La cautelosamente cuidada casa de dos pisos, pintada en un suave tono rosa palo y coronada por un tejado blanco, se alza solitaria en medio del camino. Un garaje flanquea la estructura, custodiada por un jardín desbordante de flores multicolores. Sentada en el pórtico, con una limonada atiborrada de hielo en la mano, la diosa del amor contempla los viñedos que se extienden en el horizonte: Afrodita.
A sus espaldas aguarda un joven provisto de alas de mariposa monarca y antenas delgadas. Su cabello y sus ojos comparten un vibrante tono rosado. Sostiene un teléfono móvil y no aparta la vista de la pantalla.
—Tengo el ligero presentimiento de que hoy no será tu mejor dia —comenta Eros. Esboza una sonrisa y deja escapar un suspiro.
—¿Lo dices porque de pronto te brotó el don de la premonición? —responde Afrodita sin girar la cabeza.
—Lo digo, mami, porque si levantas esos ojos tuyos verás esa maldita carroza acercándose. Desde aquí huele a macho. Seguro Hércules viene ahí adentro. ¿Acaso Hestia no repara en desodorantes? —se burla el dios del deseo.
—Hestia no repara ni en decencia para sí misma. En fin. —Afrodita se pone de pie y se desliza unas gafas de sol sobre el puente de la nariz—. ¿Anteros se habrá metido en algún problema?
—No. Esta mañana estaba con, bueno, con papá. Complicaciones médicas, dijeron por ahí. Otra fractura. —Eros se encoge de hombros—. Oye, si tal vez dejara de ser tan violento y de estar lleno de ira, quizá no se encontraría en tal decadencia.
—Déjalo. Así es él —corta Afrodita, tajante.
—Y te fijaste en él siendo así —ataca Eros.
—Sí. Y si hubieran existido los cigarros en ese entonces, me hubiese vuelto una fumadora compulsiva. —La diosa exhala, presa del cansancio acumulado de los siglos.
—A papá deberían recetar un porrito y una salida a un burdel de Nueva Orleans. ¿Has visto a esas mujeres con afro? Son divinas. —Eros suelta una carcajada.
—¿Debería ofenderme la idea de que tu padre busque consuelo en drogas y otras mujeres? ¿O debería resultar la opción menos dañina en comparación a tenerlo aquí, haciendo pedazos a todo el que se le cruce? —Afrodita se alisa la falda del vestido y se retoca los labios con una barra de color carmesí.
—Debería buscarse algo que hacer. Pareciera que Miguel dejó sangrando a esos dos. Hay cosas más interesantes por las cuales vivir... —Eros sonríe con una malicia casi infantil.
—¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles? —cuestiona la diosa.
—Mira: Freya se cayó en el salón de Asgard y las valquirias se negaron a recogerla. —Eros suelta una nueva carcajada mientras le muestra la pantalla del teléfono a su madre—. La comedia involuntaria de este lugar es magnífica. Solo hace falta sentarse a observar la cantidad de idioteces que suceden en un solo día. ¿Invitamos a Loki a tomar café?.
— ¿El del Caballo?, y pensé que lo de Poseidon con Demeter fue enfermizo, lo de ese dios rompe mis esquemas — Afrodita se lleva una mano a la frente.
Fuera de la casa, la carroza se detiene lentamente. Atenea mantiene la cabeza baja, con una mano en la frente y los ojos cerrados, casi en la misma situación, Harmonia apenas puede levantar la mirada a su antiguo hogar.
—Los dejo aquí y me iré al Refugio. Ya me deben estar buscando —anuncia Hermes. Su tono es de una seriedad inflexible, carente del más mínimo atisbo de humor.
—Técnicamente trajiste a Grace y a Harmonía. Como parte del pasaje, tal vez, pero las trajiste. Ellos no especificaron cómo, así que Hestia y Ares se pondrán muy contentos —bromea Íficles. La sonrisa se le borra del rostro de inmediato al toparse con la mirada hostil del mensajero.
Afrodita los recibe desde el pórtico, escrutando al grupo con genuina diversión.
—Señor Olympia —saluda la diosa. Al escuchar su título, Hércules flexiona un músculo del brazo y posa como culturista—. Señor Olympia con algo más de coeficiente —añade, dirigiendo la vista a Rafael, quien responde con un modesto encogimiento de hombros—. El hermano del que nadie hablaba y a nadie le importa. —Íficles sonríe y se señala a sí mismo con el pulgar—. “Miren que ruda que soy entre hombres, validen mi feminidad e intelecto porque me junto con 4 orangutanes” —Los ojos de Diane se clavan con furia asesina en la diosa del amor—. Y Azulita. Qué milagro verte por aquí ¿quieres pasar a tomar una tacita de café?. —Atenea deja escapar un suspiro de agotamiento puro.
Afrodita detiene su escrutinio al toparse con la diosa alada.
—Hija, voy a romper tu silencio. Yo no tuve la culpa de lo que pasó, ni tampoco tu hermano. Esta es tu casa, tus viñedos y tu herencia. Despreciala si quieres, pero somos tu familia.
La deidad desvía entonces su atención hacia Grace.
—Y, oye, tú, plumas. ¿De qué nido te caíste? Qué bonita nariz. ¿No quieres ponerte algo cómoda... encima de mí?
Afrodita le clava una mirada cargada de intención. Los ojos de Harmonía se encienden con furia protectora hacia su madre, pero Grace parece no captar el doble sentido de la invitación.
—Preferiría un sofá, por favor. La carroza no tiene cojines —responde la joven cósmica, dando un paso al frente con inocencia. — A mi me gusta tu cabello ¿puedo olerlo?
