Hans Von Strauss, el vocotaumaturgo más sucio, vulgar y retorcido que jamás haya infestado Nueva Avalon, era un imán para el desastre; un hecho que su apariencia gritaba a los cuatro vientos. Con su metro noventa y tres de envergadura, una complexión famélica, su rostro cargaba con el cansancio de mil quinientos años de malas decisiones; se veía como un niño frente a un examen escolar eligiendo la opción "C" en preguntas de desarrollo. Lo único que recibía un trato sagrado en su persona era una barba de candado a la perfección: una de esas excentricidades inexplicables que Hans anteponía a, por ejemplo, bañarse. Sus ojos presentaban una rara y peculiar heterocromía que te observaban con una dualidad inquietante: un rojo encendido que recordaba a los rubíes y un azul zafiro como las escamas de un dragón nival.
Tenía el cabello castaño en una maraña de rizos grasientos que le caían hasta los hombros. Llevaba una gabardina negra y vieja sobre piezas de armadura Sylvann. (Una casa élfica lunar). La combinación era útil y ofensiva a la vez. Pero, por lejos, lo más irritante de este esperpento de la creación era su hurdy-gurdy: un instrumento que siempre emitía un chirrido agónico y desafinado.
Aquel espécimen, despojado de toda gracia divina, soñaba a diario con amasar una fortuna; desde niño albergaba el inhumano deseo de no trabajar.
Fue así como en los albores de la Primera Guerra Mundial contrajo una deuda astronómica con una reputada mafia de gnomos. ¿Su plan maestro? Compró un cargamento masivo de salitre en Chile para revenderlo a las potencias de la Triple Alianza.
Con el bloqueo comercial apretando el cuello de Europa, parecía un negocio seguro. Todo estaba fríamente calculado, salvo por un pequeño detalle que nuestro palurdo músico de cabaret no se molestó en verificar: el salitre sintético ya se había inventado.
Hans pasó los siguientes cinco años huyendo de usureros despiadados. Esos acreedores tenían mala fama por insertar herramientas de minería oxidadas en los orificios de sus deudores morosos. A Hans, por lógica, esto no le hacía ninguna gracia.
En uno de sus tantos viajes de escape llegó a El Dorado (y sí, existe, pero ni sueñen con que les diré en qué lugar está). Fue en aquel legendario emplazamiento áureo donde conoció a su mejor amigo: Panda.
El diez de junio de 1920, en una taberna de mala muerte dirigida por un tal Lord Tripaseca —donde el olor a rancio se cortaba con cuchillo—, el desastre con patas llamado Hans se topó con su pasado y sus deudas. Se miraron fijamente.
—Horkynn "Malvavisco"… ¿Qué haces aquí? —dijo Hans, mientras sus ojos zafiro y rubí escaneaban frenéticamente las posibles rutas de escape.
—¿Malvavisco? —preguntó el gnomo, extrañado por el tono del famélico intento de mago.
Uno de los mafiosos, un tipo con cara de pocos amigos, se acercó a Horkynn cojeando y siseó con voz gangosa:
—Jefe… "Malvavisco» es porque usted es malo y bizco…
Las risas en la taberna no se hicieron esperar; esqueletos, duendes, espantajos y cada criatura de mala muerte presente allí se burló de la condición física desfavorable del gnomo.
Horkynn, al comprender que el apodo no era por su ternura sino por su defecto de nacimiento, montó en cólera. En ese instante de distracción y en un alarde de improvisación suicida, Hans cogió una jarra de cerveza mugrienta y se la estampó en pleno hocico al jefe gnomo.
—¡Hans! ¡Hijo de tu putisima madre! ¡Me las vas a pagar con intereses! —gruñó el gnomo, chorreando espuma y furia.
Horkynn comenzó a recitar una invocación para que un Carbunclo (uno de esos cuadrúpedos bovinos que poseen un cuerno de cristal en su frente) aniquilara a nuestro vocotaumaturgo de pacotilla. Casi lo logra, de no ser por un panda antropomórfico de más de doscientos kilos que pasó volando a través de la taberna como un proyectil peludo. El plantígrado impactó contra el grupo de gnomos, interrumpiendo el ritual de la forma más contundente y absurda posible.
—Auch… eso dolió —exclamó el gigante peludo, tratando de desenredar sus extremidades del amasijo de gnomos.
Hans se quedó pasmado, procesando qué clase de fuerza de la naturaleza había arrojado a aquel sujeto. No tardó en aparecer el responsable: Xilgas Urghator, el troll más adinerado del continente, embutido en un frac de gala hecho a medida (es posible que a costa de la vida de varios sastres y una cantidad obscena de seda). El aristocrático energúmeno bramó:
—¡Panda malnacido! ¡Embarazaste a mi madre! ¡Ven aquí y hazte responsable!
