y asintieron; empezaron a recoger todo lo que podían llevar.
La noche era joven, mientras unas pocas estrellas asomaban, Golden observaba aquello maravillado por el hermoso contraste del cielo nocturno.

Lo miraba casi hipnotizado, fascinado por las belleza de paisaje que tenía el honor de contemplar con sus ojos, cuando de la nada un ruido lejano cortó su trance.
Golden giró la cabeza con curiosidad hacia la oscuridad y descubrió que se había alejado de los escoltas. Al mirar a su alrededor, notó algo inquietante, dos ojos blancos fijos en él. Con incomodidad, recogió una piedra y la lanzó hacia los brillantes ojos, pensando que sería algún animal salvaje.
Su expresión cambió a horror al ver que los ojos se elevaban del suelo, a casi tres metros; esa cosa no apartó la mirada del ángel, moviéndose de un lado a otro como un depredador acechando a su presa. Golden sudó frío; un escalofrío le recorrió el cuerpo al notar que aquello empezaba a acercarse. Su cuerpo retrocedió por instinto, pero la criatura, dándose cuenta, aceleró la carrera hacia él.
Golden salió disparado, volando como sabiendo que su vida dependería de ello; ya lejos y algo aliviado, giró para mirar atrás. La maldita cosa seguía siguiéndolo, acercándose sin perder el paso. Su cara reflejaba horror puro.
Al mirar al frente, vio a su compañero buscándolo, pero no había forma de frenarse a esa velocidad; chocó contra él. Ambos cayeron al suelo, rodando hasta toparse con unas piedras.
– ¡Qué diablos te pasa! —gritó el escolta Arthur, levantándose con dificultad.
– ¡Huía de eso! —dijo Golden señalando la dirección de donde venía, sin atender al dolor.
El escolta miró la dirección indicada; no había nada. Ambos se levantaron y caminaron de vuelta hacia la ubicación de su otro compañero, ahora con pasos temblorosos y precavidos.
– ¿Están bien? ¿Qué me perdí? —preguntó Will, curioso, sin recibir respuesta.
Sin decir palabra, siguieron su camino hacia el Reino de los Cielos, con el sonido de sus propias respiraciones marcando el ritmo de una marcha que parecía no tener fin.
Al llegar entregaron los datos obtenidos en la misión, caminando cada uno por su lado hacia sus respectivas habitaciones.
Para todos parecía ser una noche más del montón, pero para Golden no, este se aferraba a un recuerdo que no quería olvidar, consciente de que cada vez era más difícil expulsar a ese ser de su mente. Decidió abandonar sus aposentos y alzar la vista hacia el cielo nocturno, buscando un rayo de esperanza entre la penumbra. Pero lo que encontró fue un silencio absoluto. La luna, aun llena, vertía una luz tenue y extraña, como si fingiera ser algo que no era. Algo no encajaba en la quietud del mundo; una extraña sensación latía en el aire y, sin que él pudiera evitarlo, la inquietud se hizo persona dentro de su pecho.

Caminó en la oscuridad absoluta hasta alcanzar la entrada del Reino de los Cielos. Un murmullo frío, casi humano en su tono, lo dejó paralizado en el umbral.
——Fin del capítulo dos...