—Esto es serio, Afrodita. ¿Podemos pasar? —interviene Atenea, cortando la tensión.
—Uy, como quieran. Tenemos limonada y pastel de limón. No cocino, así que no les puedo invitar a comer, pero tenemos vino. ¿Qué te parece, hija? Al fin le gané a Dioniso.
—Bueno, desde que se hizo amigo de esa mujer que cocina al vacío, su interés por la viticultura se redujo drásticamente. A decir verdad, ganaste porque desertó de cierta manera —aclara Eros.
—Sí. Qué bueno que alguien, no diré quién, sugirió traer a esa tal Child. Mamie debe estar encantada con su comida, y ese insípido fudge seguramente mejoró de sabor.
El grupo cruza el umbral hacia el interior. El espacio es una exquisita proeza de ebanistería: mesas, sillas, sillones, libreros y estantes, todos fabricados en madera y pintados a mano con una delicadeza meticulosa. En conjunto con la cristalería reluciente, el lugar entero da la impresión de ser el juego de té de proporciones reales de una niña pequeña.
Ya sentados en la gran mesa del comedor principal.
—Entonces, ¿podría quedarse contigo si así lo quiere? —pregunta Atenea con absoluta seriedad.
—Si ella lo desea, claro. No le faltaría buena compañía. Siempre quise saber qué se siente estar con otra mujer, bonita piel canela, pero de eso tú ya eres experta, Azulita. —Afrodita lanza la provocación, pero Atenea la interrumpe de tajo. Prácticamente todo el grupo gira la cabeza para clavar la mirada en la diosa de la sabiduría.
—Está sensible. Creo que podríamos dejar cualquier intento sentimental o físico para un futuro muy lejano, por favor —ataja Atenea, ignorando el dardo—. Tenemos pocas opciones para que habite, y me encantaría que pudiera dormir en un lugar donde no la quieran usar como objeto.
—Sí, arriba tenemos una habitación y un cuarto de alfarería que nadie quiso usar —concede Afrodita.
—Pensé que era mi talento, pero no —ríe Eros, encogiéndose de hombros.
—De verdad quiero que entiendas la magnitud... —Atenea intenta retomar el control de la conversación, pero es silenciada de nuevo.
—Corazón, hace casi mil setecientos años que no me diriges la palabra. El Olimpo se cayó, una egipcia se te cayó encima, luego te destrozaron el corazón, además que conozco tu secretito que haría caer a todos y jamás me hablaste, y tampoco te he hecho caer, eso ya dice mucho de mi, más allá de lo que si hago. Eres rencorosa, lo entiendo. Paris me eligió a mí; Hera ya se veía muy vieja y tú tienes el encanto de una yegua de exhibición. Lo sé, no me culpes por ganarte —expone Afrodita, afilando cada palabra con precisión—. Entiendo que traes un asunto grave entre manos si acudes a mí antes que a Hestia. Así que dime: ¿qué gano yo? —pregunta la diosa del amor, cruzándose de brazos.
—La carga emocional positiva de hacer una buena acción por los demás —sugiere Hércules con una sonrisa inquebrantable.
—Pide el dinero o el objeto que quieras. —Atenea exhala un suspiro profundo, ignorando al campeón.
—Quiero que Ares deserte del ejército. Ese es mi precio. Purguen ya esa maldita compañía. —Afrodita aprieta los dientes, perdiendo de golpe la fachada lúdica—. Quiero recuperar a mi familia. Y si no me dejas tener una fantasía lésbica a mi altura con plumas, al menos voy a recuperar lo que debió ser un hogar tranquilo y normal.
—No puedo prometerte eso —corta Atenea, tajante.
—Entonces no cuentes conmigo —cierra Afrodita de inmediato.
—Si vengo a ver los viñedos, ¿dejarías que Grace se quede aquí los días que necesite? —interfiere Harmonía, dando un paso al frente para romper el punto muerto.
—¿Cuántos días vas a venir? —sentencia Afrodita, entornando los ojos.
—Dos —réplica Harmonía.
—Seis —negocia la diosa.
—Cuatro —vuelve Harmonía al juego.
—Cuatro días. Y dejas de llamarme por mi nombre. Un "madre" o "mamá" bastará —dictamina Afrodita, lanzando su última condición.
—Ni muerta —escupe la diosa de la concordia.
Harmonía gira el rostro y mira a Grace. Observa a la joven, baja las alas en señal de rendición y traga su propio orgullo.
—Está bien, mamá —concede, arrastrando las sílabas con pesadez.
—Pueden compartir la habitación de arriba. Serán como hermanas, qué bonito. —Afrodita aplaude con suavidad, saboreando su victoria.
—No se toca, Afrodita —advierte Atenea, fulminándola con la mirada.
—Ya sé, ya sé. Tomaré el consejo que mi hijo le dio a su padre momentos antes de que llegaran: buscaré amor por ahí, ¿Neftis no tenia alguna hermana bonita o algo así?, Bueno siempre puedo ir a una casa de citas en Nueva Orleans.—sonríe la diosa, restándole importancia a la amenaza.
—Qué pésimo ejemplo para Grace —susurra Diane.
—Busquen a una profesora, entonces —remata Afrodita sin perder la compostura.
—Ire a la biblioteca. Volveremos más tarde —aclara Atenea, dando por terminada la negociación y girando sobre sus talones.
—Me saludan a Mamie. Debemos tomar el té un día de estos —se despide Afrodita con una sonrisa radiante.