Hans, viendo que el peludo le había salvado el culo —aunque fuera de forma involuntaria—, lo agarró de la pierna y lo puso en pie.
—¡Corre, mierda! —exclamó Hans, tirando de la pata del panda mientras los primeros hechizos de los gnomos silbaban sobre sus cabezas, vaporizando una lámpara de aceite que bañó la fachada de la taberna en llamas.
Lo que siguió fue una persecución demencial que convirtió las relucientes avenidas de El Dorado en un campo de confrontación mística arcano. El troll Xilgas, rugiendo desde un carruaje de seda tirado por goblins, comandaba el ataque.
—¡Fuego a discreción! —bramó el aristócrata—. ¡Traigan sus hígados en una bandeja de plata! ¡El que lo haga cenará hoy!
De pronto, el cielo se tiñó de un naranja violento. Los guardaespaldas goblin lanzaron una lluvia de bolas de fuego que no buscaban precisión, sino exterminio. Hans y Panda saltaron sobre un puesto de frutas exóticas justo cuando un proyectil de plasma lo reducía a cenizas, dejando tras de sí un rastro de olor a caramelo quemado y a mercaderes gritando mientras se sacudían las chispas de sus túnicas.
A pocos metros, un grupo de brujos de batalla de la Recta Provincia intentó interceptarlos. Estos salvaguardan todas las ciudades mágicas en América. Sin embargo, la fuerza del caos era mayor. Una ráfaga mal dirigida de la mafia de gnomos golpeó en el báculo de un sargento. Esto provocó una onda expansiva que lo arrojó hacia un edificio de jade. El impacto fue tan brutal que el brujo atravesó la pared, apareciendo segundos después por una ventana del tercer piso, todavía gritando insultos en su tono campestre.
—¡Por las barbas del imbécil de Oberón! —chilló Hans, esquivando un rayo desintegrador que convirtió a un desafortunado transeúnte en una estatua de sal antes de que otra bola de fuego la hiciera estallar en mil pedazos.
El caos era total. Los edificios de la ciudad legendaria, que se creían resistentes, crujían bajo el bombardeo. Un brujo de batalla, intentando realizar un contra hechizo, calculó mal la trayectoria y chocó de lleno con el carruaje de Xilgas, provocando una explosión de plumas de seda y trozos de madera tallada que volaron por toda la calle. Panda se movía con una agilidad desesperada, a pesar de su volumen. Derribaba estatuas de oro macizo para bloquear el paso de los gnomos. Los gnomos estaban armados con taladros neumáticos encantados. Perforaban el suelo y creaban socavones, de los que salía un vapor sulfuroso.
—¡No voy a morir en un lugar que brilla tanto! —rugió Hans, sintiendo el calor de una explosión a sus espaldas que achicharró los bajos de su gabardina.
Pasaron frente al edificio del periódico El espectro fisgón, donde la afamada vidente y actriz Sara Van der Klaas daba una conferencia de prensa. Un goblin lanzó un hechizo de explosión directo al trasero de Hans, el cual esquivó por poco.
—¡Eso estuvo cerca! —exclamó Panda, asombrado por la agilidad del mago.
De improviso se escuchó una gran explosión, gritos y luego humo y caos.
—¡La señorita Van der Klaas está bajo los escombros! ¡Traigan a los trolls de rescate! —gritaba el jefe de seguridad de la actriz.
La ciudad era una trampa de fuego, pedazos voladores y magia descontrolada. Los brujos chocaban entre sí en el aire, perdiendo el control de sus escobas y alfombras, estrellándose en dirección a las cúpulas áureas como mosquitos contra un farol. En medio de aquel infierno de gritos y detonaciones, Hans comprendió que el siguiente hechizo no golpearía un edificio, sino sus propias cabezas.
Estaban acorralados contra el Gran Canal de Mercurio. Fue entonces cuando Hans, con los ojos inyectados en sangre por el humo, recurrió a su talento natural: la vocotaumaturgia. Metió la mano en su gabardina, extrajo un tarro de miel y lo engulló con la desesperación de un náufrago.
—¡Panda, agárrate de lo que sea! —advirtió, mientras afinaba la garganta con un Do, Re, Mi… que vibró por encima de las explosiones.
Hans no esperó a que la horda de gnomos y el troll en frac terminaran de cargar su siguiente andanada de maldiciones. Con el dulzor pegajoso de la miel aún en la garganta, su voz tronó con una vibración antinatural que hizo vibrar las piedras de oro de la calzada.
