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CAPÍTULO 9: LA CONDENA DEL TIEMPO

SIETE NOCHES DE SANGRE · por NeriumCuentaOffi · 04 de septiembre de 2026

Durante los meses siguientes, Varek convirtió la precaución en una obsesión. Comprobaba el parque minuciosamente antes de permitir que Elara se acercara. Otras veces abría la grieta en callejones alejados y recorría el perímetro a pie, buscando rastros infernales, cualquier indicio de que indicara que Uldred, o alguien peor, había vuelto para cobrar su deuda antes de tiempo.

Elara notó el cambio. Al principio, protestó, indignada y divertida a partes iguales por ver a un demonio de alto rango comportarse como un guardaespaldas paranoico.

—No me sigas cuando estoy sola —le dijo una noche, mientras él inspeccionaba los arbustos cercanos con una intensidad inquietante.

—No puedo garantizar tu seguridad si no controlo el entorno —respondió él, sin levantar la vista.

—Entonces no te quejes cuando empiece a lanzarte cosas.

Varek por primera vez, decidió que aquella amenaza era real. No por el riesgo físico, sino porque entendió que ella necesitaba sentir que tenía control sobre algo. Así que asintió, un gesto breve, y retrocedió. Fue una concesión pequeña, pero en la arquitectura de su relación, fue un cimiento nuevo.

Uldred cumplió su parte: no volvió a dejarse ver por Cernunnos. Pero la deuda pendiente y el favor no formulado permanecían entre Varek y Elara.

El primer año dio paso al segundo. Las estaciones giraron alrededor del banco de madera. La nieve invernal se disolvió en lluvias de primavera, seguidas por las noches húmedas de verano en las que Elara dejaba el abrigo en casa y Varek descubría con perplejidad que no sabía qué hacer con las manos cuando ella llevaba los brazos descubiertos. El otoño volvió a cubrir los senderos de hojas crujientes, y el invierno regresó finalmente con su manto blanco y su silencio absoluto.

Y con el segundo invierno llegó algo para lo que Varek no estaba preparado.

El tiempo empezó a tomar forma. No el tiempo del Averno, sino el otro. El tiempo humano.

—Hoy es mi cumpleaños —dijo Elara.

Varek giró la cabeza. El movimiento fue tan súbito, que ella sonrió.

—¿Qué significa? —preguntó él.

Ella se quedó mirándolo, con el termo medio abierto entre las manos.

—¿Sabes qué es un cumpleaños?

—Sé qué significa la palabra. Una conmemoración anual del nacimiento.

—Pues eso.

—¿Por qué lo anuncias?

—Dios. Eres realmente terrible en esto.

—¿En qué?

—En ser una persona.

—No soy una persona.

La sonrisa de ella se redujo, aquella reducción fue más dolorosa que cualquier reproche.

—Ya —murmuró ella.

Elara sirvió el café, y el vapor ascendió en espirales blancas que se deshacían en el aire gélido.

—No era un reproche —añadió Elara, rompiendo el silencio—. Solo era una observación.

Él estudió su rostro, buscando algo, una señal que le dijera qué había detrás de aquellas palabras. Había algo diferente pero no sabía identificarlo.

—¿Cuántos? —preguntó Varek.

—Eso no se pregunta.

—Acabas de decirme que es la fecha de tu nacimiento.

—Y tú acabas de arruinar el protocolo.

Él frunció el ceño desorientado y Elara volvió a reír, esta vez con más ligereza.

—Está bien. De mi bolso, coge el paquete envuelto.

Varek lo hizo con una torpeza casi cómica para un ser capaz de rasgar la realidad con dos dedos. Era una magdalena pequeña con una vela minúscula clavada en el centro.

—¿Qué haces? —preguntó él, observando la diminuta llama que Elara encendió con un mechero.

—Celebrar.

—¿Sola? —La pregunta brotó antes de que pudiera frenarla.

Elara contempló la llama temblorosa. Por un instante, la nostalgia apagó el brillo de sus ojos.

—Mi madre era la que insistía en estas cosas. Decía que los cumpleaños no servían para celebrar simplemente haber sobrevivido otro año.

—Eso es exactamente lo que significa sobrevivir.

