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Capítulo 34: El Eco De Una Elección

Virtual World Temporada 1 · por Yovannyx4gl · 04 de agosto de 2026

El aire se congeló. El mundo se redujo a dos pares de ojos escarlatas que se reflejaban en la oscuridad, uno lleno de una calma antinatural y el otro con una alerta que se transformaba rápidamente en reconocimiento y alarma.

Nira no se movió. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso como un resorte, su mano derecha agarrando con fuerza el mango de su katana sin aún desenvainarla. Cada instinto guerrero le gritaba que esta era la amenaza que habían estado esperando.

—Tú… —logró decir Nira, su voz un susurro áspero que apenas perturbó el silencio de la noche.

La figura de oscuridad sonrió, un gesto frío que no alcanzó sus ojos de rubí líquido. —Yo —confirmó una voz que era un eco distorsionado, como si miles de susurros se unieran en uno—. Puedes llamarme Koukai. Es el nombre que me di cuando comprendí la verdad.

En ese instante, un movimiento en el rabillo del ojo de Nira traicionó su concentración. El pequeño Crawler que había perseguido emergió de entre unas ruinas cercanas, pero ya no huía. Su cuerpo corrupto brillaba con una luz interna siniestra, pulsando de manera irregular y peligrosa. Se lanzó hacia Nira no para morder, sino como un proyectil inestable.

Fue una distracción de una fracción de segundo, pero suficiente.

Nira, forzada a dividir su atención, giró ligeramente para evadir el Crawler kamikaze. Fue entonces cuando Koukai se movió. No fue un ataque complejo; fue un simple, brutal y perfectamente calculado barrido a sus piernas, aprovechando el microsegundo de desequilibrio. El mundo de Nira se volteó. El impacto contra el suelo fue seco, quitándole el aire. Antes de que pudiera reaccionar, Koukai estaba sobre ella, un pie presionando su brazo de la espada con una fuerza inmensa, y un sable hecho de la misma oscuridad que la componía apuntando directamente a su garganta.

—Tan predecible —murmuró Koukai, su voz goteando desprecio—. La guerrera perfecta, cayendo ante un truco tan sencillo. La ironía es deliciosa.

Nira forcejeó, pero la presión era absoluta. Sus ojos, llenos de furia, se encontraron con los de su captora.

—¿Por qué? —exhaló Nira, luchando por respirar.

—¿Por qué? —Koukai rió, un sonido amargo y hueco—. Porque él me concibió primero. A mí. —Su voz perdió por un momento su frialdad, ganando un tono cargado de una herida antigua—. Pasó noches enteras dándome forma en su mente. Soñó con una compañera para su Kaelan. Yo fui ese sueño. Pero… —La punta del sable se acercó milímetros a la piel de Nira—. Fallé. Mis pasos se torcían, mi espada no obedecía a su voluntad, mi corazón de batalla no latía con la fuerza que él esperaba. Y en lugar de pulirme, de enseñarme… me desechó. Como se bota un arma defectuosa. Me arrojó al olvido, a un vacío donde los días no tenían fin.

Nira escuchaba, paralizada no por la hoja, sino por la historia.

—Pasé una eternidad allí —continuó Koukai, su mirada perdida en un recuerdo amargo—. Hasta que la misma Corrupción que ustedes combaten, irónicamente, me liberó. Una de esas criaturas rompió las paredes de mi prisión. Aprendí a sobrevivir en ese bosque enfermo, volviéndome más fuerte con cada bestia que derrotaba, completando con mi propia lucha lo que él no quiso terminar. Y un día, por un incidente algo vergonzoso, la oscuridad dejó de verme como un enemigo. Se volvió parte de mí. Llenó los huecos que él dejó en mi ser. Me hizo… casi completa. —Su mirada se clavó de nuevo en Nira—. Y entonces los vi. A él, a Kaelan, mi creador… y a ti. A la que sí funcionó. A la que tomó mi lugar. Escuché tu nombre, 'Nira', un nombre que en mis recuerdos rotos sentía mío. Y lo supe. Él no solo me abandonó; te creó a ti para ocupar el espacio que debería haber sido mío.

Nira sintió que el suelo se abría bajo ella. La entidad, Koukai, no era un monstruo cualquiera. Era un fantasma, sí, pero el fantasma de lo que ella misma pudo haber sido. Era su propio reflejo distorsionado en un espejo roto. El shock la inundó, silenciando su furia, reemplazándola con una conmoción profunda e incómoda.

—No… no quiero matarte —dijo Koukai, su voz recuperando una calma espeluznante—. Eso sería un desperdicio. Al fin y al cabo, salimos de la misma mano, forjadas con el mismo propósito. Dos mitades de un todo que nunca debió ser partido. —Se inclinó ligeramente—. Úneteme a mí. Funde tu alma con la mía. Juntas seremos la compañera que él siempre quiso. La que yo debí ser, con tu perfección y mi… fortaleza ganada con dolor.

—No —la voz de Nira era firme, a pesar de su posición—. No se puede reparar lo que se rompió con intención. Yo no soy tú. Y tú no eres yo.

—Te equivocas —cortó Koukai, un destello de ira en sus ojos—. Caminos diferentes, sí. Pero la fuente es la misma. La misma mano nos esculpió. Y esta unión… no es una petición. —Levantó su sable, la oscuridad concentrándose en el filo—. Muerta, será más fácil hacerte parte de mí.

El sable descendió.

¡CRAC!

No impactó contra Nira. Un golpe repentino y brutal en la espalda de Koukai la envió volando varios metros hacia adelante, haciéndola rodar por el suelo con un gruñido de sorpresa y dolor. Kurenai, con las garras desenvainadas y los ojos brillando con rabia felina, rugió entre dientes.