—"¡En la bacanal brillante y dorado, al panda y al viejo mago las alas de sus espaldas brotaron, y sus enemigos mierda tragaron!”
El impulso los elevó como proyectiles vivientes, justo cuando el hechizo de la “diarrea bucal” golpeaba a sus perseguidores con la fuerza de un tsunami gástrico. El rugido belicoso de Xilgas se convirtió en un gorgoteo humillante mientras Hans y Panda ascendían, dejando atrás una sinfonía de arcadas y explosiones que hacían temblar los cimientos de El Dorado.
Cruzaron las nubes a una velocidad que provocaba que las mejillas de Panda flamearan como banderas al viento. Abajo, la ciudad legendaria se convirtió en un punto dorado envuelto en columnas de humo negro. Tras sobrevolar kilómetros de selva virgen y picos escarpados, el aire comenzó a oler a brea, salitre y desesperación.
En el horizonte apareció su destino: Tortuga. No era una isla paradisíaca, sino un peñón rocoso infestado de mástiles quebrados y tabernas que colgaban de los acantilados como parásitos de madera.
—Tortuga —jadeó Hans, cuyas alas empezaban a desvanecerse en una lluvia de cerdas sucias—. El único lugar donde el ron es más barato que la vida y nadie pregunta por qué un panda tiene plumas en las orejas.
Aterrizaron con la elegancia de dos sacos de papas sobre un muelle podrido. El impacto hizo crujir las maderas, atrayendo las miradas de un grupo de piratas con parches en los ojos y garfios oxidados que ni siquiera se inmutaron; en Tortuga, ver caer un mago y un oso del cielo era, como mucho, el tercer evento más raro de la tarde.
Hans se puso en pie, escupió un resto de miel y comenzó a quitar frenéticamente las plumas blancas que se habían enredado en las cuerdas de su hurdy-gurdy.
—Panda, ya que estamos en el mismo lío… deberíamos huir. ¿Pero adónde? —musitó, mientras el instrumento soltaba un chirrido que hizo que una gaviota cercana cayera muerta al instante.
El panda, sacudiéndose el hollín del hocico, señaló hacia las cartas de navegación clavadas en un poste cercano.
—Quizás Shangri-la… Los gnomos y trolls no son bienvenidos allí, no después de la guerra contra los yetis.—
—Suena prometedor, peludo amigo. ¿Pero de qué manera llegamos allí? —dijo el mago de las palabras contemplando las opciones disponibles.
Fue así como, luego de un par de horas de pensar (si es que Hans podía hacerlo), no llegó a ninguna solución.
—¿Tres horas para nada, viejo? —preguntó un contrariado y aburrido Panda.
De pronto, a lo lejos, una voz femenina pregonaba
—Camotes, lleve sus deliciosos camotes rellenos, le tengo de carne, pez y difunto…". La muchacha se acercó a Panda, ignorando completamente a Hans, y con voz enojada exclamó:
—¡Vaya, vaya! ¿Qué ven mis ojos? Si es el padre del milenio… ¿Acaso olvidaste que tienes un hijo conmigo, engendro pulgoso?—
Panda, consternado gracias al encuentro fortuito intentó por todas las formas eludir la responsabilidad, pero solo se escuchó un sonido fuerte y viscoso. La joven mujer estrelló un camote relleno en pleno rostro del plantígrado.
—Olvídalo, tu hijo ya tiene un mejor padre.—
Y así como llegó se fue la mujer, dejándolo humillado frente a la multitud de personas que presenciaron el incidente
Luego de pasear por el muelle de Tortuga y pelearse con cuatro piratas borrachos y recibir diez abofeteos femeninos en el rostro de Panda (por deudas románticas similares), se toparon con algo extraño.
Entre el bosque de mástiles astillados y velas remendadas, una silueta emergió de la niebla salina, era un barco que pretendía ser legendario, pero que olía a madera podrida y pintura fresca. Se hacía llamar el Cakeuche, una burda y patética imitación del mítico barco fantasma que merodeaba en las gélidas aguas del sur del mundo diseñado específicamente para estafar a las almas de los pobres infelices que perecían en el mar y buscaban un transporte al más allá.
En la cubierta, apoyado sobre una barandilla que crujía con cada ola, se encontraba Íñigo Ruiz de Avellaneda. El ex capitán de la Armada Española llevaba un uniforme que había visto días mejores, pero mantenía una altivez aristocrática. Solo un español rescatado de un bergantín hundido podría conservar esa actitud.
