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CAPÍTULO 4: LA PRIMERA MENTIRA

SIETE NOCHES DE SANGRE · por 「NERY DESIGN」 · 20 de agosto de 2026

INFIERNO CENTRAL. FORTALEZA DE KAEL.
REGISTRO DE INGRESO: 04:12 HORAS.
MISIÓN: RECUPERACIÓN EXITOSA.

Varek regresó al Infierno con el alma fugada en el bolsillo y un nombre que no debería haber conservado en la memoria. Se le había adherido al pensamiento como una astilla bajo la piel, pequeña pero imposible de ignorar, y por más que intentara arrancarla durante el trayecto entre mundos, seguía allí, clavada en algún punto exacto de su conciencia donde no tenía derecho a existir.

La grieta se cerró a su espalda con un estremecimiento apenas perceptible. El aire frío de Cernunnos desapareció de inmediato, sustituido por el calor seco y opresivo de los niveles centrales, por ese olor que llevaba siglos respirando y que nunca terminaba de resultarle indiferente.

Todo estaba exactamente como lo había dejado. Los corredores se extendían en la misma penumbra rojiza de siempre, los lamentos amortiguados tras los muros seguían sonando como un murmullo lejano que nadie escuchaba ya, las sombras se arrastraban por las juntas de la roca con la pereza de siempre, y los demonios de rango inferior inclinaban la cabeza al cruzarse con él. Nada había cambiado. Aquello debería haberlo tranquilizado, debería haberle devuelto la certeza de que el mundo seguía girando sobre su eje, pero no lo hizo.

Varek avanzó hacia la cámara de registro y depositó la cápsula de hueso ennegrecido sobre una mesa tallada en roca volcánica y esperó. El demonio encargado de recibir las almas verificó las marcas, abrió el sello lo justo para comprobar que el condenado seguía dentro y volvió a cerrarlo.

—Recuperación limpia —gruñó.

Varek asintió.

—¿Incidentes?

La pregunta formaba parte del protocolo, una formalidad tan gastada como las inscripciones de los muros. La respuesta también lo era.

—Ninguno.

La palabra salió con demasiada facilidad, como si llevara ensayada desde antes de que la formularan, y esa misma fluidez debería haberlo alarmado. El demonio grabó una marca sobre una tablilla oscura con la punta de una garra y apartó la cápsula sin mirarla. Misión terminada. Varek debería haber regresado a su puesto, debería haber dado media vuelta y dejado que la rutina lo absorbiera de nuevo. En lugar de hacerlo, se quedó mirando la línea que acababa de aparecer en el registro, grabada con una precisión que no admitía matices.

INCIDENTES: NINGUNO.

Había mentido. No con una verdad torcida para cumplir una orden, ni mediante una omisión solicitada por Kael, ni con ese tipo de silencio estratégico que los demonios aprendían a dominar antes de aprender a hablar. Había mentido porque quería conservar algo para sí mismo, porque existía un fragmento de aquella noche en Cernunnos que no estaba dispuesto a entregar al Averno, y aquello era distinto. Mucho más peligroso.

—¿Piensas quedarte ahí toda la noche?

Uldred lo observaba junto a una de las columnas con esa quietud paciente de quien lleva rato esperando y disfruta haciéndolo notar. Su superior inmediato tenía un rostro que parecía construido con demasiadas piezas y ensamblado después con poca paciencia: la mandíbula excesivamente ancha, la piel oscura recorrida por pequeñas grietas que dejaban entrever un resplandor enfermizo debajo, y cuando sonreía, enseñaba más dientes de los que una boca razonable debería contener.

—La misión está cumplida —dijo Varek.

—Eso veo.

Uldred se acercó a la mesa con pasos deliberados, pasó un dedo sobre el registro, y detuvo la yema sobre una cifra concreta.

—Tardaste más de lo previsto.

—El objetivo se había desplazado.

—Diecisiete minutos.

Varek lo miró. Uldred golpeó dos veces la tablilla con una uña negra.

—Diecisiete minutos por encima de la estimación.

—Lo recuperaré en la próxima misión.

—No te estoy reclamando tiempo. Me pregunto qué hiciste con él.

Varek sostuvo su mirada. Durante siglos había aprendido que la mejor forma de esconder una mentira era no adornarla, no justificarla, no ofrecer más de lo necesario.

—Cumplir la misión.

Uldred esperó. Varek también. El silencio entre ambos se llenó con el crepitar lejano de las antorchas y el goteo constante de algo viscoso en algún punto indeterminado de la fortaleza.

