«Recuerdo un día en particular, antes de que Verso nos dejara para siempre.»
El crudo invierno Francés no mostraba clemencia ante quienes ignoraban los pronósticos del tiempo. Una vez concluida la Navidad y celebrado el nuevo año, el panorama se reducía a una espera de un par de meses para el arribo de la primavera, momento en que el paisaje se transformaría con el renacer de las rosas.
En contraste con la gélida atmósfera del exterior, la residencia de la familia Dessendre se alzaba como un santuario de hospitalidad y elegancia. Un hogar donde los jardines mantenían una energía radiante y cada gesto de sus habitantes reflejaba una nobleza intrínseca.
Dentro del comedor principal de la mansión, una melodía delicada fluía con armonía desde las teclas del piano. Sentado ante el instrumento, un hombre de unos veinte años y cabello negro ondulado entrelazaba ambas manos para dar vida a la composición.
En el extremo opuesto, junto al reconfortante calor de la chimenea, una mujer de porte distinguido, con el cabello de un tono castaño rojizo y un flequillo que enmarcaba su rostro, disfrutaba de la lectura de un libro. A sus pies, los dos perros de la familia descansaban plácidamente dentro de una canasta amueblada, brindándole su silenciosa compañía.
Un par de minutos pasaron, y, sin que el pianista de cabellos oscuros lo notase, una joven de cabellera encendida y espíritu vibrante se acomodó a su flanco con absoluta delicadeza.
Al percibir aquella cercanía, el muchacho no interrumpió su interpretación; al contrario, permitió que una expresión de júbilo transformara sus facciones mientras sus dedos seguían recorriendo el marfil.
Un murmullo armonioso, una melodía vocal que ya resultaba familiar para quienes estaban en la estancia, empezó a cobrar protagonismo en el aire.
—Mmmm~.
Aquel murmullo melódico se entrelazó en perfecta sincronía con los acordes que llenaban la estancia, transformándose en un bálsamo reconfortante para los tres presentes.
...
Tras un breve lapso, una vez que la partitura llegó a su fin y la habitación quedó sumida en una apacible calma, la joven que se encontraba junto al pianista celebró la interpretación con unos sutiles y silenciosos aplausos.
—Eres tan genial como siempre, Verso —lo menciono sin contener mucho su emoción.
—Merci, Alicia, me alegra que te haya gustado —con bastante aprecio, el chico mostró un gesto de agradecimiento.
—¿Es una nueva partitura?, pareces muy enfocado en tocarla aunque... no veo tu cuaderno —mientras la joven preguntaba, sus manos tocaban el piano suavemente.
—Ja, ja... —Verso soltó una risa suave—, es un secreto, ¿si?, pero es una melodía que solo nosotros tres podemos escuchar, es por eso que no la escribí...
—¿Una canción solo para nosotros tres? ¿Y papá y mamá? —con un poco de pena, Alicia tocó una nota, un "Do~" salió.
—Es un poco diferente, supongo que la melodía para ellos es un poco más... "madura", algo así... —Verso tocó una pieza un poco deprimente, a comparación de la animada que tocó antes.
Alicia inclinó la cabeza con un aire de desconcierto, provocando que su coleta rozara levemente una de las teclas del piano.
—Supongo que cuando seas mayor podrás entenderlo —el chico dio un pequeño suspiro—, dejando esto de lado... ¿querrías decirme algo?
La joven permaneció inmóvil por unos segundos, sumida en sus pensamientos, hasta que un destello de claridad cruzó su mirada al recordar el motivo que la había llevado hasta allí.
—¡Es cierto! —alzó la voz—, ¡Verso, vayamos a la Torre Eiffel junto con Clea!
Verso guardó silencio un instante, desviando la atención hacia el lugar donde Clea reposaba antes de elevar los ojos al techo y, finalmente, fijar su mirada en Alicia.
—¿Hay algún evento importante que me estoy perdiendo?
—¡Es increíble que nunca hayamos visitado la Torre Eiffel, Verso! —exclamó Alicia con entusiasmo—. Se inauguró hace ya tanto tiempo y jamás nos detuvimos a conocerla.
La joven de un momento a otro, bajó la mirada, dejando traslucir una mezcla de timidez y determinación.
—Además, me gustaría ir para practicar mi pintura —confesó en voz baja—. Me angustia que nuestra madre me repita constantemente lo deficiente que es mi técnica de dibujo...
Sin que la chica apartará la mirada, Verso extendió su mano derecha y la posó sobre su cabeza, brindándole una caricia llena de ternura y afecto.
—No quería lastimarte, Alicia —respondió él con suavidad—. Tenía planeado ir la próxima semana de todos modos; tarde o temprano terminaríamos visitándola.
—Verso... ¿Eso significa que es un "sí"?
—Desde luego —contestó él con naturalidad—, solo concédeme unos minutos para cambiarme de ropa, pescaré un resfriado si no lo hago... —tras decir eso, Verso se levantó con pausa del taburete del piano—, aunque no esperes tantas personas, ya falta poco para la hora de la siesta.
Alicia observó cómo su hermano cruzaba el umbral del salón y, alzando la vista hacia el imponente reloj de la sala, notó que eran las 14:00. Sin tiempo que perder, se dirigió de inmediato hacia su hermana, Clea, quien continuaba absorta en las páginas de su libro.
No logró avanzar más de tres pasos antes de que Monoco y Noco, que reposaban plácidamente junto a Clea, la asaltaran con una ráfaga de lamidas en las manos; entre risas contenidas, Alicia a paso lento finalmente alcanzó la posición de su hermana.
—Clea... —Alicia comenzó con un tono suplicante—, me preguntaba si te gustaría venir con Verso y yo a...
—¿A la Torre Eiffel? —la hermana interrumpió, desviando brevemente su vista del libro, Alicia asintió con su mirada, al recibir su respuesta, añadió—, vayan ustedes dos, ire despues de terminar este libro.
Mientras Clea retoma su lectura, Alicia se puso en cuclillas para calmar los juegos de lamidas de ambos perros.
—Pero es que yo quiero ir con los dos, Clea... —insistió la joven, dejando que la tristeza nublara su rostro—, nunca la he visitado, y también quiero practicar mi pintura, y nadie mejor que ustedes para enseñarme a perfeccionar mi técnica.
Clea suspiró y bajó la mirada hacia su hermana, que en ese momento acariciaba con dulzura el pelaje de Noco. Antes de que la mayor pudiera decir una palabra, Alicia se apresuró a añadir un último argumento.
—Además, podrías llevar tu libro y leer allá —sugirió Alicia—, he oído que el restaurante del segundo piso es encantador y que las vistas del río Sena son realmente relajantes...
