Doy un último sorbo a la taza de aguapanela antes de dejarla sobre la mesa.
—Bien, ya que estamos calmados, es hora de hablar.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa mientras observaba fijamente a los novatos.
—¿Qué quieres de nosotros? —preguntó Natalia.
—No es lo que quiero. Es lo que necesito.
Natalia se cruzó de brazos y se recostó en su asiento, esperando una explicación, mientras Marco todavía parecía no entender del todo la situación.
—Yo asumí la totalidad de la deuda con el casino, así que ya no tendrán que preocuparse por ellos.
—¿De verdad? Gracias.
Exclamó Marco antes de que Natalia le tapara la boca con una mano.
—No lo hizo gratis.
—No soy una obra de caridad como para regalar dinero que no tengo. Ustedes me pagarán la totalidad de la deuda trabajando en nuestro grupo.
—¡Ni loca! La última vez que trabajamos con ustedes casi morimos. Un hombre murió.
Di un fuerte golpe sobre la mesa con la palma de la mano y me levanté para quedar de pie sobre ella.
—Es verdad que las cosas se fueron al demonio, pero así es la vida de los aventureros. Algo que tendrían que entender tarde o temprano. Y agradezcan que no fue con sus propias vidas.
Natalia retrocedió un poco y bajó la mirada. Marco hizo lo mismo.
—Ahora bien, admito que fue un error llevar a un par de novatos sin experiencia a un lugar como ese. Por eso, a partir de mañana recibirán entrenamiento.
—¿Y si nos negamos?
—Pues ustedes verán cómo hacer para pagarme.
—Lo haré.
Interrumpió Marco antes de que pudiera añadir algo más, lo que dibujó una sonrisa en mi rostro.
—Yo trabajaré duro por los dos para pagar nuestra deuda. Solo deja a Natalia fuera de esto.
—Me parece bien.
Volteé a ver a Natalia, que ya no sabía qué hacer.
—Está bien. Yo también acepto.
Se puso de pie y miró a Marco.
—Estás loco si crees que voy a dejar que hagas esto solo.
—Juntos para siempre.
—Juntos para siempre.
Ambos se dieron un apretón de manos antes de volver a sentarse.
—Me alegra tenerlos de regreso en el equipo.
—Eres un maldito bastardo.
—Lo sé. Pero bueno, ya es tarde y estoy cansado. Mañana los esperamos aquí mismo sobre el mediodía.
Los dos hermanos se levantaron de inmediato para marcharse.
—Eres un zorro astuto, no un héroe —comentó Antón.
—Era lo que se tenía que hacer.
—Contigo siempre es "lo que se tiene que hacer".
Se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.
—Traeré mis cosas mañana para hacerles una prueba de actitud.
—Más te vale no llegar tarde.
Lo despedí con la mano mientras se marchaba, dejándome solo con Sofía.
—Bueno, ya vámonos. Te dejaré en el templo.
Comencé a levantarme cuando sentí un tirón en el brazo.
—Kiram, necesito hablar contigo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. El tono seco y frío con el que lo dijo me obligó a volver a sentarme de inmediato.
—¿Qué pasa?
—Lo tenías todo planeado.
—No. Solo vi la oportunidad y la aproveché. Sabía que Marco no desaprovecharía la situación y que Natalia no lo dejaría solo.
—¿Y qué habrías hecho si se negaban?
—Cobrarles un arriendo razonable cada mes durante un tiempo y luego habría hecho como si me hubiera olvidado del asunto.
—Aun así, no está bien. Sé que siempre haces lo que consideras necesario, pero sigue siendo manipulación.
—Sofía.
—¿Qué?
—Este mundo se va a acabar.
—Lo sé. Llevamos diez años sobreviviendo en un mundo decadente.
—No, eso no.
—Entonces, ¿qué?
Una nota de preocupación invadió la voz de Sofía.
—Si fallamos en esta misión, este mundo se hará pedazos y será devorado.
—¿Devorado por quién?
—No puedo decirlo todavía, pero confía en mí.
—Bien. ¿Y cuándo pasará?
—Podría ser mañana, en una semana o dentro de cuatro años. El caso es que, si no actuamos ahora, todo se acabará.
Escuché una suave risa y volteé a ver a Sofía, que me observaba con una sonrisa.
—Si tú lo dices, entonces no me queda otra opción que confiar en ti.
—Gracias.
De repente sentí un beso en la mejilla mientras los cálidos brazos de Sofía me envolvían.
