—A ver, relájate, explícalo despacio —dije, intentando que Marco se calmara mientras comenzaba a hiperventilar.
—Mi... mi hermana, ella...
—Que sí, que se la llevaron. Ahora explícanos.
Marco intentaba recuperar la compostura, pero era inútil. Su respiración se volvía cada vez más errática y sus manos temblaban sobre sus piernas. Empezaba a preocuparme. Conocía demasiado bien esa clase de espiral: un pensamiento terrible alimentando al siguiente hasta que el miedo terminaba devorándolo todo.
—Sofía, usa Claridad en él antes de que se desmaye.
—¿Y no puedes mejor darle una cachetada o un vaso de agua?
—Siempre con tus barbaridades. Ni que te costara tanto.
—Me debes un trago entonces.
—Anótalo. Uno más, uno menos, ya da igual.
Sujeté a Marco por la barbilla y lo obligué a mirar directamente a Sofía. Ella apoyó un dedo sobre su frente mientras sostenía un pequeño talismán de papel con la otra mano.
—Ilumina las mentes hundidas en la oscuridad con tu infinito brillo.
El talismán emitió un leve resplandor. Durante un instante, los ojos de Marco brillaron con una luz dorada antes de volver a la normalidad.
Lo solté.
Sofía cerró el puño alrededor del papel. El talismán, ahora ennegrecido, se consumió en una pequeña llama blanca que desapareció tan rápido como había aparecido.
—Bien, con eso debería bastar. Ahora, dulzura, ¿puedes decirnos qué pasó?
Lo observó con una expresión serena.
Marco parpadeó varias veces, como si acabara de despertar de un sueño.
—Ah... sí, perdón. Esta mañana estaba con mi hermana en casa cuando llegaron a cobrar una deuda. Les dijimos que habíamos conseguido algo de dinero y que podíamos hacer un abono, pero insistieron en que ya nos habían dado demasiado tiempo. Les expliqué que íbamos a trabajar como aventureros, que ya no volveríamos a retrasarnos y que incluso podríamos pagar un extra.
—Y se comenzaron a reír.
Interrumpí antes de que continuara.
Marco me miró sorprendido.
—Sí, exactamente. ¿Cómo lo supo?
—Porque yo también me habría reído.
Sofía me lanzó una mirada de desaprobación.
—¿Qué? Solo digo la verdad.
Marco continuó.
—Bueno... después mi hermana me pidió que saliera del cuarto. Dijo que ella se encargaría. No sé qué hablaron exactamente, pero un rato después me dijo que iba a negociar directamente con el jefe de esos tipos. Prometió volver pronto...
Su voz se apagó.
—Pero ya es tarde y no regresa.
Terminó la frase con una calma inquietante mientras tomaba un sorbo de agua y se dejaba caer sobre el viejo sofá de la recepción.
—Sofía, ¿cuánto tiempo estará así de relajado?
—El efecto debería desaparecer en cualquier momento.
—Con razón las Hermanas de la Luz tenían tanta influencia.
Apenas terminé la frase, detuve con la mano un codazo que venía directo hacia mi estómago.
—Ya, ya. Solo era un chiste. No hagas pucheros.
En ese momento escuché a Marco atragantarse con el agua.
El hechizo acababa de disiparse.
—¡Mi hermana! ¡Ella debe estar en peligro!
Se puso de pie tan rápido que casi tiró el agua.
—Relájate. Seguro sigue bien. ¿Adónde fue con esos sujetos?
—Al casino del Barrio Norte.
—Ah.
Me levanté.
—Entonces mejor nos damos prisa.
—¡¿Qué?! ¿Por qué?
Comencé a caminar hacia la puerta, donde Antón nos esperaba con los brazos cruzados.
—Tú tranquilo. Nosotros nos ocupamos. Quédate aquí.
—No. Yo voy con ustedes.
—Ni que fuéramos a pelear. Solo vamos a refinanciar una deuda. Cosas de adultos.
Marco abrió la boca para protestar, pero ya era tarde.
Sofía, Antón y yo salimos al exterior.
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad. No era particularmente fuerte, pero sí constante, de esas que terminan empapándote aunque no te des cuenta.