—Sí, a mí de niña me parecía igual de absurdo —sonrió ella—. Pero ella decía que servían para recordar que el tiempo ha pasado... y que todavía quedan cosas por hacer antes de que se agote.

Varek miró la llama. En el Infierno, el tiempo no medía la vida; medía las eras, las guerras y las caídas de los Reyes. Los demonios no tenían edad; existían hasta que eran disueltos. Los humanos, en cambio, llevaban el tiempo cosido a la piel, en los huesos, en pequeñas velas encendidas sobre un trozo de pan dulce.

—¿Qué tienes que hacer tú? —preguntó Varek en voz baja.

Elara lo pensó mientras trazaba círculos con la yema del dedo sobre el borde del vaso.

—Muchas cosas.

—Enuméralas.

—No.

—¿Por qué?

—Porque intentarías organizarlas como si fueran un despliegue táctico.

—Eso sería más eficiente.

—Precisamente por eso no te las diré.

Elara sopló la vela. Un hilo de humo gris ascendió entre los dos.

—Pide un deseo —dijo ella, partiendo la magdalena en dos y ofreciéndole la mitad.

—¿Yo? No funciona así. Tu madre lo celebraba contigo, tú lo celebras ahora. Es tu deseo.

—Ya he pedido el mío.

Varek aceptó el trozo. El sabor dulce le resultó extraño, casi invasivo en la lengua. Mientras comía en silencio, algo en el cabello de Elara captó la luz anaranjada de la farola, entre el cobrizo oscuro, brillaba algo distinto. Una hebra plateada.

Varek frunció el ceño, se acercó despacio, extendiendo la mano hasta que sus dedos rozaron el mechón junto a su sien. El contacto fue tan suave que Elara apenas pestañeó. Él atrapó la hebra entre el pulgar y el índice. Era fina, sedosa, brillante. Elara comprendió de inmediato lo que él estaba mirando.

—Ah —murmuró ella suavemente—. Eso.

—No estaba el invierno pasado.

—Seguro que sí y no te fijaste.

—No, llevo dos años observándote. Conozco cada patrón de tu cabello. Esta es nueva.

Elara intentó sonreír, pero la expresión le quedó a medias.

—¿Llevas un inventario de mis canas?

Varek no respondió, aquel silencio era una confesión.

La sonrisa de Elara desapareció lentamente, y en su rostro se dibujó una comprensión lenta y pesada.

—Varek...

Él soltó el cabello, pero sus dedos se quedaron en el aire incapaces de aceptar la evidencia. Varek conocía la biología humana. Había visto a miles de mortales envejecer y morir desde la distancia; había arrastrado sus almas hacia las fosas del Averno sin dedicarles un solo pensamiento. Sabía que vivían setenta, tal vez ochenta años en el mejor de los casos.

Pero eran datos abstractos. Cifras en un registro. Calculó los años de Elara. Los años probables que le quedaban. Vejez. Enfermedades. Accidentes. La degradación lenta e inevitable de la carne mortal.

—Para —dijo Elara.

—¿Qué?

—Estás haciendo cuentas. Puedo verlo en tu cara.

—Treinta... tal vez cuarenta inviernos más —murmuró Varek, como si estuviera descifrando una condena personal—. Cincuenta si la suerte te acompaña.

—No soy una ecuación con fecha de caducidad, Varek.

—Todos los humanos lo sois.

Elara se tensó y se puso en pie de golpe. El banco crujió bajo su movimiento.

—No hagas eso —dijo ella, con una furia contenida que hacía temblar su aliento.

—¿Hacer qué?

—Convertirme en un problema táctico que tienes que solucionar.

—No estoy...

—¡Sí lo estás haciendo! —le interrumpió ella, dando un paso atrás en la nieve—. Te he visto hacerlo con todo. Con las fisuras, con los registros, con Uldred. Encuentras una amenaza, calculas cuánto falta para que te destruya e intentas diseñar una estrategia para neutralizarla.

—Es la razón por la que sigo existiendo.

—¡Pero yo no soy un enemigo ni una misión! No quiero que me mires como si fuera un reloj de arena que se está vaciando.

