El rugido del dragón antiguo era lo único del momento, un sonido que retumbaba en los auriculares de grado profesional de Sora. En pantalla, su avatar Lumina danzaba entre columnas de fuego de grado infernal, su espada divina trazando arcos de luz que desintegraban limbos de criaturas menores. A su lado, la silueta oscura y azulada de Shindark, manejado por su hermano Nexo, era un torbellino de precisión brutal, su espada enorme cortando tendones con eficiencia mecánica.
—¡Flanco izquierdo, Nexo! ¡Los magos están cargando! —gritó Sora, sus dedos volando sobre el teclado mecánico.
—Ya los veo —respondió la voz calmada de Nexo desde los altavoces—. Cambio de prioridad. Sora, cubre mi avance.
Era el clímax de la raid semanal en Wonder Fantasy Online. Una mazmorra de nivel máximo, un dragón de piedra que era el jefe final. En su habitación contigua, Nexo apartó por un segundo la vista de sus tres monitores hacia la ventana. Era de noche, y el cielo nocturno estaba despejado. En un rincón de su pantalla secundaria, una ventana de consola mostraba los latidos estables del servidor de pruebas de 8-bit, su proyecto de IA conversacional. Todo era normal. Todo era perfecto.
—¡Ahora! -gritó Sora.
Nexo enfocó toda su atención. Apretó la secuencia de teclas para el ataque definitivo de Shindark, «Espada de tormenta Cósmica». En el mismo instante, el dragón de piedra, en un movimiento no scripteado, giró su única pupila de piedra hacia la cámara.
Y parpadeó.
No fue un parpadeo gráfico. Fue como si el universo dentro de la pantalla respirara hacia adentro.
La luz no fue blanca. Fue toda la luz. Cada píxel, cada color de Wonder Fantasy, del escritorio de Nexo, de la habitación misma, fue succionado hacia el centro de la pantalla. Los auriculares de Sora emitieron un chillido de frecuencia pura que le hizo gritar y arrancárselos. Nexo sintió un calor imposible en las yemas de los dedos, como si las teclas se hubieran convertido en carbones al rojo vivo.
Luego, la nada.
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Nexo despertó con el sabor a cobre y estática en la lengua. No estaba en su silla ergonómica. Yacía de espaldas sobre una superficie fría y lisa. El cielo sobre él no era el techo de su habitación. Era un tapiz de azul profundo salpicado de motas de luz que se movían lentamente, como pantallas de carga vivientes.
Se incorporó con un gemido. Llevaba puesta su armadura. La armadura negra-azulada de Shindark. Pesaba. Olía a metal nuevo. A su lado, un brillo dorado se movió.
—¿N-Nexo? —tartamudeó la voz de su hermana, pero más joven, más asustada.
Sora —no, Lumina en carne y hueso, ahora real— estaba arrodillada, su vestido blanco y dorado inmaculado, su espada a un lado. Su rostro era el de Sora, pero perfeccionado, idealizado, y sus ojos, siempre marrones, ahora eran del carmesí intenso del avatar.
—Sora... ¿Qué...? —Nexo miró sus propias manos. Eran sus manos, pero cubiertas por los guanteletes negros de Shindark. Sintió la energía pesada de la espada enorme en su espalda.
—No es un sueño —murmuró Sora, tocando su propio rostro—. Puedo sentirlo... Lo siento... Lo siento de verdad. Esto es... el juego.
Pero no lo era. El paisaje era de Wonder Fantasy —las arquitecturas góticas y los bosques de cristal— pero todo era demasiado real. El aire no era verbalmente aire, era completamente real y respirable. La luz no iluminaba, era. Y no había barras de salud, ni menús, ni cursor. Solo ellos, dos humanos atrapados en la piel de sus personajes, en un mundo que había dejado de ser una fantasía para convertirse en su "jaula".
La primera noche la pasaron escondidos en una ruina, temblando no de frío, sino de puro shock existencial. No había «log out». No había «salir al escritorio». Solo el silencio infinito de un servidor vacío, roto por los sonidos ambientales del juego, ahora aterradoramente vívidos.
—Tenemos que movernos —dijo Nexo al «amanecer», su voz sonando extrañamente grave, como la de Shindark—. Si esto es... lo que sea, quedarnos quietos es morir.
Así comenzó su semana fantasma.