—No sé qué estará pasando por tu cabeza, pero creo que me gusta.
—Si no hago esto, todo lo que pasamos habrá sido en vano.
—Tranquilo. Sabes que puedes apoyarte en mí.
—Lo sé.
Nos quedamos así un rato, en silencio, dejando que el tiempo pasara hasta que Sofía finalmente se levantó.
—Ya es hora de irnos. Te veo en la puerta.
Dijo mientras iba en busca de sus cosas.
Yo, por mi parte, me levanté, bajé las escaleras, crucé la recepción del gremio con la mirada de Estefani clavada en mi espalda y me recosté contra la pared junto a la puerta.
Tras una corta espera, Sofía llegó.
—¿Nos vamos?
—Después de usted.
Empujé la puerta del gremio y salimos al exterior. Una ligera llovizna nos esperaba durante nuestro recorrido por las calles.
—Ya tenemos miembros. ¿Cuál debería ser el siguiente paso?
—No lo sé. Estoy cansado. Ya lo pensaré mañana.
—Está bien.
No mucho después dejé a Sofía en el templo y me dirigí a la panadería.
Saqué una moneda de mi bolsillo y la arrojé al buzón antes de entrar.
Caminé hacia la cocina y encendí la estufa, dejando una olla con agua sobre ella. Agregué algunos vegetales picados y un poco de sal para preparar una sopa.
—Hoy fue un buen día. Me daré un gusto.
Saqué de un tarro unas tiras de carne seca, las conté y las añadí a la sopa.
—Parece que hoy te darás un gusto.
Volteé la mirada para ver a la diosa sentada sobre el mesón, observándome como un gato a un ratón.
—¿No estabas muy ocupada reorganizando mi cabeza?
—Para tu información, ya terminé mi templo.
—Qué bueno.
Serví un tazón de sopa y me fui al comedor.
—¿Y qué te traes con esa Sofía?
—Somos amigos.
—Ya, pero ahí debió haber algo más.
—Salimos durante un tiempo. Después pasaron cosas y lo dejamos como amigos.
—Entonces ella te dejó.
—Yo la dejé. Pensarías que estaría destrozada o algo así, pero la verdad es que solo me dio un beso y me recostó en sus piernas.
—¿Y desde entonces te sigue tratando igual?
—Más o menos.
—No te guardas nada.
—Estás en mi cabeza. No creo que ocultarte algo sea posible siquiera.
—Buen punto.
Le di un último sorbo a la sopa, dejé el plato en la cocina y subí a acostarme. Me dormí casi al instante.
Abrí los ojos.
La luz que entraba por la ventana me deslumbró, obligándome a levantarme.
Caminé hasta el patio mientras me quitaba la ropa y dejé que mi cuerpo desnudo fuera empapado por el agua que caía desde una gárgola del tejado antes de desaparecer por un desagüe.
—Das asco.
—Solo estoy aprovechando.
—Pero esa agua podría estar sucia.
—Es la misma agua del pozo.
—Tú ganas.
Me sequé y me puse ropa limpia junto con mi confiable armadura de cuero.
Una vez vestido, fui al espejo para afeitarme.
—¿Y por qué tan arreglado?
—Tengo cosas importantes que hacer.
—¿Más importantes que salvar al mundo?
—No, pero sí más urgentes.
Cuando por fin dejé de parecer un vagabundo, salí de la casa.
La lluvia de hacía unos minutos ya no era más que una llovizna tan ligera que la gente caminaba por las calles sin prestarle atención.
—Esto de la lluvia es raro.
—Sí, pero te acostumbras.
—¿Cómo?
—Conociendo el horario.
—¿Eso no delataría la mentira?
—No, porque es un horario irregular. Hay periodos intensos de lluvia de tres o cuatro horas, periodos medios y leves de entre seis y siete, todos intercalados en un patrón que varía según el día de la semana.
—Ah... ¿y adónde vamos?
—Pues...
Me callé repentinamente al sentir la mirada de una señora al otro lado de la calle.
—Dejemos la conversación aquí. No quiero parecer un loco.
Continué caminando hasta que finalmente vi lo que había venido a buscar.
«Qué buena suerte la mía.»
Caminé por la calle hacia un grupo de hombres que estaban frente a una tienda. El tendero se veía nervioso. Fijé la mirada en sus labios para ver qué estaba diciendo.
—Por favor, denme plazo. Esta semana el negocio no ha ido bien.
Eran las únicas palabras que necesitaba oír.
