Saltar al contenido
Explorar novelas

Una decisión apresurada

Al Borde · por AlbertYart · 19 de septiembre de 2026

Capítulo 1: Una decisión apresurada.

Hace siete años ocurrió una tragedia en la ciudad, se encontró a un niño con un cuchillo ensangrentado en la mano. A su lado el cuerpo inerte de un adulto, le habían dado cuarenta puñaladas. La sangre corría por la sala de estar de aquella casa, la luz del fuego de la chimenea y la lluvia hacían la escena más perturbadora.

La única testigo fue la hija de la víctima, una niña de su misma edad. Se dice que su rostro era el de una persona traumada, no pudo conciliar el sueño durante una semana entera. Aquel evento se conoció como el asesinato del niño maldito, al principio las personas que veían las noticias no podían creer lo que estaban observando. ¿Cómo un chico tan joven podía cometer tal atrocidad? 

(En el presente)

Un chico de unos diecisiete años caminaba por los pasillos limpios y coloridos de su escuela. Los estudiantes y profesores lo miraban de reojo, cuchicheando en murmullos sofocados cada vez que pasaba cerca de ellos.

Su aspecto era desolador: siempre llevaba el mismo hoodie negro con verde desgastado, un pantalón oscuro que le quedaba flojo y zapatillas viejas. Las ojeras marcadas en su piel pálida y el olor a encierro delataban el abandono total en el que vivía. El cabello, largo y desordenado, le cubría a medias los ojos. En la muñeca izquierda cargaba con un tatuaje improvisado que él mismo se había hecho: la palabra murderer junto al dibujo de un ojo.

Los rumores sobre él desde que entró en la escuela no se hicieron esperar. Algunos decían que estaba loco; otros, que era parte de una secta; y los más radicales aseguraban que él era el niño maldito de hace unos años… y tal vez lo era.

A Mike no le importaba, él solo seguía con su vida, aunque su mirada no era la de alguien feliz. Desde que su padre murió, ya no era el mismo.

El timbre de la escuela resonó en los pasillos con un estridente zumbido mecánico.

Todos fueron a clases menos Mike, quien siguió su camino y comenzó a subir las escaleras con dirección a la azotea. Tenía claro su objetivo. Nadie le preguntó a dónde iba o qué planeaba hacer; no tenía amigos y tampoco destacaba en las asignaturas. A veces era objeto de burlas, pero nunca prestaba atención a esas cosas. Hasta pensaba que merecía ese trato.

El eco de sus propios pasos retumbaban en las paredes de los pasillos ahora vacíos. Esa tranquilidad le agradaba; por eso valoraba tanto su soledad, aunque en el fondo sintiera el anhelo de algo más. Las largas noches en vela, dando vueltas a pensamientos sin sentido, eran el síntoma de que algo andaba mal desde hacía tiempo. Pero, como siempre… a nadie le importaba. Ni siquiera a él.

Una vez arriba, se paró frente a la puerta de la azotea y la abrió lentamente. Los rayos del sol chocaron contra su cara, cegándolo al instante. Empezó a caminar en silencio sobre el concreto. A su alrededor, las paredes verdes del acceso y la reja de protección roja que bordeaba el edificio iban a ser los únicos testigos de sus últimos minutos. No podía seguir. La imagen de aquel hombre regresaba cada vez que se quedaba en silencio, las voces lo atormentaban si olvidaba la medicación y, en sus pesadillas, se repetía una y otra vez la mirada aterrorizada de la niña que alguna vez fue su mejor amiga.

—Por fin va a terminar —murmuró al llegar al borde y tirar su mochila a un lado.

Trepó la estructura de metal sin dudarlo. De pie sobre el filo, abriéndose paso entre el viento, cerró los ojos para sentir por última vez el calor del sol. Acto seguido abrió los brazos y sonrió como nunca en su vida.

—Lo siento... mamá —susurró, sintiendo una amarga ráfaga de alivio.

Por un instante creyó que su último acto en la tierra estaría acompañado de una pizca de paz, algo que había olvidado años atrás.

De pronto, un apresurado repiqueteo de pisadas rompió el silencio a sus espaldas.

—¡NO LO HAGAS! —retumbó un grito desesperado.

Antes de que su peso cediera al vacío, sintió un jalón brutal en el tobillo. Alguien lo atrapó con todas sus fuerzas, haciéndole perder el equilibrio hacia atrás. Cayó de frente contra la base de la cerca; el impacto en el pecho le sacó todo el aire de los pulmones.

La sonrisa desapareció al instante. Ahora estaba a salvo, cayó boca abajo en el piso. Lo primero que hizo fue alzar la cabeza: su visión se encontró con una chica de rostro pálido y pecho agitado, mirándolo desde arriba con los ojos desorbitados por el horror de lo que casi presenciaba. Se quedó congelada un segundo, trepada a la cerca procesando la escena.

Rápidamente saltó al suelo y se plantó frente a él.

