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Rencor oxidado

Bendito sol · por Elgoca · 21 de agosto de 2026

Con una vieja tetera de bronce, cierro dos tazas de agua con hierbas para volver a dejarla sobre la mesa. Sentado frente a mí, un guardia real vestido completamente con una armadura de placas, adornada con una elegante capa y varios emblemas.

—Bien, ¿qué trae a la mano del rey a mi humilde morada?

—Déjate de formalidades. No es como si no me conocieras.

Respondió mientras sujetaba su casco para retirarlo, dejando ver su rostro: una piel pálida sin la más mínima imperfección, una corta cabellera rubia y unos ojos azules hipnóticos.

—Contigo ya ni se sabe.

Tomó la taza de agua con ambas manos, colocándola bajo su nariz antes de tomar el primer sorbo, mientras yo miraba por la ventana hacia la calle, donde los acompañantes de mi visita custodiaban la puerta.

—Tranquilo, es solo el protocolo.

—¿Qué? ¿Muy importante para visitar a un amigo sin un séquito de guardaespaldas?

—Ah, miren quién habla, el que no responde mis cartas y, por lo que veo, ni las lee —exclamó mientras apuntaba al estante donde yacía una pila de cartas agarrando polvo. El repentino grito hizo que uno de los guardias asomara la cabeza por la puerta—. Tranquilo, no pasa nada. Sigan vigilando.

—¿Para qué leer lo mucho que te compadeces de mí? —Me levanto de la silla mientras miro fijamente al rubio—. «Oh, sí, pobre Kiram. ¿Cómo estás hoy? Ojalá hayas dormido bien. Ojalá estés comiendo bien. ¿Cómo llevas lo de la muerte de Harald?». ¡Adivina qué! Estoy bien, sigo vivo. Así que llévate tu lástima a otro lado. No es como si no supiese que Sofía te cuenta todo sobre cómo estoy.

—Solo me preocupo por mi amigo.

—¿Tu amigo o tu perro?

Ambos volvemos a sentarnos a la mesa, tomando otro sorbo de agua.

—Bien, ya deberías saber por qué estoy aquí.

—Ilústrame, porque la verdad no.

—Esta mañana mataste a treinta personas sin explicaciones. Eso ya sería suficiente para que te ejecutáramos, pero por tus aportes al reino tendrás la oportunidad de explicarte.

—¿En un juicio?

—Aquí mismo.

—Me miraron feo, así que los maté.

El enojo se hizo notable en el rostro de mi compañero. Siempre me preguntaba qué tanto tendría que hacerlo enojar para que le salieran arrugas en la cara.

—Esto no es un juego.

—Es un juego, porque a mí no me engañas. Sé que sabes bien la razón por la que lo hice. Sé que tú sabías de ese grupito de idiotas pasándose del límite. Lo que no sé es por qué tuve que ser yo el que se encargara de ellos.

El rubio suspira con la mirada baja mientras comienza a quitarse el pectoral de la pesada armadura, quedando solo con una camisa negra ceñida al cuerpo. Después vuelve a tomar asiento y agarra la taza para darle un profundo sorbo.

—Como sea, te fregaste una investigación de meses.

—¿Investigación de qué?

—Según parece, esos imbéciles estaban involucrados en la desaparición de por lo menos diez personas en el último año.

—Y supongo que no las tiraron a un pozo.

—Tráfico de esclavos.

Doy un último sorbo a mi taza para volcar toda mi atención en las palabras del rubio.

—¿Quién?

—Por lo poco que sabemos, parece que tiene que ver con Lima.

—No me sorprende.

—Aún mantenemos tratos mercantiles con ellos y, por lo que he averiguado, algo muy oscuro está pasando ahí.

—Magia negra, supongo.

—No lo descartaría.

—Estos días estoy ocupado. Ando entrenando a un par de novatos y planeando una expedición.

—Ya tengo a alguien en ese asunto, así que tranquilo. Te avisaré si pasa algo.

—Como sea.

—Entonces, ¿entrenando novatos?

—No es tu asunto.

—Puede que no, pero la expedición sí.

—Nada importante. Iremos a Granada.

—¿Y qué hay en Granada tan importante como para arriesgarte a ser devorado por monstruos?

—Queremos usar la torre estelar para rastrear algo.

—¿Qué?

Me inclino sobre la mesa, colocando ambos brazos sobre esta antes de soltar un suspiro, preparándome para contarle al rubio en qué andaba metido.

—En el Abismo fuimos arrinconados por las plagas hasta un antiguo templo. Ahí tuve una visión. La degradación es producto de la influencia de un dios maligno, uno que busca devorar este mundo.

