El avión aterrizó con suavidad a las 4:27 p. m. El sol caribeño ya comenzaba a inclinarse, pero seguía siendo implacable. Éloi se abanicó con el pasaporte, igual que la primera vez. Pero esta vez no estaba en la fila con su padre, ni su madrastra sacaba fotos del cartel oxidado.
Esta vez estaba solo.
Pasó migración sin problemas. Llevaba en la maleta un par de trajes de lino, varias carpetas con informes técnicos y una libreta que, aunque parecía olvidada, había sido lo primero que empacó. No había vuelto a dibujar en ella desde la noche que tomó la decisión. No hacía falta.
Mientras caminaba hacia la salida del aeropuerto, una ráfaga de aire cálido lo golpeó en la cara. Cerró los ojos. Por un segundo, creyó oler guayaba madura.
—Señor Marchand Dubois —dijo una voz masculina, con acento local.
Un hombre alto, de camisa clara y gafas oscuras, lo esperaba con un cartel discreto que decía "M&D". Se presentó como Ernesto Moreira, el encargado de logística local del proyecto.
—¿Primera vez por acá?
Éloi dudó.
—No. Estuve hace años.
—Ah, bueno. Entonces sabe que este calor no perdona —dijo, sonriendo.
Subieron a una camioneta blanca con el logo de la empresa en el costado. Al avanzar por la carretera estrecha, Éloi reconoció algunas cosas: la curva donde había un mural religioso, el puesto de empanadas que siempre tenía fila, la entrada al pueblo con la misma valla oxidada.
Pero todo parecía más pequeño ahora. O quizás él era más grande.
—Nos instalamos en la casa del viejo campo. Se reacondicionó como sede temporal del proyecto —explicó Ernesto mientras conducía—. Tiene espacio, conexión, y algo de vista al mar.
Éloi solo asintió. Su mente estaba lejos. Cada esquina del camino le parecía una cápsula del tiempo. Aún no habían llegado al muelle, pero ya sentía el ritmo del tambor.
Esa noche, tras instalarse, bajó con su laptop y un café al porche de la casa. Desde ahí se veían las luces del pueblo parpadeando, como luciérnagas perezosas. En el fondo, el mar cantaba su letanía interminable.
Abrió la libreta.
Dibujó una línea.
Luego otra.
Y otra más.
—¿No le alcanza con los planos del proyecto? —preguntó Ernesto al verlo.
—Algunos dibujos no se hacen para construir. Se hacen para recordar.
El otro no insistió.
Al día siguiente, comenzaron las reuniones con los líderes comunitarios. Gente sencilla, de palabras firmes y miradas sabias. Pescadores, comerciantes, una partera jubilada y una profesora de danza.
—Soy la señora Judith —dijo ella, tendiéndole la mano—. Y si ha venido buscando soluciones sin escuchar, mejor súbase al mismo avión que lo trajo.
Éloi sonrió.
—He venido a escuchar.
—Pues oiga bien —dijo la mujer—. San Cayé no se salva con concreto. Se salva con respeto.
Los días avanzaron entre croquis, discusiones técnicas, y paseos por el estero para revisar el terreno donde se levantaría la nueva infraestructura. Pero cada tarde, al caer el sol, Éloi encontraba una excusa para pasar cerca del malecón.
La buscaba sin buscarla.
No la vio.
Hasta el quinto día.
Volvía del mercado con algunos productos locales cuando la vio cruzar la calle frente al centro cultural. Iba caminando rápido, con una carpeta en la mano, el cabello recogido en un pañuelo verde y la misma determinación en la mirada.
Liana.
No vestía como en la danza. No llevaba flores. Pero era ella. Inconfundible.
Éloi no supo qué hacer.
Por primera vez, tenía la oportunidad de acercarse.
Y por primera vez, no estaba seguro de si debía hacerlo.
La siguió con la mirada mientras ella entraba al centro cultural. Unos segundos después, se escuchó el sonido de tambores.
Ensayo.
Quiso entrar.