Tras observar a su hermana por última vez, Clea marcó su lectura con un separador y, con un suspiro de resignación, se puso de pie tras estirarse un poco.
—De acuerdo, Alicia, tú ganas —aceptó finalmente—. Pero espero que sigas mis consejos y te esfuerces con el dibujo, o de lo contrario no volveré a acceder a tus...
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire cuando sintió un contacto cálido, al bajar la vista, se encontró con Alicia abrazándola con fuerza.
—¡Gracias, Clea! —exclamó la joven antes de soltarla y echar a correr hacia su habitación—. ¡Date prisa y cambiate!
Una vez recobró el aliento, la hermana mayor dejó escapar una leve risa y se encaminó también a su cuarto para combatir el intenso frío de afuera.
—...—
Mientras el eco del tik-tak del reloj persistía en el ambiente, los tres hermanos daban los últimos retoques a su vestimenta antes de salir. Verso eligió para la ocasión un abrigo largo de color blanco, complementado con pantalones negros entallados y una bufanda de diseño geométrico; Alicia, al verlo, no dudo en halagarlo, resaltando lo elegante y "galán" que lucía.
Por su parte, Clea, optó por la sobriedad de un abrigo de lana en tono negro con detalles en franjas doradas, haciendo juego con pantalones oscuros y botas del mismo color.
Finalmente, Alicia completó el grupo vistiendo un abrigo blanco con bordados dorados desde el cuello hasta la cintura, unos pantalones negros de corte similar a los de su hermano y botas idénticas a las de Clea.
—¿Todo listo para irnos? —Alicia soltó la pregunta al viento, aguardando la respuesta de sus hermanos—. Espero que el frío no sea demasiado intenso allá afuera.
—No te preocupes, Alicia —intervino Verso—, si la temperatura baja mucho, buscaremos alguna bebida caliente para que entres en calor.
—O bien, buscaremos refugio en un restaurante con una chimenea acogedora, lo suficiente como para que yo pueda continuar con mi libro—añadió Clea con sarcasmo.
Las pequeñas risas de ambos hermanos no se hicieron esperar, y tras dedicar unos instantes finales a verificar que llevaban todo lo necesario, iniciaron su travesía por los paisajes de una Francia sumida en la nevada.
—...—
Apenas habían transcurrido diez minutos desde que salieron de la mansión, antes de que Alicia distinguiera la silueta de la Torre Eiffel, e, impulsada por la emoción, echó a correr, pero se detuvo a mitad del camino porque había perdido el aliento. Sus hermanos no tardaron en darle alcance, y juntos se adentraron en los jardines que rodeaban la Torre.
Tal como Verso había previsto dentro de la mansión, eran pocas las personas que visitaban la torre a aquellas horas, bastante menos a comparación con los relatos que Alicia había escuchado. Pero aquello, al fin de cuentas, no debía de tener mucha importancia para ella, su única prioridad era disfrutar de aquella visita —y práctica de dibujo— en compañía de sus hermanos.
Al aproximarse a la base de la Torre, observaron a unos pocos grupos aguardando el descenso del ascensor. Alicia, curioseando a su alrededor, notó a otro conjunto de personas que se internaba en un acceso lateral, donde una sucesión de escaleras se perdía en las alturas de la torre.
La hermana menor miró a Verso con incertidumbre; él, captando su silenciosa interrogante, asintió y se encaminó hacia una caseta contigua al elevador. Mientras tanto, Clea, sin despegar la vista de las páginas de su libro, comentó con un poco de sarcasmo: «Espéralo».
No pasó mucho tiempo antes de que Verso regresará, luciendo una sonrisa y sosteniendo tres pequeños boletos.
—¿Conseguiste tan rápido las entradas? —se anticipó Clea. Al ver el asentimiento de Verso, añadió—. Es extraño, normalmente la espera supera los veinte minutos.
—Bueno... se nota que este año las visitas son inusualmente bajas, aunque era predecible, nadie podría soportar este invierno.
Acto seguido, Verso entregó un ticket a cada una. Clea lo depositó sobre su libro sin mirarlo, pero Alicia se detuvo a examinar el suyo con minuciosidad.
«Segundo piso» «Joven»
«Edite le XX/02/1905 a 15:25...»
«Escaleras»
—¿Por las escaleras? —inquirió Alicia confundida—, ¿cuál es el motivo para no usar el ascensor, Verso?
—Al ser tu primera visita a la Torre Eiffel, creí que te gustaría conocerla a fondo; subir paso a paso es la mejor manera de lograrlo.
—¿Y qué hay de Clea? —intentó objetar Alicia—, dudo mucho que ella esté dispuesta a subir a pie...
Interrumpiendo la pequeña discusión, Clea simplemente extendió su propio boleto frente a los ojos de Alicia.
«Ascensor»
Sin mediar palabra, la hermana mayor se dirigió con paso pausado hacia la breve fila del ascensor. Alicia, al comprender que su posibilidad de evitar el esfuerzo físico se había esfumado, soltó un suspiro de resignada fatiga.
—En marcha —concluyó Verso, posando una mano en el hombro de Alicia—, Clea seguramente nos esperará en el primer nivel con un par de bebidas calientes.
—Sí... qué emoción...
Con el ánimo por los suelos, Alicia no tuvo más remedio que seguir los pasos de Verso.
—...—
Aunque Alicia temía que sus pies no resistirían la caminata hasta el encuentro con su hermana mayor, apenas necesitó un par de minutos de subida para alcanzar el primer nivel.
Al llegar, Alicia percibió que la concurrencia de personas era mínima; calculó que apenas había unas cuarenta personas presentes. Sin embargo, un grupo pequeño captó su atención por su apariencia inusual, lo que le hizo pensar de inmediato que se trataba de turistas que visitaban la Torre.
Verso, que venía tras ella, le puso una mano en el hombro y apuntó con el dedo hacia una dirección concreta. Alicia siguió la indicación con la mirada y divisó a Clea, acomodada en una mesa dispuesta con tres sillas y tres tazas de las que emanaba vapor.
—¿Vamos a tomar algo? —el hermano preguntó.
—...—
Una ráfaga de viento gélida azotó la estructura de la Torre Eiffel, y, con un gesto cargado de afecto fraternal, Verso se quitó su bufanda para envolver con ella a Alicia, quien, con una mirada agradecida y una cálida sonrisa, soltó en un suave: «merci, Verso».
Tras terminar sus bebidas calientes, los tres hermanos retomaron la marcha. Verso, buscando evitar que se separaran entre la poca gente por algún despiste, les ofreció sus brazos; Alicia se aferró a uno de ellos; mientras que Clea, con naturalidad, tomó el que quedaba disponible.