El rubio se lleva las manos a la cara y se restriega el rostro con ellas durante unos segundos. Luego, voltea a verme directamente a los ojos.

—Vaya mierda. Y supongo que el traidor está involucrado.

—¿Quién más que ese maldito? La cosa es que, si destruimos la conexión de ese dios con este mundo, todo podría volver a funcionar.

—¿Qué tan seguro estás de esto?

—Tengo mis dudas, pero tampoco me puedo quedar sentado haciendo nada.

—Bien, ¿y crees que el traidor te dejará hacer eso así nada más?

—Confío en que no descubra que nosotros sabemos sobre esto y que podamos ponerle fin antes de que él lo descubra.

El rubio comenzó a inclinarse sobre la silla, de adelante hacia atrás, pensativo. Luego de unos instantes, volvió su mirada hacia mí.

—El reino no se involucra con el traidor, así que...

—Estamos solos. Porque, si ese maldito descubre un ejército moviéndose hacia donde sea que esconda el nexo de ese dios, nos sepultará en un océano de monstruos.

—Igual puedo conseguirte algo de equipo. Solo dime qué necesitas.

—Por el momento, solo armas para los novatos y equipo para la expedición a Granada una vez empezado el invierno.

—¿Qué armas?

—Un arco, un escudo y una espada.

—Te enviaré las cosas estos días.

—¿Y cuándo dejará de llover?

—Mañana mismo, a las siete de la mañana. Y comenzaremos los preparativos para el festival inmediatamente.

Ambos nos damos la mano.

—Adiós, Nataniel.

—Adiós, Kiram. Es bueno saber que estás bien.

Dijo mientras se marchaba acompañado de su escolta. Yo, por mi parte, subí para acostarme en la cama, quedándome dormido tan pronto como mi cara tocó la almohada.

De pronto, me encuentro sentado en una mesa en medio de un jardín adornado con flores, un lugar que me resultaba extrañamente familiar.

—Lindo lugar —dije, mirando a la mujer sentada frente a mí, la cual disfrutaba de una taza de té y unas galletas mientras tomaba una para darle un mordisco. Al probarla, confirmé mis sospechas—. Estas galletas son unas que preparé hace como dos años y este lugar es el jardín del castillo.

—Eso es correcto. Todo aquí está hecho con copias de tus recuerdos.

—Aún sigo en desacuerdo con que andes haciendo lo que quieras con mis recuerdos.

—Tranquilo, sé lo que hago. Este lugar está hecho en el punto entre el consciente y el inconsciente. Nada de lo que pase aquí puede afectarte.

Asentí ligeramente, aunque seguía observando los alrededores. Cuanto más miraba, más detalles reconocía, pero no como un conjunto, sino como piezas de distintos rompecabezas acomodadas unas junto a otras.

—Hasta donde me habías dicho, no podías moverte por mis recuerdos sin que yo estuviera presente.

—Eso era antes. Ahora ya he dejado de ser un agente externo en tu cabeza y me he integrado como una conciencia paralela parcial.

Fruncí el ceño, tratando de entender exactamente qué significaba aquello.

—¿Y eso qué significa para mí?

—Nada, en realidad. En mi estado actual carezco del poder suficiente como para afectarte de cualquier forma. Ni siquiera tengo el poder suficiente para crear algo por mi cuenta.

Erysia levantó los brazos, señalando todo el espacio en el que estábamos. Seguí su gesto con la mirada antes de volver a observarla.

—Entonces, ¿qué puedes hacer exactamente?

—Además de este espléndido palacio, no mucho más que aparecer en tus visión como un fantasma que solo tú ves y caminar por tus recuerdos. Claro que, siendo la conciencia el motor de estos, son solo un montón de escenas estáticas. Puedo manipular objetos y sensaciones de estos, pero todavía no puedo hacer que sucedan cosas nuevas dentro de ellos.

Me quedé pensativo unos segundos, apoyando un brazo sobre la mesa.

—¿Y de qué serás capaz más adelante?

—No tomar el control, eso es seguro. No solo porque sea tan solo un fragmento de conciencia de mi ser original, sino porque tú tienes una fuerza mental considerable. A lo máximo que podría aspirar sería a ser una conciencia paralela completa. Con eso ya podría explorar libremente tus recuerdos y tocarte fuera de tu cabeza. Si intentara algo más, corro el riesgo de ser completamente asimilada por ti, perdiendo mi individualidad. Si eso llegase a pasar, no sería más que un lejano eco en tu subconsciente.

