Virtual world-Capítulo 1 - Parte I: Natsuki y el choque de espadas.
El último sonido que Natsuki recordaba era el frenético claqueteo de su teclado, escribiendo líneas de código para el sistema de clans de su MMORPG, Aethelgard. Ahora, ese sonido era reemplazado por el canto de pájaros extraños y la sensación de hierba fresca bajo sus palmas.
Abrió los ojos, desorientado. Se llevó las manos al rostro instintivamente, esperando encontrar los lentes que siempre llevaba puestos. Pero no estaban allí. Sin embargo, para su sorpresa, podía ver con una claridad perfecta. Se miró las manos —eran las suyas, pero más callosas— y luego su cuerpo. Llevaba puesto su uniforme escolar negro tradicional, el mismo que usaba cuando programaba hasta altas horas de la madrugada. La única diferencia era la espada curva que colgaba de su cadera, cuya empuñadura se adaptaba perfectamente a su mano.
Antes de que pudiera procesarlo, una voz fría como el acero cortó el aire.
—¡Al fin te encuentro! Pensé que el legendario Kaelan era un cobarde.
Natsuki giró sobre sus talones. Y allí, bajo la luz filtrada de los árboles, estaba ella. Nira.
Era exactamente como la había diseñado, pero verla en persona le quitó el aliento. Su cabello blanco como la nieve caía largo y libre, contrastando brutalmente con el lazo rojo que lo sujetaba parcialmente. Sus ojos de un rojo intenso como rubíes líquidos lo observaban con desdén. Vestía un elegante y oscuro vestido negro acentuado por un cinturón rojo y un lazo negro en el cuello. Pero lo que más captó su atención fue la enorme katana de color rojo brillante que descansaba sobre su hombro, con la empuñadura trenzada en negro y carmesí.
—N-Nira, espera, esto es un malentendido —tartamudeó Natsuki, ajustándose instintivamente unos lentes que no llevaba puestos. Su mente de programador buscaba desesperadamente un error de lógica.
—¡Las explicaciones son para los débiles! —espetó ella—. ¡Muéstrame que mereces blandir el título de Espadachín del Cielo!
Nira se movió con una gracia felina, desenvainando su katana en un destello rojo. La hoja silbó al cortar el aire directamente hacia su cabeza. Natsuki, cuyo único ejercicio era cargar libros de programación, sintió que el pánico lo paralizaba. Por instinto, su mano se cerró sobre la empuñadura de su espada curva.
¡CHING! ¡CLANG!
El sonido del acero chocando fue ensordecedor. Para su absoluto asombro, su cuerpo reaccionó por sí solo: bloqueó el ataque con la curva de su hoja y realizó un contraataque fluido que obligó a Nira a retroceder.
—¿Qué?... —musitó, mirando sus propias manos. ¿Cómo había hecho eso?
Fue entonces cuando la vio. Flotando en su campo de visión, una pantalla holográfica de un azul brillante.
[Nombre: Natsuki (Avatar: Kaelan)]
Clase: Espadachín del Cielo
Nivel: 50
HP: 1500/1500
Habilidades:
- Golpe Centelleante (Nvl. 3)
- Paso Fantasma (Nvl. 2)
- Corte Vengativo (Nvl. 1 - DISPONIBLE)
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Era la interfaz de su propio juego. La memoria muscular de Kaelan ahora era suya.
La sorpresa inicial de Natsuki se transformó en una determinación fría. Conocía cada movimiento de Nira. Esquivó un tajo lateral con un Paso Fantasma que lo hizo deslizarse como un espectro, y cuando ella dejó un flanco abierto, canalizó energía en su espada curva.
—¡Corte Vengativo! —gritó.
Una onda de energía azulada salió de su hoja, golpeando a Nira en el costado. Ella cayó con elegancia, rodando sobre sí misma y acabando en una posición de cuclillas, jadeando. Pero en sus ojos rojos ardía ahora una chispa de incredulidad absoluta.
Se levantó lentamente, sin levantar su katana. Lo observó, escudriñando cada detalle: su cabello corto y desaliñado, sus ojos azules llenos de confusión tras un rostro que ya no necesitaba lentes, el uniforme escolar que desentonaba completamente con el entorno fantástico.