—¡Por los clavos de Cristo! —bramó Íñigo, reconociendo la figura famélica del individuo desde el puente—. ¡Si es el vocotaumaturgo que me sacó del agua cuando las maderas de mi honor se convertían en astillas!—
Hans esbozó una sonrisa torcida, revelando unos dientes que pedían clemencia.
—¡Íñigo, viejo zorro! Veo que sigues en el negocio de la “caridad” espiritual. ¿Cuántas almas has estafado hoy con esa bañera pintada de blanco?—
—Las suficientes para pagar este jerez, Hans —respondió el capitán mientras bajaba por una pasarela que se tambaleaba—. Y dime, ¿qué hace un hombre con tu ‘talento’ acompañado de un animal que parece haber sobrevivido a un incendio en una fábrica de fuegos artificiales?
Panda soltó un gruñido bajo, pero Hans le puso una mano en el hombro.
—Este es mi compañero, Panda. Y necesitamos salir de aquí antes de que el troll Xilgas limpie su frac y su garganta. Íñigo, dinos que tu madero podrido está listo para zarpar.—
—Al norte, al sur… a donde el viento sople y las almas paguen, amigo mío. Pero sospecho que lo que buscáis no está en ninguna carta náutica corriente.
—Shangri-la —soltó Panda con una voz profunda que hizo que el capitán arqueara una ceja
—Los gnomos no pisan esa tierra, no después de la guerra contra Shangri-la — Añadió.
No habían terminado de negociar el pasaje cuando el horizonte estalló en vapor y chispas. Un tiburón ballena steampunk, capitaneado por Horkynn y su horda de gnomos, emergió de las profundidades con calderas rugientes. A su flanco, mercenarios jíbaros en piraguas remaban con furia asesina.
—¡Hans! ¡Alcornoque! —chilló Horkynn desde la aleta dorsal mecánica—. ¡De esta no te salvas ni con alas de paloma!—
Y para colmo de males, por el aire se aproximaba Xilgas y su séquito de goblins en un dirigible artillado. . Junto a él venía una aberración pequeña, un híbrido entre oso y troll, tan feo como patear el rostro de un unicornio.
—Oh,mierda… —dijo Panda al ver que su "hijastro" se unía a la persecución.
—¡Jajajaja, igualito al padre! —manifestó uno de los tripulantes del Cakeuche.
Panda, nada complacido con este comentario, tomó un remo de un bote de emergencia y se lo estampó en la calaca del tripulante atrevido. El cráneo rodó un par de metros.
Íñigo, sin darse cuenta de lo ocurrido, ordenó abrir fuego de artillería contra el dirigible. Uno de los artilleros, por error, tomó el cráneo de su compañero y lo colocó en el cañón; acto seguido la calaca voló varios metros haciendo un arco durante su trayectoria y se hundió en lo profundo del mar.
—Ups… —dijo Panda al ver lo ocurrido.
—Ups dice el imbécil —replicó el tripulante, muy irritado por la pérdida de su cabeza y con una agilidad inusitada para un esqueleto persiguió a Panda por toda la cubierta dándole patadas en el trasero.
Por su parte, Horkynn recitó un ritual e invocó una quimera y con su voz ronca soltó:
—Mátalos a todos, mi querubín precioso.
La criatura emergió del círculo de invocación y arremetió contra el Cakeuche. La tripulación solo se resignó a su destino, el cual era zozobrar, pero la fortuna dijo otra cosa.
Desde un bolsillo olvidado de la gabardina mugrienta de Hans algo emergió. Era… era… ¿Un peluche de felpa a muy mal traer?
—¡Bubu, estás vivo! ¡Mi pequeño bebé! ¿Quién es el más lindo de los ositos? —dijo Hans al ver a su peluche de apego emocional cobrar vida.
—¡Hansy! ¡Te quiero mucho! —exclamó el osito mientras daba saltitos de alegría. Pero eso duró poco, ya que Bubu se dio cuenta de que una quimera amenazaba a Hans y sus amigos.
—Yo me encargo, ji, ji,ji —dijo el peluche animado. Luego de aquello recitó un cántico profano que por el simple hecho de recordar sus retorcidas palabras me da un terror absoluto.
Desde el mar algo ancestral emergió atraído por el funesto canto del peludo juguete. Era un Kraken; de hecho eran dos y… estaban en pleno acto de apareamiento, por lo que al interrumpirlos reaccionaron con total violencia.
Al emerger uno de los tentáculos atrapó en el aire a la quimera y el Kraken macho la devoró.
—¡Por Poseidón! ¡Mataron a mi Querubín!—exclamó el gnomo Horkynn.
