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Capítulo 16: Vacío Legal

Blackstar: Alfa y Omega · por S.S. Arcana · 21 de septiembre de 2026

La carroza perlada de los argonautas avanza hacia el este. Hermes ni siquiera se ha dignado a mirar hacia atrás para comprobar el estado de Atenea o de sus dos nuevas pasajeras, se mantiene firme como un monolito, con la vista clavada en el camino, ignorando olímpicamente cada señal de alto; no por malicia o exceso de ego, sino por una genuina y absoluta ignorancia de las leyes de tránsito modernas.

El velo nocturno se despide. La neblina azulada se disipa poco a poco, permitiendo que los primeros rayos del sol se asoman tímidamente por el horizonte.

—¿Por qué se mueven con caballos cuando existen los vehículos de combustión? —pregunta Grace desde los asientos traseros, su cabeza mira hacia el camino y sus plumas están levantadas.

—Todos esos vehículos son muy caros y lamentablemente, carecemos de los recursos para adquirir uno —explica Atenea con serenidad, sus manos se han relajado sobre el banco de madera de la carroza.

—Atenea, la Corte Carmesí —Diane clava una mirada gélida en la diosa de la sabiduría cruza las piernas y tensa un poco la mandíbula.

—¿Qué hizo mi hermano ahora? —Atenea ladea la cabeza, procesando la información, y abre los ojos de golpe, aferrándose al borde de la carroza. con una mano, y llevandose a la sien la otra.

—No, nada, creo —aclara Diane titubeando— No la lleves con Hestia. —La advertencia escapa entre sus dientes apretados.

—No, yo no quiero... —tartamudea Grace. Abre los ojos que tiemblan y las plumas de su cabeza se caen a los lados.

—Si un miembro de la corte te acoge como asistente, Hestia ni siquiera podría echarte del distrito aunque lo deseara con todas sus fuerzas — susurra Atenea cuya mirada ya se perdió vislumbrando posibilidades legales para defender a Grace.
Todos en la carroza giran la cabeza hacia Harmonia.

— ¿Y por qué no la acoges tu tía?, el Trono del Trueno tiene las mismas reglas — Harmonia titubea, su mano golpetea el borde de la carroza.

— Estoy manteniendo una posición neutral — Atenea infla el pecho entonando serenidad.

— Tan neutral que apuesto lo que quieras que sigues viviendo en la torre de mi padre — Harmonia murmura, lo suficientemente alto para que todos la escuchen, sus ojos giran hartos.

—Grace, no creas que es una forma de control, es un vacío legal y quedarías fuera de la jurisdicción de Hestia. La Corte Carmesí goza de mucha autonomía, inclusive son los dueños de la biblioteca, entre otros lugares que podrían ayudar. —Atenea le dedicó una sonrisa tranquilizadora—. Es la mejor forma de integrarte al distrito sin que nadie te dé órdenes. Tendrías independencia y la biblioteca entera para ti sola.

—¿Para mí sola? Pero Harmonía —dice la joven, buscando a su compañera con la mirada.

—No te preocupes por mí. Creo que iré a ver a Afrodita; podemos hacerte un espacio en el piso de arriba. —Harmonía fuerza una sonrisa, aunque sus antenas, caídas y sin vigor, la delatan.

—¿Y si le damos una habitación en el Refugio? —propone Atenea.

—Sabes perfecto que Hestia vive ahí —replica Harmonía, encogiéndose de hombros.

—A menos que quieras dormir en la calle, Grace, deberás aprender que no todas las elecciones son un intento de manipular tu futuro —interviene Diane—. Mantén cerca a tus enemigos. Yo, en tu lugar, me instalaría plácidamente en el Refugio solo para disfrutar cómo Hestia no puede mover un solo dedo para darme órdenes e internamente colapsa de nervios intentando mantener esa fachada de mosca muerta “yo no hago nada, miren que inocente soy”.

—¿Cuál es el problema con Hestia? —El susurro de Hermes viaja apenas desde el pescante, sus dientes se aprietan con fuerza y la frente se tensa con su mirada fija en el camino.

—Ninguno. Sabes que no hay ningún problema con ella, pero Grace ya dejó claro que prefiere mantener su distancia —suaviza Atenea.

—Y si no quiere saber nada de ella, ¿entonces por qué viene a su distrito? —remata el mensajero de los dioses.

—Porque Hestia no es más que la gerente de un Walmart en una ciudad con otros ocho centros comerciales. En pocas palabras, administra una tierra que ni siquiera le pertenece —dispara Diane, subiendo las botas al respaldo del asiento delantero—. A fin de cuentas, Mictlantecuhtli es el único que debería preocuparse por quién pisa su continente, y si ni el hizo acto de presencia por Grace, ni le preocupa que ande haciendo, a nadie más debería preocupar.

— No me vean con esas caras, me están diciendo que el tlatoani, Mictlantecuhtli, el ser que vive en la punta de una pirámide colosal, que mató al diablo, que fulminó a Thor a Odin y a todos los egipcios, y que tiene astrónomos por todo su territorio, y un ranchero con más de 15000 elementos policiales, estaba en la noche acariciándose el quetzal, vio un cometa estrellarse y simplemente dijo, “nos golpeó un cuerpo celeste, como todos los días, bebamos tequila” —

—Oye, eso de la música fue brutal. Debes enseñarme a tocar así algún día. Yo quiero una guitarra. Rafael también, ¿verdad, hermano? —Hércules rompe la tensión con una sonrisa deslumbrante y señala al campeón rubio.

—No tenemos dinero para guitarras porque compramos un huerto cerca del Refugio y no logramos hacerlo funcionar. Estamos en números rojos —lamenta Rafael, encogiéndose de hombros—. Aunque, bueno, hace tres noches encontré una cebolla creciendo en la tierra.

—¿Quieres ayudarnos, Grace? —invita Íficles.

—¿Es un jardín? —Los ojos de la joven cósmica recuperan su brillo por un instante.

—Tú también puedes venir. —Hércules suspira, clavando la vista en la diosa de la concordia—. No me gusta verte así. Ya pasó mucho tiempo.

—Y pasará todavía más —sentencia Harmonía, sepultando cualquier atisbo de esperanza.

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