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Protocolo interrumpido

Re: Soul Rejected · por AlbertYart · 26 de julio de 2026

Prólogo.

Hace mucho tiempo, el mundo estaba regido por el caos, matanza y la destrucción. La raza de los demonios carecía de líderes; solo éramos un puñado de seres salvajes movidos por el instinto. Los enfrentamientos eran constantes por los pocos recursos que se podían disputar en los abismos donde habitábamos. Los escasos clanes que se formaban, desorganizados, no sobrevivían o terminaban aniquilándose entre sí. Hasta que un día, alguien alzó la mirada y comprendió que el destino no tenía por qué ser ese.

Aquel era Zoran, un demonio pequeño y débil, nacido en la mismísima putrefacción del mundo. Desesperado por una vida de perpetua lucha, se dispuso a unificar a nuestra estirpe en un solo pueblo. Al principio, solo su madre y su hermano creyeron en él. Los demás a quienes intentaba reclutar lo tildaban de lunático o estúpido, pero, poco a poco, seres sin rumbo se unieron a su causa. Zoran proclamaba haber hallado una tierra prometida, un rincón rebosante de vida, agua y comida, listo para ser habitado por los demonios. Recorrió los páramos esparciendo su discurso, y la esperanza comenzó a germinar. Sin embargo, muchos se opusieron con violencia, desatando la Guerra de Unificación: la última gran guerra de la era del caos.

El bando de Zoran se alzó con la victoria. Tras incontables penurias, fundó el reino demoníaco de Divon y se convirtió en el primer Rey Demonio. Pero aquel sueño exigió un tributo devastador: su propia estabilidad mental y la pérdida de su hermano, a quien creyó muerto en el campo de batalla.

Estas vivencias lo moldearon como un monarca digno, firme y amado por los suyos. Hasta que un día de invierno, bajo una tormenta implacable, las fuerzas enemigas -comandadas por el hermano que creía enterrado- asaltaron el palacio y asesinaron al rey. Ese magnicidio desató la guerra que lo destruiría todo.

Al mismo tiempo, en las profundidades de los bosques de Honoriria, una criatura de rostro y nombre desconocidos acababa de nacer. Yacía en paz, en perfecta armonía con su entorno, hasta que las huestes invasoras irrumpieron en la aldea oculta de Honoriria arrasando con todo a su paso. Aquel ser no toleró la profanación y marchó al ataque. Debido a su diminuto tamaño, los nuevos mandatarios lo subestimaron; un error fatal. El hermano de Zoran recordaría amargamente el peligro de juzgar por las apariencias cuando llegó la noticia de que la criatura había exterminado a las cuatro bestias legendarias, absorbiendo sus habilidades.

Con el poder de los mitos de su lado, el ser comenzó a desmantelar al ejército y a extinguir cualquier rastro de vida a su paso. Al alcanzar la capital, no dejó piedra sobre piedra. Los pocos supervivientes narraban que aquella cosa era el mal personificado; en sus ojos no había compasión, solo un odio absoluto. El reino de Divon quedó reducido a cenizas y los demonios, despojados de su propósito, volvieron a la barbarie, dispersándose para huir del monstruo misterioso.

Pasaron las eras. Convencidos de que la criatura finalmente había muerto, los demonios emergieron de las sombras para reclamar la tierra prometida de Zoran. Cuán equivocados estaban. Todo aquel que osó acercarse fue masacrado y reducido a carne molida; no quedó nada que sus familias pudieran sepultar. De ese nuevo abismo de desesperación surgió otra luz: el héroe Doria, un demonio forjado en lo más duro de las penumbras. Un buen día, Doria marchó al territorio del ser implacable y lo desafió. La batalla se prolongó durante una semana entera. Al octavo día, el guerrero regresó a su aldea cargando la cabeza cercenada del ser sin rostro.

Así nació el segundo Rey Demonio, y sobre los cimientos del pasado, se alzó el nuevo reino de Divon.

Fin del prólogo.

 

Capítulo 1.

Mi muerte no fue como en las películas. No hubo un repaso nostálgico de toda mi vida, ni flashes emotivos de mis errores, ni una luz cálida esperándome al final del túnel. Solo sentí cómo un frío profundo y viscoso se filtraba en mis huesos, reclamando mi cuerpo centímetro a centímetro y arrastrando mi conciencia hacia abajo... probablemente directo al infierno.