Pero no.
No así.
No como intruso.
Volvió a su hospedaje, con las bolsas en la mano y el corazón alterado.
—¿No te gusta el Caribe? —le preguntó Judith, durante una reunión informal con los líderes.
—Me gusta más de lo que creí.
—¿Y qué viniste a buscar?
Éloi bajó la mirada.
—Redención —dijo, sin pensarlo.
—Entonces no estás aquí solo por trabajo.
—No —confesó—. Estoy aquí por ella.
—¿Ella?
—Una mujer que no conozco. Pero que no pude olvidar.
Judith lo miró con una mezcla de ternura y advertencia.
—Aquí las mujeres no son souvenirs, muchacho.
—Lo sé. Por eso vine distinto.
Judith no respondió de inmediato. Se quedó en silencio, observando al muchacho de París que hablaba como si llevara el Caribe metido en el pecho. Luego asintió con la cabeza, muy despacio, como quien ha decidido no juzgar... todavía.
—Entonces, demuestra que lo sabes —dijo por fin—. Porque si ella es quien creo que es, no vas a tener una segunda oportunidad.
Éloi no preguntó a qué se refería. Ya lo sabía. O al menos lo sospechaba.
Esa noche no pudo dormir.
Salió al porche, otra vez, con una taza de té que apenas tocó. El cielo estaba cubierto. No se veían estrellas, pero el mar seguía ahí, constante, como una presencia que nunca duerme. Pensó en acercarse al centro cultural, solo para ver si aún estaban ensayando. Pero no lo hizo.
No era momento.
Tampoco sabía cuándo lo sería.
El día siguiente amaneció con un cielo turbio, nubes bajas y un viento extraño que anunciaba lluvia. Pero el pueblo seguía funcionando como si nada. En San Cayé, las lluvias van y vienen, igual que los barcos. Nadie las espera, nadie las teme.
Éloi pasó la mañana revisando presupuestos y coordinando con Ernesto algunos detalles logísticos. Pero su mente no estaba ahí. Cada tanto, miraba el reloj, como si esperara algo que no había llegado.
Al mediodía, cuando salió a caminar, la vio otra vez.
Estaba en el muelle, sola, sentada en el borde de madera con los pies colgando sobre el agua. Vestía una falda larga y una blusa blanca sin mangas. El cabello suelto le caía sobre los hombros, agitado por el viento.
Éloi se detuvo.
No podía verla de frente, pero supo que era ella.
La misma figura.
La misma postura.
La misma calma.
Se apoyó contra un poste y la observó desde lejos. No se atrevía a moverse. No sabía si acercarse sería una interrupción o una falta de respeto.
Una gaviota pasó volando y ella levantó la vista hacia el cielo. Luego sacó algo del bolso: un cuaderno pequeño, gastado por los bordes. Comenzó a escribir.
Éloi sonrió. No podía verlo, pero sonrió.
Ella también tenía un cuaderno.
Y también escribía cuando miraba el mar.
Era como si compartieran una misma costumbre sin habérselo dicho nunca.
Pensó en llamarla. En decir su nombre.
Pero no lo hizo.
No aún.
En lugar de eso, volvió sobre sus pasos. Regresó a su hospedaje con una extraña mezcla de paz y ansiedad, como si presenciarla así, tan cerca y tan inalcanzable, le hubiera regalado algo... y al mismo tiempo se lo hubiera quitado.
Esa noche llovió.
Fuerte.
Como si el cielo también estuviera revuelto por dentro.
Éloi se quedó en la habitación, leyendo los informes del proyecto, pero sin entender una sola línea. Su mente no podía salir de aquella imagen en el muelle. De la libreta entre sus manos. De sus pies sobre el agua.
No volvió a verla los dos días siguientes.
Y el silencio la hizo más presente.
Cada rincón del pueblo parecía murmurar su nombre. Los rostros en el mercado, los anuncios en las paredes del centro cultural, las niñas que ensayaban danza en la calle. Todo le hablaba de ella.
Hasta que llegó el día seis.
