En un punto de su interior, su respiración se corto, quedar sin aliento era casi un mal presagio que ni la lógica esperaba, menos por lo dicho antes. Intentando dar marcha tras, su mente se nublo, pasando a llevar el café, una escena mucho más lenta desde su perspectiva, la carpeta puesta en la mesa fue alcanzada por el contenido del café negro que cambiaba las páginas a un café mas intenso, arriba la carpeta con el nombre (EL PROYECTO) El papel absorbió el café, los nombres en la carpeta se encontraban ahora en otras tonalidades bajo una lentitud por el café y su avance que solo ella podía interrumpir antes que todo quedara mojado.
Observando solo por casualidad fechas y nombres y que sus problemas personales estaban irremediablemente expuestos.
La cosas se sentían distantes y lentas como si mirara a través de los ojos de otra persona esto no podía estar pasando a ella, los recuerdos se amontonaban en su interior todo giro dando vueltas -¡estas loco!- su voz se escuchó como un montón de platos quebrados, poco importaban las personas del café o la calle.
No sé quién eres, ni cómo te atreves a entrar en mi vida, ¿Cómo mierda sabes lo de María? mantente alejado de mí. ¡Lejos... de mi!
Salió corriendo de la cafetería, empujando la pesada puerta de vidrio, logrando escapar del lugar donde ya estaba quedando sin aire, ella quería salir rápido.
Cruzó la calle, sin mirar el tráfico, ni los semáforos, buscando refugio entre la arquitectura brutalista de los edificios, tratando desesperadamente de entender de que aquel hombre desconocido, no era más que un mal mentiroso. El problema era que, no todo era mentira sino más bien algo más elaborado y difícil de digerir.
No queriendo ser un error estadístico en la población de Santiago, con una enfermedad terminal. Pero en su mente, la estructura, de lo que guardaba ya se había desmoronado, solo un cambio en el tablero y las piezas no encajarían. Nombres como María Beitia, Gaspar Marín o solo nombrar la leucemia, llegaban a su cabeza con dolor sus ojos se nublaban las personas en la calle se borraban.
Antes de doblar una esquina, se detuvo por un segundo y miró por detrás de su hombro.
Las personas llenaban las calles a esa hora en la ciudad, todos con sus problemas y responsabilidades. Todos excepto Luis, la cual su mirada, reflejaba algo importante, seguía a la chica con su mirada, como se perdía entre las personas, su vista se quedo pegada pensando que todos fueran NPC de un juego de computadora, donde miles de pixeles en una escena de la cual ellos desconocían.
Luis sin movimientos bruscos tomo agua. No intentó seguirla, sabía que la gravedad de soltar esa información y de esas proporciones, haría el resto del trabajo. De pronto, una mano firme, pesada y cargada de una autoridad que parecía venir extrañamente familiar, se posó en su hombro. Era Gaspar Marín, una versión más, adulta de un hombre con experiencia que ha visto cómo el sol se apagaba y nacía demasiadas veces en su vida o "en otras". Observaba esta escena con Luis, con una calma casi inquietante y fría.
—Hiciste bien, Luis —dijo Gaspar, con una voz que no admitía réplica—. El mecanismo ha sido activado. Ella parece huir, pero lo que está haciendo es acelerar las cosas, esta es la parte donde existe una mayor intervención. Sabiendo que el virus de la duda entro en su sistema ya no podrá escapar de lo que intuye que sabe o de lo que ocultan los demás. Este es el momento donde sus creencias se derrumban y su vida normal era su única protección.
El conocimiento en cambio es nuestra condena, créeme se bien de eso Luis.
Luis seguía mirando el punto donde Daniela desapareció, sintiendo el peso del reloj de plata que tomo nuevamente desde su bolsillo el cual le devolvió a Gaspar Marín.
—¿Qué pasaría si el engranaje se rompe, Gaspar? —susurró Luis, con el pecho silbando.
—se romperá de todos modos —respondió Marín, sin mirarlo, con los ojos fijos en el flujo de gente en la calle—. Necesitamos que las piezas calcen con precisión quirúrgica. Si fallamos en este universo, el 2062 será más que una guerra perdida contra un virus, será un silencio de culpa, una página en blanco en un libro que nadie volverá a leer y de alguna forma sabremos que si no lo intentamos será nuestra culpa.
Ambos se quedaron allí, inmóviles, dos observadores detrás de un vidrio viendo cómo Daniela Aldunate, se perdía entre las personas de la ciudad, como si el helado día fuera el protagonista de un tenebroso guion, donde nadie se salvaba, esta historia parece ya estar escrita, pero cada acto tenia que interpretarse hasta la última fase.