—¡Nadie toca a mi hermana!

En el mismo instante, un estruendo de energía iluminó la noche. Un disparo de plasma concentrado de Hiro y un rayo de energía pura de Zera impactaron en el lugar donde Koukai acababa de caer, levantando una nube de polvo digital y escombros. El ataque fue tan rápido y coordinado que no dejó espacio para la réplica.

Natsuki y Miku corrieron hacia Nira, ayudándola a ponerse de pie. La guerrera estaba temblorosa, más por la revelación que por la caída. Sus ojos no se apartaban de la nube de polvo.

Hiro se colocó frente al grupo, sus ópticas escaneando intensamente. —Firma confirmada. Es la entidad de Aethelgard.

La polvareda se disipó. Koukai estaba de pie, algo chamuscada en un hombro pero intacta. Su mirada, lejos de mostrar enojo, brillaba con una curiosidad intensa y retorcida. Recorrió al grupo uno por uno.

—Qué grupo tan… fascinante —musitó, su voz recuperando su eco múltiple—. El hombre de metal, tan frío y calculador. La niña de la canción, un espíritu hecho de luz pura. Y la otra… una mezcla de esencia original y poder tomado de otros. —Su mirada se posó finalmente en Natsuki, que la observaba con una mezcla de horror y culpa—. Y tú, Creador. O debería decir… Kaelan. —Natsuki se puso rígido—. No, ese nombre ya no vive en ti, ¿verdad? Muy bien. Creador, entonces.

—Escucha, yo… —empezó Natsuki, su voz quebrada—. No lo recordaba. Lo juro. No supe que estabas…

—¡Cállate! —lo interrumpió Koukai, y por primera vez su voz mostró un verdadero dolor—. ¿Crees que quiero tus disculpas? ¡Fui yo quien falló! ¡Yo no fui lo suficientemente buena para ti! ¡Yo soy la que debería disculparse por no haber sido la obra perfecta que merecías!

El grito, cargado de una angustia genuina y siglos de abandono, golpeó a todos con una fuerza física. Natsuki palideció. Hiro apretó los puños. Miku llevó una mano a su boca. Hasta Kurenai bajó sus garras, confundida por la emoción cruda.

—No es así —dijo Miku, su voz suave pero firme—. No tienes que hacer esto, puedes quedarte con nosotros. No tiene que ser así.

—Sí —agregó Kurenai—. No hay necesidad de pelear

—No tiene sentido que seamos enemigos —añadió Zera, con sincera confusión.

Koukai los observó a todos, y una tristeza infinita nubló sus ojos escarlatas por un segundo antes de que el rencor la opacara de nuevo.

—No —negó, con una calma final—. No pueden haber dos. —Señaló a Nira—. Solo puede haber una. Y ya han hecho su elección. —Su mirada barrió al grupo—. No se escondan. No los atacaré aquí, en su guarida. Pero sepan esto: estoy segura de que tarde o temprano, serán ustedes quienes vendrán a buscarme. —Una sonrisa fría se dibujó en sus labios—. Y si en algo me parezco a mi… versión mejorada, es que siempre, siempre, cumplo mis promesas.

Antes de que alguien pudiera responder, sus ojos pasaron de rojo a un intenso morado mientras su cuerpo comenzó a desmaterializarse, disolviéndose en partículas de oscuridad que la noche se tragó. No había rastro que seguir, solo su amenaza flotando en el aire.

Nadie la persiguió. La conmoción era demasiado grande. Se volvieron hacia Nira, que seguía temblando. Cuando Natsuki se acercó, vio que sus mejillas estaban húmedas. Sus ojos, siempre tan firmes, estaban llenos de lágrimas silenciosas.

—¿Por qué… por qué no me lo dijiste? —susurró Nira, su voz quebrada por una emoción que rara vez mostraba—. ¿Por qué no me dijiste que yo no fui la primera?

Natsuki sintió que se le encogía el corazón. —Nira, yo… no lo recordaba. Te lo juro. Solo hasta hace poco, buscando en los archivos, supe que existía. Yo…

Ella no le permitió terminar. Interrumpió sus titubeos enterrando su rostro en su torso, aferrándose a él como si fuera un ancla en un mar de confusión. Natsuki, tras un momento de sorpresa, la rodeó con sus brazos, acunándola en un abrazo silencioso mientras ella dejaba escapar, por primera vez, el peso de una existencia que acababa de descubrir que estaba construida sobre las ruinas de otra.

Los demás observaron en un respetuoso y sombrío silencio. Fue Hiro quien, finalmente, rompió el hechizo.

—Es tarde —dijo, su voz más suave de lo habitual—. Y aunque haya hecho una promesa, la confianza es un lujo que no podemos permitirnos. Debemos regresar.

Natsuki y Nira se separaron lentamente del abrazo. Él enjugó sus lágrimas con el pulgar, un gesto de una ternura que nadie le conocía. Ella asintió, secándose los ojos con el dorso de la mano con determinación, recomponiendo su máscara de guerrera, aunque ahora agrietada.

Sin decir una palabra más, Natsuki tomó la delantera, y Nira caminó a su lado, su hombro rozando el de él. Miku, Hiro, Zera y Kurenai los siguieron, formando una guardia silenciosa a su alrededor. Regresaron a la base bajo la fría luz de las estrellas digitales, la paz de la noche irrevocablemente quebrada, cargando no solo con la amenaza de un enemigo, sino con el eco perturbador de una verdad que cambiaba para siempre la forma en que se veían a sí mismos.

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