El repentino estruendo de la puerta principal del gremio me obligó a abrir los ojos para mirar al par de gemelos entrar por la puerta, empapados por la torrencial tormenta que caía en la ciudad.
—Se les hizo un poco tarde.
—¡Se está cayendo el puto cielo!
—Eso no es excusa, Natalia.
Respondí con una sonrisa de satisfacción en mi cara mientras esta se sentaba frente a mí, matándome con la mirada.
—Hola, señor Kiram.
Dijo el joven Marco mientras tomaba su capa para exprimirla en un balde junto a la de su hermana antes de sentarse junto a Natalia.
—¿Y los demás?
—No han llegado.
—Ah, y nosotros pensando que estarían esperándonos.
Una fuerte carcajada escapó de mi boca, obligándome a inclinarme mientras sujetaba mi estómago con las dos manos.
—Mejor acostúmbrate a que nadie sea puntual.
—¿Entonces nosotros también podemos llegar tarde?
—No. Para eso tienen que estar cuatro meses mínimo en el grupo.
Poco después entró Antón por la puerta, rodeado por una burbuja de aire que se disipó tan pronto como puso un pie en el gremio.
—Hola. ¿Y Sofía?
—Pensé que vendría contigo.
—Esta mañana me la crucé viniendo hacia aquí. Dijo que vendría temprano para no mojarse.
—Ya regreso.
Me levanté de la mesa para comenzar a caminar por los pasillos de la mansión donde estaban las instalaciones del gremio, hasta llegar a la zona de los dormitorios. De los pocos cuartos que aún conservaban sus puertas, entré a uno de estos para encontrarme a Sofía durmiendo sobre la cama.
—Ey, despierta.
—Mmm... ¿Kiram?
—Se te hizo tarde.
—Ya voy, ya voy. No te enojes.
Me quedé viéndola durante unos segundos solo para escuchar cómo, repentinamente, comenzaba a roncar. Así que, como la persona razonable que soy, levanté a Sofía por la cintura para colocarla sobre mi hombro.
—Ey, no soy un costal.
Protestó, aún medio dormida, mientras golpeaba débilmente mi espalda al tiempo que nos dirigíamos a la recepción, no sin antes pasar por la cocina para pedir un café.
—Bueno, ya somos todos.
Dije colocando a Sofía cuidadosamente sobre una de las sillas y sentándome a su lado, dejando que se recostara sobre mi hombro.
—Ahora que estamos todos, será mejor que comencemos con la reunión.
Le entregué la taza de café a Sofía, que comenzó a beberla lentamente.
—Entonces, ¿de qué se trata el entrenamiento?
Preguntó Marco con evidente emoción.
—Bájale a tu tren, niño. Primero tendremos que conocer sus aptitudes.
—¿Cómo haremos eso?
—Antón, explícales.
—Por supuesto.
Antón se acomodó frente a todos y colocó una pequeña caja sobre la mesa. Al abrirla, sacó un brazalete con una joya translúcida colgando de él.
—Esto es un cristal de vidrio de manatita. Con él podremos medir sus aptitudes mágicas. Su funcionamiento es simple: si una persona con afinidad para la magia lo sostiene, comenzará a brillar de color blanco. Así.
Sostuvo el cristal entre sus dedos. Casi de inmediato comenzó a emitir un resplandor tan intenso que me obligó a entrecerrar los ojos.
—Ya deja de presumir.
—Está bien, está bien.
Antón dejó el brazalete nuevamente en la caja y el brillo desapareció de inmediato.
—Entre más brille, mayor será la aptitud mágica. Si la afinidad es baja, apenas emitirá un resplandor tenue. Y si la aptitud mágica es completamente nula...
Vi cómo deslizaba la caja hacia mí.
Tomé el brazalete y el cristal se volvió completamente negro Marco y Natalia se quedaron observándolo durante unos segundos.
—¿Es muy común que pase?
—No. En diez años, Kiram es el único al que le ha pasado eso.
Dejé el brazalete de vuelta en la caja y deslizó está frente a los hermanos
—Bien. Su turno.
Marco fue el primero en estirar la mano, tomando el cristal y haciéndolo resplandecer de forma tan sutil que apenas se podía notar. Luego fue el turno de Natalia, quien solo consiguió cambiar el color del cristal a un blanco perlado.
—Bueno, al menos Marco tiene algo de actitud mágica.
—Esperen, ¿cómo que no tengo actitud mágica, pero sí puedo usar una habilidad? Si las habilidades también son mágicas.
Preguntó Natalia, extrañada por la situación, a lo que Antón ya tenía la explicación.
—El cristal mide la exudación de maná de tu cuerpo y, por tanto, la facilidad que tienes para manipular dicha energía. Cualquiera puede usar magia. La diferencia es que, mientras que yo puedo encender una vela con un chasquido, a Kiram le daría anemia por solo intentarlo. Por otro lado, las habilidades innatas son cosas que tu cuerpo hace automáticamente, sin esfuerzo o ser consciente de los tecnicismos de la magia.
—Entonces, ¿puedo aprender magia?
