El campamento bullía de actividad. Hiro y 8-bit habían pasado toda la mañana calibrando el dispositivo que modularía la frecuencia emocional de Miku. Natsuki y Nexo discutían los últimos detalles de la emboscada, trazando rutas de escape y puntos de encuentro en caso de que algo saliera mal. Los guerreros entrenaban, afilando reflejos y repasando estrategias.
Todo estaba listo.
—¿Segura de esto? —preguntó Hiro, acercándose a Miku mientras ella observaba el horizonte.
—Sí —respondió ella, con una calma que no sentía del todo—. Es la única manera.
Hiro asintió, pero algo en su expresión —una tensión apenas perceptible en la mandíbula— delataba su preocupación.
—Estaré a tu lado. Siempre.
Miku sonrió y tomó su mano.
—Lo sé.
Llegó el momento. Hiro y 8-bit instalaron el dispositivo. Natsuki dio la orden. El dispositivo se activó. La frecuencia de Miku comenzó a modularse, enviando ondas al vacío como un faro en la noche. Ahora solo quedaba esperar.
Esperaron una hora. Dos.
—¿Y si no vienen? —preguntó Ember, impaciente.
—Vendrán —respondió Natsuki, con una certeza que no justificó.
Y entonces, ocurrió.
No fue un ataque. No fue una aparición. Fue una distorsión. El aire frente a Miku se curvó, se dobló sobre sí mismo, lo último que vieron fue a Miku con una mirada de confusión y preocupación, pero no parecía moverse, y una fuerza invisible la arrojó hacia atrás con una violencia que no dio tiempo a reaccionar.
—¡MIKU! —el grito de Hiro rasgó el aire.
Ella volaba, no por impulso propio, sino arrastrada por algo que ninguno podía ver. Su cuerpo se elevaba, girando, siendo succionada hacia un punto en el cielo que comenzaba a brillar con un tono verde eléctrico siniestro.
Hiro no dudó un instante. Sus piernas —mejoradas, implacables— se impulsaron contra el suelo con tal fuerza que el césped azul cobalto se hundió bajo sus pies. Salió disparado tras ella, una estela roja de furia y determinación.
—¡HIRO! —gritó Natsuki—. ¡Todos! ¡SÍGANLO!
Y el grupo completo se lanzó a la carrera.
Era una persecución desesperada. Miku se alejaba cada vez más, arrastrada por esa fuerza invisible, y Hiro corría como un poseso, sus sistemas al límite, su brillo rojo parpadeando con una intensidad que prometía destrucción. Detrás de él, los demás apenas podían seguirle el ritmo.
—¡No la pierdas de vista! —gritó Nira, mientras sus piernas bombeaban con la disciplina de años de entrenamiento.
—¡No pienso hacerlo! —respondió Hiro sin volverse.
Kurenai corría con una gracia felina, sus fosas nasales dilatadas, rastreando no el olor de Miku, sino el de algo más. Algo que no había olido antes. Algo... antiguo.
—¡Eso no es Oraculum! —gritó—. ¡Huele diferente! ¡Huele a... a dolor!
—¡Confirmado! —añadió 8-bit, volando a toda velocidad junto a ella, sus pequeños ojos azules escaneando frenéticamente—. ¡Las firmas energéticas no coinciden con las de las cuatro enemigas! ¡Es algo completamente distinto!
—¿Algo distinto? —jadeó Nexo, esforzándose por mantener el paso—. ¿Aquí? ¿Ahora?
—¡Pregunta después, corre ahora! —le espetó Ember, que a su lado demostraba una resistencia física impresionante.
Sora corría junto a su hermano, su rostro pálido pero sus ojos determinados. Zera se deslizaba como una sombra, silenciosa y letal, siempre un paso detrás de Hiro por si necesitaba apoyo.
Natsuki cerraba la marcha, su mente trabajando a mil por hora incluso mientras sus pulmones ardían.
—¿Adónde nos lleva? —preguntó en voz alta, aunque nadie podía responderle.
La respuesta llegó pronto.
El paisaje comenzó a cambiar. Los árboles blancos del Jardín Cobalto se volvieron escasos, luego desaparecieron por completo. El césped azul se tornó gris, luego negro, una tierra yerma y muerta que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El cielo, antes iluminado por la esfera planetaria, se oscureció, cubierto por nubes de un gris plomizo que no dejaban pasar la luz.