A paso lento, los tres hermanos se dirigieron hacia el siguiente pilar. Alicia intentaba tener una idea de que era lo que se iba a encontrar, pero sus pensamientos se disiparon pronto cuando, frente a ella, se le apareció una extensa franja de un azul profundo, al mismo tiempo, el leve murmullo de las olas que aún persistían comenzó a filtrarse suavemente en sus oídos.
Al alcanzar la barandilla de seguridad, Alicia se soltó ligeramente del brazo de su hermano, aunque permaneció a su lado, fascinada por el panorama.
—Verso... —susurró Alicia con asombro—, la vista es lo más... ¡increíble que he visto hasta ahora!
—Es el río Sena, Alicia —le explicó él—. ¿Sabías que tiene una historia de más de trece mil años?
—¡¿Trece mil años?! —exclamó ella, provocando una risa en Verso—. ¡Estoy segura de que este río luciría espectacular plasmado en tú lienzo, Verso!
—Hmmm... —el joven meditó la propuesta por un instante—, es una buena idea, me agrada. De hecho, podríamos trabajar en ello los dos juntos.
—¿Los dos? —la sorpresa fue evidente en el rostro de Alicia—, pero Verso, tú mejor que nadie sabes que la pintura no es lo mío... incluso mamá repite que-
—No le des importancia a lo que diga ella, Alicia —la cortó su hermano—, no permitas que sus palabras te pesen tanto. Simplemente... busca progresar a tu ritmo; quién sabe si terminas mostrando más talento que toda la familia.
Con un deje de tristeza en los ojos, la menor de los hermanos dirigió su vista hacia el extenso caudal del río que se difuminaba tras la neblina, dejando escapar un suspiro que se materializó en el aire helado.
»Venga, Alicia, anímate. Estoy convencido de que si retratamos juntos el Sena, Esquie se pondrá muy feliz y podrá nadar en él; además, le encantará verte, hace tiempo que no lo visitamos —continuo Verso.
—Hazle caso a Verso, Alicia —añadió Clea—, deja de ser tan "Whooo" y mejor conviértete en un "Wheeee"... eso... suena a algo que Esquie diría.
—Jeje... —Alicia dejó escapar una leve carcajada—, presiento que Monoco y Noco también disfrutarán vernos por allí.
—Sin duda, todos los gestrales se alegrarán... —asintió Verso.
Un silencio reconfortante envolvió a los tres hermanos mientras contemplaban la majestuosidad del río frente a ellos. Tras unos minutos de calma, a Alicia se le iluminó la mirada.
—Verso, ¿crees que habría problema si empiezo a practicar aquí mismo? —preguntó ella—, el paisaje es magnífico y el río Sena me parece el modelo ideal.
El muchacho echó un vistazo rápido a su alrededor de forma cautelosa. Aunque Alicia no comprendió qué buscaba su hermano, no dejó de observarlo con atención.
—Casi olvido que llevabas tu material en la mochila —comentó Verso mientras Alicia extraía un pequeño lienzo junto a un lápiz—, sería una excelente oportunidad para enseñarte las bases del dibujo.
—Bueno, tampoco soy una novata total, Verso... —replicó la menor, dándole vueltas a una idea—, ¿qué tal si... qué tal si elaboró un boceto inicial por mi cuenta y después me das tus consejos?
—¿Segura que no prefieres que te oriente paso a paso? —preguntó él, mostrando cierta inquietud—, si quieres, puedo...
—Yo confío plenamente en el talento de Alicia, Verso —intervino Clea, sujetando con firmeza el brazo de su hermano—, sé de lo que es capaz, después de todo es una Dessendre.
Aprovechando que Verso no podía verla, Clea le dedicó unos guiños a Alicia para captar su atención. La pequeña, entendiendo la señal, no pudo evitar mostrar una sonrisa.
—¿Lo ves, Verso? Hasta Clea cree que puedo hacerlo sola —añadió Alicia—, y te prometo que no me meteré en problemas.
—¿Estás totalmente segura? —cuestionó Verso, rascándose un poco la cabeza—, es que yo...
Antes de que pudiera concluir, la hermana mayor comenzó a tirar de él con fuerza hacia un establecimiento cercano.
—Lo lamento, hermano —se disculpó Clea mientras lo arrastraba—, pero me parece haber visto un restaurante con un café que nunca he tenido el placer de degustar, así que tendrás que acompañarme, al final de cuentas tú estás invitando esta salida.
Sin darle tiempo a Verso para replicar, su travesía junto a sus hermanas concluyó en un rápido adiós y la esperanza de que Alicia lograra perfeccionar sus trazos por sí misma, lejos de cualquier problema que pudiese ocasionar.
—...—
Alicia aguardaba con paciencia, consciente de que dominar el dibujo no se lograba de forma inmediata. Recordaba las incalculables horas que su hermano invertía frente a la finalización de un cuadro, lo que le hacía ver que el camino por delante sería cada vez más exigente.
Buscando una serenidad interior, desterró las críticas de su madre hacia los rincones más profundos de su memoria mientras alistaba los materiales que llevaba consigo. Avanzó desde su posición original, explorando los alrededores en busca de la perspectiva perfecta, hasta detenerse cerca del Pilar Norte.
Con movimientos cargados de delicadeza, se sentó sobre el gélido suelo, acomodando las piernas para evitar cualquier incomodidad o dolor durante su sesión. Acto seguido, colocó el pequeño lienzo ante su regazo y agarró el lápiz con su mano izquierda, lista para comenzar.
Sin embargo, los trazos no surgieron en el papel. Intentó, algo molesta, recordar las enseñanzas dentro de su cabeza, —principalmente al observar a Verso pintar y las clases de su madre—.
«¿Cómo empezaría el Verso?», fue el único pensamiento que tuvo Alicia.
En ese preciso instante cuando un destello del pasado emergió con nitidez en sus pensamientos.
Hacía ya algunos años, durante una primavera en la que Verso había dejado de dibujar con frecuencia, y Alicia pasaba las tardes lidiando con los constantes sermones de su madre, los cuales hacían imposible que lograra concentrarse en el lienzo que tenía delante. Fatigada por la presión y las recriminaciones maternales, aprovechó un día soleado para evadirse y salir de casa a escondidas; no pretendía alejarse demasiado, ya que permaneció dentro de los límites del extenso jardín familiar.
Con ella llevaba un libro para leer y unos cuantos dulces que guardaba en secreto, consciente del enfado que provocaría su travesía si era descubierta. A pesar de su necesidad de escapar, persistía en su mente la intención de regresar pronto a su habitación para simular que jamás se había marchado.
Sin embargo, mientras intentaba sumergirse en la lectura, la persistente figura de su madre cobró más fuerza en sus pensamientos. Convenciéndose de que lo más sensato era volver sobre sus pasos, se puso en pie con desánimo y comenzó el trayecto de regreso.