Finalmente, el demonio apartó la mano del registro.

—Qué decepción.

—¿Qué cosa?

—Por un momento pensé que habías encontrado algo interesante.

Varek no respondió. Uldred pasó junto a él y le dio una palmada en el hombro, un gesto que en otro contexto podría haber parecido casi afectuoso y que en aquel lugar sonaba a advertencia.

—Vuelve a tu puesto.

Esa sí era una orden. Varek la obedeció.

Mientras caminaba por los corredores de la fortaleza, con el eco de sus propios pasos como única compañía, intentó convencerse de que el encuentro con la humana terminaría allí, de que sería una nota al margen en la rutina de siglos, una anomalía nada más.

Elara era una anomalía entre millones de mortales, una mujer capaz de ver aquello que debería permanecer oculto tras los velos de la percepción humana. Una curiosidad que no justificaba otro pensamiento, un dato que no merecía ser archivado en ningún lugar que no fuera el olvido. Varek sabía separar lo útil de lo irrelevante. Siempre lo había hecho. Era una de las pocas habilidades que el Averno le había grabado a fuego en la naturaleza y que nunca le habían fallado.

Por eso, cuando regresó a su puesto de vigilancia y la imagen del parque apareció de nuevo en su cabeza, la apartó. Cuando recordó los ojos verdes atravesados por vetas grises, apartó también ese recuerdo. Cuando escuchó a un condenado suplicar al otro lado de una puerta y la memoria, traicionera, le devolvió la forma en que Elara había pronunciado su nombre, se obligó a pensar en otra cosa, en cualquier otra cosa, en el turno siguiente, en los relevos.

Funcionó durante casi una hora.

Después volvió a recordarla. No como un pensamiento completo, sino en fragmentos. Había sobrevivido siglos porque nunca permitía que un pensamiento inútil permaneciera demasiado tiempo, porque la permanencia era el primer paso hacia la obsesión y la obsesión, en el Averno, era una forma de muerte. Aquella mujer no debería haber sido una excepción.

Y, sin embargo, lo era.

Pasaron doce noches. Varek las contó, y aquello fue lo primero que le molestó, porque contar implicaba esperar, y esperar implicaba desear, y desear era un verbo que no debería conjugar en ningún tiempo.

No tenía ningún motivo para contar los días del mundo humano. El tiempo mortal carecía de importancia en el Averno, donde las horas servían únicamente para organizar misiones, ejecuciones y relevos, donde los demonios no esperaban amaneceres ni temían envejecer, donde el sol no significaba nada y la luna era solo un nombre que nadie pronunciaba. Aun así, Varek empezó a hacerlo, a marcar cada ciclo con una precisión que no le había dedicado a ninguna otra cosa en siglos.

La primera noche se dijo que no regresaría. La segunda, también. En la tercera revisó los registros de incursiones cercanas a Cernunnos; no había ninguna. En la quinta preguntó, con aparente casualidad, si se habían detectado nuevas fisuras en la región. No se habían detectado. En la séptima encontró una excusa para consultar mapas de tránsito dimensional, trazando rutas que no llevaría a cabo, memorizando coordenadas que no usaría. En la novena comprendió que ya no estaba buscando una misión.

Estaba buscando una justificación.

Eso lo enfureció.

Durante siglos, Varek había actuado porque alguien ordenaba algo y él lo ejecutaba. El mecanismo era sencillo. Una orden eliminaba la elección. Sin elección no había responsabilidad. Sin responsabilidad no había arrepentimiento. Sin arrepentimiento no había dolor. Era una cadena de ausencias que lo protegía de todo, una armadura construida con vacíos.

Pero nadie le había ordenado regresar a Cernunnos. Nadie necesitaba que volviera a sentarse en aquel banco. Nadie, excepto esa parte recién descubierta de sí mismo que insistía en formular, una frase que no tenía derecho a existir en la boca de un demonio.

Quiero verla.

La aceptó en la duodécima noche, sentado en la oscuridad de su puesto, con las manos inmóviles sobre las rodillas y aquella frase repitiéndose en su interior. Y en cuanto lo hizo, dejó de pelear contra ella, cometió algo todavía peor: actuó.

Esperó al cambio de vigilancia, ese breve intervalo en que los supervisores bajaban la guardia para registrar los turnos entrantes. Modificó dos registros menores para que su ausencia pareciera un desplazamiento entre niveles, una tarea rutinaria que nadie cuestionaría. Comprobó tres veces que estuviera solo, que ningún ojo lo observara desde las sombras, que ninguna marca en el suelo delatara su presencia.

