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Cap. I Lemberg

Raza Oculta I. El Secreto del Agua · por orlando-cordero_2026 · 24 de julio de 2026

DEDICATORIA

A Adriana, sin su impulso, sin su presencia, sin su sonrisa no hubiese podido escribir esta historia, ella es la figura principal, la Diosa de la Luna, Ixchel para algunos, Isthar para otros; es ella Katja, Leila, un poco de Jovanka, es la chica fuerte, la brillante fuente intelectual, es la danzante serpiente de luz, sangre fuego y dulzura. Mi luz, mi sangre, mi fuego, mi torpeza; dueña de mis letras y creadora de grandes sueños y una multiplicidad de detalles. 

LEMBERG.

Ucrania, 26 de agosto de 1914, inicios de la Batalla de Gnila Lipa.

En las vicisitudes del destino nada se encuentra tan mal escrito como el comienzo de una guerra. Ya sea esta moderna, antigua; entre gobiernos, religiones o razas. Y no sucedía que la conflagración, en la cual Marko iba a luchar, hubiera empezado en aquella tarde calurosa de finales de agosto en Europa. Él comenzaba otro conflicto, no la «guerra que acabaría con todas las guerras», sino en una lucha más arcaica y silenciosa; subrepticia y de bajo perfil. Una de la cual nadie llevaba registro, cuya debacle entre la vida y la muerte discurría por una línea, tan torcida, que no era posible dilucidar sus matices, vueltas de tuerca y puntos de inflexión.
La temperatura era alta y Marko sudaba. Si alguna vez hubo brisa por aquellos parajes, escapó hacia otros lados; si hasta daba la impresión que habían transcurrido milenios desde la última vez que el viento soplara. El sol brillaba fuerte, pero, a pesar de ello, se cernían algunas nubes de tormenta en el horizonte. La acometida estaba al caer, y el cielo juntaba sus propios batallones de vaporosas sombras, con estrepitosa artillería de truenos, rayos y centellas; toda la metralla acuífera que la naturaleza era capaz de desatar si se le antojaba. Sin embargo, no era contra los elementos la disputa en ciernes, sino de hombres contra hombres; seres humanos sacrificados en pos de intereses que en poco o nada les incumbía. ¿Quién los convenció que la guerra era divertida y justa cuando carecía por completo de sentido?  
Marko caminaba hacia el combate, orgulloso y con la frente en alto, mientras sonreían y lanzaban improperios contra el Zar Nicolás. En sus mente aún no había lugar para el horror, la sangre, ni agonía o muerte; solo para el valor y la sed de justicia. La guerra significaba, en ese inicio de hostilidades, la oportunidad para resarcir afrentas e invocar el fervor nacional. Una circunstancia que resultaba un poco irónica para los integrantes del doceavo batallón bosnio-herzegovino, que luchaban bajo las banderas y estandartes del Imperio Austrohúngaro. Aun así, marchaban ufanos, con órdenes de ocupar las estribaciones boscosas que se encontraban después de cruzar un riachuelo. Las colinas, con su cabellera de árboles y matorrales, despuntaban a lo lejos entre los rayos solares que, con algún margen de éxito, aún luchaban contra las renegridas nubes.
Marko Jarkovic avanzaba con tranquilidad al lado de sus camaradas, la banda del batallón les acompañaba, tocando una ligera sinfonía en honor a la muerte; aquella que los esperaba con una sonrisa taciturna, mientras afilaba su guadaña. La música marcial y acompasada marcaba el ritmo de la disciplina impartida, cada golpe de tambor con notas bien cuidadas eran sus pasos, un redoble de semicorcheas era euforia instantánea, mientras que una negra acentuada era el brazo levantado y un silencio de blanca se traducía en una pausa. Junto a Marko, se encontraba Slatan Zvonimir, aunque apenas tenía veinte años, era fornido como un roble centenario y alto como él mismo; de hecho, eran los dos soldados más altos de la treinta y seisava compañía. Eran como la torre y el alfil, mientras que los demás componentes eran los peones. Slatan era una persona afable y de buen carácter, algo extraño para alguien de su corpulenacia. Un lobo dormido con los colmillos afilados al que no convenía despertar. En un principio fueron rivales, pero se hicieron amigos al ver que era mejor tener la fortaleza del otro cerca. Eran los más fuertes del grupo y, unidos, nada ni nadie podría contra ellos.
—¿Tú crees que la guerra dure mucho? —preguntò Slatan.
—¡No! La guerra terminará antes de Navidad —respondió Marko, muy ufano—. ¿No es así, muchachos?
El batallón contestó con un potente “sí”. 
Era la ilusión de millares de jóvenes contendientes: una victoria rápida en todos los frentes. Nadie imaginaba el inútil derroche de vidas que los esperaba. La gloria prometida ocupaba cada mente, borboteando en la sangre, en los latidos, de una generación a punto de ser sacrificada por la ambición política y la estupidez humana.
