Estoy recostado al aire libre sobre una banca de madera, contemplando el cielo cubierto de nubes grises, mientras una mujer de pálida tez y vestido púrpura se encontraba sentada sobre mi pecho.
—Bájate ya. Me duele la espalda por estar acostado en esta banca.
«Ni que realmente estuviera aquí. Solo soy...»
—Una proyección de mi mente, pero igual ya es raro atravesarle. Me da escalofríos.
—Es por la disonancia cognitiva.
«¿Diso qué?»
—Nada, tonto.
Dicho eso, la mujer comenzó a levitar en el aire, dejándome levantar para poder ver a Marco dar vueltas alrededor de una arena de entrenamiento con una armadura de placas encima y a Natalia a la mitad de un poste de madera que trataba de trepar.
—Señor Kiram, no puedo más. Ya son tres días seguidos.
—Bien, mañana pueden descansar, pero hoy aún tienen que entrenar.
—La armadura pesa mucho.
—Acostúmbrate. No se hará más ligera, solo tú más fuerte —respondí mientras caminaba hasta estar a los pies del poste—. ¿Y tú cómo vas allá arriba?
—No necesito ayuda —exclamó con tanta o más fuerza que la del golpe que se dio contra el suelo inmediatamente después.
—Buen intento. Subiste un poco más que el intento anterior.
—¿Por qué tengo que hacer esto?
—Bien, se dice que un arquero que no sabe trepar es lo mismo que un costal de piedras.
—¿O sea?
—Peso muerto.
—Tengo sed.
—No exage... —Escuché el fuerte sonido metálico a mi espalda—. Bueno, hidrátanse y tomen un descanso cuando suene la siguiente campanada.
—No queda casi nada para eso.
—Aprovechen.
Camino hacia la salida de la arena, pasando por algunos pasillos hasta la recepción, que se encontraba inusualmente llena de otros aventureros. A algunos los saludaba con la mano y otros tantos pasaban de mí. Al asomarme por la puerta, una multitud de gente se amontonaba afuera de un mercado improvisado.
«¿A eso le llamas una multitud?»
—En estos días.
«No son más de sesenta personas en toda la calle.»
—Podrían ser menos y aun así sería una multitud.
«¿Por qué no hay niños pequeños?»
—No verás un niño menor de siete años.
«Explícate.»
Camino entre el mercado. Buena parte de estos puestos vendían artesanías, collares, amuletos y tejidos. Paso unos cuantos hasta estar frente a un puesto de conservas y dulces atendido por una joven de pelo negro.
—¿Qué bocadillos tienes?
—¿Algo dulce o salado, señor?
—Dulce.
—Entonces, ¿qué le parecen unas moras confitadas?
—Bien. Lo que alcance con esto.
Descuelgo la bolsa con monedas que traía en mi pantalón, sacando unas cuantas monedas de cobre que dejo sobre el mostrador. A cambio, recibo, envueltos en un trozo de tela, varios puñados de dichas moras.
—Gracias por su compra.
—Gracias a ti.
Llevo la bolsa a una banca en una plaza un poco apartada de las personas. Abro la bolsa para comenzar a comer unas cuantas, a la vez que veo aparecer a Erysia sentada al lado mío.
—¿Vas a contestar?
«Comenzó en el segundo año, o tal vez antes, pero con tanta mierda que pasaba por ese entonces nadie lo notó. Simplemente, cada vez había menos embarazos. Los sacerdotes lo atribuyeron a la ausencia de la diosa de la fertilidad, pero después quedó claro que algo más oscuro estaba pasando.»
Miro hacia el cielo gris con calma y, por unos instantes, es como si todo se hubiera detenido a mi alrededor. Ni el más mínimo ruido o movimiento. Llevo más de esas moras a mi boca, saboreando el dulce de la miel cristalizada y el ácido de la fruta.
—¿Oscuro en qué sentido?
«Los pocos bebés que nacían lo hacían sin alma. Cascarones huecos que dejaban de respirar poco después de salir de las entrañas de una madre que solo podía ver con horror cómo su sangre no era capaz ni de llorar.»