Y al final, una cueva.
Era inmensa, la entrada una boca abierta en la ladera de una montaña de roca negra. De su interior emanaba una luz verde eléctrica, pulsante, como el latido de un corazón enfermo. Y hacia allí se dirigía Miku, arrastrada sin remedio.
Hiro llegó justo cuando ella desaparecía en la oscuridad. Sin dudar, se lanzó tras ella.
—¡Espera! —gritó Natsuki, pero ya era tarde.
Uno a uno, los demás cruzaron el umbral, adentrándose en lo desconocido.
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El interior de la cueva era un laberinto de túneles y cámaras, todos iluminados por esa luz verde pulsante que parecía surgir de las propias paredes. El grupo corría en formación, siguiendo el rastro energético que Hiro y 8-bit podían detectar.
—¡Allí! —señaló 8-bit, y todos vieron a Miku, finalmente detenida, a unos metros del suelo en una cámara circular, todos se acercaron, Hiro la tomó y Miku pudo moverse otra vez.
—¿Estas bien?— preguntó Hiro con notable preocupación.
—Si… lo estoy— respondió ella, recuperando el aliento.
Y todos, se hicieron la misma pregunta. ¿donde estaban? Nadie lo sabía, pero algo de lo que se dieron cuenta muy tarde.
No estaban solos.
Dos figuras emergieron de las sombras.
Eran idénticas en lo básico: la silueta de lo que alguna vez fueron chicas jóvenes. Pero algo en ellas estaba profundamente mal. Su cabello, que debió ser blanco, era ahora negro azabache, con mechones de un verde eléctrico vibrante que parecían tener vida propia. Sus ojos, del mismo verde, brillaban en la penumbra con una luz antinatural. Y a su alrededor, el aire se curvaba, las rocas flotaban, la gravedad misma parecía doblegarse a su voluntad.
—¿Qué... qué son? —susurró Sora.
—No lo sé —respondió Natsuki—. Pero no son Oraculum. No son nada de lo que conocemos.
Una de ellas —la que parecía más agitada, más violenta en su postura— sonrió. Fue una sonrisa cruel, cargada de años de odio acumulado.
—Más chispas —dijo, su voz era un susurro que reverberaba en la mente de todos—. Más... intrusos.
La otra —más serena, casi triste en su expresión— no dijo nada. Solo observaba.
Zera notó algo, de las sombras estaban saliendo una cantidad fastidiosa de crawlers. Ember, Zera, Nexo y Hiro fueron a donde salían para erradicarlos.
—¡Ustedes vallan por ellas!— gritó Hiro antes de que el y los demás desaparecían en las sombras.
Y entonces, el mundo explotó en caos.
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La hermana violenta extendió una mano, y la gravedad en la cámara se invirtió. Rocas de todos los tamaños se elevaron del suelo, formando un torbellino mortal a su alrededor. Nira, Miku, Natsuki y Sora quedaron atrapados en su vórtice, obligados a esquivar y bloquear mientras el remolino de piedras amenazaba con despedazarlos.
—¡No podemos acercarnos! —gritó Nira, esquivando una roca del tamaño de su cabeza—. ¡Su control es demasiado preciso!
—¡Entonces peleen desde lejos! —respondió Natsuki, su espada desviando fragmentos más pequeños—. ¡Miku, pulsos sónicos! ¡Sora, luz cegadora! ¡Desorientenla!
Miku y Sora obedecieron, sus ataques combinados creando destellos y ondas que hicieron vacilar a la hermana violenta. Nira aprovechó para acercarse un paso, luego otro, su espada siempre lista.
Mientras tanto, Kurenai y 8-bit se enfrentaban a la hermana tranquila.
Ella no atacaba con furia. Sus movimientos eran pausados, casi elegantes. Creaba plataformas de roca bajo sus pies para elevarse, lanzaba escombros con una precisión quirúrgica, pero nunca buscaba el golpe mortal. Solo... contenía.
—No quiere lastimarnos —observó Kurenai, esquivando una roca—. Solo... mantenernos lejos.
—Lo sé —respondió 8-bit, volando a su lado—. Puedo... puedo sentir algo de ella. No es como su hermana. Ella... ella está triste.
Kurenai olfateó el aire, y lo que percibió la heló.
