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La Civilización. Parte 2

The Radiant Twilight | Parte 3. Prehistoric Rage · por Aldex29 · 17 de septiembre de 2026

Durante generaciones, la paz reinó en la selva. La cámara secreta, sellada con runas talladas a mano y protegida por los ancianos más sabios, albergaba en su interior los cráneos sagrados sin alteración alguna. Las ceremonias continuaban, los cantos se mantenían vivos, y la tribu prosperaba hasta un día. 

Era temprano por la mañana cuando uno de los aprendices espirituales, joven y curioso, fue enviado por su maestro para inspeccionar los altares. El aire dentro del santuario era denso, casi inmóvil. Caminó con respeto, como le habían enseñado, con la vista baja y el corazón tranquilo. Se acercó a los cráneos, como lo había hecho otras veces, pero esta vez notó algo distinto. El ambiente parecía más pesado, como si el silencio mismo quisiera advertirle de algo. 

Extendió su mano para limpiar una capa de polvo que cubría uno de los cráneos hasta que entonces todo se volvió blanco. 

Un resplandor sin forma, sin calor, lo envolvió por completo. No sintió dolor, ni miedo, solo una desconexión absoluta de todo lo que conocía. Y cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en el santuario como antes. El altar frente a él estaba vacío. Uno de los cráneos había desaparecido. 

Confundido, se levantó tambaleante, sintiendo su cuerpo extraño, como si no le perteneciera del todo. Salió de la cámara tropezando con las piedras, ansioso por informar lo sucedido. Pero apenas puso un pie en el exterior, fue recibido por un caos indescriptible. 

Los aldeanos huían, madres cargaban a sus hijos, los hombres armados corrían hacia él con lanzas y piedras, los ojos llenos de terror. Voces alzadas lo llamaban monstruo, maldición, aberración. No entendía nada. Intentó hablar, gritar que era él, que no había hecho nada, pero sus palabras se ahogaban en el viento. 

Una lanza pasó rozando su hombro. Otra impactó en el suelo junto a él. Pronto, tuvo que huir. 

Atrás quedó la cámara sagrada, el valle, su gente. No entendía por qué todos lo miraban con horror, por qué lo atacaban como si fuera una bestia. Algo dentro de él ardía, vibraba, como una energía nueva y desconocida. Y mientras corría, lejos de la tribu que lo crio, el eco de antiguos rituales retumbaba en su mente como si despertaran algo más profundo. 

La carrera del joven era frenética. El suelo temblaba bajo sus pies, no por movimientos de la tierra, sino por el rugido de los tambores que los aldeanos hacían sonar en señal de alarma. Su respiración era entrecortada, cada paso se volvía más torpe, como si su propio cuerpo se resistiera a seguir. 

Los árboles parecían cerrarse a su paso, y las piedras, húmedas por la neblina de la selva, lo hacían resbalar una y otra vez. Pero no se detenía. No podía. El miedo a sus propios hermanos, aquellos con los que había compartido juegos, risas y ceremonias, ahora se convertía en la única razón por la que sus piernas seguían moviéndose. 

Finalmente, tras perder la noción del tiempo, sus pasos lo llevaron al borde de un precipicio. Una grieta profunda cortaba la selva como una herida abierta. Intentó frenar, pero el impulso y el terreno fangoso lo traicionaron. 

Un grito ahogado fue lo último que salió de su garganta antes de caer al abismo. 

El golpe contra las rocas resonó como un eco seco, apagado por la distancia. No hubo testigos del impacto. Solo el susurro del viento y el murmullo lejano del agua al fondo. 

Un tiempo después, los miembros de la tribu llegaron, con antorchas y lanzas, buscando al supuesto monstruo que los había aterrorizado. Miraron con horror hacia el fondo del precipicio y vieron el cuerpo destrozado del joven, sin rastro alguno de aquello que los había hecho temerlo. 

Pero lo más perturbador no fue el cadáver, sino lo que yacía a su lado: el cráneo que faltaba. Intacto. Iluminado por la luz de la luna como si jamás hubiera abandonado su altar. 

No dijeron palabra. Con respeto y manos temblorosas, descendieron y recuperaron el fósil. Lo envolvieron en telas y lo devolvieron al santuario en silencio, sin canciones ni plegarias. 

Desde aquel día, la tribu consideró que lo que pasó fue obra de los dioses que adoraban, que el amor que estaban mostrando no era suficiente. A partir de entonces, el altar fue sellado con mayor fuerza, y los sacrificios fueron más abundantes. Nadie volvió a poner un pie en esa cámara salvo los sabios más antiguos, y aun ellos temblaban al hacerlo. 

Lo que ocurrió ese día fue recordado por aquella civilización. El miedo quedó grabado en las personas del lugar, marcando un nuevo capítulo en el mural que llevaban trabajando. 

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