En apariencia, había tenido una vida decente. Un trabajo estable, una esposa hermosa que me dejó. Pero detrás de esa fachada de normalidad, me sentía vacío. Un hombre sin rumbo real, atrapado en una rutina que ya no tenía sentido. El diagnóstico de cáncer de páncreas solo confirmó lo que ya sospechaba en el fondo: que había sido un fracaso.

Intenté luchar contra la enfermedad en completo secreto. No quería ser una carga, no quería ver lástima en los ojos de mis seres queridos. Pensé que estaba siendo fuerte. En realidad, solo alargué la agonía y logré que mi familia sufriera el doble.

Al final, todo se redujo a eso: sus sollozos aferrados a mi cama mientras mi conciencia se desvanecía lentamente. Sus voces se volvieron distantes, el dolor desapareció, y el mundo se convirtió en un abismo negro y silencioso.

Dejé de sentir.

—Tu tiempo en este mundo ha terminado.

Una voz celestial, clara y profunda, retumbó a mi alrededor. Yo flotaba -o yacía- en un lugar completamente vacío, sin luz, sin suelo, sin arriba ni abajo. Solo oscuridad infinita.

—Pero aún tienes otro propósito...

Estaba desorientado. ¿Cómo qué otro propósito?

—Debes ser el que &#::@'&2+72+2;;

La voz se cortó de golpe, distorsionándose en un ruido caótico y metálico. Antes de que pudiera entender nada, sentí cómo unas manos invisibles me agarraban con fuerza brutal por las piernas y tiraban de mí hacia abajo con una violencia aterradora.

¡PUM!

[Protocolo de traslado interrumpido]

[ALERTA: Recipiente no compatible con el alma del sujeto]

[Llevando al sujeto a su nuevo recipiente...]

[Traslado exitoso]

¡TUCUM! ¡TUCUM!

Mi corazón latía desbocado, pequeño y frenético. La respiración era errática, superficial, como si mis pulmones fueran demasiado estrechos. Un olor denso a humo viejo, ceniza húmeda y sangre me invadió la nariz. Mis manos... se sentían extrañamente pequeñas, calientes, sucias y cubiertas de algo húmedo y pegajoso.

Abrí los ojos con dificultad. El mundo apareció borroso, teñido de rojo y gris. Justo frente a mí había una figura. Una... ¿persona? Mi mente era un caos absoluto: los oídos me zumbaban, la garganta se sentía entumecida y apenas podía emitir sonido.

¡TUCUM! ¡TUCUM!

Sentía el rostro empapado y los ojos me ardían como nunca. Forzando la respiración logré soltar un hilo de voz:

—¿Dónde... estoy? —susurré con dificultad.

La voz que salió de mi boca no era la mía. Era aguda, fina, infantil.

El pánico empezó a trepar por mi pecho.

Logré arrastrar mis extremidades temblorosas hacia mi campo de visión y me quedé congelado. Eran diminutas. Dedos delicados, piel suave y pálida, cubiertas de sangre fresca que aún se sentía tibia. Mi respiración se aceleró aún más.

El zumbido ensordecedor en mis oídos comenzó a disiparse poco a poco, dejando paso a un silencio absoluto, casi irreal. Un silencio macabro que hacía aún más pesada la escena frente a mí.

Volví a mirar a la figura que tenía delante. Era una mujer joven. No podía distinguir bien sus facciones, pero de su frente sobresalían dos... ¿Cuernos negros?, uno de ellos partido por la mitad. Su piel tenía un tono pálido y mortecino, y sus ojos abiertos miraban a la nada.

"¿Qué carajos está pasando?", pensé aún recuperando los sentidos.

Todo indicaba que me había estado protegiendo con su cuerpo cuando exhaló su último aliento. Sus brazos aún me rodeaban con una debilidad fría y rígida. La sangre que cubría mis manos... tenía que ser suya.

—No entiendo na-#6#72-2 —mi voz salió distorsionada, metálica.

[Actualizando el módulo de comunicación...]

[Actualización lista]

¿En qué clase de lugar había despertado? ¿Una aldea destruida? ¿Personas con cuernos? ¿Módulo de comunicación? Nada tenía sentido.