Las calles brillaban bajo la luz de los faroles mientras avanzábamos por los andenes rumbo a la zona norte.
Durante varios minutos nadie habló.
—Entonces, ¿por qué hacemos esto? —preguntó Antón finalmente.
Eran sus primeras palabras en bastante tiempo.
—Porque es lo correcto —respondió Sofía.
Su tono dejaba claro que ni ella misma estaba convencida.
—No.
Bajé las manos a los bolsillos.
—Les diremos que nosotros pagaremos la deuda a cambio de que trabajen de forma permanente para nuestro grupo.
—Eso suena mucho menos noble.
—Porque lo es.
Sofía suspiró.
Continuamos caminando hasta llegar a las escaleras que descendían hacia el Barrio Norte.
La diferencia de altura era evidente.
Aquel sector se encontraba en la parte más baja de la ciudad, pegado al enorme muro exterior. Allí la muralla se elevaba aún más para mantener una altura uniforme con el resto de la fortificación.
Desde arriba, el barrio parecía hundido dentro de un inmenso cráter de piedra.
Una vista bastante apropiada para el lugar donde se concentraba gran parte del bajo mundo de la ciudad.
Nos detuvimos unos diez escalones antes de llegar.
—Ya saben qué hacer.
Acomodé el tahalí de mi espada.
Antón desató el bastón que llevaba sujeto a la espalda y se colocó sus goggles. Por su parte, Sofía ajustó una venda negra adornada con detalles dorados sobre sus ojos y sacó un collar de cuentas plateadas que envolvió alrededor de una mano.
Nadie añadió nada más.
No hacía falta.
Descendimos los últimos escalones y nos internamos por un estrecho callejón que rodeaba lo que antaño había sido una lujosa mansión. La piedra desgastada y las ventanas tapiadas apenas dejaban entrever el esplendor que aquel lugar debió tener en otros tiempos.
Rodeamos el edificio hasta llegar a una discreta puerta de madera en la parte trasera.
Golpeé tres veces.
Pausa.
Dos golpes más.
Un instante después, una voz grave resonó desde el otro lado.
—Contraseña.
—Abre. Tengo que discutir unas cosas con German.
Hubo unos segundos de silencio.
—Mierda... ya abro.
La voz perdió toda su firmeza de golpe.
Escuché unas llaves tintinear entre manos temblorosas y, poco después, la puerta se abrió con rapidez.
El hombre que apareció al otro lado intentó sonreír, aunque el resultado fue más parecido a una mueca de pánico.
—Mira, Kiram, sea lo que sea que haya hecho German, yo no tengo nada que ver.
—Ya relájate. Nuestro convenio sigue en pie. Solo vine por negocios.
El guardia soltó un suspiro de alivio.
Luego se inclinó ligeramente hacia mí.
—¿Y por qué la hermana está en un lugar como este entonces? —susurró.
—Digamos que está dispuesta a hacerse de la vista gorda.
Respondí en el mismo tono.
El hombre decidió que era mejor no seguir preguntando.
Subimos por unas escaleras y llegamos al gran salón principal.
Lo que alguna vez debió ser el salón de baile de la mansión se había transformado en un casino.
Mesas de cartas, ruletas y dados ocupaban casi todo el espacio. El tintinear de las monedas competía con la música y las conversaciones. Camareras con uniformes escandalosamente reveladores recorrían el lugar repartiendo bebidas entre los jugadores.
Nuestra llegada no pasó desapercibida.
Las conversaciones comenzaron a apagarse una tras otra.
Varias miradas se clavaron en nosotros.
Algunos jugadores apartaron la vista de inmediato.
Otros simplemente tragaron saliva.
No era la primera vez que aparecíamos allí.
Con los años nos habíamos ganado cierta reputación. La suficiente para que más de un borracho recuperara la sobriedad de golpe y decidiera marcharse antes de averiguar qué hacíamos en aquel lugar.
Poco después, un joven elegantemente vestido se acercó e hizo una reverencia.
—El señor German los recibirá en su despacho.
Nos hizo una seña para que lo siguiéramos.