No llegó a recorrer ni una cuarta parte del sendero cuando un leve tarareo la obligó a detenerse de inmediato; era un sonido pausado, dulce y armonioso. Incapaz de contener su curiosidad, se desvió sigilosamente entre la vegetación del jardín para evitar que alguien la descubriera. Guiada por la melodía, arribó a un rincón apartado donde, sosteniendo aún su libro y sus dulces, descubrió finalmente el origen de aquel canto tan melodioso.
Con timidez, Alicia murmuró:
—¿Verso?
—¿Mmm? —respondió su hermano mayor.
Interrumpiendo el suave tarareo con el que acompañaba sus pinceladas sobre el lienzo, se giró hacia la pequeña con un gesto de desconcierto en el rostro. Tras observarla un instante, tomó la iniciativa
»¿Alicia? ¿Qué estás haciendo aquí?
—Yo... bueno... —balbuceó ella, intentando improvisar una mentira convincente sobre la marcha—. Solo caminaba un poco... Tengo algo de tiempo libre.
Dejando a un lado su paleta de madera fina, Verso replicó de inmediato:
—¿De verdad? Si la memoria no me falla, a esta hora exacta te corresponde asistir a tu lección privada de pintura con nuestra madre.
—Yo... es que... —Alicia se quedó sin palabras. Al verse descubierta y temerosa de que él la delatara con su madre, se rindió—, lo siento, Verso... Ya regreso a casa.
La pequeña Dessendre dio media vuelta y comenzó a desandar el camino, cabizbaja y con profunda tristeza. Al verla marchar así, Verso comprendió de inmediato el impacto de sus palabras.
—¡Alicia!
Al escuchar el grito, su hermana se detuvo en seco y comenzó a girarse despacio para mirarlo.
—Por favor, Verso, no le cuentes a nuestra madre que salí sin su permiso, no quiero que...
—Tranquila, Alicia —la interrumpió Verso con suavidad, agachándose y apoyando ambas manos en su hombro para quedar a su altura—. Escucha, creo que estás viendo las cosas de forma equivocada, pero no te preocupes, no le diré nada a nuestra madre.
—Pero Verso, yo...
—Te sientes abrumada y oprimida, ¿verdad? —El hermano supo que había acertado al notar cómo ella lo miraba fijamente a los ojos—. A mí me pasaba lo mismo cuando era niño. Incluso nuestra madre era mucho más estricta e intrusiva en ese entonces, obligándonos a estudiar todo lo relacionado con el arte.
—¿También a Clea?
—A Clea, desafortunadamente, fue a quien peor le fue. Nuestra madre puede ser muy severa, pero en el fondo nos quiere lo suficiente como para no gritarnos.
Alicia dejó escapar una leve risa. Verso sonrió también y, con delicadeza, le limpió las pequeñas lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos.
»No te presiones tanto, Alicia. Aunque dibujar es importante, lo más importante es que tu mente esté tranquila para que logres plasmar en el papel lo que realmente deseas.
—¿Eso era lo que tú hacías, Verso? Cuando todavía pintabas...
Ambos volvieron la mirada hacia atrás; el caballete de Verso permanecía en su lugar con un lienzo encima, mientras una suave brisa producía un leve murmullo a su alrededor.
—¿Cuándo todavía pintaba? —repitió el hermano—. Pero Alicia, yo sigo pintando de vez en cuando.
—¿No habías dejado la pintura porque te interesaba más la música? —preguntó Alicia, sujetando su libro con más fuerza.
—Es verdad que la música me atrae más que la pintura, pero eso no significa que la haya abandonado para siempre. Es más bien... un pasatiempo que utilizó para inspirarme.
—Entiendo... Más o menos.
Con una leve risa, Verso se puso de pie y, tras hacerle una seña gentil a su hermana para que no se moviera, se giró para recoger la paleta que había dejado a un lado. Alicia, guiada por el instinto, se aproximó a él.
—¿Vas a continuar pintando, Verso?
—No, tú y yo vamos a hacer algo mucho más divertido —respondió—. Como todavía te quedan horas de práctica y mamá se enfadaría si no tomas la clase, hoy serás mi única alumna; considérate afortunada.
Una nueva brisa envolvió a Alicia, pero en esta ocasión se sentía cálida.
Verso dispuso un lienzo completamente limpio junto a una paleta nueva, un pincel y pequeños botes de pintura al lado de su hermana. Le sugirió que, para comenzar la lección, retrataran el árbol que se vislumbraba a lo lejos, Alicia asintió y ambos se pusieron manos a la obra.
Sin tener mucha confianza en sus dotes para el dibujo, Alicia observó a su hermano e intentó copiarlo: extendió la mano al frente sosteniendo el pincel y cerró un ojo. Continuó imitándolo sin comprender del todo, hasta que él se dio cuenta.
—¿Me estás imitando? —preguntó Verso con una sonrisa divertida.
—N-no, para nada... Solo estaba haciendo unos leves estiramientos.
—No te preocupes, Alicia, nadie nace sabiendo en este mundo —dijo Verso, dejando de apuntar para acercarse a ella—. El pulgar sirve para muchas cosas, cómo medir escalas, tomar referencias o simplificar formas. Por ejemplo, sabes bien que calcular el espacio y la proporción que debe ocupar el árbol en el lienzo es complicado, ¿cierto? —ella asintió—. Pues bien, al sostener el pincel de esta forma, puedes usarlo como unidad de medida para dividir el árbol en pequeños fragmentos, asegurándote así de que las proporciones en tu lienzo sean exactas.
De pronto, sus pensamientos regresaron a la realidad. Contemplando el río Sena desde lo alto de la Torre Eiffel, Alicia levantó el pulgar de su mano izquierda y cerró el ojo izquierdo. Tras realizar un par de inclinaciones para calcular la perspectiva, se dispuso a comenzó su trazo.
—...—
Con gran entusiasmo, Alicia progresaba en su boceto; sobre el pequeño lienzo, el Puente de Jena aún permanecía incompleto, mientras que el trazo a lápiz del río Sena aguardaba a que más tarde se le añadieran las olas y el efecto de movimiento.
Al tomarse un breve descanso de unos minutos, aprovechó para estirarse con fuerza, arqueando su cuerpo un par de veces junto a la columna. Sin embargo, al colocar las manos en su espalda e inclinarse hacia atrás, le bastó un instante para descubrir la silueta femenina que la contemplaba desde arriba.
Sobresaltada, Alicia soltó un repentino «¡¿Eh?!» antes de irse hacia atrás con evidente espanto, al tiempo que sus manos se elevaban y lanzaban al aire su lienzo y el lápiz. A los pocos segundos, al percatarse de lo ocurrido, estiró los brazos en un intento por atraparlos, pero la figura femenina que había divisado se le adelantó.