Y con él... el giro.
Era sábado.
El sol había vuelto a salir con fuerza, como si la tormenta de la noche anterior no hubiera sido más que un capricho pasajero. El aire olía a tierra húmeda, y las palmas frente a la casa de campo se mecían suavemente, como despertando.
Éloi se despertó más temprano de lo habitual. No tenía reuniones agendadas, y eso lo inquietaba. Se duchó, se vistió sin apuro y bajó al comedor en busca de café. Ernesto ya no estaba; había salido a reunirse con los encargados del transporte marítimo. El ambiente estaba inusualmente callado.
Éloi agarró su taza y salió otra vez al porche.
Pero esta vez no se sentó.
Esta vez bajó las escaleras, cruzó el jardín y tomó el camino de tierra que lo llevaba directo al centro cultural.
Tenía una razón.
Había leído, la noche anterior, en uno de los folletos del proyecto, que esa tarde se haría una presentación especial: una muestra de danza local a modo de bienvenida para las entidades extranjeras vinculadas al desarrollo de infraestructura.
Y si sus sospechas eran ciertas, Liana estaría allí.
No como turista. No como artista invitada.
Sino como parte de la comunidad.
Como figura clave.
La idea lo inquietaba y lo emocionaba a partes iguales.
A las 4:00 p. m., el patio del centro cultural ya estaba lleno. Bancas de madera, niños corriendo, mujeres mayores arreglando flores para el altar de bienvenida. Había frutas en las mesas, vasos de jugo natural, y un murmullo general que parecía ir construyéndose hacia algo.
Éloi se quedó de pie al fondo.
Nadie lo había anunciado, nadie lo esperaba. Pero la gente lo saludaba con cordialidad, y algunos incluso le daban la mano, agradeciendo su presencia. Le ofrecieron una bebida de maracuyá. Aceptó.
La música comenzó.
Tambores.
Cantos.
Palmas.
Una danza grupal abrió la presentación. Mujeres y hombres de todas las edades se movían en círculo, llevando velas encendidas, pañuelos, símbolos de la tierra y del mar.
Y luego, como si el tiempo lo hubiese estado esperando...
Ella.
Liana.
Entró con paso firme, esta vez vestida de azul profundo, como la noche en alta mar. Llevaba el cabello trenzado en una sola trenza gruesa que le caía sobre el hombro izquierdo, adornada con pequeñas cuentas color ámbar.
Sus pies descalzos marcaban el ritmo con precisión. Su cuerpo se movía con una serenidad que no tenía apuro. Como si el mundo entero bailara a su alrededor, y no al revés.
Éloi tragó saliva.
No era la misma chica del muelle.
Tampoco la misma del primer viaje.
Era una mujer.
Fuerte. Presente. Intocable.
Y sin embargo...
Tan profundamente familiar.
Cuando la danza terminó, hubo aplausos, vítores, y algunas lágrimas entre las señoras mayores del pueblo. Las niñas corrieron a abrazar a las bailarinas. Liana sonrió, abrazó a una de ellas, y luego desapareció por una de las puertas laterales.
Éloi no se movió.
No podía.
—¿La vas a dejar ir otra vez? —preguntó Judith, apareciendo a su lado como un fantasma.
Éloi la miró, con los ojos aún anclados al escenario vacío.
—No lo sé —murmuró.
—Entonces más vale que lo sepas pronto —respondió ella—. Porque esta isla no espera eternamente.
Y se fue, dejándolo con las palabras flotando en el aire.
Esa noche, de nuevo en la casa, Éloi volvió a abrir la libreta.
Esta vez no dibujó.
Escribió.
Solo una frase:
"No vine a encontrarla. Vine a quedarme donde la vi por última vez."
Guardó la libreta. Se recostó.
Y por primera vez, desde su regreso, sintió que no era el extranjero.
Era un habitante en transición.
Un puente entre lo que fue y lo que deseaba construir.
Con o sin ella.
Pero ojalá... con ella.
El domingo amaneció con el mar picado.