Estaba a escasos metros de ellos.
El tendero cruzó miradas conmigo. Me reconoció. Sus ojos se abrieron como platos y, acto seguido, se agachó detrás del mostrador.
—Mata a esos bastardos.
El filo de mi espada abandonó mi cintura, dibujando una trayectoria en el aire directa al cuello de uno de los hombres, que cayó al suelo sin siquiera alcanzar a voltearse.
Su compañero reaccionó al instante, sacando un cuchillo que cayó al suelo junto con su mano. El hombre se arrodilló por el dolor y fue rematado por un golpe seco de mi espada en medio de la cabeza.
El último sujeto salió corriendo, cubierto de sangre.
No lo seguí.
Simplemente lo dejé huir.
—Ey, ¿estás bien?
Al instante, el tendero salió de detrás del mostrador, todavía temblando.
—Gracias. Esos sujetos...
—Llevaban semanas extorsionándote, pero estabas demasiado asustado para reportarlo a la guardia. Ya estoy enterado de la situación.
—¿Qué harás?
—Limpiar la basura.
Continué caminando por donde había huido el hombre, siguiendo el rastro de sangre hasta llegar a una casa.
Me detuve frente a ella y afiné el oído para escuchar lo que sucedía dentro.
—Maldita sea, Cristian. ¿Qué pasó? ¿Y esa sangre?
—Es... es...
—¡¿Es quién?!
—¡Es el maldito Kiram! ¡El héroe!
—Tranquilo. Está solo.
—Eso parece.
—Mierda. ¿Por qué vino aquí justo hoy?
—¿Qué haremos?
—Matarlo.
—Pero...
—Somos muchos más que él.
Pateé la puerta con tal fuerza que salió disparada y aplastó a uno de los hombres contra la pared.
—¡Nos encontró!
Entré con la espada apoyada sobre el hombro.
Inmediatamente, un sujeto se lanzó contra mí con una daga.
Tan rápido como se movió, cayó al suelo con el cráneo partido en dos.
—¡Muere, maldito!
Gritó un hombre mientras corría hacia mí con una espada.
Levanté la mía y lancé un corte que intentó bloquear.
Fue atravesado de lado a lado junto con su arma.
Dos sujetos que presenciaron aquello intentaron escapar por las escaleras, pero antes de que lo lograran les arrojé una silla con tal fuerza que ambos rodaron escaleras abajo entre astillas de madera.
Seguí avanzando por la casa, revisando habitación tras habitación.
Un rato después ya me encontraba fuera del edificio, con las botas manchadas de sangre y algunas salpicaduras en el rostro y la ropa.
—¡¿Qué fue eso?!
—Nada. Solo cumplía con mi parte del trato con German.
—¿Y si German te dijera que mataras a cualquiera, lo harías?
—No. Pero esos tipos se lo merecían.
—¿Y tú qué sabes? Pudieron haberlo hecho por necesidad. Tener familias. Hijos.
—Mi papá decía que un hombre no busca excusas; solo hace lo que tiene que hacer. Ellos hicieron lo que creyeron necesario, fuese correcto o no.
Enganché la espada a mi cintura.
—Y yo hice exactamente lo mismo.
—Mataste a sangre fría a treinta sujetos.
Comencé a caminar tranquilamente en dirección al gremio. No faltaba mucho para reunirme con el grupo.
—Sí, y en estos diez años he matado a muchos más, ya fuera en la guerra o limpiando las calles. Todos tenían algo en común: no dudé ni por un segundo que acabar con ellos fuera lo correcto.
—¿Pero por qué matarlos?
—Tampoco es como si tuviera muchas opciones. De todos modos, la condena por agrupación criminal y extorsión es la horca. Además, sirve como advertencia.
Tras un rato de caminata en silencio, llegué al gremio.
Por suerte, hoy no me encontré con Estefani. Esta vez estaba Cristina, la joven nieta del viejo director del gremio, una muchacha de cabello castaño y sonrisa brillante.
—Hola, señor Kiram. Qué bueno verlo.
—Hola, Cristi. ¿Cómo va tu abuelo?
—Quejándose de su espalda, como siempre.
—Dile que le mando saludos. Vine por una reunión; ahorita pasaré a verlo.
—Claro. Y esa sangre, ¿es de algún monstruo o algo así?
—Se podría decir.
Me senté en una de las mesas de la recepción, recostándome contra la silla y cerrando los ojos mientras el sonido de la lluvia se hacía cada vez más intenso.