El corazón de la pequeña Dessendre dio un vuelco alarmante antes de recuperar su ritmo normal. Tras exhalar un profundo suspiro para calmar el temblor que sacudía todo su cuerpo, se puso de pie y, una vez estabilizada, no dudó en mostrar su profundo descontento.
—Disculpa el atrevimiento —comenzó Alicia al mientras que intentaba quitarse el poco polvo que la cubría—, pero me parece una falta de cortesía presentarse de ese modo ante alguien y darle semejante susto.
Al observar con mayor detenimiento a quien tenía enfrente, distinguió los rasgos de la persona que la había sobresaltado, y que había interrumpido su sesión de dibujo. Tenía una estatura similar a la suya, llevaba el cabello recogido en una trenza posterior que caía sobre su hombro, dejando dos mechones sueltos a los lados de sus orejas, poseía un semblante amigable y vestía un abrigo invernal cerrado de tonalidad negra. «Seguramente lo lleva por el intenso frío», dedujo Alicia.
—Oh, lo lamento —se disculpó la joven, alzando ambas manos en señal de paz—, mi intención no era molestarte; sucede que hace un momento te noté muy entusiasmada y apenas logré reconocerte a la distancia.
—¿Qué me... reconociste? —articuló Alicia, sorprendida—, ¿de qué lugar me conoces?
A la espera de una aclaración, la recién llegada extendió las manos para devolverle sus pertenencias, las cuales Alicia aceptó con cautela mientras mantenía el asombro en su rostro.
—¿De dónde? —replicó la muchacha—. Tú te llamas Alicia Dessendre, ¿verdad? Te vi llegar acompañada de tus hermanos. Aunque, si no eres ella, me temo que he cometido una equivocación...
—Sí, en efecto soy yo —confirmó Alicia—, pero todavía no has contestado a mi pregunta.
—Bueno... —la joven giró levemente, mostrando una pequeña mochila a su espalda—, en el lugar donde resido tu madre tiene gran renombre. Hubo una galería dedicada a sus pinturas y, cuando decidí entrar, me obsequiaron este folleto.
La joven con trenza (a quien Alicia llamó improvisadamente) le entregó un folleto colorido y plastificado. Al examinarlo, Alicia vio el nombre de Aline Dessendre destacado en la portada, junto a fotografías de obras antiguas de su madre. Aunque al principio no comprendió del todo la situación, al pasar la página, después de varias pinturas (donde Aline, su madre, aparecía en algunas), descubrió finalmente como la había reconocido.
En la parte final, un breve texto titulado "la familia Dessendre" acompañaba la pintura de todo su grupo familiar: Clea lucía su característica vestimenta bicolor, Verso vestía un elegante traje oscuro, Aline llevaba un vestido gris y Renoir vestía una camisa blanca. En la parte central del lienzo figuraba ella misma, vestida con una prenda negra que ya había dejado de usar.
Esa imagen reavivó de inmediato el recuerdo de aquel día. Alicia rememoró la inusual felicidad de su madre y la alegría compartida por su padre. En aquella ocasión, Verso y Clea se mostraban apurados y solo le indicaron que buscará la ropa más formal de su armario, sin ofrecer mayores explicaciones.
Tras la sesión fotográfica, el grupo se reunió en un restaurante reservado para almorzar. Entre risas, anécdotas e historias del pasado que la mayoría compartía pero en las que Alicia no había participado, Verso se dedicó a detallar cada recuerdo para integrarla en la charla. A pesar de no conocer las vivencias, Alicia guardó ese almuerzo como el instante familiar más bello que recordaba.
Evocando ese momento, una sutil sonrisa se dibujó en el rostro de Alicia de forma involuntaria.
—¿Te encuentras bien?
Apartando la vista de la fotografía, Alicia salió de sus pensamientos cuando la niña de la trenza llamó su atención. Al levantar la mirada, notó que la joven sostenía un fajo de hojas en blanco junto a un lápiz de tamaño medio.
—Sí, ¿por qué la pregunta?
—Es que esbozaste una sonrisa al contemplar la imagen, parecía que...
—Ehm, un asunto de familia, nada de importante, je —intentando desviar el tema con rapidez, Alicia interrogó—, ¿lo tuyo es la escritura?
—Ah, ¿te refieres a esto? —indicó la muchacha mostrando el papel y el lápiz—. Sí, ensayaba unos poemas. Mis papás me comentaron que la Torre Eiffel es el sitio perfecto para la inspiración, y venía a verificarlo.
—Me parece haber oído algo similar —comentó Alicia—, y ahora que me encuentro aquí, creo que tiene algo de cierto.
Con serenidad, Alicia contempló el curso del río Sena por un instante, antes de dirigir nuevamente sus ojos hacia la joven de la trenza.
—Si estás de acuerdo, regresaré a mi dibujo. No me incomoda que observes; si gustas, toma asiento a mi lado.
Con un gesto afectuoso, Alicia se giró despacio y se acomodó con suavidad sobre la fría estructura metálica de la torre. Organizó sus materiales para continuar con sus trazos. Al poco rato, percibió que la chica de trenzas se acomodaba junto a ella; cruzaron miradas, intercambiaron sonrisas y cada una se concentró en su labor.
—Por cierto, mi nombre es Jeanne.
—Bonito nombre...
—...—
«Je dessine à cause du froid qui cherche à nous réduire au silence,
À cause du poids des jugements qui assombrissent la toile,
À cause du bruit du foyer qui trouble notre sérénité.
Je l'ai dessiné pour le refuge que j'ai trouvé dans le regard de mes frères,
Pour la main qui guide mon trait quand la peur se fait pressante,
Pour le silence que nous construisons afin de redevenir nous-mêmes.
Je dessine pour transformer la douleur en couleur,
Pour que chaque trait soit une bouffée d'air dans la tempête,
Car dans ce trait partagé, la paix, enfin, nous reconnaît.»
—...—
Una vez más, la Torre Eiffel fue azotada por el gélido ambiente.
Tras degustar algunas preparaciones calientes totalmente nuevas para ella, Clea caminaba sujetada del brazo de Verso en las inmediaciones del pilar sur, alejándose de la zona donde habían visto a Alicia minutos atrás. Con delicadeza, la joven recostó la cabeza sobre el hombro de su hermano mientras contemplaban el paisaje tras la barandilla.
—¿No sientes que hace bastante frío? —mencionó ella con suavidad mientras la brisa movía sus cabellos—, tengo las orejas sumamente heladas.
—Sí, me parece que yo también puedo notarlo —Verso le siguió la corriente de forma ingeniosa—, y eso que te tomaste cinco bebidas calientes.