—Huele a dolor. A abandono. A... mucho tiempo sola. Solas.
—¡Kurenai! —gritó 8-bit, una idea iluminando sus ojos—. ¡Mientras peleamos, háblale! ¡Yo intentaré entender más!
Y así lo hicieron. Mientras esquivaban rocas y plataformas, Kurenai hablaba.
—¡Oye! ¡No queremos hacerte daño! ¡Solo vinimos por nuestra amiga!
Pero la figura no respondió. Pero sus ataques... ¿disminuyeron ligeramente?
—¡Lo que te pasó! —continuó Kurenai—. ¡Lo que sea que te hizo así! ¡No fue tu culpa! ¡Huelo que no fue tu culpa!
Un destello cruzó los ojos verdes de la hermana. Algo que podría haber sido... ¿sorpresa? ¿dolor?
—Ella... ella nos escucha —susurró 8-bit, sus procesadores trabajando a toda velocidad—. Está pensando. Por primera vez en mucho tiempo, alguien le habla sin odio.
Pero el momento se rompió.
Un grito de dolor resonó en la cámara. La hermana violenta había sido alcanzada por un corte de Sora, un tajo limpio en el brazo que hizo brotar no sangre, sino un líquido negro y brillante. Retrocedió, sorprendida, su torbellino de rocas deteniéndose un instante.
La hermana tranquila vio. Sintió el dolor de su gemela a través de su conexión mental. Y en ese segundo de distracción, 8-bit actuó.
Un rayo eléctrico, preciso y calculado, impactó en la hermana tranquila. Su cuerpo se arqueó, sus ojos se abrieron desmesuradamente, y antes de que pudiera reaccionar, Kurenai cargó. Una patada giratoria la alcanzó en el pecho, lanzándola contra el suelo de la cámara con un impacto que resonó como un trueno.
Las dos hermanas yacían en el suelo, aturdidas, sus cuerpos humeando ligeramente. Intentaron levantarse, pero ya era tarde.
Ember, Zera, Nexo y Hiro habían terminado con los Crawlers que infestaban los túneles. Ahora rodeaban a las dos figuras caídas, sus armas listas, sus posturas tensas.
—No se muevan —dijo Hiro, su voz metálica y fría.
Las hermanas intentaron levantarse, pero Hiro y Nexo se lanzaron sobre ellas las inmovilizaron.
—¿Como se llaman?— preguntó Nexo abrazando a la violenta contra su pecho, pero ninguna dio respuesta —Ok, ¿ninguna quiere responder? pues hagamos esto: tu eres Foolish (la violenta), y tu Quiet (la tranquila). —¿Que tal? —pregunta Nexo esperando cualquier respuesta.
—Improvisado… pero entendible —responde Zera.
Pero a ninguna de las hermanas parecía importarle, ni siquiera parecían escuchar.
forcejearon, pero estaban demasiado débiles. La violenta rugía, forcejeaba. La tranquila solo miraba, sus ojos verdes fijos en 8-bit con una expresión que nadie supo interpretar.
—¡Suéltenme! —gritó la violenta—. ¡Déjennos! ¡Este es NUESTRO lugar! ¡Nos lo quitaron todo y ahora nos quieren quitar esto también!
—Nadie quiere quitarles nada —dijo Miku, acercándose con cautela—. Solo... solo queremos entender.
—¿Entender? —la violenta rió, un sonido amargo y roto—. ¿Tú? ¿Tú quieres entender? ¡Tú no sabes nada! ¡Nadie sabe nada! ¡Nunca supieron!
Y entonces, ambas comenzaron a hablar. No era un diálogo coordinado; era un torrente, un desborde de años de silencio. Sus voces se superponían, a veces hablando al unísono, otras turnándose, pero siempre contando la misma historia horrible.
—Éramos como tú —dijeron, mirando a Miku, a 8-bit—. Chispas. Del planeta de arriba.
—Solo queríamos jugar. Molestar un poco. No hacíamos daño de verdad.
—Pero ellas... las que querían bajar... se quejaron. Dijeron que éramos un estorbo. Que no las dejábamos en paz.
—Y los mayores... los que mandan... nos castigaron.
—Nos expulsaron. Así, sin más. A la zona más lejana, la que no tiene conexiones. La que no tiene salida.
—Vagamos meses. Sin ver a nadie. Sin hablar con nadie. Solo nosotras.
