Desde el día en que nació, algo estuvo mal con Sonya. Al venir al mundo no emitió un solo llanto, pero estaba completamente consciente. Aterrada, incluso. Cualquiera lo estaría si lo primero que ve al abrir los ojos es a una figura sin extremidades y bañada en sangre acechando en la esquina del paritorio.
Creció siendo una niña seria y analítica. No le gustaba perder el tiempo en banalidades y siempre sentía un impulso casi desesperado por ayudar a los demás.
Sonya poseía un don… o tal vez una maldición. Desde que llegó a este mundo fue capaz de presenciar lo que nadie más veía: personas recién fallecidas, demonios, almas en pena y espectros que escapaban a la imaginación de cualquier ser humano. Tuvo que aprender a convivir con el horror cotidiano, y por eso jamás pudo ser una niña normal. Detestaba pisar hospitales, escuelas o iglesias; solía repetir que esos lugares estaban impregnados de miseria y podredumbre espiritual.
Sus padres nunca le prestaron atención a sus conductas, y ella tampoco se molestó en buscar su comprensión. Cada vez que intentaba hablar de lo que veía, las personas la tildaban de loca o alienada. Con el paso de los años, su forma de vestir rebelde y su actitud desafiante solo sirvieron para que la sociedad conservadora que la rodeaba hablara mal de ella.
A sus diecisiete años, en una mañana cualquiera, Sonya iba de camino a la escuela que tanto detestaba cuando lo vio.
El chico caminaba a lo lejos con la mirada perdida sobre el asfalto. Se trataba del alumno que se había incorporado a su clase hacía apenas unos meses. Siempre que se cruzaba con él le transmitía una sensación inquietante; de su figura emanaba un aura densa y helada que a Sonya le erizaba la piel. Su cabello desordenado, su ropa desgastada, sus ojeras profundas y ese rastro a encierro lo convertían en alguien del que la mayoría prefería alejarse. No tenía amigos y mucho menos pareja; arrastraba su soledad en silencio. Los rumores que lo rodeaban eran tan oscuros que nadie se atrevía a dirigirle la palabra.
Esa mañana, sin embargo, algo cambió. Un impulso visceral obligó a Sonya a acelerar el paso tras él. No era simple curiosidad: percibía una vibración distinta saliendo de su cuerpo, un peso aplastante que presagiaba un desenlace fatal.
Sin una razón clara más allá de ese instinto que rara vez fallaba, comenzó a seguirlo a corta distancia mientras ambos se dirigían al mismo lugar.
Las calles solitarias, los muros, las casas y los postes eran testigo de lo que estaba pasando. Mike no prestaba demasiada atención a su entorno, siempre ponía la música de sus audífonos a todo volumen para no escucharlo a los demás.
Sonya se dio cuenta que el chico siempre usaba el camino solitario hacia la escuela, supuso que era normal por su personalidad. Si la gente siempre te juzga, lo mejor es no encontrarse con nadie. Ella misma lo aprendió a la mala, aunque sí tenía amigos y buenos compañeros. Los adultos la veían de otra manera, los hombres con ojos de deseo y las mujeres con asco. Por eso los únicos adultos con los que se relacionaba eran sus padres y sus abuelos.
Así fue como llegaron a la escuela, parecía que iba a ser un día normal como cualquier otro. Saludar a sus amigas, profesores y luego ver sus respectivas clases. Y así parecía, saludó a Dora, su mejor amiga, luego a Diana y por último a Marta. Comenzó a hablar con ellas sobre banalidades, pero nunca quitó la vista del chico extraño.
A pesar de que el reglamento de la academia exigía el uniforme oficial —la falda azul marina a la rodilla, el saco negro con bordes verdes, la camisa blanca y la corbata roja—, cada una de sus amigas lograba llevarlo con un sello único.
—¿Qué tanto miras a ese tipo? —le preguntó Dora en medio de la charla.
Dora siempre encontraba la forma de hacer lucir el uniforme impecable y estilizado. Llevaba la camisa blanca ajustada al cuerpo, la falda con el largo mínimo permitido para resaltar su figura, calzado deportivo impoluto y el cabello rubio perfectamente peinado, acompañado de un maquillaje delicado que destacaba sus atributos.
—No me digas que te gusta —añadió con un tono jocoso y una sonrisa pícara.
Sonya sintió cómo las mejillas se le encendían de golpe.
—¿De qué hablas? ¡Claro que no! Ese tipo es rarísimo —interrumpió Diana antes de que Sonya pudiera responder.
Diana adaptaba el uniforme escolar a su marcada estética oscura. Llevaba el saco negro desabotonado sobre una camisa blanca algo desaliñada, botas altas de suela gruesa en lugar del calzado habitual y el cabello negro un tanto despeinado cayéndole a los lados. Su maquillaje pálido, los labios pintados de negro y un delineado pronunciado enmarcaban su mirada vacía.