Dijo emocionado Marco, casi saltando sobre la mesa.
—¿Sabes leer?
—No mucho.
—Entonces olvídate.
Agregó Antón, matando las ilusiones del novato, quien solo se limitó a sentarse nuevamente, recibiendo algunas palmadas en la cabeza de su hermana.
—Tranquilo, en la noche practicaremos juntos.
—Gracias.
Hermandad. Siento una fuerte presión en mi pecho. Inhalo profundamente y doy un fuerte aplauso para llamar la atención de todos, a la vez que el ardor en mis manos me regresa a la realidad.
—Bien, ya sabemos que la habilidad de Natalia es arrojar cosas, así que estará bien en la retaguardia con un arco y su daga. Si le enseñamos rastreo y algunas magias básicas, debería estar bien. Solo nos faltaría saber la habilidad de Marco.
—Fijar agresión.
Agregó Marco con una expresión nerviosa, a la que solo le faltaba una gota de sudor bajando por su frente para estar completa.
—¿Y eso qué hace?
—Hago que todos los objetivos en un área sientan la imperiosa necesidad de pegarme.
—Mmm... bien...
Intercambié miradas con Marco durante un segundo antes de volver a mirar al joven, quien se hacía más pequeño en su silla.
—¿Podrías hacer una demostración?
—No lo sé. Tendría que tener un objetivo.
—Tranquilo, úsalo en mí. No hay problema.
—Está bien.
Marco levanta las manos con los puños cerrados. Nos miramos a los ojos y, repentinamente, es como si en este cuarto solo estuviéramos él y yo.
—¡Ey, detente!
El repentino grito de Natalia me saca del trance, haciéndome dar cuenta de que estaba levantando a Marco por la camisa con una mano, mientras la otra estaba a punto de darle un puñetazo en la cara. Además, Natalia tiraba de mi cuello hacia atrás, mientras Antón estaba colgado del brazo con el que estaba a punto de golpearlo.
—Eso fue extraño.
Suelto al novato y regreso a mi asiento.
—¿Ves? Por eso te dije que nunca uses tu habilidad.
Exclamó Natalia con un notable enojo en la voz.
—Bien, ¿qué dices, Kiram? ¿Alguna idea?
Preguntó Antón, algo agitado por lo que acababa de pasar.
—Una ligera actitud para la magia y una habilidad que hace que los objetivos de esta quieran pegarle mientras ignora a todos los demás.
Volteo a ver a Sofía, aún enojada en su silla, con la taza de café en sus manos.
—Sofía, dijiste que hay algunas armaduras en el templo.
—Mmm... sí. En el sótano. Son prácticamente reliquias por lo viejas.
—Bien. Marco, serás un paladín.
Una tos repentina proveniente de Sofía me interrumpe mientras parece despertar por completo.
—Espera, ¿qué?
—Sí, es perfecto. Solo tiene que conseguir algo de músculo. Le damos una espada con un escudo y tú te encargas de enseñarle magia del Pacto de la Luz.
—¿Un pacto?
Preguntó Marco, curioso por saber a qué nos referíamos.
—Tú tranquilo. Eso será después. Mañana te quiero ver en la arena del gremio para entrenar.
—¿El gremio tiene una arena?
—Sí. El antiguo dueño de esta mansión tenía la costumbre de hacer que sus empleados se mataran a puños, así que construyó una en el patio de atrás.
—Eso es oscuro.
—Ni te imaginas. Pero bueno, dale tu daga a Natalia. Ir con dos le irá mejor. A ti te daremos una espada.
—Está bien.
—Esperen. Si él se convierte en un paladín, eso significa que irá al frente de la formación.
Irrumpió Natalia, algo alterada.
—Tranquila. Su tarea será frenar a los enemigos que intenten ir a por ustedes y bloquear los ataques a distancia con el escudo. Del combate directo me encargo yo. Así, al menos, no tendré que preocuparme por ustedes.
—¿Pero y si sale herido?
—Primero, va a llevar una armadura. Segundo, tendrá a Sofía detrás para curarlo, así que no te preocupes tanto.
Natalia volvió a sentarse con los brazos cruzados. No parecía muy de acuerdo, pero tampoco parecía que fuera a seguir con la discusión.
—Bueno, lo primero será su entrenamiento físico. Después, el manejo de armas. El resto será para después.
—¿Y qué hay del entrenamiento con respecto a nuestras habilidades innatas?
—Eso es distinto. No hay un entrenamiento específico para eso y depende mucho de cada habilidad. Lo mejor que puedes hacer para mejorar es simplemente usarla. Con el tiempo, tu cuerpo la asimila y su uso se hace tan natural como respirar.
—Es que siento que puedo hacer más con mi habilidad, pero no sé cómo.
—Mmm... supongo que puedo ayudarte con eso. ¡Ey, Cristina! Pásame los dardos.
—Claro, señor Kiram.
Respondió la joven detrás del escritorio de recepción, sacando de debajo de este una caja que no dudó en arrojarme. Una vez la atrapé, la coloqué sobre la mesa y saqué de ella un juego de dardos.
—Bien. Ahora toma uno y apunta a ese blanco de ahí.