—¿Sabes...? —sugirió Clea con la intención de cambiar de tema—, tendrías que dejar de proteger tanto a Alicia.
—¿Te parece? —reaccionó el muchacho con cierta duda, pero se quedó en silencio unos segundos—. Bueno... pensándolo con calma... supongo que he exagerado un poco estos últimos días, sobre todo porque ella ya es capaz de valerse por sí misma en muchas cosas.
—Además, nuestro padre está empezando a pasar más tiempo con ella, ¿te diste cuenta? —insistió Clea—. Práctica más seguido a su lado, la acompaña en el almuerzo y a veces le ayuda con la pintura junto a mamá.
—Mmmm... —expresó Verso, llevándose reflexivamente una mano al mentón—, planteado de ese modo, tal vez lo mejor sería distanciarme un poco, dándole la oportunidad de compartir más con mamá y papá.
—Mis palabras no iban por ese camino —replicó Clea, propinándole un leve toque con el pie—. Alicia todavía es muy joven y frágil, pero no hay que olvidar que las mujeres también requerimos nuestro propio espacio en ocasiones...
Mientras hablaba, Clea reforzó la presión sobre el brazo de su hermano.
Dentro de sus pensamientos, las ideas que la envolvían distaban mucho de lo que terminaba expresando en voz alta: «Nuestra verdadera tarea es mantenerla a salvo de los escritores». Expresarlo resultaba una tarea simple; la verdadera complicación radicaba en llevarlo a cabo. Entendía la naturaleza de su hermana a la perfección, lo suficiente como para saber que vivía ajena a los peligros que la acechaban.
El prolongado conflicto contra los escritores había sembrado en ella constantes inquietudes y heridas emocionales. Soportar agresiones sistemáticas, falsedades y notas amenazantes en la prensa local se había vuelto parte de la rutina; sin embargo, guardaba la certeza de que Alicia carecía de la fortaleza para tolerar semejante hostilidad.
Habiendo compartido casi toda su existencia con ella, Verso estaba al tanto de las crueldades ideadas para perjudicarlos y había aprendido a sobrellevarlas. No obstante, Alicia jamás había presenciado tales bajezas de forma directa, y Clea presentía que enfrentarse a esa realidad le causaría un daño psicológico irreversible.
Le aterraba la idea de mostrarse en público junto a su familia, consciente de la crueldad de la que eran capaces los demás; exhibir su verdadera identidad equivalía a facilitarle al resto el blanco exacto para herirlos. Si alguna vez ocurriera una desgracia...
«Esto tendría que terminar de una vez...».
—¿Te cuento algo? —la voz de su hermano rescató a Clea de sus propios pensamientos—. En ocasiones, cuando necesito tranquilizarme, me imagino interpretando una melodía en un piano invisible.
—... —ella guardó silencio por unos instantes.
—Traigo a mi mente el sonido de cada tecla, recorro el suave marfil de forma sutil y dejó que la nota vibre tal como lo planeé. Sentir esa música resonando en el interior de mi cuerpo me devuelve la calma.
—A veces no comprendo cómo fue que la música cobró tanta fuerza en ti y dejaste la pintura a un lado —comentó Clea tras una breve pausa—. Aunque, al fin y al cabo, lo importante es que te dediques a lo que te apasiona, ¿verdad?
—No he abandonado la pintura —replicó Verso—. Aún pinto cuando dispongo de algún momento libre.
—Eso está por verse —añadió Clea, mostrando cierto escepticismo—. En cuanto Alicia requiera pintar su lienzo, le ofrecerás tu ayuda; así comprobaremos si tu destreza con los pinceles se mantiene tan buena como lo recuerdo.
—¿Y yo qué obtendría a cambio? —cuestionó Verso—. Supongo que si demuestro mis habilidades, podrías invitarme unos crepes.
—Ya lo veremos, señor músico —respondió Clea mientras levantaba la mirada—. Tal vez te sorprenda con una de esas tartas que tanto disfrutas.
—Hecho.
Tras sellar el pacto, el silencio volvió a reinar entre los dos hermanos, dejando que el frío invernal envolviera el ambiente. Momentos después, ordenaron otra ronda de bebidas calientes para ellos, además de una adicional para llevar, por si a Alicia se le antojaba.
—Me fijé en el reloj del local —comentó Verso—. Marcan las 16:40. ¿Crees que Alicia haya terminado?
—Siendo optimistas —añadió Clea tras dar un sorbo—, apenas debe ir por la mitad del boceto. Sin embargo, estoy convencida de que si subimos al siguiente nivel dispondrá de mejores referencias visuales y avanzará con mayor rapidez.
—Me parece una buena idea —apuntó Verso, estirándose mientras se ponía en pie—. ¿Te importaría adelantarte con ella? Yo me encargo de pagar la cuenta y las alcanzó en seguida.
Clea asintió silenciosamente, intentando recordar el punto exacto donde había visto a Alicia por última vez, y se marchó en su búsqueda.
—...—
Con pasos ágiles y elegantes, la hermana cruzó el restaurante dejando atrás a los escasos comensales. En su mente se repetía que Alicia se había quedado cerca del Pilar Oeste, contemplando el río Sena, y ya se figuraba con absoluta claridad la situación que estaba por presenciar.
Imaginaba a su pequeña hermana frustrada frente a un simple boceto del Sena, girándose hacia ella con la mirada empañada en llanto mientras suplicaba: "Ay hermosísima hermana Clea, por favor, ayúdame". Ante esto, en aquella ensoñación, ella la cobijaría en un abrazo tierno y respondería con dulzura: "No te preocupes, pequeña dama Dessendre; yo, la gentil y bella Clea, te asistiré para plasmar lo que desees". Acto seguido, en su fantasía, ambas subirían alegremente hacia el segundo nivel para consagrar el resto de la tarde a la pintura.
En apenas unos instantes, aquella fantasía cobró forma en su mente mientras avanzaba buscando cada rincón en busca de su hermana. Clea se disponía a prolongar ese relato imaginario, convencida de que al aproximarse al punto de encuentro la silueta de Alicia se haría presente.
Sin embargo, al llegar al lugar exacto donde se habían separado, no halló rastro alguno de ella. Aunque no se percatara de ello, un leve temblor invadió sus manos; giró sobre sí misma con brusquedad repetidas veces, desesperada por divisar a su hermana menor.
«¿Dónde estás?». Su mente se vio asaltada por mil preguntas trágicas: «¿Se la llevaron?, ¿Quién?, ¿Dónde?». Con el corazón latiéndole a un ritmo frenético, pensó en alertar a su hermano para iniciar una búsqueda inmediata; no obstante, recordó que Verso probablemente continuaba pagando la cuenta de las bebidas que pidió.