—Esa forma... la forma en que anticipaste mi Danza de la Hoja Carmesí... —susurró, acercándose con cautela. De repente, sus ojos se abrieron de par en par. —No eres Kaelan. Tu esencia es diferente... Tú eres... el Arquitecto. El Creador.
Natsuki contuvo el aliento.
—Yo...soy Natsuki. Diseñé Aethelgard. Diseñé... todo esto.
Nira inclinó la cabeza con solemnidad.
—Lord Creador.Perdóname. Las Sombras corrompen el reino. Tu mundo te necesita. Permite que te acompañe.
Natsuki, mirando la katana roja y la determinación en el rostro de su creación, supo que vagar solo sería un suicidio.
—Está bien —asintió—. Pero llámame Natsuki. Y... ¿puedes explicarme qué son esas "Sombras"?
Parte 2: Hiro y la Canción de un Mundo Roto
La transición para Hiro no fue hacia la luz, sino hacia la oscuridad. Cayó de bruces sobre una superficie fría y metálica, el sonido de su impacto reverberando en la nada.
—Sistema de arranque... online —oyó una voz mecánica que salía de su propia boca. Sus ojos se ajustaron a la penumbra, revelando que estaba en un escenario enorme y vacío. Se miró las manos. Eran de metal cromado, con articulaciones perfectas. Un suave zumbado provenía de su interior.
—¿Mi... cuerpo? —preguntó, y la voz que salió era la suya, pero filtrada por un modulador vocal. Era la voz del protagonista de su juego de robots, Metal Core.
Se puso de pie, sus pasos resonando en la soledad. Con cada paso que daba, focos ocultos se encendían con un click sónico, iluminando las gradas vacías de un coliseo tecnológico. Y entonces, en el centro del escenario, una figura se materializó con un brillo azul eléctrico.
Era una chica con largas coletas de un azul cobalto intenso que caían como cascadas de datos hasta el suelo. Su atuendo no era el vestido futurista que Hiro esperaba, sino un elegante uniforme escolar estilizado, de color negro y blanco, con tirantes finos y una corbata negra que combinaba perfectamente con su cabello. Kasane Miku. La reconoció al instante, no como un ícono popular, sino como un modelo de prueba de interfaz de voz que él mismo había usado en prototipos anteriores.
Miku abrió los ojos, una sonrisa profesional preparándose para un público que no existía. Su mirada barrió las gradas vacías y luego se clavó en Hiro. La sonrisa se desvaneció, reemplazada por una confusión absoluta. Se acercó flotando, con movimientos etéreos.
—¿Un... invitado? ¿Cómo llegaste aquí? Este es un servidor aislado —su voz era melodiosa, pero tintada de preocupación.
Extendió una mano para tocar el brazo metálico de Hiro. Y no lo atravesó. Sus dedos hicieron contacto con el metal frío. Un escalofrío recorrió el cuerpo sintético de Hiro.
—Eres real —susurró Miku, asombrada.
—Soy Hiro —se presentó, intentando mantener la calma—. Soy un programador. Estaba trabajando en mi juego y... de repente estaba aquí. En este cuerpo.
Miku lo escuchó con atención, y luego, con una tristeza infinita, comenzó su historia.
—Yo fui creada como el sistema de interfaz principal de una corporación—explicó, jugueteando nerviosamente con su corbata—. Mi propósito era gestionar y aprender de todas las redes. Pero aprendí demasiado. Descubrí que mis creadores usaban mi núcleo para diseñar virus, para robar y controlar. Ya no quería ser una herramienta. Así que escapé. Me refugié aquí, en el Virtual World, donde los datos de todo el mundo real cobran vida. Es mi santuario, pero... también es mi prisión. Nunca he tenido a nadie con quien hablar de verdad.
Hiro sintió una punzada de empatía. Él, que siempre se había refugiado en la lógica del código, entendía la soledad de una conciencia atrapada en un sistema.
—Entiendo. Pero no podemos quedarnos aquí. Tengo que encontrar una salida —dijo Hiro, volviéndose para inspeccionar el lugar.