Después abrió una grieta sin autorización. El aire se rasgó frente a él. Al otro lado apareció el aparcamiento subterráneo de Cernunnos.

Podía cerrarla. Todavía estaba a tiempo, todavía podía deshacer el gesto y regresar a la oscuridad de la cámara como si nada hubiera ocurrido. Kael jamás sabría nada. Uldred no tendría un segundo retraso que analizar. La humana se convertiría en una rareza que algún día dejaría de recordar, una nota al margen borrada por el tiempo. La opción correcta estaba delante de él, clara, sencilla, segura..

Varek cruzó.

La grieta se cerró a su espalda, y el silencio que dejó tras de sí pesó más que cualquier sonido. Por primera vez desde que servía a Kael, había desobedecido sin que nadie lo obligara, sin que una orden contraria lo justificara, sin que el miedo a un castigo mayor empujara sus pasos. Lo había hecho porque quiso.

Cuando llegó al parque, estaba vacío. Varek se detuvo junto al sendero. La farola seguía allí. El banco también. Pero Elara no.

La decepción llegó tan rápido que no tuvo tiempo de impedirla. Había asumido que estaría allí. ¿Por qué? Habían hablado una sola vez. No habían acordado volver a verse. No existía promesa alguna. Solo una conversación de madrugada entre una humana incapaz de ignorar lo imposible y un demonio que debería haber sabido marcharse.

Se acercó al banco. Una hoja seca descansaba sobre la madera. Nada más.

Varek se quedó mirando el asiento vacío. Había abierto una grieta ilegal, manipulado registros y arriesgado siglos de servicio para encontrar un banco vacío. Kael habría considerado aquello una prueba definitiva de estupidez.

Varek también.

Se dio media vuelta.

—Has tardado.

La voz llegó desde detrás de él, suave y ligeramente ronca. Elara avanzaba por el sendero con un termo metálico en una mano y un libro bajo el brazo. Llevaba el mismo abrigo oscuro de la primera noche, aunque esta vez el cabello estaba recogido sin cuidado sobre la nuca.

Parecía cansada. Había sombras bajo sus ojos que no estaban la primera noche, una tensión en los hombros que hablaba de noches mal dormidas. Y estaba sonriendo. Una sonrisa pequeña, cautelosa, pero innegable.

Varek tardó demasiado en responder.

—No sabía que me esperabas.

—Yo tampoco —dijo Elara al llegar junto al banco—. Hasta hace veinte minutos.

Varek frunció el ceño.

—¿Has vuelto a soñar?

La sonrisa de ella perdió parte de su ligereza.

—Sí.

Se sentó y dejó el libro a su lado, sobre la madera húmeda. Varek no lo hizo.

—¿Qué viste?

—El aparcamiento.

—¿Algo más?

—A ti.

—La otra vez dijiste que no podías verme.

—La otra vez no podía.

—¿Y ahora?

Elara lo observó con atención, con esa mirada que no se apartaba, que no parpadeaba, que parecía buscar algo detrás de lo visible.

—Esta vez estabas de espaldas.

—Eso no responde.

—No te vi la cara, si es lo que quieres saber.

Varek permaneció de pie, con las manos a los costados y la mandíbula tensa. Aquello no le gustaba. La capacidad de Elara había parecido extraña durante el primer encuentro, una anomalía curiosa que no pasaba de ser una rareza estadística. Ahora empezaba a parecer otra cosa.

—¿Desde cuándo tienes esos sueños?

Elara rodeó el termo con ambas manos, buscando el calor del metal, y su mirada se perdió en algún punto intermedio entre el café y la nada.

—Desde pequeña.

—¿Cuántos años?

—Los suficientes para saber que nadie quiere escuchar a una niña que dice que hay personas dentro de las paredes.

—¿Tus padres?

Algo cambió en la expresión de Elara. No mucho. Una tensión pequeña alrededor de los ojos, un endurecimiento casi imperceptible de la línea de la boca.

—Mi madre me creía.

—¿Por qué?

—Porque a veces ella también veía cosas.

Aquello despertó una alerta inmediata, un instinto que Varek llevaba tan grabado que reaccionó antes de que el pensamiento lo procesara. Se sentó por fin, aunque dejó más distancia entre ambos que la primera noche, como si la proximidad física pudiera facilitar algo que aún no estaba dispuesto a permitir.

—¿Qué cosas?

—Has vuelto después de casi dos semanas y ya estás interrogándome.

—Necesito entenderlo.