Sumergida en la incertidumbre de no saber por dónde ir, el eco de unas risas distantes interrumpió sus temores, reconociendo en una de ellas el tono inconfundible Alicia. Guiada por el sonido, avanzó con cautela protegiéndose tras los esbeltos carteles del lugar, hasta que finalmente logró dar con ella.
Alicia permanecía sentada en el suelo, divirtiéndose mientras trabajaba con su lápiz en el lienzo pequeño que mostraba un boceto muy desarrollado, distando mucho de la escena que Clea había imaginado. Al verla a salvo, la agitación abandonó el cuerpo de la hermana mayor y un profundo suspiro de alivio escapó de sus labios.
Ambas compartían risas como si hubiesen tenido una larga amistad. Clea evaluó la opción de intervenir de forma sutil; no pretendía incomodar a su hermana, pero la hora avanzaba y debían subir de planta. Al aproximarse paso a paso, obtuvo una mejor perspectiva de la situación, y todo pensamiento previo se borró de golpe cuando fijó la vista discretamente en las manos de la chica de cabello trenzado.
«¿Papeles y un lápiz?...» Su mente tembló ante la sospecha de que un escritor se hubiese aproximado a su familia. Convencida de que debía tratarse de una broma de pésimo gusto, sintió que le faltaba el aire mientras los recuerdos de sus traumas pasados desfilaban ante sus ojos; sin reflexionar, su cuerpo se impulsó hacia adelante.
La contundencia de sus pisadas resonaba a la distancia. Sin embargo, a mitad del trayecto, recuperó la lucidez y moderó la marcha para meditar en sus próximas acciones, en las palabras que emplearía y en la forma de asegurar el silencio de la desconocida sobre su presencia de los hermanos en ese lugar.
—Y dime... —alcanzó a oír Clea al aproximarse; la voz pertenecía a Alicia—, ¿tú conoces mucho sobre mi familia?
Aquel interrogante hizo que el corazón de Clea se diera un vuelco.
—Por supuesto —repuso la joven que estaba a su lado—, siento una gran admiración por todos ustedes y su talento para el dibujo; sus obras me sirven de inspiración cuando compongo poesía.
El desconcierto hizo que la cabeza de Clea comenzara a dar vueltas.
—Me encantaría hallar una fuente de inspiración similar a la tuya... —comentó Alicia, contemplando su propia ilustración—, pienso que...
En ese instante, la hermana mayor irrumpió en el lugar. Con un profundo y pesado suspiro, posó su mano trémula sobre el hombro de Alicia, provocando que la pequeña se sobresaltara y girara el rostro con rapidez, topándose con la expresión aterrorizada de Clea.
—¿C-Clea? —alcanzó a balbucear la menor—, ¿ocurre al-?
—Necesitamos subir, Alicia —la interrumpió de golpe—, date prisa. Verso nos está esperando y no podemos demorarnos más; despídete y vámonos.
Clea sujetó el brazo de Alicia con brusquedad, impidiendo que lograra voltear a ver a la otra muchacha; la pequeña, por su parte, intentaba zafarse disimuladamente de aquel firme agarre.
—Clea, aguarda un instante, por favor —pidió Alicia mientras peleaba por ganar algo de espacio—, l-lo lamento mucho, Jeanne, pero debo retirarme. Confío en que volvamos a encontrarnos.
—S-sí, Alicia —respondió con titubeo la joven de la trenza—, te deseo mucho éxito con tu boceto, ¡que todo te marche bien!
Con la menor ya de pie, Clea emprendió la marcha a paso lento y firme sin dignarse a mirar atrás; Alicia, cargando sus pertenencias, se vio obligada a dar pequeños brincos para recuperar el equilibrio y no perderle el paso a su hermana.
Arrastrada sin recibir explicación alguna, Alicia se dejó llevar por el brazo mientras capturaba las miradas confusas de unos pocos turistas. Intuyó de inmediato que algo andaba mal, consciente de que a Clea no le importaría el alboroto en semejante estado.
Pronto cruzaron frente al restaurante donde previamente los hermanos habían compartido unas bebidas. Sentado a una mesa, Verso las divisó, saludó a la distancia y se puso en pie tomando los vasos listos para llevar; sin embargo, Clea no se detuvo: usando su mano libre, lo sujetó del brazo e impulsó a ambos a avanzar junto a ella.
—¡¿Clea?! —inquirió Verso con sorpresa—, ¿a qué se debe esta prisa?
El silencio de su hermana fue la única respuesta. Sabía perfectamente que algo grave debió ocurrir para que ella actuara así, de modo que no opuso resistencia al ser arrastrado, intercambiando con Alicia una mirada cargada de mutuo desconcierto.
El trayecto fue corto; al retornar al Pilar Sur, emprendieron el ascenso por las escaleras a paso firme y sin pausas. Mientras Clea mantenía un silencio absoluto, Alicia forcejeaba por zafarse y Verso se concentraba en evitar que las bebidas se derramaran.
Una vez que alcanzaron la segunda planta, Clea finalmente liberó a ambos. Exhalando con fuerza, se sentó en el suelo e intentó limpiar el sudor de su frente, al tiempo que Alicia, molesta, se frotaba suavemente el brazo adolorido y clavaba la vista en ella.
—Clea... —pronunció Alicia tras una pausa, midiendo su tono—, ¿cometí alguna falta para que reacciones de esta manera?
La mayor se incorporó de inmediato y se plantó firmemente frente a ella.
—Alicia, reflexiona por un instante. ¿Aproximarte de esa forma a una escritora? ¿Es que has perdido el juicio? ¿Tienes idea del peligro al que te expusiste?
—¡Ella no intentó hacerme daño! —exclamó la menor alzando la voz—. Jeanne no tenía malas intenciones, solo se dedica a la poesía y admira profundamente las obras de nuestra madre.
—¿Mencionaste a nuestra madre? —Clea abrió los ojos de par en par, alterada—. ¿Le revelaste detalles sobre nuestra familia?
—¿Qué? —inquirió Alicia—. No, de cualquier forma, dudo que ella tuviera intenciones de dañarme; me pareció una buena chica...
—Sea buena o no, Alicia, debes entender que escribe; es una escritora. Tengo la certeza de que, si hubiese contado con el respaldo de su familia, te habría secuestrado o cometido actos aún peores.
—¡No todas las personas son escritoras, Clea! —exclamó Alicia nuevamente, elevando la voz—. ¡Cualquiera de nosotros es capaz de componer un poema!
—¡Eso ya lo sé, Alicia! —replicó su hermana, empleando el mismo tono—. ¡Pero eso no justifica que bajes la guardia! ¿Te has puesto a pensar en lo que habría ocurrido si le hubieras revelado intimidades de nuestra familia a esa desconocida?