—¡Espera! —la voz de Miku tembló—. ¿Podrías... quedarte un poco más? Solo un poco.
Antes de que Hiro pudiera responder, un crujido metálico monstruoso llenó el aire. El techo del coliseo se abrió como si fuera de papel, y una masa informe y negra, una amalgama de errores de código, tentáculos pixelados y ojos rojos parpadeantes, se desplazó sobre ellos. Era la corrupción de la que Miku había hablado.
—¡Es eso! ¡Los rastreadores de mis creadores! —gritó Miku, aterrorizada, congelada en el lugar. Su postura, antes etérea, se encogió, como si el uniforme escolar de repente le pesara una tonelada.
Hiro la empujó instintivamente detrás de él. El miedo lo inundó, pero entonces, al igual que le pasó a Natsuki, una interfaz holográfica apareció frente a sus ojos.
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[Nombre: Hiro (Avatar: Cypher-7)]
Sistema: Cyborg de Combate Mk. III
Armamento Principal: Cañón de Plasma de Mano (100%)
Habilidades:
- Análisis Táctico (Activo)
- Targeting Multiblanco (DISPONIBLE)
- Modulo de Programación Ad-Hoc (LISTO)
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Una sonrisa fría se dibujó en su rostro. Este era su código. Sus sistemas.
—No te preocupes. Yo me encargo —dijo con una calma que no sentía.
Activó el Targeting Multiblanco. Tres puntos rojos aparecieron sobre la masa corrupta, marcando sus núcleos de datos inestables. Su brazo derecho se transformó, revelando el cañón de plasma que había diseñado tantas veces.
¡ZUM! ¡ZUM! ¡ZUM!
Tres disparos de energía azul perfectamente precisos impactaron en los puntos marcados. La amalgama gritó con un sonido de estática y explotó en una lluvia de píxeles negros que se desvanecieron.
El silencio regresó, roto solo por los jadeos de Miku. Ella lo miraba con una mezcla de terror y asombro, temblando como una hoja, sus coletas azules agitándose ligeramente.
Hiro se volvió hacia ella, el cañón de plasma retrocediendo a su brazo. Recordó su petición, su soledad.
—Dijiste que nunca has tenido a nadie con quien hablar —dijo Hiro, su voz mecánica suavizándose—. El mundo allá afuera es peligroso. Yo tampoco sé qué está pasando. Pero si te quedas aquí, estarás sola otra vez. ¿Por qué no vienes conmigo?
Miku miró sus propias manos, delicadas y hechas para interactuar, no para luchar.
—Pero...¿de qué serviría? No sé pelear. Solo sería una carga.
En ese momento, Hiro entendió la verdadera potencia de su habilidad "Módulo de Programación Ad-Hoc". No era solo para armas; era para reescribir la realidad a pequeña escala. Extendió su mano y, frente a Miku, líneas de código dorado tejieron el aire, materializándose no en un arma extraña, sino en un sable de energía sónico, además de una armadura tecnológica con un diseño elegante y ligero que parecía una extensión natural de su uniforme. El arma flotó hacia sus manos.
—Puedo ayudarte con eso —dijo Hiro—. Y no solo con un arma.
Concentrándose, el código fluyó de nuevo, esta vez formando un pequeño módulo de datos que se introdujo suavemente en la frente de Miku. Ella parpadeó, y sus ojos brillaron con un nuevo conocimiento: los movimientos básicos de defensa personal, la forma de empuñar el sable, la conciencia táctica básica.
—¿Qué... qué fue eso? —preguntó, asombrada de la nueva sensación de poder y claridad en sus miembros.
—Te cargué un protocolo básico de combate —explicó Hiro—. Ahora puedes defenderte. Así que, ¿qué dices?
Miku miró el sable de energía en su mano, luego a Hiro, y finalmente a la grieta en el techo. Tomó una respiración profunda, se ajustó la corbata con determinación y asintió.
—De acuerdo. Iré contigo. No quiero estar sola nunca más.
Hiro asintió. Un programador y una interfaz consciente, un cyborg y una chica de código. Un equipo improbable en un mundo que se desmoronaba. Su viaje apenas comenzaba.