El viento traía olor a sal, algas, y tensión. Desde temprano se escuchaban voces en la calle: vendedores, niños, motocicletas... pero también discusiones. Murmullos que crecían como la espuma contra las piedras.
Éloi estaba en la cocina, revolviendo su café, cuando Ernesto entró con el ceño fruncido.
—Hoy vamos a tener visita —dijo sin rodeos.
—¿Quién?
—Varias personas del consejo comunitario. Y no vienen por cortesía.
Éloi lo miró en silencio.
—¿Qué pasó?
Ernesto dejó los papeles sobre la mesa.
—Están molestos. Dicen que han pasado siete días desde tu llegada, y que no se ha hecho nada concreto. Ni maquinaria, ni acuerdos firmados, ni siquiera una reunión pública en condiciones.
—Pero hemos estado reuniéndonos...
—Sí, con líderes seleccionados, en espacios cerrados. Pero aquí, la transparencia se mide en participación, no en informes.
Éloi suspiró.
No era nuevo en política institucional, pero había olvidado lo diferente que era cuando la comunidad miraba a los ojos esperando respuestas.
—¿Quién lidera la queja?
—Un pescador. Se llama Cayetano Morel.
Éloi levantó la cabeza. El apellido le resultó inevitablemente familiar.
—¿El padre de...?
—Liana Morel, la chica que bailó en la presentación del centro cultural hace unos días.
El encuentro se realizó al mediodía, en la cancha techada del barrio El Manglar. No hubo protocolo. No hubo micrófonos ni banderas. Solo una hilera de sillas plásticas, varias botellas de agua y la mirada firme de al menos treinta personas sentadas frente a Éloi.
Judith estaba allí.
También Ernesto.
Y, al centro, Cayetano Morel. Piel quemada por el sol, gorra tejida con hilos verdes y un rostro que había visto más amaneceres que la mayoría. Se puso de pie, con la carpeta del proyecto en la mano.
—Nos dijeron que venían a ayudar —comenzó, sin saludar—. Que este proyecto traería empleo, oportunidades, mejoras para la pesca, educación para los pelados. Pero hasta ahora, lo único que hemos visto... son promesas.
Murmullos. Algunos asentían.
—El muelle sigue cayéndose a pedazos. Las casas en la zona de riesgo siguen igual. Y los jóvenes siguen yéndose porque aquí no hay futuro.
Éloi tragó saliva.
—Estamos en fase de evaluación técnica...
—¿Y cuántos días más necesitan para mirar el mar y tomarle fotos a las piedras?
Judith alzó una ceja. No intervenía. Aún.
—No tenemos maquinaria todavía —añadió Ernesto, intentando suavizar—. Las gestiones van por etapas.
—¿Etapas? —interrumpió una mujer desde el fondo—. ¿Y cuántas etapas hay antes de que a mi hijo le llegue un contrato?
Silencio.
Éloi sintió que cada palabra se le venía encima como las olas contra el rompeolas.
—No vine aquí a fingir —dijo con voz serena—. Estoy aquí porque quiero hacer bien esto.
—¿Y qué lo hace pensar que sabe lo que está "bien"? —preguntó Cayetano—. ¿Por tener un título? ¿Por venir de París?
Judith se levantó.
—Ya —dijo, con esa voz que solo tienen las mujeres que han criado generaciones—. No vinimos a quemarlo vivo. Pero tampoco a dejarlo cómodo.
Se volvió hacia Éloi.
—Muchacho... tú dices que viniste a ayudar. Pero hasta ahora, pareces más un testigo que un participante. Caminas como si el pueblo fuera un museo. Tomas notas, dibujas, asientes. Pero no construyes nada.
Éloi la miró, con algo de vergüenza.
—Estoy escuchando.
—Entonces escucha bien —dijo Judith, acercándose—. Aquí estamos cansados de que nos escuchen como quien oye una canción exótica. San Cayé no es un paisaje. Es una herida abierta. Y si no vas a meter las manos, mejor ni te acerques.