Luego de superar el estado de shock dio orden de retirada y se abandonó el lugar en su ballena mecánica mientras decía a su tripulación:
—Mejor vamos a las carreras de centauros lisiados a apostar quién llega último.—
La tripulación vitoreó la decisión y se fueron a toda prisa.
Por su parte, Xilgas y su medio hermano híbrido hicieron una incursión de bombardeo contra los Kraken, cosa que solo logró enfurecerlos más.
Fue así que la hembra atacó al dirigible con sus tentáculos, los cuales la experimentada tripulación esquivó con destreza, pero no fue suficiente, ya que el macho Kraken también atacó y logró golpear al dirigible enviándolo lejos del lugar.
Uno de los goblins al ver que no ataban en apuros usó magia e invocó un portal para que los llevara a una zona de aterrizaje de emergencia. Quizás por mala fortuna terminaron en Nueva Jersey protagonizando el más horrible siniestro de dirigibles de la historia conocida: el accidente del Hindenburg. El portal no solo los envió lejos, sino que los envió al futuro…
Mientras esto ocurría, la tripulación del Cakeuche luchaba por evitar la zozobra.
—¡Todo a estibar costales de huesos, que para eso les pago! —exclamó el capitán Íñigo mientras usaba su sable con el fin de cercenar tentáculos.
—Pero si no nos paga, jefe —replicó un tripulante.
—Arrojen a este bellaco atrevido por la borda — Ordenó Íñigo, y al cabo de unos segundos dos hombres tiburón arrojaron al esqueleto insolente a la mar.
—Adiós, señor huesos —dijo Bubu tiernamente mientras Hans lo ponía en un lugar seguro.
—Quédate aquí, mi bebé. Hansy va a pelear contra los Kraken… pórtate bien, cosita linda, te quiero mucho — dijo el esperpento mágico al peluche.
Panda, que por fin se había librado del furioso esqueleto, contempló la escena y no pudo hacer nada más que vomitar, luego se recompuso, tomó un arpón y se apresuró a unirse a la batalla.
Mientras tanto, unos tentáculos arrancaron de cuajo el puesto del vigía, el cual era un esqueleto que tras el golpe terminó convertido aserrín de huesos.
Disparos de cañones, ataques con sables, hachas y todo lo que tuviese potencial con el objetivo de hacer daño no eran suficientes para derrotar a quienes habían hecho caer a los Titanes a las faldas del monte Olimpo.
Los Kraken golpeaban y golpeaban sin parar y aun así no lograban hundir al Cakeuche, que presentaba una tenaz pelea. Cuando todo parecía favorecer a los monstruos marinos, Íñigo recordó algo.
—Los asiáticos comen cefalópodos… y… los Kraken son calamares gigantes.—
De pronto el hombre sacó de su bolsillo un I-Horn 15, un cuerno de unicornio para la comunicación de última tecnología.
Panda, al ver el artilugio, dijo:
—Santa cabra inmaculada del Laberinto del Fauno… Es un I-Horn 15… ¿Ya salió a la venta?
—¡Silencio, par de engendros! —rugió Íñigo, callando a todos mientras se ponía el cuerno en la oreja con una pose de ejecutivo de Wall Street—. Me está dando tono… ¡Ah!
De repente, una voz metálica y lejana respondió desde el otro lado del dispositivo. El capitán enderezó la espalda y, con una reverencia automática que casi le hace perder el equilibrio en el muelle, exclamó:
—¡Mochi mochi! ¡Wako-desu ka? ¡Íñigo-desu! (¿Aló, aló? ¿Hablo con los Wako? ¡Soy Íñigo!)
Panda y Hans se miraron., y los demás hicieron lo propio solo por la pura confusión de ver a un pirata español hablando por un cuerno con modales de recepcionista de Tokio.
—¡Hai, hai! ¡Kraken-ga imasu! ¡Takusan no Kraken! ¡Sake to mizu-ame ga arimasu yo! ¡Hayaku kite kure, baka! ¡Sí, sí! ¡Hay Krakens! ¡Muchísimos! ¡Tenemos sake y jarabe de miel! ¡Vengan rápido, idiotas!)
Al colgar, el I-Horn emitió un tono de batería baja que sonó como un suspiro de alivio. Segundos después, el mar frente a Tortuga no solo se llenó de tentáculos y juncos piratas, sino que los Wako emergieron haciendo maniobras de drift acuático, gritando ¡Banzai!, mientras desenvainaban katanas que brillaban con luz de neón.