La lluvia de horas antes había dejado la zona anegada, por fortuna, la carretera discurría por encima de un terraplén, impidiendo que se convirtiera en parte del pantano. La extensa depresión no era muy profunda, apenas unas decenas de centímetros. Al otro lado del inundado llano, se observaban las colinas boscosas, objetivo de su marcha. Estas se elevaban por encima del nivel medio de la pradera, apenas de manera suave, como el lomo de un jorobado que recién se encorva. Lo que debía ser un prado otoñal, lleno de colores, se hallaba convertido en un alargado charco de aguas someras.
Dada esta circunstancia y al haber otra opción, el doceavo batallón avanzó en línea recta. Cualquiera que les observara pensaría que se trataba de un ejercicio de maniobras y no una operación de combate. Sin embargo, no era así, la vanguardia dio la voz de alerta. Soldados rusos se hallaban ya en las alturas, en posiciones defensivas, cavando trincheras y con algunas ametralladoras ya apostadas. Una vez que las tropas del Zar se percataron de la presencia del enemigo, abrieron fuego.
Sin dejar de tocar, para animar a las tropas, la banda marcial del batallón buscó refugio. La treinta y seisava compañía fue barrida por el fuego de las ametralladoras rusas; mientras que la treinta y cuatroava y la treinta y cincoava compañía lograron desplegar sus unidades, cruzaron el riachuelo, desparramándose por los inundados campos, buscando cobertura y tratando de hacer una línea de defensa. Los rusos, agrupados y amparados por el fuego de metralla desde la colina, le plantaron cara al doceavo batallón.
Por instantes el combate se desarrolló de manera incierta. Un escuadrón de cosacos que patrullaba cerca, al observar a sus camaradas bajo ataque, cargó a todo galope en contra de sus enemigos. Esto terminó de inclinar la balanza a favor de las tropas zarinas.
Marko había sobrevivido a la primera descarga que destrozó a la treinta y seisava compañía y ahora se cubría lo mejor que podía, disparando de cuando en cuando, sintiendo las balas silbar por encima de su cabeza. Era 1914 y para esas fechas aún no se instituía el casco de hierro reglamentario, su fez voló por los aires, un hilillo de sangre escurrió de sus cabellos. Suerte, había sido un rasguño apenas, cosa de unos centímetros más o de menos y no la hubiera contado. Zvonimir yacía a su lado, aún estaba vivo, aunque esa cuestión ya estaba decidida. Una herida en el cuello drenaba su destino, muy a pesar del esfuerzo que hacía para taponar la herida. Ambos lo sabían, no había esperanza, solo estaba rasgándole un poco de vida a la muerte que, tranquila y sin prisas, lo arrastraba al abismo de la oscuridad, desconocida y absoluta. Esa eternidad de la que todos huyen.
Se estableció entonces un combate cuerpo a cuerpo, los rusos pasaron a la ofensiva. No obstante, así como la suerte de Zvonimir se hallaba resuelta, el combate tenía un triunfador.
Marko disparó una y otra vez, de manera desesperada, sobre los atacantes, por cada ruso derribado tres ocupaban su sitio. La treinta y cuatroava y la treinta y cincoava compañías retrocedieron ante el empuje de sus hermanos eslavos. Marko observó de reojo como se retiraban de la batalla, aunque sin desorden ni dejar de combatir. Lo que quedaba de la treinta y seisava compañía se vio, de esa manera, absorbida por aquella marea de soldados rusos.
Él había prometido a Zvonimir acompañarlo hasta el final, siempre habían sido ellos dos contra el mundo, pero él aún no moría. El pobre le veía vehemente y suplicante a la vez. Marko no se sabía que podía pasar por la mente de aquel infeliz; un infeliz como él mismo, dos condenados a morir. Quizás Slatan creía que no lo abandonaba por amistad y camaradería. La triste verdad era que Marko no podía moverse de donde se encontraban. Una pequeña y pantanosa depresión en el terreno, proporcionaba una escasa y efímera protección. Hacía un buen rato que no oía la dichosa banda marcial y solo tenía la compañía de aquel moribundo. Rio amargado, él también era un moribundo. Seguro estaba de morir.
Los rusos se multiplicaban, habían recibido refuerzos, aparecían por doquier; persiguieron a los bosnio-herzegovinos, cazándoles uno a uno. Aquellos pocos con vida rindieron sus armas. No era más que un puñado de hombres. En consecuencia, Marko también pensó en rendirse, pero cuando se aprestaba a hacerlo, tres soldados del Zar asaltaron su refugio. Sin esperar respuesta y mucho menos intentar una rendición del soldado imperial, le atacaron con furia y decisión. Marko apenas tuvo oportunidad de disparar una vez, un golpe preciso de culata le despojó de su arma, al tiempo que uno de los rusos caía, mostrando una mueca de dolor ciego en su rostro. Un segundo ruso le apuntó directo a la cabeza, pero algo pasó y el arma no disparó.