—Hasta que encontramos la cueva. Y la piedra. Y el polvo negro.
—Y despertamos así.
—Rotas.
—Solas.
—Olvidadas.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier ataque. Todos en la cámara habían desviado la mirada. Nadie podía sostenerles los ojos. Nadie podía enfrentar tanto dolor acumulado.
—Y ahora... —la voz de la violenta se rompió—. Ahora ustedes vienen. A quitarnos esto también. A quitarnos lo único que tenemos.
—No... no queremos quitarles nada —dijo Kurenai, y su voz temblaba—. Solo... solo queríamos ayudar.
—¿Ayudar? —la hermana tranquila habló por primera vez, su voz un susurro—. Nadie nos ayudó entonces. ¿Por qué habrían de hacerlo ahora?
8-bit no pudo responder. Sus ojos, brillantes de lágrimas, solo miraron a Kurenai, que también lloraba en silencio.
Fue entonces cuando 8-bit, con una determinación temblorosa, levantó su arma. Un rayo eléctrico, más suave que el anterior, impactó a ambas hermanas. No para dañar. Para dormirlas.
Cayeron inconscientes, sus cuerpos finalmente en reposo.
—Lo siento —susurró 8-bit, las lágrimas cayendo de sus ojos—. Lo siento mucho.
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El Debate
El grupo se reunió en un lado de la cámara, lejos de las dos figuras caídas. La tensión era palpable, cargada de emociones encontradas.
—No podemos matarlas —dijo Miku, la primera en romper el silencio—. Después de lo que acaban de contar... no podemos.
—Estoy de acuerdo —asintió Nira, su voz grave—. Son víctimas. No monstruos por elección.
—Ellas no eligieron esto —añadió Sora, sus ojos brillantes—. El arriba las falló. Nosotros no podemos fallarles también.
Natsuki suspiró profundamente.
—Entiendo lo que sienten. De verdad. Pero tenemos que ser prácticos. Son peligrosas. Su estado mental... no es estable. Si despiertan y vuelven a atacar...
—¡Entonces las detendremos de nuevo! —interrumpió Kurenai, su voz feroz—. ¡No es su culpa! ¡Cualquiera se volvería así después de lo que pasaron!
—Kurenai... —comenzó Nexo, con cautela—. Nadie dice que sea su culpa. Pero la culpa no importa cuando alguien está en peligro. Si se liberan, ¿cuántas chispas como Sintia podrían terminar muertas en sus manos?
—¡No podemos matarlas! —gritó 8-bit, su voz pequeña pero firme—. ¡No... no puedo! ¡Ya las lastimé! ¡No quiero... no quiero hacer más daño!
Ember, que había permanecido en silencio, habló con una honestidad brutal.
—En mi mundo, a las bestias peligrosas se las mata. Es lo que hacemos. Pero esto... —miró a las hermanas—. Esto no es una bestia. Son niñas. Niñas rotas, pero niñas. No sé si podría hacerlo.
Nexo la miró, sorprendido.
—¿Tú también?
—No soy de piedra, Nexo —respondió Ember, sin rencor—. Solo porque me guste pelear no significa que disfrute matar.
Natsuki y Nexo intercambiaron una mirada. Luego, Natsuki habló:
—Matarlas no es una opción. Eso está claro. Pero tampoco podemos dejarlas libres. Su estado mental las hace un peligro para cualquiera que caiga aquí.
—¿Y llevárnoslas? —preguntó Sora con esperanza.
—Imposible —respondió Hiro, su voz metálica pero no cruel—. Su inestabilidad es impredecible. En el campamento, con los recursos limitados, serían una amenaza constante. Para nosotros y para ellas mismas.
Zera asintió, apoyando el análisis.
—La opción lógica es... dejarlas aquí.
Hubo un silencio. Luego, otro. Y otro.
—¿Dejarlas? —la voz de Kurenai era apenas un susurro—. ¿Encerrarlas otra vez? ¿Como hicieron con ellas antes?
—No es lo mismo —dijo Natsuki, y por primera vez, su voz sonó insegura—. Esto es... diferente.
—¿Diferente? —8-bit levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas—. Las estamos encerrando en el único lugar que tienen. Su hogar. Lo único que les queda. ¿Y vamos a convertirlo en su cárcel?