Abandonamos el bullicio del casino y ascendimos por otra escalera hacia los pisos superiores.
Los pasillos estaban cubiertos por alfombras gruesas y retratos antiguos cuyos propietarios originales probablemente llevaban décadas muertos.
Finalmente llegamos al despacho principal.
Era una habitación amplia, rodeada de librerías repletas de volúmenes encuadernados en cuero. Un enorme escritorio ocupaba el centro de la estancia.
Sin embargo, lo primero que llamaba la atención no era el mobiliario.
Era el ventanal.
Una enorme salpicadura de sangre cubría parte del cristal.
Una gruesa línea atravesaba la mancha de lado a lado.
Un corte limpio.
Preciso.
El mismo corte continuaba por el respaldo destrozado de una elegante silla de madera situada frente al escritorio.
—¿Te trae recuerdos, Kiram?
La voz llegó desde mi izquierda.
Sentado en un pequeño rincón destinado originalmente a tomar el té, un hombre sostenía una copa de vino.
La dejó sobre la mesa junto a otras tres copas y una botella de aspecto tan caro que probablemente valía más que algunas casas del Barrio Norte.
—Pensé que ya lo habrías limpiado.
German sonrió.
—¿Y destruir semejante obra de arte?
—¿Arte? —pregunté mientras hacía girar el vino dentro de la copa.
German soltó una breve carcajada.
—Por supuesto que es arte.
Se levantó lentamente y extendió una mano hacia el ventanal.
—Observe la composición. La brutalidad del impacto inicial proyecta una salpicadura irregular que rompe la monotonía geométrica de la habitación. Es una declaración visceral, una rebelión contra la tiranía de las líneas rectas.
Comenzó a caminar alrededor de la estancia como si estuviera guiando una exposición privada.
—Y luego está el trazo principal. Un único movimiento. Firme. Decidido. Sin vacilaciones. La hoja atravesó cristal, madera y carne con una elegancia casi poética. Observe cómo la línea divide la escena en dos mitades imperfectas, creando una tensión visual que obliga al espectador a preguntarse qué ocurrió aquí.
Se detuvo junto a la silla partida y apoyó una mano sobre el respaldo cercenado.
—Claro que, habiendo estado aquí el día en que fue creada, conozco perfectamente la respuesta. ¿No es verdad, señor pintor?
Observé detenidamente la copa que sostenía. A pesar del vino oscuro que contenía, la superficie de plata pulida seguía reflejando la luz de la habitación.
Le di un sorbo.
Poco después, Antón y Sofía también se sirvieron.
—Mira, estoy aquí por negocios, no para hablar del pasado.
—Para ti cualquier cosa es negocio después de todo. Eres el jefe.
German regresó a su asiento y volvió a llenar su copa.
—Los hijos de un viejo amigo me contaron que heredaron una cuantiosa deuda. Creo que sabes perfectamente de quiénes hablo.
—Sí.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de German.
Era la expresión de un hombre que acababa de encontrar un juguete nuevo.
—La verdad, pensé que te serían indiferentes. Después de todo, considerando cómo terminaron las cosas entre tú y su padre...
Su sonrisa se ensanchó.
—Pero hace unos días vinieron a contarme que estaban trabajando contigo y comprendí que no podía desaprovechar semejante oportunidad.
Tomé otro trago y me acomodé contra el respaldo de la silla.
—¿Qué quieres?
German dejó la copa sobre la mesa con un suave golpe.
—Digamos que hace unos meses unos imbéciles decidieron que sería una magnífica idea competir conmigo en la zona sur de la ciudad.
Su tono seguía siendo cordial, pero la sonrisa había desaparecido.
—Normalmente no tendría problema con eso. La competencia mantiene vivo el mercado. Sin embargo, esos idiotas han empezado a olvidar cuál es su lugar.
Tomó la botella y volvió a servirse.
—Extorsiones demasiado visibles. Peleas demasiado públicas. Cadáveres apareciendo donde no deberían aparecer. Si continúan así, tarde o temprano la guardia acabará interviniendo.
Bebió un sorbo.
—Y eso sería terriblemente inconveniente para mis negocios.