Varek guardó silencio. No podía contradecirle porque ella tenía razón. Su mente infernal, forjada en la supervivencia y la estrategia, buscaba desesperadamente una falla en la regla, un enemigo al que ejecutar para detener el proceso, un superior al que desobedecer. Pero no había nadie a quien matar. El enemigo era el tiempo mismo.

—Soy humana, Varek —dijo Elara, la rabia de su voz comenzó a resquebrajarse, dejando ver la vulnerabilidad que había debajo—. Voy a envejecer. Y un día, voy a morir. Así es como funciona.

—No tiene por qué... —empezó él, pero se detuvo.

No sabía qué iba a decir. No existía un hechizo de protección contra los años. No existía una pared que pudiera levantar para frenar la biología.

Elara lo observó, la tristeza en sus ojos grises fue peor que su enfado.

—Varek. Mírame.

Él no quería hacerlo, pero la obedeció.

—No voy a morirme mañana —dijo ella con calma—. Ni el mes que viene.

—No puedes garantizarlo. Un accidente, una fiebre...

—Tú tampoco puedes garantizar que no te descubran en el Averno mañana por la noche —le recordó ella con dureza—. Vivimos con el riesgo. La diferencia es que yo he tenido toda mi vida para aceptarlo.

Varek se levantó y señaló los edificios lejanos, las ramas desnudas contra el cielo nocturno.

—Yo seguiré aquí cuando estos árboles hayan caído —dijo, su voz no transmitía orgullo, sino un horror profundo que jamás había experimentado—. Cuando los edificios sean polvo. Cuando nadie en esta ciudad recuerde tu nombre. Seguiré exactamente igual.

Elara tragó saliva. La inmensidad de esa afirmación cayó sobre ella, pero no retrocedió.

—Sí —asintió ella en un susurro—. Así será.

—No me parece aceptable.

—No tiene que parecerte aceptable. Es la realidad.

Varek apretó los puños a los costados. Había visto imperios caer, había visto demonios mayores ser disueltos en la nada y jamás había cuestionado el orden de las cosas. Para él, la inmortalidad era simplemente la norma. Una ventaja operativa.

Por primera vez en más de quinientos años de existencia, la inmortalidad no le pareció una bendición ni una fortaleza.

Le pareció una condena eterna.

Elara dio un paso hacia él. Rompió la distancia que él mismo había marcado y extendió la mano hasta tocarle la cara. La piel de ella estaba fría por el invierno, pero para Varek, el contacto fue abrasador.

—No pienses en el final antes de que ocurra —pidió ella en voz baja—. Si solo miras cuánto tiempo nos queda, vas a lograr que el tiempo que tenemos ahora no sirva de nada.

Varek cerró los ojos un segundo, dejando que el peso de su mano humana sobre su mejilla sostuviera la tormenta que se había desencadenado en su interior. La idea de verla cambiar, de verla debilitarse, de verla desaparecer mientras él permanecía intacto era una tortura peor que cualquier castigo de los Señores del Averno.

Y en ese instante, en el silencio de un parque helado, una semilla oscura e ignorada echó raíces en la mente del demonio. Un pensamiento prohibido, lejano y peligroso, una historia que los ancianos del Infierno solo pronunciaban en susurros: la historia de aquellos que habían buscado dejar de ser inmortales por amor.

Varek abrió los ojos, miró la hebra de plata en el cabello de Elara y apretó los dedos sobre la mano de ella.

—No me iré —dijo él, respondiendo a una pregunta que ella no había hecho, pero que ambos sentían.

—Lo sé —murmuró Elara—. Pero aprende a vivir el presente, Varek. Es lo único que los mortales tenemos.

Aquella noche no volvieron a hablar de la hebra plateada ni de las matemáticas de la vida. Pero mientras permanecían sentados juntos en el banco bajo la nieve, Varek supo que había cruzado una línea de la que jamás podría regresar. Ya no solo desobedecía por curiosidad o por compañía.

Ahora temía al tiempo. Y un demonio que teme al tiempo es un demonio dispuesto a buscar lo imposible.

• • •

"LA INMORTALIDAD SOLO ES UNA VENTAJA HASTA QUE ENCUENTRAS ALGO QUE VALE MÁS QUE LA ETERNIDAD."
Porque el amor no vuelve frágil al demonio por lo que le pueden hacer, sino por todo lo que no puede evitar que el tiempo destruya.

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