—¡Ya vienen! —exclamó Íñigo, guardándose el dispositivo en el cinturón; luego añadió de buena gana—: ¡Escuchad, percebes de alcantarilla! ¡Se abrió la temporada de sashimi de Kraken!
Los primeros juncos lanzaron arpones contra los gigantescos cefalópodos. La sangre azul brotaba a borbotones y aun así las bestias seguían dando pelea. Otros juncos disparaban sus cañones causando aún más daño a los Kraken.
De fondo se escuchaba una voz dulce y melodiosa en japonés que cantaba animando a los piratas Wako a pelear con un arrojo inhumano.
—¿Esa es Mitsuki Yamashita? ¿La famosa idol Kitsune? —preguntó Panda mirando al vocotaumaturgo
—Sí, pero no le digan que me encuentro en este lugar. ¡Por favor no le vayan a decir que estoy aquí! —respondió Hans con un tono cargado de desesperación mientras se colocaba una bolsa de papel en la cabeza con el propósito de ocultarse que para su desgracia contenía el vómito del plantígrado.
—¡Por la mierda! ¡Qué puto asco! —gritaba Hans.
Panda solo se reía mientras buscaba algo con que limpiar al vocotaumaturgo bañado en vómito.
Íñigo, al borde de un ataque de risa, se acercó al par de idiotas y preguntó:
—¿Por qué los piratas llevan armas adornadas con luces de neón y cintillos con orejetas de zorro?—
—Es el puto club de fanáticos de Mitsuki, un grupo de malnacidos con poco o nulo afecto femenino que buscan impresionarla —respondió Hans mientras se lavaba el cabello por primera vez en trescientos años.
Por su parte los piratas Wako hacían cosas cada vez más osadas para derrotar a los Kraken. De hecho varios se treparon a las criaturas y se abrieron paso hacia sus órganos vitales a punta de wakizashis y tantos, pero aun así las malditas bestias seguían peleando como si su vida dependiera de ello. (Naturalmente)
Los Kraken golpeaban a los navíos wako haciéndolos zozobrar, pero por cada barcaza perdida aparecían diez.
Uno de los juncos voló tan fuerte producto del golpe del Kraken macho que impactó contra la ballena mecánica de Horkynn Malvavisco.
—Puta madre…—fue lo único que alcanzó a decir antes de la explosión.
No fue hasta que mil trescientos piratas comenzaron a destazar en vida a los calamares mitológicos que la batalla se empezó a ganar.
—¡Eso, mis Kitsunes marinos! ¡Tráiganme la tinta y les cantaré algo kawaii! —gritó Mitsuki desde el junco principal de la flota, mientras brillantina y luces la envolvía como si un aura mística le rodeará.
Lo que aconteció después fue la carnicería más grotesca y nauseabunda que se haya visto en los nueve mares.
Tardaron con exactitud una hora en descuartizar a las criaturas y no se desperdició nada, ni siquiera el excremento, ya que este se usa para fertilizar los cultivos de mandrágoras y olivos flamígeros.
Íñigo y la tripulación celebraban la victoria.
—Preparen la mesa y saquen el mejor jerez de la reserva, que hoy hay festín de calamar —ordenó el capitán.
Por su parte los Wako repartían el botín en porcentajes iguales. Al Cakeuche le tocaron cinco toneladas de carne y cien galones de tinta. Una vez repartido el alijo los Wako volvieron a Okinawa junto a su adorada idol.
Entre el ajetreo de la cubierta una voz un tanto extraña y aristocrática se hizo escuchar.
—Traigan el wasabi y la salsa de soya —dijo la voz.
Hans miró a su alrededor y vio a un esqueleto vestido con delicadeza con un peluquín victoriano.
—Pero si es Lord Tripaseca… ¿Qué mierda hace usted aquí? —dijo Panda al percatarse de la presencia del esqueleto dueño de la taberna donde todo empezó.
Hans, un tanto asustado, observó a Lord Tripaseca y de su bolsillo sacó tres moscas y cinco monedas. Luego, tras un breve silencio, dijo:
—Creo que viene a cobrarnos los daños de su taberna, Panda.—
El esqueleto de inmediato negó con un movimiento de calavera.
—No, no, no, estimado señor Hans. De hecho vine a darle las gracias… Llevo años queriendo deshacerme del negocio familiar, lo odiaba con todo mi ser.—
Hans, Panda, el capitán Íñigo, Bubu y los demás presentes se miraron con rostros llenos de confusión.
De pronto uno de los tripulantes, un lobo marino con rostro humano y de muy malas pulgas, gritó:
—¡Salud por eso!—Y empezó la borrachera a bordo del Cakeuche.