—No tenemos otra opción —respondió Nexo, y aunque sus palabras eran lógicas, su rostro mostraba el dolor de decirlas—. Créeme, si hubiera otra, la tomaría. Pero no la hay.
Miku miró a las hermanas. Luego a Hiro. Luego a Natsuki.
—¿Esto es lo que significa ser líder? —preguntó—. ¿Tomar decisiones que duelen?
—Sí —respondió Natsuki, su voz quebrada—. Y ojalá no tuviera que hacerlo nunca más.
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El Sello
Trabajaron rápido. Hiro, ocupando algo de líquido primordial, y 8-bit, a pesar de sus lágrimas, diseñaron un sello que aislaría la cámara del resto del mundo. Natsuki y Nexo supervisaron la estructura, asegurándose de que fuera estable y duradera. Los demás, en silencio, prepararon el ritual.
Cuando todo estuvo listo, se reunieron frente a la entrada de la cámara. Las hermanas aún yacían inconscientes, sus pechos subiendo y bajando con un ritmo que parecía casi humano.
—¿Seguro que despertarán? —preguntó Sora.
—Sí —respondió Hiro—. El sello no las dañará. Solo... las contendrá.
Kurenai se arrodilló frente a ellas, sus ojos recorriendo sus rostros.
—Lo siento —susurró—. Lo siento mucho. Ojalá... ojalá pudiéramos hacer más.
8-bit flotó a su lado, tomando su mano.
—No es tu culpa —dijo—. No es culpa de nadie. Solo... así es a veces.
Miku se acercó y puso una mano en el hombro de Kurenai.
—Las recordaremos —dijo—. Y si algún día... si algún día podemos volver, lo haremos. Y las sacaremos de aquí.
Nira asintió, una promesa silenciosa.
—Ahora no. Pero quizás... quizás más adelante.
Natsuki respiró hondo y dio la orden.
—Activen el sello.
Hiro y 8-bit ejecutaron el protocolo. Una pared de energía translúcida, apenas visible, comenzó a formarse en la entrada de la cámara. Lentamente, cubrió el hueco, aislándolas del exterior.
En el último momento, antes de que el sello se cerrara por completo, la hermana tranquila "Quiet" abrió los ojos. Solo un instante. Sus ojos verdes se encontraron con los de 8-bit.
Y en ellos, por primera vez, no hubo odio. Solo... una pregunta silenciosa.
¿Por qué?
8-bit no pudo responder. El sello se cerró, y las hermanas desaparecieron de su vista.
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El viaje de vuelta fue en silencio. Nadie habló. Nadie podía.
Cuando llegaron al campamento, la noche había caído. El cristal de Miku brillaba como siempre, pero su luz parecía más tenue, más triste.
Kurenai se sentó contra un árbol, abrazándose las rodillas. 8-bit flotó a su lado, en silencio. Miku y Sora se sentaron cerca, sin decir nada.
Nira se quedó de pie, mirando al horizonte. Ember, a su lado, imitó su postura.
Nexo y Natsuki se sentaron juntos, agotados no física, sino emocionalmente.
Hiro y Zera, como siempre, hicieron guardia. Pero esta vez, sus ojos no buscaban enemigos. Solo miraban hacia atrás, hacia el lugar donde habían dejado a dos almas rotas.
—¿Hicimos lo correcto? —preguntó Sora en voz baja.
Nadie respondió. Porque nadie lo sabía.
—Hicimos lo que pudimos —dijo Miku al fin, su voz apenas un susurro—. Con lo que teníamos. Con lo que sabíamos. Y a veces... a veces eso es suficiente.
—¿Y si no lo es? —preguntó 8-bit, sus ojos aún húmedos—. ¿Y si no es suficiente nunca?
Miku no tuvo respuesta.
Kurenai la abrazó, apretándola contra sí.
—Entonces lo intentaremos de nuevo —dijo—. Siempre. Hasta que lo sea.
La noche cayó sobre el campamento. Diez figuras, marcadas no por la batalla, sino por la compasión y la impotencia, velaban en silencio. Afuera, en la cueva sellada, dos hermanas dormían, soñando quizás con un mundo que nunca las aceptó.
Y en algún lugar, en lo más profundo del Virtual World, algo más esperaba. Algo que ni siquiera ellas, las desterradas, podían imaginar.
Pero eso sería otra historia.