—Bien.
Natalia, con un rápido movimiento, tomó un dardo de la caja y, antes de lanzarlo, tanto sus dedos como el dardo emitieron una ligera aura azul que se mantuvo hasta que el proyectil golpeó el centro del blanco.
—Y dime, ¿pensaste en usar tu habilidad o en solo arrojar el dardo?
—Solo en arrojar el objeto.
—¿Y si quieres que el dardo regrese a tu mano?
—Entonces tengo que levantar la mano y pensar en el dardo.
El dardo se desprendió del blanco y regresó a su mano.
—Eso significa que tu habilidad responde a tus intenciones. Tú no tienes que hacer cálculos ni medir tu fuerza. Solo piensas en qué quieres hacer y tu habilidad hace el resto.
—¿Eso qué significa?
—Cierra los ojos y lanza el dardo.
Natalia no dudó. Una vez más, el dardo terminó clavado en el centro del blanco.
—Bien. No tienes que tener visión del objetivo, solo saber dónde está. Intentemos algo.
Me levanto y me coloco en medio de Natalia y el blanco, a varios metros de ambos.
—Arroja el dardo.
—Estás en medio. No puedo.
—Cierra los ojos y lanza. ¿O es que no puedes?
Natalia me miró un poco enojada antes de cerrar los ojos y prepararse para lanzar.
—Si te saco un ojo, no me hago responsable.
Natalia se preparó durante unos segundos antes de arrojar el dardo. En un inicio parecía que fallaría, pues el tiro se desvió mucho hacia la izquierda. Sin embargo, repentinamente, el dardo rebotó contra una ventana, pasó detrás de mí e impactó contra la esquina de una mesa en un ángulo que lo hizo rebotar contra el blanco, acertando justo en el centro.
—¿Qué te parece eso?
—¿Qué cosa?
Dijo Natalia, abriendo los ojos mientras yo me apartaba para que pudiera ver lo que había hecho.
—¿Ves? Los límites que tenemos solo existen aquí.
Dije, dándole un ligero golpe en la frente.
—Pero ¿cómo?
—Hiciste que el dardo rebotara hasta llegar al objetivo. No diría que fue un tiro imposible, pero sí complejo.
—Bien, entonces ¿qué debería hacer para mejorar?
—Probar límites. Retarte con tiros cada vez más difíciles, observar cómo tu habilidad los resuelve y, entonces, tarde o temprano, tú y tu habilidad se alinearán. Entonces podrás saber exactamente cuál es el tiro que necesitas.
—Pero bueno, los veo mañana. Nosotros nos quedaremos otro rato a discutir algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Qué aventurera tiene el culo más grande mientras nos ponemos hasta arriba de alcohol.
Natalia no dijo nada. Claramente sospechaba algo, pero solo tomó del brazo a su hermano para salir del gremio, donde una lluvia ligera los esperaba.
—Bien, entonces, con eso resuelto, hablemos de qué hacer ahora.
—No sé. Tú dinos, eres el que recibió la revelación divina.
—Déjalo. Esas cosas casi siempre son enigmáticas y extrañas.
—Solo sé que hay que encontrar al traidor y el origen de la raíz gigante.
—Entrar al abismo y seguir la raíz no creo que sea buena idea.
—Entonces, ¿qué sugieres, Antón?
Miré a un lado. Ahí, sentada a mi lado, estaba la diosa, invisible para todos menos para mí, observándome con una cara de no saber dónde estaba el traidor. Así que solo me senté a pensar mientras Marco y Natalia discutían.
—No sé. Si pudiéramos ver las estrellas, seguro podría usar magia estelar para localizarlo.
—Sí, pero desde hace diez años que ese domo de nubes nos tiene aislados del mundo.
—¿Y una torre estelar?
Pregunté, recordando algo que había leído en una novela no hacía mucho.
—La del castillo fue destruida en el ataque de la capital. Además, reconstruirla o construir una sin una guía estelar, que solo funciona bajo las estrellas, es imposible.
—Vaya mierda.
—En Granada hay una.
—¿En ese nido de monstruos?
—¿Estás segura?
Pregunté, viendo una buena posibilidad mientras dejaba a esos dos hablar.
—Sí. La última vez que pasamos por ahí pude verla a lo lejos. Lucía casi intacta.
—Es demasiado peligroso.
—No es algo que podamos hacer sin preparación.
—En invierno los dragones duermen. Eso significa que tenemos dos meses antes de tener alguna posibilidad.
—El equipo es caro. Tendremos que hacer algunos trabajos extra.
—Bien, eso ya es un plan.
Interrumpí, levantándome de la mesa.
—Discutiremos el resto en el bar de Magno.
—Me parece bien. Hace rato que no voy.
—Sí. Ya es hora de una cerveza fría.
Las horas pasan y voy de camino a casa, nuevamente algo mareado y completamente empapado por la lluvia. En lo único que puedo pensar es en llegar a casa y secarme, hasta que, de pronto, me freno en seco frente a mi casa.
Ahí, un grupo de guardias del reino acompaña a su capitán, quien me mira fijamente.