—¡¿Qué… qué diablos estabas haciendo?! —exclamó. La voz le temblaba, sepultada bajo una descarga pura de adrenalina.

Vestía una falda azul que le llegaba a la rodilla, botas negras altas y una chaqueta de mezclilla sobre una camiseta con un estampado que decía Lisa. Llevaba pulseras ruidosas en las muñecas y el cabello, teñido mitad negro y mitad rojo, le caía despeinado sobre los hombros. Todo en ella transmitía una vitalidad caótica que desentonaba por completo con el gris de la azotea.

Mike la contempló desde el suelo, aturdido por el dolor del golpe y la irrupción de aquella desconocida.

—¿Quién eres…? —preguntó con la voz rota—. ¿Por qué me ayudaste?

Se llevó una mano a la cara, apretándose los ojos. Los sollozos salieron bajos, sin fuerza, como si ya no le quedara aire.

—Yo solo quería… descansar.

La ira se le deshacía en la garganta. No sonaba como rabia. Sonaba a derrota.

La chica se quedó inmóvil. Su mirada, antes alterada, se suavizó con torpeza. Bajó los ojos hacia sus propias manos temblorosas y habló en voz baja, intentando calmar su propio pulso.

—No sé. Supongo que… no aguantaba verlo otra vez —murmuró, tragando saliva—. Perdón si arruiné tus planes. Pero no iba a dejar que te tiraras.

Mike no respondió de inmediato. Seguía en el suelo, con el corazón a mil. Cuando habló, lo hizo sin mirarla.

—Ni siquiera te pedí que lo hicieras. Ni siquiera sé quién eres.

La chica lo miró, entre consternada e indignada por la frialdad de sus palabras.

—¿Acaso se necesita una razón para evitar que alguien se mate? —respondió, esforzándose por mantener la firmeza mientras recuperaba el aliento—. No sé por lo que estés pasando, pero estoy segura de que esta no es la solución.

—Cállate —respondió Mike en un murmullo—. No sabes… no sabes nada de mí —sus ojos antes secos comenzaron a llenarse de lágrimas contenidas—. No sabes nada, soy… soy una mala persona. Un bicho raro.

La chica lo observó con una mezcla de culpa y compasión. Tenía razón: no se conocían de nada.

—Para mí no eres nada de eso, porque no te conozco —respondió con un tono más suave.

Mike tenía la vista puesta en una pequeña grieta en el piso, se sostenía de sus brazos con la poca fuerza que tenía en ese momento.

—Déjame en paz, por favor... Solo quiero que esto se acabe.

—No creo que pueda hacer eso. Ya me metí en esto y voy a evitarlo —dijo ella con terquedad—. Así que ni me pidas que me vaya, porque la respuesta es no.

Mike no rebatió. Se incorporó con lentitud y se sentó con las piernas cruzadas, abrazando sus rodillas. La chica permaneció frente a él, observándolo con cautela y jugueteando nerviosamente con sus pulseras para romper la tensión del ambiente.

—Ya que voy a tener que vigilarte, me presento: soy Sonya. Un gusto. —Le ofreció la mano.

Mike ignoró el gesto por completo. Sonya, al notar que no se movería, retiró la mano despacio y la limpió contra su chaqueta con una mueca exagerada, intentando aliviar la pesadez del aire.

—Bueno, ni quería tocarte, pareces un poco sucio —comentó con un hilo de voz, buscando a la desesperada una normalidad que no existía—. ¿Cómo te llamas, chico suicida?

El silencio de Mike se prolongó. Sonya apretó los labios; no paraba de hablar, tal vez para evitar que el muchacho volviera a mirar hacia el vacío o para convencerse a sí misma de que la situación estaba bajo control.

—¿No vas a responder? Qué amargado. Supongo que es normal que no quieras hablarme después de que arruiné tu plan…

—¿Puedes cerrar la boca? —la interrumpió Mike, con evidente molestia—. ¿Siempre hablas tanto?

Sonya se calló al instante, parpadeando descolocada.

—Yo… sí. Hablo mucho cuando me pongo nerviosa —admitió en voz baja, perdiendo por un segundo su postura confiada—. Solo intentaba… no sé, distraerte. No es normal ver a alguien a punto de saltar. Debe ser duro lo que sientes, perdón si te molesté.

—Tranquila… —pausó un momento y, tras dudarlo, le extendió la mano a Sonya—. Ahora te tendrás que hacer cargo. Soy Mike… el chico que evitaste que saltara.

Sonya lo miró sorprendida, pero le estrechó la mano enseguida.

—Un gusto conocerte, Mike —sonrió, esta vez con una dulzura genuina.

Mike la contempló y su mueca distante desapareció. Una sensación desconocida de paz le inundó el pecho, tan cálida que le dieron ganas de llorar ahí mismo. La sonrisa de aquella chica le hizo atisbar algo que no comprendía: la posibilidad de que vivir no fuera del todo malo.