Marko, por puro instinto, sacó su cuchillo de compañía y lo hundió en el pecho del tercer ruso, aquel que le había despojado de su rifle. El tipo cayó encima de él, forcejearon un poco, hasta que este dejó de luchar. Aprovechando su corpulencia, se lo quitó de encima lo más rápido que pudo. El soldado restante, después de maldecir su mala suerte, a la madre del fabricante del fusil y a aquel soldado al servicio del Imperio Austro-húngaro, ajustó la bayoneta a la boca del cañón y arremetió contra él. El frío metal penetró su abdomen, Marko perdió el equilibrio, sin saber muy bien qué hacer, el dolor llegó unos instantes después, cayendo cerca de su rifle. Con la desesperación, la adrenalina y el miedo como únicos aliados, tomó la referida arma de fuego y disparó a quema ropa sobre el pecho de aquel joven soldado zarista, al mismo tiempo que este atacaba por segunda vez con la bayoneta, esa vez fallando en su cometido.
Con lo que le restaba de fuerzas Marko se ocultó lo mejor que pudo y no tardó mucho en perder el conocimiento. Los rusos continuaron con el avance, recogieron a los heridos, dejando atrás las boscosas colinas; hubo una retirada general y el frente se corrió varios kilómetros adelante.
Había llegado la noche cuando volvió en sí. Aún no moría, la bayoneta rusa no había penetrado ningún órgano vital. Sin embargo, había una realidad incontestable: perdía sangre y la muerte le sonreía mientras acariciaba el alma de Zvonimir. Marko, desde donde se encontraba y bajo la luz de la luna, solo podía ver la silueta de su amigo. Los cuerpos rusos habían sido retirados y la fría humedad de la noche lo ocupaba todo.
En medio de aquel avasallante silencio, escuchó unos pasos, alguien o algo chapoteaba en el pantano. Él no disponía de armas, se las habían llevado, aunque tampoco tenía fuerzas para defenderse. Si se trataba de un soldado enemigo estaba perdido. Se quedó tendido y quieto en la ciénaga, sin cerrar del todo sus ojos. Llámenlo curiosidad o morbo, necesitaba saber quién rondaba esos campos llenos de muerte y dolor. Contra todo pronóstico observó que Zvonimir todavía vivía. Su amigo presentía la muerte, luchaba contra ella. ¿Con qué fuerzas? Jadeaba, gemía. ¿No se percataba de aquella presencia caminando hacia ellos? ¿O quizás llamaba la atención para que alguien acortara su sufrimiento de una sola vez?
No era mucho el jaleo que podía provocar, pero en el mutismo que reinaba en el ambiente, era un escandaloso grito de alerta para quien quiera que estuviese merodeando por allí. Ahora el futuro de ambos dependía de la benévola o macabra intención de la persona que se acercaba. Marko no podía hacer nada, así que resolvió, una vez más, mantenerse en su rígida posición, vigilando de manera disimulada, lo que su degradada visión le permitía.
De aquella oscuridad, muda e inflexible, surgió por fin, la figura de la entidad que caminaba hacia ellos. La brumosa imagen se fue haciendo cada vez más grande, nítida y cercana, era una mujer. Le vio revisar, uno por uno, los cadáveres, chequeaba los signos vitales y luego procedía a vaciar sus bolsillos. Estaba profanando a sus compañeros caídos. Era una saqueadora, que no mostraba respeto alguno por la juventud y los ideales sacrificados en la batalla.
Algo en sus movimientos le pareció familiar. Era pequeña. Vestía de blanco, lo cual le hacía más visible en la oscuridad. Observó cómo llegó a donde estaba Slatan, con su enagua recogida, este emitió un gemido, ella se llevó un dedo a la boca, supuso que pidiendo silencio. Lo que sucedió a continuación, lo atribuyó al principio a una mente febril, una alucinación por falta de fuerzas. La chica se inclinó sobre su amigo y lo levantó como si fuera un bebé. Limpió la herida del cuello y acercó su rostro a la nuca. ¿Para qué? No lo entendió.
Slatan reaccionó, la mujer le estaba haciendo algo, pataleó un poco, hizo un amago de lucha y propinó algunos débiles golpes, tratando, con desespero, de deshacerse de la acción. No duró mucho la pelea. Entre espasmos y convulsiones su amigo dejó de moverse. Cuando por fin murió, ella lo depositó en el sitio con suavidad; había delicadeza en sus movimientos, acciones conocidas. Luego la mujer caminó hacia donde se encontraba Marko. Él no quería hacerlo, deseaba hacerse el muerto, sin embargo lo hizo. Jadeó, gimió y trató de huir. Se arrastró en el pantano o por lo menos lo intentó. Ella lo asió por el pantalón y le volteó con una facilidad pasmosa. Marko vio su rostro, cara a cara. La chica esbozó una sonrisa, le peinó el cabello y le besó en la frente. Ya sea por el pánico o por la pérdida de sangre, se desmayó, quedando a merced de aquella criatura. No sin antes decir el nombre de ese rostro que había olvidado por mucho tiempo:
—¡Katja!

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