—¡Sashimi y ron! ¿Qué más se puede pedir?—exclamó Hans mientras tomaba prestado el acordeón de Íñigo y se ponía a tocar melodías alegres de antiguas leyendas piratas.
De pronto Panda dijo algo que dejó callado a todos un segundo: planteó una carencia muy importante. Las súcubos.
Al escuchar esto, Lord Tripaseca sacó un grimorio todo empolvado y se dispuso a pronunciar palabras arcanas que con probabilidad algún borracho inventó en su ahora incendiada taberna.
En la pútrida cubierta del pecio se dibujó un círculo de invocación violeta con aura de oscuridad. Para sorpresa de todos los imbéciles a bordo, emergieron veinte súcubos. Estaban ataviadas con sedas y ropajes un tanto indecorosos, y cada una era más bella y atractiva que la anterior.
—Hola… Lord Papucho —dijo una súcubo de cabello violeta ondulado mientras con su mano acariciaba la calaca de Lord Tripaseca.
La tripulación aullaba como una jauría de Wendigos hambrientos. Todo era gritos, ron, apuestas y uno que otro duelo a muerte con cuchillo entre no muertos…
Pasaron varias horas de total desenfreno. El licor corría como agua en un manantial y la diversión no paraba, eso hasta que la borrachera masiva terminó.
Panda fue el primero en despertar y notar que el barco estaba brutalmente incrustado en el faro de algún lugar desconocido.
—Hans, despierta, zoquete, creo que encallamos —dijo el plantígrado conforme movía al idiota. Nada, no reaccionó ni por si acaso.
—Este animal desgraciado… —murmuró Panda mientras procuraba sin éxito despertar a Hans.
Luego de cinco tentativas fallidas, el peludo perdió la paciencia y de un fuerte puntapié en el trasero logró despertarlo.
Hans se levantó de golpe e intentó quejarse, pero su voz no salía. Trató de gritar, nada. Cantar, menos.
—¿Qué mierda te pasa, Hans? —preguntó Panda al ver que el imbécil hacía alaridos y ruidos carentes de toda inteligencia.
Por respuesta solo recibió gestos, algunos groseros, y murmullos sin sentido.
Bubu, al percatarse de lo ocurrido, añadió información relevante:
—Hansy, anoche por error te bebiste el agua del acuario de Íñigo y con ella a Pelusita, su fragata portuguesa.—
De pronto se oyeron pasos erráticos a través de la cubierta, cada vez más fuertes. Alguien se aproximaba y no venía con buenas intenciones.
—¡¿Dónde está Pelusita?! —exclamó el capitán Íñigo.
—¿La súcubo de pelo verde? —contestó Panda.
—¡No me respondas con otra pregunta, animal apestoso! —replicó Íñigo.
—Ah… no sé, pregúntale a Hans. Él estuvo anoche en tu camarote, así que supongo que esa “Pelusita” debió estar allí —contestó Panda mirando a Hans de forma acusatoria.
Íñigo cayó en una profunda depresión al enterarse de que un imbécil al borde del coma etílico había ingerido su fragata portuguesa llamada Pelusita.
—¡Qué tienes que decir, canalla! —exclamó Íñigo mientras agarraba del cuello a Hans, quien por su parte, sin poder hablar, solo balbuceaba.
—Así que de verdad estás mudo… —murmuró Íñigo—
Hans sin duda lo estaba. Lo cual sería grave para cualquiera… pero catastrófico respecto de alguien cuya única virtud era hablar. Ahora ni eso: apenas una granja portátil.
¿Por qué así? Simple: por alguna extraña razón, Hans al intentar insultar emitía un sonido animal aleatorio.
—¡Ja, ja, ja! ¡El imbécil al tragarse a Pelusita se envenenó! ¡Ja, ja, ja! —se burló Panda.
—A ver, abre el hocico, Hans —ordenó Íñigo para ver si la medusa aún estaba viva en su garganta.
—Oink, oink, oink —(el hocico, el de tu abuela, idiota) —replicó Hans.
Bubu miraba preocupado a Hans y con su voz dulce y tierna preguntó:
—Tío Íñigo, ¿Hansy va a morir?
El capitán miró al osito fijamente y con una risa un tanto burlona respondió:
—Bah, a ese animal ni la muerte lo quiere.
—¡Cuack, cuack, cuack! —(¡Animal el que parió a Íñigo!) —replicó el enmudecido mago.
—¿Alguien entiende qué mierda está diciendo? —preguntó el capitán mientras introducía una pinza de herrería en la garganta de Hans.