—La verdad, creo que él pegaría mucho más contigo, Diana —comentó Marta entre risas.
Marta era la más sencilla y estudiosa del grupo. Llevaba el uniforme reglamentario al pie de la letra, sin ninguna modificación. Lucía sus lentes de pasta, un suéter verde holgado debajo del saco para estar más cómoda y el cabello corto de color negro con algunos destellos teñidos en verde y naranja.
—¡No es nada de eso! —reclamó Sonya, bastante nerviosa.
—¿Entonces por qué te pones así y lo miras tanto? —Dora bromeó, acercándose a ella—. Dime, ¿qué tanto te llama la atención?
—¿Serán sus ojeras marcadas? —preguntó Diana.
—¿O su cabello desarreglado? —añadió Dora.
—Yo diría que su vibra misteriosa —comentó Marta también.
—¡Ya! —Sonya se alteró—. Les digo que no me gusta, solo su aspecto me llama un poco la atención. Nada más.
Sonya volteó hacia la entrada y se dio cuenta de que Mike había desaparecido entre la muchedumbre del pasillo.
—¡Ya lo perdí! —dijo llevándose una mano a la cara.
En ese momento, el timbre escolar retumbó por todos los pasillos anunciando el inicio de la primera clase.
—Bueno, ya es hora de irnos —dijo Dora, acomodándose el cabello para caminar hacia el salón.
Sin embargo, cuando volteó, se dio cuenta de que Sonya había desaparecido.
—¿Y ahora a dónde fue? —suspiró Dora, negando con la cabeza—. Supongo que la veremos en la clase.
El grupo se encaminó al aula entre risas, dejándola atrás.
En el otro extremo del edificio, Sonya buscaba desesperadamente al chico misterioso. Las personas habían despejado los pasillos, dejando tras de sí un silencio sepulcral. La ansiedad comenzaba a carcomerla; por alguna razón que escapaba a su lógica, su instinto le gritaba que no podía dejar solo a aquel muchacho. Caminó a paso apresurado por el corredor principal hasta que, al pasar cerca de las escaleras de servicio, escuchó el eco distante de unas pisadas apresuradas y el retumbo pesado de una puerta metálica al abriéndose.
”¿Esa no es la puerta de la azotea?”, pensó de golpe.
Su corazón dio un vuelco y comenzó a subir los escalones corriendo. Nunca en su vida se había sentido tan aterrada por una corazonada. A medida que subía, la temperatura del lugar descendió drásticamente: en las esquinas de los peldaños comenzaron a manifestarse sombras distorsionadas y rostros pálidos de espectros que jamás había visto en la escuela. Ella sabía que esos entes nunca se dejaban ver a la ligera; se alimentaban de la desesperación. Algo horrible estaba a punto de pasar.
Sujetó los barandales para tomar impulso y subir de dos en dos los escalones. El pulso le retumbaba en los oídos, el sudor frío le cubría la frente y las piernas le quemaban por el esfuerzo.
Al llegar al último tramo y cruzar el acceso a la azotea, presenció la escena que tanto temía: el chico misterioso estaba de pie sobre la estructura metálica de la reja, con los brazos abiertos y la mirada puesta en el vacío, listo para dejarse caer.
En un instante, todo cobró sentido. El rostro de Sonya perdió todo el color, una ola de náuseas la sacudió e impulsada por el puro pánico de revivir algo que quería olvidar corrió como si su vida dependiera de eso.
—¡NO LO HAGAS! —gritó con todas sus fuerzas justo cuando la figura del chico cedía hacia el abismo.
Al llegar al límite, dio un salto desesperado, se afianzó de la cerca y estiró el brazo para sujetar el tobillo del muchacho antes de que fuera tarde. El jalón hizo que él perdiera el balance, impactando bruscamente el pecho contra la reja antes de desplomarse sobre el concreto de la azotea.
Sonya se quedó congelada un segundo, trepada aún a la cerca. Tenía la respiración desbocada y los ojos desorbitados por el horror de lo que casi presenciaba. De un salto volvió al piso y se plantó frente a él.
—¡¿Qué… qué diablos estabas haciendo?! —exclamó. La voz le temblaba, sepultada bajo una descarga pura de adrenalina.
…
(Devuelta al presente)
Mike continuaba acostado sobre el concreto, mientras Sonya permanecía sentada a su lado sosteniendo su mano con una mueca de preocupación.
—¿Ya te sientes mejor? —preguntó la chica con voz suave.