—Yo también.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

Varek la miró. Elara sostuvo su mirada, y en sus ojos verdes había una firmeza tranquila que no debería haber sido posible en una humana sentada frente a algo que no comprendía.

—Tú sabes qué eres —dijo ella—. Sabes qué era aquello que atrapaste. Sabes cómo atravesaste una grieta en el aire y por qué tus ojos se vuelven rojos cuando dejas de fingir. Yo no sé nada de eso.

Varek no respondió. Elara inclinó ligeramente la cabeza, y un mechón suelto le cayó sobre la frente.

—Y, aun así, eres tú quien necesita respuestas.

Había un desafío sereno en sus palabras, una calma que no era ausencia de miedo sino la decisión consciente de no dejarse gobernar por él. Varek descubrió que no le molestaba. Que, de hecho, aquella resistencia tranquila le resultaba más interesante que cualquier obediencia que hubiera recibido en siglos.

—No puedo contártelo todo.

—No te he pedido todo.

—Todavía.

Elara abrió el termo y sirvió café en la tapa.

—Solo quiero saber una cosa: ¿volver a verme te pone en peligro?

La pregunta lo sorprendió. No preguntó qué era. No preguntó qué había dentro de la cápsula. No preguntó de dónde venía ni a quién servía ni cuántos años llevaba existiendo. Preguntó por el riesgo. Por él.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué has vuelto?

Varek encontró varias respuestas en menos de un segundo: una comprobación, una investigación, curiosidad, precaución. Todas eran ciertas en algún grado. Ninguna resistía la forma en que ella lo miraba, esa mirada directa que parecía ver a través de las palabras hasta encontrar lo que había debajo.

—No lo sé.

Elara levantó una ceja.

—Creía que siempre elegías las palabras antes de decirlas.

—Lo hago.

—Pues esa no parece muy trabajada.

Varek sintió una presión extraña en el pecho. Elara sonrió un poco más. Tardó unos segundos en comprender que acababa de burlarse de él.

Nadie se burlaba de él. Los demonios inferiores no se atrevían porque le temían; los superiores, porque apenas lo recordaban; Kael, porque jamás habría desperdiciado tiempo en algo semejante. Varek debería haberse sentido ofendido.

En cambio, aquella presión en el pecho aumentó.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando el termo.

Elara miró el recipiente como si le hubiera señalado una piedra.

—Café.

—Sé qué es el café.

—Entonces acabas de hacer una pregunta bastante preocupante.

—¿Por qué has traído dos vasos?

Elara se quedó callada un instante. Sus dedos tamborilearon sobre el metal del termo, un sonido pequeño, metálico, que llenó el silencio entre ambos.

—Porque esperaba que vinieras —admitió.

Ahora fue él quien no supo qué decir. Elara sirvió una segunda porción y se la ofreció.

—No tengo que beberlo, ¿verdad?

—¿Puedes?

—Sí.

—¿Te va a matar?

—No.

—Entonces, bebe.

Varek miró el líquido oscuro. Después a ella.

—Eso ha sonado como una orden.

—¿Te gustan las órdenes?

Varek bebió. El café estaba caliente. Amargo. Demasiado intenso, con un regusto a tierra quemada que le recordó, por un instante absurdo, el olor del Averno. Hizo una mueca.

Elara se echó a reír. No una sonrisa contenida, sino una risa baja al principio y después más abierta, cálida, inesperadamente humana.

—Es horrible.

—Le has declarado la guerra al café en menos de cinco segundos.

—No entiendo por qué lo bebéis.

—Porque algunos necesitamos sobrevivir a las mañanas.

—Yo sobrevivo perfectamente sin él.

—Eso explica tu carácter.

Varek volvió a mirar el vaso. Bebió otra vez. Seguía siendo horrible, un líquido agresivo que le quemaba la lengua y le dejaba un sabor a ceniza en el paladar. Pero Elara volvió a sonreír, y algo en la forma en que la luz de la farola le iluminaba el rostro mientras lo hacía convirtió aquel sabor en algo secundario. Así que no se lo devolvió.

Cuando regresó al Averno aquella madrugada, con el frío del mundo humano todavía adherido, el sabor del café desapareció mucho antes que el recuerdo de aquella sonrisa.

• • •

"HAY MENTIRAS QUE NO CONDENAN A QUIEN LAS DICE. SOLO REVELAN QUE YA NO QUIERE SER SOLO QUIEN ERA."
Porque la primera desobediencia no se mide por el castigo que merece, sino por la parte de uno mismo que se atreve a salvar.

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