Giro mi cabeza para ver la expresión de horror en la cara de la diosa, clavada en el suelo, intentando asimilar mis palabras, con sus pupilas yendo de lado a lado, tratando de encontrar alguna explicación.
—¿Por qué?
«La decadencia no es algo que va corrompiendo el mundo. Es simplemente como si las cosas dejaran de funcionar. El agua no hierve, el hielo no se derrite, el viento no corre y las cosas no se pudren.»
—Es peor de lo que imaginé. Con este nivel de corrupción, Mané ya debería estar en este mundo. ¿Cómo es que todavía siguen vivos?
«Por suerte, descubrimos que canalizando maná a través de las cosas, estas volvían a funcionar. Así mantenemos las cosechas y otras cosas. Usamos la habilidad de convocar tormentas de Nataniel y un montón de hechizos para hacer llover.»
—Si el ciclo de las almas está comprometido, entonces ¿cómo aún hay animales?
«Por suerte, nos dimos cuenta a tiempo y encerramos a los animales de granja en enormes círculos rúnicos que recirculan sus almas constantemente. Lo bueno de que sean criaturas de instinto y no tan racionales es que, a diferencia de los humanos, al renacer en un cuerpo nuevo no se enloquecen. Solo siguen. Lo más raro que ha pasado es ver a un ternero comportarse como una oveja.»
—¿No hay insectos?
Erysia flotó por los alrededores, mirando el piso y los arbustos circundantes.
«Supongo que, al tener vidas tan efímeras, murieron rápido. La última vez que vi insectos fue hace cuatro años, un montón de cigarras en el bosque. De ahí no supe más.»
—No tiene sentido. Aunque los magos usaran su maná para mantener todo funcionando, el maná usado para hacer crecer cosechas sería mucho más del que recuperasen por comer dichas cosechas.
«No solo buscamos agua para hacer llover. Bajo este reino y por toda la península hemos estado recolectando cada cristalización de maná que hemos podido encontrar. Por suerte, no son tan raras, pero Antón dice que será mejor encontrar más depósitos, porque las reservas actuales solo durarán siete años. También reciclamos el miasma de los cadáveres o extraemos maná del piso.»
Repentinamente, la diosa se volteó a verme con las manos en la cabeza.
—¡Cállate!
—¿Qué pasa? ¿Estás bien? Yo...
—Sí. Solo necesito pensar.
Esta desaparece de mi visión, dejándome solo en aquella plaza, cuyo silencio se ve interrumpido por las campanas de una iglesia. Regreso caminando al gremio y a la arena de entrenamiento, acabándome las moras por el camino.
—Fin del descanso. Voy a darles una lección de combate.
Los gemelos, tirados en el suelo, apenas reaccionan. Se levantan con dificultad, sacudiéndose la arena pegada a la ropa y la piel por el sudor.
—Paso. Si solo vas a golpearnos.
Camino hasta el soporte y tomo una espada de madera. La balanceo un par de veces antes de mirar a los novatos.
—Bien. Si logran mantenerse en pie durante dos minutos sin que los golpee, daré por finalizado el entrenamiento de hoy.
Camino hasta el centro de la arena mientras los hermanos comienzan a rodearme. Marco lleva una espada corta y un escudo grande; Natalia, dos dagas.
Tomo aire y cierro los ojos.
La arena cruje bajo sus pies. Escucho las placas metálicas de la armadura de Marco rozarse con cada movimiento y la respiración inquieta de Natalia. Entonces, un silbido corta el aire.
Una daga vuela directamente hacia mi nuca.
Con un rápido movimiento de muñeca, arrojo mi espada hacia atrás. Ambas armas chocan en el aire y salen despedidas en direcciones opuestas.
Levanto la mano por encima de mi cabeza y atrapo mi espada por el mango. Me giro y acorto la distancia con Natalia de un solo movimiento, lanzando un tajo hacia su estómago.
El escudo de Marco aparece entre nosotros y bloquea el golpe.
—Bien. Ya vamos mejorando.
Lanzo una patada frontal contra el escudo, intentando arrojar a Marco contra el muro. Sin embargo, este ya parece conocer el movimiento y retrocede justo a tiempo, evitando el impacto.
—Solo eres demasiado predecible, jefe.