—Y como provocar un escándalo en esa zona tampoco es una buena opción, necesitas que alguien se ocupe del asunto.
German señaló hacia mí con la copa.
—¿Ves? Por eso siempre fue tan fácil hacer negocios contigo. No necesito desperdiciar media hora explicando las cosas.
—Porque siempre son las mismas cosas.
—Y, sin embargo, siempre funcionan.
Le di otro sorbo al vino.
—Mientras sigas respetando nuestro convenio, no veo por qué no echarte una mano.
German sonrió.
—Y ahora viene el "pero", ¿verdad?
—Quiero que te olvides de esa deuda.
El mafioso arqueó una ceja.
—Eso es fácil.
—Pero quiero que les digas a esos dos que fui yo quien la asumió.
German permaneció en silencio unos segundos.
La sonrisa regresó lentamente a su rostro.
—Oh...
Apoyó la espalda contra el sillón.
—Ya veo por dónde va esto.
—¿Hay algún problema?
—Ninguno. De hecho, puedo prepararte un documento ahora mismo.
Con un chasquido llamó la atención del joven que nos había guiado hasta el despacho.
—Haz pasar a la chica que llegó esta mañana.
—Sí, señor.
El asistente salió apresuradamente de la habitación.
German tomó su copa y la alzó.
—Entonces brindemos por un buen negocio.
Lo observé con absoluta apatía.
Al final levanté mi propia copa y choqué el borde contra la suya.
—Yo solo espero no tener que volver aquí pronto.
German soltó una risa.
Instintivamente se llevó una mano al cuello.
—Tranquilo. Respeto nuestro convenio.
Sus mirada se deslizó al ventanal.
—Después de todo, gracias a ti sigo aquí.
No respondí.
Unos segundos después la puerta volvió a abrirse.
Natalia entró acompañada por el asistente.
Llevaba uno de los uniformes de las camareras del casino y un maquillaje excesivo que claramente alguien le había obligado a usar.
Al vernos se quedó inmóvil.
—¿Qué hacen ustedes aquí?
Su mirada pasó de nosotros a German y luego volvió a nosotros.
La confusión era evidente.
German extendió una mano en dirección a ella.
—El caballero aquí presente ha decidido asumir la totalidad de tu deuda.
Natalia tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Qué?
—Desde hoy ya no me debes nada.
El asistente le entregó varios documentos.
Ella los recibió mecánicamente, todavía procesando la noticia.
—Espera... ¿qué?
—Firma aquí.
Natalia obedeció por pura inercia.
Después de firmar, el documento pasó a mis manos.
Escribí mi nombre al pie de la página y devolví la pluma.
Negocio cerrado.
Me levanté.
—Vamos.
Natalia seguía mirando el contrato.
—¿Qué acaba de pasar?
—Que ya no le debes dinero a German.
—No, eso ya lo entendí.
Alzó la vista hacia mí.
—¿Por qué haces esto?
—No es caridad.
Me dirigí hacia la puerta.
—Desde hoy considérate miembro permanente de nuestro grupo.
Natalia abrió la boca para responder, pero no encontró palabras.
A mi lado, Sofía giró lentamente la cabeza.
Aunque la venda cubría sus ojos, podía sentir perfectamente su mirada clavándose en mi espalda.
Una mirada cargada de desaprobación.
O quizá de incredulidad.
Era difícil distinguirlas.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
Su tono dejaba claro que era exactamente lo contrario.
Sofía se acercó a Natalia y le tomó los hombros con suavidad.
—Ven. Vamos a buscar ropa decente y a quitarte todo eso de la cara.
—Pero...
—Después podrás discutir con él.
Natalia volvió a mirarme una última vez.
Luego dejó escapar un suspiro derrotado.
—Está bien.
Sofía la condujo fuera del despacho mientras Antón y yo las seguíamos.
A nuestras espaldas, German alzó nuevamente su copa.
—Qué conmovedor.
Nadie le respondió; simplemente continuamos caminando por el pasillo. No mucho después, estaba recostado al lado de la puerta de los vestidores junto a Antón. Camareras salían y entraban a nuestro lado mientras esperábamos.