La observé en silencio durante unos segundos. No creía del todo en lo que me decía, pero tampoco sentía que estuviera mintiendo.

—Entonces, ¿por qué estoy aquí? Creí que me empezarías a acosar para que apresurara las cosas.

—Bueno, no lo veo necesario. Ya estás haciendo algo. No tan rápido como quisiera, pero algo es algo.

La miré esperando que continuara.

—¿Entonces?

Erysia bajó la mirada por unos segundos antes de hablar.

—Solo... ¡solo me sentía sola! Literalmente eres la única persona con la que puedo interactuar.

Repentinamente, Erysia se levantó de golpe y arrojó la mesa a un lado. Me incorporé rápidamente mientras la observaba comenzar a caminar en círculos por el jardín, claramente alterada, hasta que volvió a mirarme mientras se llevaba las manos a la cabeza.

—Antes era un ser casi omnipotente, consciente de todo lo que pasaba en el mundo, y pasar de eso a estar confinada a este lugar es como si de pronto estuviera ¡ciega!

Se colocó frente a mí y señaló sus propios ojos.

—Quiero ver lo que pasa en el mundo, pero cada vez que veo, me muestras tus recuerdos. Solo encuentro desolación, decadencia y sufrimiento.

Me quedé quieto mientras la escuchaba. La expresión de Erysia había cambiado por completo y, por primera vez, podía notar cuánto la estaba afectando todo aquello.

Repentinamente, esta saltó sobre mí, tirándome al piso. Quedó sobre mí, sujetándome de los hombros mientras me miraba a la cara con una expresión de desesperación absoluta.

—Soy la maldita diosa de los pobres, no porque crea que esa es la forma correcta de vivir, sino porque detesto ver a las personas sufrir. No... no soporto la idea de que alguien sufra. Si me fuera posible, haría que nadie sintiera algo ni medianamente parecido a lo que siento en este momento.

Apreté los dientes mientras sentía sus manos temblar sobre mis hombros.

—Esto no se trata de mí queriendo ser una diosa otra vez y dominar el mundo como me plazca. Se trata de que necesito arreglar este mundo porque no puedo vivir sabiendo que ahí afuera hay personas sintiendo esto.

Sentí sus lágrimas caer sobre mi rostro. Sin pensarlo demasiado, levanté los brazos y la abracé fuertemente, acariciando su cabeza mientras intentaba calmarla.

—Tranquila. Todo estará bien. Arreglaremos esto.

—Perdón por no poder haberte ayudado más. Perdón por dejarte sufriendo en este mundo por tanto tiempo. Perdón... no era mi intención.

—Esto no es tu culpa.

Continué abrazándola mientras ella permanecía en silencio durante unos segundos.

—Por favor, dime que este mundo no es tan horrible como lo recuerdas. Dime que hay algo más que tristeza y decadencia.

Bajé la mirada durante unos segundos, sin dejar de acariciarle la cabeza.

—Perdón por mostrarte un mundo tan horrible… pero no hay otro.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero la sensación que me daba Erysia entre mis brazos me resultaba inquietantemente humana: temblando, llorando... Todo lo contrario a lo que me habría esperado de algo que, hasta ese momento, me parecía un ser completamente ajeno a mí.

—No quería que me vieras así.

—Si te guardas así las cosas, al final acabas explotando.

—Es indigno.

—¿Llorar así o estar recostada sobre el pecho de un hombre mientras te abraza y acaricia la cabeza?

—Ambas cosas.

—¿Me detengo?

—No.

Aquella mujer se apretó más contra mi pecho, hundiendo su rostro en este.

—Siempre me pareció raro que tus adeptos fueran los únicos que se denominaban a sí mismos hijos de ti.

—Sale de la interpretación del profeta Esteban de las escrituras de los Diez Patrones: «Ella protegerá, ella cuidará, ella aliviará».

—Como una madre.

Me levanté para sentarme en el piso con las piernas cruzadas, acomodando a la diosa sobre estas.

—Sí.

—¿Qué quieres hacer ahora?

Poco a poco, la mujer se incorporó hasta ponerse de pie, a lo que también hice lo mismo. Una vez que estuvimos frente a frente, se secó las lágrimas con las manos y me miró con determinación.

—Salvarlos. Quiero salvarlos a todos.

—Lo haremos.

—Entonces no perdamos tiempo.

La mujer chasqueó los dedos y desperté en mi cama. Me levanté sin perder tiempo y comencé a arreglarme para salir por la puerta con un objetivo claro.

 

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