Bloqueo con el lateral de mi espada una daga que aparece por encima del hombro de Marco. Él aprovecha la apertura y vuelve a embestirme con todo su cuerpo, golpeándome el pecho con el escudo y haciéndome soltar todo el aire de mis pulmones.
Caigo al suelo, pero ruedo rápidamente para evitar un golpe vertical de su espada y me incorporo de un salto.
—Supongo que entonces me tendré que esforzar un poco más.
Sujeto mi espada con ambas manos y salto hacia el frente, quedando frente a Marco.
—¡Sal de ahí!
Advierte Natalia.
Al mismo tiempo, lanzo un corte horizontal hacia Marco. Él alcanza a cubrirse con el escudo, pero la fuerza del golpe lo hace salir disparado contra el muro.
Cambio inmediatamente mi atención hacia Natalia y comienzo a correr hacia ella. Bloqueo dos de sus dagas, pero entonces recibo de frente un puñado de arena y piedras que me ciegan.
Retrocedo mientras intento limpiarme los ojos. Escucho a los gemelos rodearme, preparándose para atacar a la vez.
Una estocada.
Giro y la esquivo, acercándome lo suficiente para sujetar a Marco del brazo y ponerlo frente a mí justo cuando Natalia lanza otra daga.
Las armas chocan contra el cuerpo de Marco.
Lo arrojo contra Natalia y termino de limpiarme los ojos. Cuando recupero la vista, ambos están tirados en el suelo, uno sobre el otro.
—¿Están bien?
—Tú… ¿qué crees? Ahh… quítate de encima. Pesas mucho.
—Lo hicieron bien. Los dejaré descansar por hoy.
Regreso al soporte y dejo la espada de madera en su sitio.
—Jefe, ¿cómo tiene tanta fuerza?
—¿A qué te refieres?
—A que me lanzó como un trapo por toda la arena.
—La fuerza física se consigue entrenando. Dependiendo de tus reservas de maná, es cuánto puedes conseguir y mantener a lo largo del tiempo.
—¿Pero si tú no tienes una mierda de eso?
Volteo a ver a Natalia, que se estaba quitando la arena de encima mientras me miraba con cierta frustración.
—Lo que no tengo es afinidad para manipular mi maná, pero mi reserva es normal, como la de cualquier otro.
—Aun así, sigues siendo más fuerte que muchos aventureros igual de veteranos.
—Eso es porque mi habilidad me permite aumentar mis características, claro que con sus condiciones y restricciones.
—Bien. Entonces no pararé de entrenar para hacerme lo más fuerte posible.
Me acerco a Marco y le doy dos palmadas en la espalda.
—Relájate. El descanso es igual de importante. Disfruten del festival; mañana nos veremos aquí temprano.
Me dispongo a retirarme de la arena y salgo del gremio rumbo a mi casa.
—Tu habilidad es más que eso.
«Tampoco se trata de presumir.»
Llego a mi casa y entro a la cocina para comenzar a calentar una olla de sopa que había dejado desde esta mañana.
—Quiero hablar.
—Espera a que me acueste y tendremos una noche de charla.
—Todavía es muy temprano.
Cuando la sopa se calienta un poco, la sirvo en un plato y me siento a la mesa para comenzar a comer.
—Por primera vez en diez años puedo dormir tranquilamente, así que lo voy a aprovechar.
—¿No me vas a dar un poco?
Repentinamente, el cuerpo de la diosa aparece sentado en la silla a mi lado. Abre la boca y, tomando una cucharada de sopa, la llevo hasta sus labios. Claro que, tan pronto como los cierra, sus labios atraviesan la cuchara, dejando el contenido intacto.
—Jeje, ¿será que te gusta pasar tiempo conmigo?
—Ajá. Primero me haces sentir culpable de que te dejo sola mucho tiempo y después te pones así. Mejor me voy al bar.
—No, no. Solo era una broma.
Rápidamente, Erysia se pone detrás de mí, envolviendo sus brazos alrededor de mi cuello. No siento el contacto, pero sí una extraña calidez.
—Está bien. Igual el bar estará a reventar hoy.
Levanto el plato para sorber lo último de sopa que queda y me levanto de la mesa rumbo al cuarto.