—Entonces... ¿la cabaña de troncos? —dijo Antón, cortando el silencio.
—Pasé ocho meses en el bosque construyéndola con Harald. Supongo que solo reconoció mi esfuerzo.
—Sus cosas deben seguir ahí.
—Estos días iré a revisar que todo esté en orden.
—Te acompaño. Tal vez encuentre los libros que le presté.
—Seguramente deben estar entre todas las cosas que guardaba.
—¿Alguna vez lo viste tirar algo?
—Una vez tiró una piedra de afilar porque ya estaba muy gastada.
—¿En serio? ¿Qué tan desgastada?
—Pues casi parecía un grano de arroz.
Escuché cómo Antón ahogaba una risa.
—Bueno, ya de paso voy y reclamo mi parte de la herencia.
—¿Y a ti qué te dejó?
—Su colección de piedras.
Ambos contuvimos la risa mientras nos mirábamos.
—¿Se están divirtiendo?
Interrumpió Sofía, acompañada de Natalia, quien ya se había puesto su ropa.
—Solo hablando de la vida.
—Bueno, salgamos de aquí rápido.
Nos pusimos en marcha de regreso al gremio exactamente por donde habíamos venido. Al llegar, Marco saltó sobre Natalia y la abrazó con fuerza. Decidimos dejarles un momento de tranquilidad mientras los esperábamos en el interior.
—Voy a secarme —dijo Sofía, alejándose por uno de los pasillos.
Mientras tanto, Antón y yo escurríamos nuestra ropa en unos baldes.
—Nos vemos arriba entonces. Yo registraré a los novatos en nuestro grupo.
—Yo me adelanto —dijo Antón, colocándose su capa recién escurrida antes de subir al segundo piso.
Ya solo terminé de sacarle el agua a mi ropa, que quedó completamente seca. Acto seguido, agarré los baldes para vaciarlos en la calle, observando cómo el agua se escurría hasta las alcantarillas.
—Estefani, pon a los gemelos en mi grupo y pásame las solicitudes para convertirse en aventureros del reino.
Volteé a ver a la recepcionista, quien, sin muchas ganas, sacó unos documentos de debajo del escritorio.
—Tienes suerte de que hoy me toque el turno nocturno. Firma aquí.
—Dale, guapa, no te enojes.
—Eso te funcionará con las otras. A mí no me convences.
Comencé a firmar los documentos, los cuales la víbora acomodó cuidadosamente.
—Bien. Cuando los novatos vengan, diles que suban.
—Solo los aventureros del reino pueden subir.
—Ya presenté sus solicitudes y sabes que no las van a rechazar.
—Bien. Solo esta vez.
Subí las escaleras para entrar nuevamente a la sala, dejándome caer sobre uno de los asientos frente a Antón, quien ya se encontraba con una taza de aromática en las manos.
—Qué cómodo.
Me recosté contra el respaldo del sofá. Este cuarto era perfecto para pasar el rato, especialmente en días fríos y lluviosos.
—Me pediste algo —dije con calma.
—Agua panela.
—Rico.
No mucho después llegaron los novatos, acomodándose torpemente donde pudieron.
—¿Pueden explicarnos de qué trata todo esto? —dijo Natalia, golpeando las manos contra la mesa.
—Tranquila. Primero tomemos algo; después les explicamos la situación —respondí con calma mientras me traían una taza de agua panela.
—Está bien.
Natalia pidió también dos aguapanelas.
Poco después escuché llegar a Sofía.
—¿Por qué solo traes ropa interior? —pregunté al verla aparecer.
—Dejé colgada mi ropa frente a la chimenea.
—Pudiste escurrirla y ya.
—¿Y después andar con la ropa toda arrugada?
—Bien, ¿y por qué de encaje?
—Fue un donativo y no tenía nada más que ponerme.
—Es literalmente una tanga.
—Pues ya deja de mirarme si tanto te molesta.
—Hay niños presentes.
Dije señalando a los novatos, que no podían disimular su impresión.
Momentos después, Antón y yo nos echamos a reír mientras Sofía se acomodaba a mi lado, cubriéndose con una cobija que traía consigo.