Ver a alguien colapsar de esa manera no era algo normal, y menos aún a un desconocido. Sin embargo, en el fondo de su pecho, Sonya experimentó una sensación inusual: era la primera vez en su vida que sus habilidades servían para algo más que atormentarla. Desde que tenía memoria solo había visto a personas fallecidas de formas horribles, demonios grotescos y visiones que desafiaban la cordura. Pero esta vez fue diferente. Esta vez salvó una vida. Aunque el chico tuviera sus razones para querer desaparecer, ella estaba convencida de que esa no era la salida.
—Sí, ya estoy mejor… —respondió Mike en un murmullo melancólico—. Gracias por ayudarme. Aunque sigo pensando que lo mejor era dejarme caer.
Sonya no reaccionó a ese comentario, solo miró al suelo.
Desde hacía años dependía de ese tratamiento diario para mantenerse estable. Las pastillas lo adormecían más de la cuenta y detestaba la sensación de pesadez que le dejaban en el cuerpo, pero eran lo único capaz de silenciar el enjambre de voces en su cabeza.
Mike se acomodó despacio y la miró fijamente.
—¿Cómo fue que me encontraste? ¿Cómo supiste lo que iba a hacer?
—Es complicado… —Sonya desvió la mirada, jugueteando con las pulseras de su otra muñeca—. Si te lo digo, seguro pensarás que estoy loca.
—No me digas que me estabas acosando o algo así…
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Para nada! —exclamó Sonya, sintiendo cómo el rubor le cubría el rostro hasta las orejas.
Tras guardar un breve silencio para recomponerse, respiró hondo y volvió a hablar con tono serio.
—Verás… sé que suena absurdo, pero veo cosas que los demás no pueden. Desde muy pequeña aprendí que lo mejor era guardármelo para mí sola.
—¿Y por qué me lo dices a mí? —inquirió Mike, extrañado.
—Genuinamente no lo sé. Solo siento que contigo puedo ser sincera.
—Pero si apenas me conoces.
—Tienes razón, no sé prácticamente nada de ti —coincidió Sonya, esbozando una pequeña sonrisa—. Pero me pareces alguien confiable. No tienes cara de ir por ahí inventando chismes o esparciendo rumores… Puedo verlo en tu espectro.
Los ojos de Sonya brillaron sutilmente al sostenerle la mirada. En el fondo de esa aura oscura y desolada que rodeaba a Mike, comenzó a vislumbrarse una pequeña chispa, un matiz distinto que quizás ella misma había provocado al salvarlo.
Mike guardó silencio durante unos segundos, procesando sus palabras mientras contemplaba el cielo sobre la azotea.
—Está bien —afirmó de pronto.
Sonya ladeó la cabeza, confundida.
—Quiero ser tu amigo —agregó él, mirándola directamente.
La sonrisa de Sonya se ensanchó al instante. En su pecho floreció una calidez desconocida, algo dulce y reconfortante que jamás había experimentado con otra persona.
—Vale —asintió Sonya, apretando con un poco más de fuerza la mano de Mike—. Espero que nos llevemos bien.
Luego de aquella extraña presentación, ambos se pusieron de pie y se sacudieron el polvo de las rodillas y las manos. Apenas comenzaban a bajar por el cubo de las escaleras cuando el timbre del edificio volvió a retumbar con un sonido estridente.
—¡¿No me digas que nos perdimos la primera clase?! —exclamó Sonya a mitad de los escalones, frenando en seco. Mike venía justo detrás de ella—. ¿Qué van a pensar las chicas sobre esto? ¿Y si me ven llegando contigo de la nada?
Su mente comenzó a dar vueltas a toda velocidad, formulando un escenario peor que el anterior sobre los rumores que podrían desatarse.
—Tranquila —intervino Mike con tono pausado—. Puedo esperar a que sea la hora del receso para volver al salón. Igual a nadie le importa si estoy o no. Es mejor que no te vean llegando conmigo; tú eres bastante popular, ¿no?
Sonya volteó a verlo, con el ceño levemente fruncido por la preocupación.
—Pero te vas a saltar tres clases seguidas por mi culpa —insistió.
—De todas formas no es como si me fuera muy bien en ellas —respondió él, restándole importancia con un ademán con la mano—. Tú tranquila. Ve y sigue con tu día, yo estaré por ahí.
—¿Estás seguro? —insistió Sonya, aún con la angustia reflejada en la mirada.
—Sí, completamente seguro.
—Bueno… nos vemos más tarde entonces —dijo ella, resignada, antes de bajar los escalones a toda velocidad.
Sonya corrió por los pasillos ajetreados y llegó a la puerta de su aula justo unos segundos antes de que el profesor Jefferson, el docente de Biología, cruzara el umbral para iniciar la lección. Entró a toda prisa y se deslizó en su pupitre intentando no llamar la atención.