Panda, que estuvo callado un rato (milagro), sacó de quién sabe dónde un diccionario del lenguaje animal, lo ojeó un momento y dijo con voz de académico lingüístico:
—Hans dice: “Me gusta vestirme de Banshee por las noches y vendí fotos en calzones por cinco doblones de oro.”
Hans, entre arcadas, respondió:
—¡Meeeh, meeeh, meeeeeh! —(¡No he dicho eso, bola de guano!)
—¡Y listo! Pelusita está viva, pero traumatizada por haber pasado horas en el hocico sin lavar de Hans —dijo el capitán mientras ponía a Pelusita en un recipiente con agua.
—Tío Íñigo, ¿cuándo volverá a hablar Hansy? —preguntó Bubu.
—De dos días a una semana, más o menos —respondió.—Ojalá sea un año —añadió luego.
Hans al oír esto se levantó y le propinó un puntapié certero a Íñigo. El pobre capitán tuvo que correr al retrete y al poco andar se tropezó con una cubeta de agua sucia, estrellando su maltrecho rostro contra la cubierta.
—¡Ay, me cago! ¿Quién puso eso a mitad del camino?—
Luego se levantó a toda prisa y corrió, solo para enredarse en una red de pesca.
—¡Por la mierda! ¡Ay, ay, ay, no aguanto!—
Una vez se liberó de la red se dirigió al retrete de la tripulación y muy a su pesar estaba ocupado. Así que raudamente echó a correr mientras retenía el esfínter, y a dos metros de su camarote una bandada de gaviotas lo atacó por sorpresa, ya que al haberse enredado en la red de pesquería quedó impregnado del aroma a pescado muerto.
Con todo esto, tal parece que no alcanzó a llegar a tiempo, porque el personal de limpieza de la cubierta mencionó algo sobre Íñigo y una estela de excremento.
Luego del incidente estomacal del capitán, uno de los tripulantes —y sí, es el mismo esqueleto que pierde su cráneo por circunstancias absurdas— se acercó a Íñigo y dijo:
—Capitán, creo que encallamos en el fin del mundo.—
Panda, al observar la escena, perdió la paciencia y exclamó:
—¡Esa es la mierda que llevo diciendo tres horas y nadie me toma en cuenta!
Luego respiró profundo, solo para seguir gritando:
—¡Y noooo, que Pelusita aquí, que Hansy está mudo… me los paso por el trasero!
Dos tripulantes que observaban la espontánea catarsis de Panda se miraron mutuamente y uno de ellos dijo:
—Oí rumores de que los hombres oso odian las serpientes, y aquí es un nido de ellas.
—Ya veo… así que es la herpetofobia lo que puso de mal humor al señor Panda.—
Íñigo por su parte movía la cabeza intentando que sus atrofiadas neuronas hicieran sinapsis y encontraran la paciencia necesaria para la situación.
—¡Ja, ja, ja, sé tu secreto! ¡Le temes a las serpientes marinas! —exclamó Íñigo burlándose de Panda.
(El mundo mágico sabe muy bien que los Theriántropos úrsidos, es decir los hombres oso, le tienen especial pavor a las serpientes. Nadie conoce por qué, ya que estos seres nunca hablan de ello, como si fuese un tabú.)
El peludo adefesio negó rotundamente las aseveraciones del capitán y luego de una breve pausa dijo:
—¿Se preocupa de rumores infundados sobre mi persona y no se ha percatado de qué...? ¡Estamos encallados!—
Íñigo frunció el ceño y miró fijamente a Panda, luego respondió:
—Ya sé que Hans está callado, pero no lo grites.
Bubu, que observó la escena en completo silencio, se subió al hombro del capitán y giró poco a poco su cabeza en dirección al faro en el que estaban incrustados.
—¡¿Y por qué mierda no me avisaron que encallamos?! —exclamó Íñigo mientras profería insultos y patadas a su tripulación.
Panda, al escuchar la última frase del capitán de pacotilla, entró en una especie de colapso nervioso y agarró a patadas a un miembro de la tripulación por pura frustración.
Resultó ser que dicho desafortunado era el mismo que perdía su calaca de la manera más absurda posible.
Mientras estaban en ese asunto un gruñido cada vez más cercano se hizo escuchar. De pronto el lugar se inundó de un olor a excremento.
—Panda… ¿Te cagaste? —preguntó Lord Tripaseca mientras buscaba algo para que el plantigrado limpiara su indecencia.
Panda exclamó
—¡Serpiente marina!— sembrando el pánico en la expedición.
De pronto una voz extraña dijo:
—¿Dónde? ¿Dónde está la serpiente?
Todos miraron en dirección a la extraña voz, que resultó ser la de un minotauro bonachon.