La reunión terminó sin aplausos. Sin acuerdos. Pero con una claridad inevitable: ya no bastaba con estar presente.
Había que involucrarse.
Esa tarde, Éloi no regresó a la casa. Caminó hasta el malecón. El mar estaba picado, pero no amenazante. Se sentó en uno de los muros bajos y sacó su libreta. No para escribir.
Solo para sostenerla.
Como quien carga algo que no quiere soltar.
El dibujo de la silueta seguía allí, casi intacto.
Una niña. O una mujer.
Avanzando hacia el mar.
Como Liana.
Como él, ahora.
Pasadas las seis, decidió volver por el camino del centro cultural. No sabía por qué, solo sintió que debía pasar por allí.
Y entonces la vio.
Liana.
Estaba sola, recogiendo unas telas del patio. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas y unos pantalones sueltos. El cabello suelto le caía sobre los hombros. Se veía cansada, pero concentrada.
Éloi se detuvo.
Sus pasos se silenciaron sobre la tierra húmeda.
La observó, sin querer interrumpir. Pero esta vez, algo dentro de él lo empujó.
Avanzó.
—Hola —dijo, con la voz más suave que pudo.
Ella levantó la mirada.
Sus ojos lo reconocieron.
No con agrado.
No con sorpresa.
Sino con distancia.
—¿Te ayudo? —preguntó él, señalando las telas.
—No gracias —respondió ella, sin frialdad, pero sin interés.
—Soy Éloi —añadió, por si acaso.
—Ya sé quién eres —dijo, colocando otra tela en una bolsa.
—Estuve aquí hace unos años. Te vi bailar. En la noche de la Danza de las Mareas.
Ella se detuvo un segundo.
Luego volvió a doblar las telas.
—Muchos vieron.
—Pero yo no pude olvidarlo.
Liana lo miró entonces, por primera vez de frente. Sus ojos tenían el color del mar cuando amenaza tormenta.
—¿Y viniste a decirme eso?
Éloi se quedó mudo.
Ella dio un paso al lado, para recoger otra cosa. Luego, sin mirarlo, murmuró:
—Si viniste a usar el recuerdo de una danza para construirte una historia romántica, te equivocaste de mujer.
—No es eso...
—Entonces no lo parezcas.
Silencio.
—La gente aquí ya tiene suficientes europeos jugando a salvarnos —añadió—. No necesitamos uno más que venga a enamorarse de nuestras flores mientras ignora nuestras raíces.
Éloi quiso responder. Pero no lo hizo.
Solo la vio alejarse con la bolsa en la mano, cruzando el patio como si él no estuviera allí.
Esa noche, por primera vez desde su llegada, no pudo abrir la libreta.
Ni escribir.
Ni dibujar.
Solo pensar.
En ella.
En San Cayé.
En todo lo que no estaba haciendo.
Y en todo lo que —por fin— estaba empezando a entender.
Al día siguiente, Éloi se despertó antes del amanecer.
No por insomnio. No por ansiedad.
Simplemente... despertó. Como si el cuerpo supiera que ya no podía seguir durmiendo mientras el pueblo respiraba, trabajaba y se levantaba sin él.
Se puso una camisa clara, sin planchar. Tomó una libreta pequeña —una que no estaba decorada ni con bocetos ni con frases— y salió a caminar.
El pueblo, a esa hora, tenía otro ritmo.
Los gallos cantaban a lo lejos. Las mujeres barrían los frentes de sus casas con escobas de palma. Algunos hombres arrastraban canastas hacia el muelle. Y el mar, aunque calmo, golpeaba las piedras como si nunca hubiera dormido.
Ernesto lo encontró en la plaza, sentado en la banca donde solían vender arepas con queso.
—¿Está todo bien?
—Sí. Solo quería ver el pueblo con otros ojos.
Ernesto lo observó unos segundos.
—Si quieres, te puedo llevar con uno de los capitanes que nos va a ayudar con la logística del nuevo muelle. Está armando redes con otros pescadores. Podrías ir a escucharlos, de verdad.