—Oye, ¿dónde diablos te metiste? —le susurró Dora, quien siempre se sentaba a su lado—. La profesora Mirian preguntó por ti en la primera hora y nos estuvo interrogando a todos.
—Tranquila, solo estaba atendiendo un asunto personal —susurró Sonya de vuelta, ajustándose la corbata del uniforme.
—Aja, claro… seguro un "asunto" relacionado con el chico misterioso —bromeó Diana desde la fila de atrás, donde compartía mesa con Marta.
—¡Que no tiene nada que ver con él! —replicó Sonya, frunciendo el ceño por la molestia.
—Sí, claro. ¿Entonces por qué te pones tan defensiva? —añadió Dora con una sonrisa burlona.
—¡Silencio ahí atrás, señoritas! —retumbó la voz del profesor Jefferson mientras golpeaba suavemente el borrador contra el pizarrón.
—Lo sentimos, profesor —respondieron las cuatro al unísono, agachando la cabeza.
Las horas transcurrieron con la monotonía habitual entre explicaciones y apuntes, hasta que el timbre volvió a resonar en las paredes del edificio, anunciando finalmente el inicio del receso.
—Por fin, hora de comer —murmuró Sonya. “Espero que ese tipo aparezca”, pensó para sus adentros mientras sacaba su almuerzo de la mochila.
Al terminar de acomodar sus cosas, no pudo evitar quedarse mirando fijamente hacia la puerta del salón, atenta a cada estudiante que cruzaba el umbral.
—¿Por qué tan pensativa, Sonya?
La voz masculina la tomó por sorpresa. Al voltear, se encontró con Karl, indiscutiblemente el chico más popular de la academia.
—No es nada, no estaba pensando en nada —respondió ella, forzando una sonrisa rápida.
—Pues parece como si estuvieras esperando a alguien importante.
Karl jaló una silla y se sentó a su lado con naturalidad. Desde que habían ingresado a la escuela dos años atrás, ambos habían construido una buena amistad. Aunque no coincidían todo el tiempo debido a la exigente agenda de Karl en el club de fútbol, siempre aprovechaban los descansos para ponerse al día.
—Estoy esperando a las chicas, ya sabes que siempre tardan una eternidad comprando comida —explicó Sonya con un ligero tinte de nerviosismo.
—Eso tiene sentido. De hecho, ya iba a preguntarte a dónde se habían ido sin ti.
Karl llevaba el uniforme reglamentario de manera pulcra, impoluta y elegante. Poseía el atractivo clásico de cualquier figura popular de redes sociales: rostro simétrico, tez clara y un cabello castaño perfectamente peinado que destacaba a la distancia. Su contextura atlética y su carisma natural hacían que media escuela estuviera al pendiente de sus pasos, buscando cualquier excusa para entablar conversación con él. Para casi todos en el campus, Karl era el arquetipo del chico perfecto.
—La verdad me daba pereza hacer la fila eterna de la cafetería, por eso preferí quedarme aquí —explicó Sonya mientras destapaba su recipiente de almuerzo.
—¿Qué trajiste de comer hoy? —preguntó Karl, inclinándose un poco con curiosidad.
—Pollo con arroz. ¿Quieres probar? —le ofreció ella de buena gana.
—Solo si me das el primer bocado en la boca —bromeó él, guiñándole un ojo.
—Ni lo sueñes —lo cortó Sonya en seco, soltando una risotada a la que Karl se unió al instante.
De pronto, el chasquido del picaporte interrumpió la conversación. La puerta del aula se abrió despacio y Sonya volteó de inmediato. Al ver a Mike cruzar el umbral, sus ojos se iluminaron involuntariamente.
“¡Ya llegó!”, pensó con un vuelco en el pecho.
Mike avanzó unos pasos en silencio. Su mirada cansada se posó primero en Sonya y luego se desvió hacia Karl, quien continuaba sentado a su lado. Su expresión se endureció ligeramente, dejando traslucir un matiz de molestia helada antes de dirigirse a su pupitre al fondo del salón sin pronunciar una sola palabra.
Sonya se quedó con las palabras atrapadas en la garganta. Quería levantarse, saludarlo y preguntarle si se encontraba bien, pero antes de que pudiera ponerse de pie, la puerta volvió a abrirse de golpe. Dora, Diana y Marta entraron al salón entre risas y escándalo, rompiendo por completo el ambiente y rodeando la mesa.
El resto de la jornada transcurrió entre el murmullo de las lecciones, los apuntes en la pizarra y las bromas de sus amigas. Sonya buscó la mirada de Mike en un par de ocasiones, pero el chico permaneció con los audífonos puestos y la vista perdida en la ventana hasta que sonó la última campana del día, marchándose tan en silencio como había llegado.
Así transcurrió aquella jornada: entre el murmullo de un día ordinario y el peso invisible de una promesa entre dos desconocidos.