Intenté separarme de su abrazo. Mis movimientos eran torpes, débiles. Mi cuerpo no respondía. Se sentía ligero, frágil... pequeño. Demasiado pequeño. Como el de un... niño.

De a poco, mis piernas comenzaron a ganar fuerza. Mis brazos y el resto de mi cuerpo respondieron, aunque con torpeza. Logré ponerme de pie a duras penas, tambaleándome.

El panorama que tenía delante era desolador.

Me encontraba en medio de una aldea completamente devastada. Las casas eran poco más que montones de madera carbonizada y ceniza. El suelo estaba cubierto por una gruesa capa de hollín negro y restos humeantes. Cadáveres yacían esparcidos por todas partes, algunos medio enterrados entre los escombros. Todos tenían esos cuernos.

Bajé la mirada hacia mi propio cuerpo. Mi estatura era ridículamente baja; como de un metro. Vestía ropajes sencillos, sucios y rasgados en varios lugares. Confundido, levanté las manos y me palpé la cabeza. Mi cabello era largo.

—¿Ella habrá sido mi madre? —susurré al viento, contemplando el cuerpo inerte de la mujer.

Esa voz mística había mencionado otro propósito. ¿Habría renacido como en esas novelas de fantasía que leía de vez en cuando? ¿Esto era real o solo una pesadilla extraña antes de morir del todo? En ese momento, daba casi igual.

—No sé quiénes eran en realidad... —murmuré, mirando los cuerpos a mi alrededor-. Pero descansen en paz.

Cerré los ojos y junté mis pequeñas manos frente al pecho en un gesto torpe de respeto. El silencio que siguió fue opresivo.

Tras despedirme de esa manera, di mis primeros pasos vacilantes. Cada movimiento se sentía extraño, como si estuviera aprendiendo a caminar de nuevo. A medida que avanzaba entre las ruinas, el horror se multiplicaba. Los cadáveres no dejaban de aparecer: hombres, mujeres y niños, todos inmóviles entre los escombros. El aire olía a carne quemada y muerte.

Me detuve al borde de un charco grande formado por agua de lluvia y barro. La superficie estaba relativamente calmada. Con el corazón latiéndome con fuerza, me incliné hacia adelante y vi mi reflejo por primera vez.

Era el rostro de un niño.

Facciones delicadas, labios finos y ojeras profundas que enmarcaban unos ojos de un rojo profundo. Pero lo que realmente me congeló la sangre fueron mis pupilas: en el centro de cada una se dibujaba una extraña cruz de un púrpura brillante. ¿Una cruz? ¿Qué demonios era eso y qué hacía ahí? Al mirar abajo observé un pequeño colmillo saliendo de mi boca; también dos pequeños cuernos negros brotaban de mi frente, perfectamente simétricos y ligeramente curvados. Mi cabello, de un rojo intenso y brillante, caía en mechones húmedos alrededor de mi cara.

Me quedé mirando mi propio reflejo durante varios segundos, incapaz de procesar lo que veía.

—¿Soy un... niño? —susurré, tocándome la mejilla con una mano temblorosa—. ¿Estaré soñando?

Luego de admirar mi nueva figura, volteé hacia el cielo; era bastante bonito, de un color azul con vetas rosas. Estaba despejado y se veía que ya iba a atardecer. Demasiado hermoso para lo que ha pasado aquí.

Caminé un poco más sin saber qué hacer. ¿A dónde iría? ¿Qué debía hacer? Este lugar no me daba respuestas y, al parecer, ahora era completamente indefenso. Si me trajeron a otro mundo fue por algo, ¿no?

¿En qué estaba pensando? Nunca he tenido un propósito. Nada en la vida lo tiene, ni la existencia misma. Qué pensamiento tan depresivo... supongo que en eso me parezco a mi madre.

Mientras andaba, algo me rozó el hombro y me sacó de mis pensamientos. Al voltear, el horror me congeló la sangre. Había tropezado con algo grotesco: un pie colgante. Pertenecía a alguien que había sido colgado del cuello en un árbol.

De inmediato caí de espaldas al suelo. No grité, no vomité, ni reaccioné como un ser humano normal. Solo me quedé observando. Sus facciones denotaban dolor, tristeza y una profunda agonía. Era una chica de cabello negro azabache recogido en un moño, con cuernos iguales a los míos. Llevaba un vestido sucio y rasgado que dejaba ver uno de sus pezones; era evidente que habían abusado de ella antes de matarla.