Éloi asintió.
—Llévame.
El viaje en lancha fue corto, pero lleno de voces. Al llegar al estero, una decena de hombres y mujeres estaban arreglando redes, cortando madera, hablando del mar, del viento, de lo que habían perdido. Y de lo que esperaban.
Éloi no habló. Escuchó.
Tomó apuntes. Preguntó poco. Pero con respeto.
Y por primera vez, no sacó su libreta artística. Ni hizo bocetos.
Solo nombres. Ideas. Necesidades.
—Ese muelle tiene que ser fuerte —dijo un pescador de barba blanca—. Pero no solo para barcos grandes. Tiene que servirnos a nosotros también. Los pequeños. Los de siempre.
—Y no olviden el canal para las pangas —agregó otro—. Si no, nos toca cargar las canastas en hombros hasta la carretera.
Judith apareció a media mañana. No lo saludó con palabras. Solo le lanzó una mirada evaluativa. Y, tras unos minutos, se sentó a su lado.
—Hoy sí pareces uno de nosotros.
Éloi la miró con una sonrisa cansada.
—Estoy intentando.
Ella asintió, pero no elogió.
—Sigue. El pueblo sabrá notar si es de verdad.
Esa noche, de regreso en la casa, Éloi revisó por primera vez los planos del proyecto con un filtro distinto. Ya no pensaba en cronogramas. Pensaba en sombras para los que esperan, en espacio para los niños que corren, en rampas para las señoras que traen pescado en baldes.
Estaba redibujando, no solo el diseño.
Sino su rol.
Pasaron dos días más.
Apenas vio a Liana en ese tiempo. Solo de lejos. Una vez la divisó cruzando la plaza con unos papeles en la mano. Otra, al salir del centro cultural mientras hablaba con un grupo de jóvenes.
No la buscó.
No se atrevió.
Pero en las reuniones con la comunidad, con los maestros, con los artistas y los ancianos, su nombre aparecía. No con frecuencia. Pero siempre con respeto.
—Liana lleva el registro de nuestras memorias orales —dijo Judith en una sesión—. Gracias a ella tenemos grabaciones de los cantos antiguos. Los que no están en ningún libro.
—También organiza a los chicos para los ensayos de Kalinda y otras danzas —añadió una mujer—. Ella es la que hace que todo se vea bonito sin que se note el esfuerzo.
Éloi solo escuchaba.
Y pensaba.
La Liana que él había visto en el escenario era apenas una pincelada.
La real, vivía en muchas versiones. En muchas personas.
Finalmente, una mañana en que regresaba del mercado con Ernesto, se cruzó con ella frente a la casa de la cooperativa.
Iba sola. Sostenía una caja con documentos.
Éloi bajó la bolsa con frutas. Dudó.
—¿Liana?
Ella se giró. Lo miró.
—¿Otra vez?
—Solo quiero hablar.
Ella no se fue. Pero tampoco se acercó.
—¿Para qué?
—No lo sé aún. Pero quiero entender.
Liana lo observó con cautela.
—¿Entender qué?
—San Cayé. A ti. Lo que no entendí hace años. Lo que no vi antes de venir esta vez.
Ella bajó la mirada unos segundos. Luego lo miró de nuevo.
—Entonces deja de mirarlo todo con ojos de turista.
—No soy turista.
—¿No? —preguntó ella, con una ligera ironía—. Entonces demuestra que has venido a quedarte. Porque aquí... las raíces no crecen en cinco días.
Y se marchó.
No hubo desprecio en su voz.
Solo una advertencia.
Y, quizá, por primera vez...
...una grieta.
Una pequeña, muy pequeña, rendija.
Esa noche, Éloi abrió su libreta artística.
Y en una página en blanco, escribió dos palabras:
"Primer paso."
Al día siguiente, el pueblo despertó más agitado que de costumbre.
No era un festivo. No había procesión. Tampoco era día de mercado.