Siguieron sujetándose la mano unos segundos de más, hasta que el momento se volvió extraño.

—Oye… ya me puedes soltar —murmuró Sonya, señalando el agarre.

—L-lo siento —Mike la liberó al instante, sintiendo cómo el rubor le subía a las mejillas.

Sonya no pudo evitar sonreír de nuevo al ver su reacción, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Oye… ¿no me vas a decir por qué querías hacer eso?

—No es de tu incumbencia —respondió él, desviando la mirada.

—Vale, eres bastante reservado. ¿Crees que podamos ser amigos? Supongo que cuando seamos amigos me dirás tus razones.

Mike se tensó al instante. La palabra “amigos" le sonaba ajena, peligrosa. La última persona a la que llamó así… terminó destruida por su culpa. Se consideraba un monstruo, alguien incapaz de sostener un vínculo.

—¿Quieres… ser mi amiga? —susurró hacia el suelo.

—¡Claro! ¿Qué tiene de malo? Los amigos están para ayudarse —aseguró Sonya con entusiasmo.

”Los amigos se ayudan…”. La frase retumbó en su cabeza. Y él… él había asesinado al padre de su mejor amiga.

Un dolor agudo le atravesó el pecho. La imagen de la niña traumatizada preguntándole qué le había hecho a su padre regresó como una estocada violenta.

—¡Yo…! ¡Yo no quería hacerlo! —gritó de pronto, llevándose las manos a la cabeza.

El aire dejó de llegarle a los pulmones. Intentaba tomar bocanadas, pero el pecho se le cerraba. Sus manos empezaron a temblar descontroladamente.

—¡Yo…! Lo siento, ¡no quería hacer eso! —su voz se quebró mientras caía de rodillas sobre el concreto.

Sonya dio un paso atrás, alarmada. Escuchar ese grito de culpa la dejó helada durante un segundo terrible. ¿A qué se refería con “no quería hacerlo”? La duda y el temor cruzaron por sus ojos, pero al ver a Mike colapsar de esa manera, el miedo a la confesión quedó opacado por la urgencia de la crisis. Se agachó rápidamente a su lado.

—¡¿Qué te pasa?! ¡Mike, mírame! —exclamó Sonya, asustada.

El chico pegó la frente contra el piso, llorando desconsoladamente mientras los escalofríos lo sacudían. En su cabeza, las voces cobraron fuerza de nuevo: “Eres un maldito asesino”. “Por eso tu padre se mató”. “No mereces seguir vivo”. 

—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Perdón! —gritaba fuera de sí, sofocado por el ataque de pánico.

Sonya no sabía cómo reaccionar; miraba a su alrededor buscando ayuda, temiendo tocarlo o empeorar las cosas mientras él golpeaba el suelo con los puños.

—Oye… por favor, respira. ¿Qué hago? —suplicó ella con la voz entrecortada.

Él siguió golpeando el piso con fuerza hasta que le comenzaron a sangrar las manos.

Pasaron unos minutos interminables hasta que la intensidad del colapso empezó a ceder ligeramente y Mike logró articular palabra.

—Tú… Sonya… en mi mochila… hay un frasco. Dame… dame una pastilla, por favor.

Sonya se abalanzó sobre la mochila tirada a unos metros, abrió el bolsillo frontal torpemente y sacó el frasco de medicamentos.

—¡Aquí está! ¿Esta?

—Sí… dame una sola —pidió él, acostándose en el suelo sin fuerzas.

Sonya destapó el envase con manos temblorosas, extrajo una píldora y se la entregó. Mike se la metió en la boca y la tragó a secas, quedándose inmóvil boca arriba mientras esperaba el efecto.

—Perdón… por hacerte pasar por esto —murmuró con la voz aún vibrante por el llanto.

Sonya dejó escapar un suspiro largo, tratando de serenar su propio corazón, y le dedicó una pequeña sonrisa para tranquilizarlo.

—Está bien… es lo que hacen los amigos —dijo Sonya, tratando de asimilar todo lo ocurrido—. Mi meta en la vida es tener muchos amigos y poder ayudar a todas las personas que pueda.

Mike guardó silencio.

—Eso es bastante noble —alcanzó a responder.

A los pocos minutos, la medicina empezó a hacer efecto. Las voces distorsionadas comenzaron a desvanecerse y el murmullo en su mente dio paso al silencio. Su respiración se volvió pausada, la mirada recuperó su tono apagado habitual y los temblores cesaron.

—Gracias —le dijo a Sonya.

Ella no respondió nada con palabras. Solo tomó suavemente su mano y se sentó en el suelo a su lado, velando su recuperación bajo el calor de la mañana.

Así fue como se conocieron: un día que prometía terminar en tragedia, pero que acabó siendo el principio de algo más. Un día con una decisión apresurada.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a AlbertYart en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: Cuentos de amor de locura y de muerte · El caso extraño del Doctor Jekyll · Sub terra