¿Por qué pensaba ese tipo de cosas en un momento así?

Ahí me di cuenta de lo cínico que podía llegar a ser. ¿O era simple morbo? No lo sabía. Pero una cosa era segura: este nuevo mundo era duro, salvaje y despiadado.

—¡Carajo! —dije mientras me ponía de pie—. Debo salir de aquí.

En ese momento, mi cerebro, en un intento desesperado por no colapsar ante tanta muerte, empezó a buscar refugio en la ficción. Pensé que, si me habían traído a este lugar, quizás debía encontrarme con alguien que me guiara. Al fin y al cabo, en todas las historias que leía para escapar de mi aburrida rutina, siempre había una chica tetona, una chica gato o alguna criatura fantástica esperando al protagonista nada más aparecer. Aunque también recordé una donde dejaban al protagonista abandonado en un bosque y se convertía en un poderoso mago de agua.

¿Será que yo también tendré magia? ¿Aprenderé a luchar? Sería increíble, la verdad, aunque en mi vida pasada era todo lo opuesto a alguien atlético.

Miré mis manos sucias y luego el desolado páramo. No había chicas gato, ni magos, ni luces de bienvenida. Solo cenizas y el olor a carne quemada.

—¡¿Qué tengo que hacer?! —dije un poco frustrado mientras llevaba mis manos a mi cabeza y me revolvía el cabello.

En medio de eso, algo apareció en mi mirada.

[El usuario se encuentra confundido y perdido]

[Se recomienda hacer una misión]

"¿Misión?", pensé confundido y ladeando la cabeza.

[Buscando misiones...]

[Misión encontrada: consigue comida para no morir. Tiempo: seis horas. Recompensa: no morir. Castigo: muerte]

—¿Qué mierda son estas letras en mi visión? —dije con el ceño fruncido.

De la nada, unas letras azul eléctrico aparecieron frente a mí como si fuera realidad aumentada. Parecía un videojuego.

[El usuario se encuentra con dudas]

[Haciendo presentación]

—Buenas tardes, me presento, soy el sistema —una voz femenina y muy suave me habló—. Estoy aquí para apoyarte y darte consejos.

—¿Sistema? —respondí sin poder creerlo.

—Soy algo parecido a una inteligencia artificial de tu mundo, pregunta lo que quieras —me respondió de vuelta la voz.

—¿Dónde estoy? —pregunté.

[Buscando información...]

[El usuario se encuentra en #&66#&]

El nombre del lugar se veía borroso y distorsionado, como un glitch de computadora.

—No puedo ver el nombre —le dije, señalando las letras.

[Buscando razones...]

[Al usuario le faltan permisos]

—¿Permisos? ¿Esto qué es? —murmuré para mí mismo. Luego miré hacia arriba—. ¿Y cómo consigo los permisos?

[Buscando información...]

[Información encontrada]

[Para obtener los permisos necesarios se debe hablar con el administrador]

—¿Administrador? —repetí, arrugando la frente—. ¿Y cómo hablo con ese administrador?

[Buscando información...]

[Información no encontrada]

Vaya mierda de sistema, ¿no?

Al menos ahora tenía un poco más de información. Sé que hay un "administrador"; supongo que debe ser Dios o algo por el estilo. Eso quería decir que debía hablar con el mismísimo creador para enterarme de lo que pasaba. ¿Pero cómo carajos se lograba eso? ¿Acaso tenía que volverme sacerdote o qué?

Por el momento, debía preocuparme por cumplir la misión; eso de que moriría si no la hacía me tenía bastante descolocado. Era demasiado severo... o quizás el sistema solo quería advertirme que moriría de inanición en seis horas si no me movía.

Suspiré.

—¿Y dónde carajos voy a conseguir comida aquí? No hay un supermercado ni nada parecido, además de que no tengo un maldito centavo —dije mientras revisaba mis bolsillos vacíos y miraba al suelo—. Supongo que debo encontrar la manera. Alguna fruta me vendría bien.

Me despedí con la mirada de aquel cuerpo colgado y seguí mi camino. Quería salir de ese lugar lo más pronto posible.

—Quién sabe, tal vez mi vida aquí sea mejor que este comienzo —murmuré mientras me alejaba entre las ruinas.

¿Qué será de mí?

 

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