Pero en la plaza, frente a la alcaldía improvisada, una docena de personas ya se congregaban. Voces elevadas, brazos en alto, papeles en mano. Algunas madres con bebés en el pecho, otros con pescadores y comerciantes que se turnaban para hablar.
—¡Nos prometieron una mejora para todos! —gritó uno—. ¡Y no hemos visto ni una tabla puesta!
—¡Aquí no necesitamos más promesas, necesitamos hechos!
Éloi llegó unos minutos después, convocado por Ernesto. Iba vestido sencillo, con camisa blanca arremangada y una libreta bajo el brazo. No traía guardaespaldas ni equipo técnico.
Solo él.
—Ahí viene el francés ese —murmuró uno.
—Ahora sí se acuerdan de nosotros.
—¿A qué viene? ¿A tomarse fotos?
Las frases flotaban como cuchillos entre el aire cálido.
—Buenos días —dijo Éloi, con voz clara, pero no alzada—. Escucharé cada inquietud. No vine a imponer nada.
Un silencio breve.
Judith apareció por un costado, con un vestido color vino y los brazos cruzados.
—¿Y para qué viniste, entonces? —preguntó ella, sin dulzura.
—Para sumar.
—¿Sumar qué? —intervino el padre de Liana, un hombre robusto, de piel tostada y ojos firmes como la madera vieja—. ¿Oficinas bonitas? ¿Planos que nadie pidió? ¿Reuniones donde solo ustedes hablan?
Éloi tragó saliva.
—Vine con una propuesta... pero entiendo que si no parte de ustedes, no sirve de nada.
El padre de Liana, cuya voz parecía llevar la fuerza del mar mismo, dio un paso al frente.
—San Cayé está cansado de visitas que vienen, estudian, prometen, y luego se largan con más de lo que trajeron. Esta comunidad no quiere más discursos. Quiere respeto. Quiere trabajo. Quiere que escuchen cuando hablamos, no cuando gritamos.
Un murmullo de aprobación se elevó.
Éloi bajó la mirada un segundo. Luego levantó la libreta.
—Esto —dijo, mostrándola— no son solo notas. Son ideas que recogí en cada charla, en cada casa, en cada paseo con los pescadores. No están cerradas. No están aprobadas. Son puntos de partida. Y sí... quizás no haya hecho lo suficiente aún. Pero sigo aquí. No me fui.
Judith lo observó. Su expresión era la de una mujer que había visto demasiados discursos bonitos terminar en basura.
—No basta con quedarse —dijo, firme—. Si vas a ser parte de esto, ponte las botas. Y si lo que viniste a buscar es a una mujer, empieza por merecer el suelo que ella pisa.
Éloi sintió la frase como un golpe limpio.
No protestó.
Asintió.
Esa tarde, el sol cayó sin prisa.
Éloi trabajó junto a los obreros, ayudó a limpiar un área que estaba destinada al nuevo centro de acopio, cargó maderas, tomó medidas. No como jefe. Como alguien más.
Al caer la noche, mientras el sudor se le secaba en la nuca, caminó por la calle principal del pueblo, con la camisa manchada y las botas llenas de polvo.
Y entonces, la vio.
Liana.
Estaba sentada en las gradas del centro cultural, sola, mirando unos papeles.
Éloi dudó.
Se acercó despacio. Esta vez sin palabras ensayadas.
—¿Molesto?
Ella lo miró. No con frialdad. Pero tampoco con cercanía.
—Depende. ¿Vienes a explicarme lo importante que eres?
Éloi sonrió, apenas.
—No. Vengo a contarte lo insignificante que me sentí hoy.
Liana levantó una ceja.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Nada. Pero quizás... todo.
Ella lo miró en silencio. Cerró la carpeta, se levantó.
—No tengo tiempo para turistas que quieren sentirse humildes por unos días.
Y caminó hacia la calle.
Éloi no la siguió.
No dijo nada más.
Solo la vio alejarse.
Y supo que tendría que ganarse hasta el aire que respiraba si quería hablarle de verdad.