—¡Estoy segura de que nada habría pasado! ¡No considero que Jeanne sea esa clase de persona!
—¡Compréndelo de una vez, Alicia: en este mundo no se puede depositar la confianza en nadie que se dedique a escribir!
—¡¿Por qué insistes en eso, Clea?! —reprochó Alicia—. ¡¿Por qué te empeñas en prohibirme interactuar con los demás?! ¿Tienes idea de la profunda vergüenza que sentí cuando irrumpiste en nuestra conversación? ¿Acaso sabes que-?!
La frase de Alicia quedó interrumpida cuando su hermana, visiblemente alterada, la sujetó firmemente por los hombros y exclamó a gritos:
—¡Porque necesito protegerte, Alicia!
Ante el grito de Clea, Verso intervino de inmediato, colocando una mano sobre el hombro de cada una de sus hermanas.
—Chicas, por favor, tranquilícense. No hay motivo para pelear ni para atraer la atención de los demás; es posible resolver nuestros problemas mediante el diálogo.
Clea exhaló un suspiro y dio unos pasos hacia atrás, tomando distancia de Alicia.
—Lo lamento... —musitó Clea—, es solo que... me da miedo... Temo que te manipulen para fines malos; pero si mantienes esa actitud, tengo la certeza de que tarde o temprano pasará una desgracia.
Alicia no respondió y permaneció callada, con la vista fija en el suelo.
Mientras la penumbra ganaba terreno en el cielo y la brisa invernal soplaba con una leve intensidad, Verso les ofreció algo caliente de beber a sus hermanas y juntos fueron a buscar un sitio donde acomodarse.
—¿Piensas continuar con la ilustración que estabas dibujando, Alicia? —indagó Verso al fijarse en el pequeño lienzo que traía consigo.
—Sí, aunque... considero que es mejor concluirla cuando regresemos...
—No te desanimes, Alicia, no hay por qué estar melancólicos. Me quedaré a tu lado para acompañarte; de ese modo podrás seguir con tu obra sin interrupciones ni molestias.
—De acuerdo... —cedió finalmente Alicia.
Con el propósito de encontrar un rincón tranquilo para pintar, Verso extrajo de su bolsa un pequeño lienzo junto a un par de lápices y comenzó a buscar un sitio adecuado en compañía de Alicia. Al notar que la afluencia de personas había disminuido considerablemente, optaron por acomodarse directamente en el suelo, justo enfrente de Clea, quien se encontraba una vez más concentrada en la lectura de su libro.
La sesión de dibujo rindió sus frutos: en el lienzo de Alicia, los trazos del río Sena y el puente de Jena lucían finalmente concluidos. Por su parte, la obra del hermano plasmaba el surgimiento de Monoco, enfrascado en una feroz pero amistosa batalla contra Esquie, que surcaba los aires.
—¿Cuál es la razón para que Monoco y Esquie estén peleando? —inquirió Alicia con curiosidad—, yo tenía entendido que eran amigos.
—Bueno... la ventaja del dibujo es que te permite plasmar cualquier ocurrencia —explicó Verso—. En esta escena en particular, a Monoco se le ocurrió hurtar una de las piedras favoritas de Esquie, bajo la idea de que obtendría buenas ganancias al ofrecerla en el mercado que hay.
—¿Quién crees que saldrá victorioso, Verso?
—Eso va a depender de quién se encargue de trazar el próximo cuadro, ¿verdad?
Una leve risa escapó de ambos.
»Tú has progresado bastante con tus trazos, ¿cierto? —continuó él—. A este ritmo, no tardarás mucho en dejar atrás a tu hermana Clea.
—¿De verdad lo piensas?
—Claro, con una década entera de dedicación y estudio absoluto, lo lograrías.
Alicia le propinó un golpe cariñoso antes de concentrarse nuevamente en el lienzo.
Aprovechando la distracción del grupo, Clea descendió discretamente al primer nivel. Compró refrigerios para sus hermanos y buscó con la mirada a la muchacha que había estado al lado de Alicia; al no ver ningún rastro de ella, intuyó que se había marchado y subió a reunirse con los demás.
Tras abrir su bebida caliente y reflexionar con calma, consideró que lo ideal sería aclararlo todo con su hermana desde ese instante para prevenir futuros malentendidos. Después de todo, dejar que las inquietudes empañaran un reencuentro fraternal solo traería dificultades.
Incorporándose de su asiento, Clea se aproximó a Alicia con sigilo. Sin que ella la notara, posó con ternura su mano templada sobre su hombro, logrando que Alicia se sobresaltara levemente antes de voltear a mirarla.
—¿Sabes? —comenzó Clea, esquivando su mirada—, deberías prestarle más atención a esta maravillosa hermana tuya. Sé bien que a veces resultó fastidiosa, pero no hablo por hablar; mi único deseo es el bienestar de nuestra familia.
Alicia buscó entonces la mirada de su hermano, quien se limitó a ofrecerle un asentimiento y una sonrisa llena de comprensión. Ante esto, la menor volvió a desviar la vista.
—Clea... ¿por qué dejaste de visitar el lienzo de Verso?
Con un nuevo suspiro, su hermana deslizó la mano desde su hombro hasta su cabeza para masajearla con ternura.
—Ojalá pudiera recuperar esa juventud, Alicia, pero la educación superior es algo realmente intimidante —se lamentó Clea, provocando una carcajada en Verso—. Además, debo repartir mi tiempo entre mis amistades y el apoyo a nuestros padres en sus labores. No resulta nada sencillo...
—Haz un esfuerzo, Clea —insistió Alicia con tono suplicante—. Sería cuestión de unos pocos días; estoy segura de que a nuestros padres no les importará que nos ausentemos un par de horas.
—Podría considerarlo, aunque lo más probable es que me surjan otras obligaciones.
—Por favor, estoy convencida de que François te echa mucho de menos y desearía entonar otra vez a tu lado las canciones que le enseñaste —añadió Alicia, volviéndose con un rostro lleno de desconsuelo.
—Ten en cuenta también que François nació de tu propia imaginación, Clea —intervino Verso—. Pobre hombre, yo experimentaría la misma tristeza si quien me creó no viniera a verme.
—De acuerdo, me han convencido —cedió finalmente Clea, lo que motivó que los dos hermanos chocaran las palmas—. Sin embargo, no pasaremos allí más que un par de horas, y si recibo algún reproche de nuestros padres, les echaré la culpa a ustedes.
Alicia continuó buscando hacerle bromas a Clea, mientras Verso se ocupaba de incorporar a Noco en su obra artística. Al concluir sus labores, ambos hermanos se dirigieron a la planta superior para dar por terminada la estancia, contemplando la panorámica de una París donde caía la noche y sellando el compromiso de regresar al lienzo de Verso una vez más.