Se escuchaba el sonido del viento rozando las hojas de los árboles. Podía verse un sendero entre enormes campos, lleno de pastizales, donde una criatura parecida a un roedor olfateaba el suelo antes de perderse entre la hierba. A lo lejos se distinguía un pequeño pueblo con docenas de casas de distintos colores. En una de ellas, una mujer salía a regar un jardín de rosas, cuyos colores se expresaban con intensidad, rodeando todo el lugar.
Ante aquella escena, varios niños se dirigieron hacia donde se encontraba la mujer, lanzando una pregunta inocente con un tono alegre.
—Señora, ¿será que Red pueda jugar? Es que tenemos cartas nuevas, sería genial si nos acompaña.
La mujer detuvo su actividad al escuchar eso y, con un tono amable y cálido, respondió con un poco de pena:
—Lo siento, niños. Mi hijo no podrá jugar hoy. Ha venido de visita uno de sus amigos y no quiero molestarlo.
Los niños mostraron el desánimo en sus rostros antes de marcharse. La señora, sintiéndose un poco mal, dirigió la mirada hacia la ventana del cuarto de su hijo, dudando si interrumpir o no. De pronto, se escuchó un grito proveniente del interior.
—¡Gané otra vez! ¡Ja! Acéptalo, jamás podrás ganarme en este juego.
—¡Otra revancha! Estuve cerca de hacerlo, solo que no me tocaron buenos Pokémon. ¡Tenía un Magikarp en mi equipo!
—De eso se trata el random sacar buenas estrategias y usar la cabeza. Deberías saberlo, Red, pero veo que sigues siendo un novato.
—¡Agh! ¡Green, dame otra oportunidad!
El chico que había dicho eso mostraba una mirada llena de furia mientras crujía los dientes por la impotencia que sentía. Tomó una gorra roja con bordes blancos de su cama y se la colocó como símbolo de determinación antes de gritar:
—¡Esto no prueba nada! ¡Si usáramos Pokémon reales sería diferente!
El chico de camisa verde no pudo contener la risa al escuchar eso. Colocó una mano sobre su pecho mientras soltaba una carcajada tan fuerte que podía oírse incluso fuera de la habitación. Intentó recuperar el aliento, suspirando para calmarse.
—Buena esa... casi me muero.
—No estoy bromeando, Green.
—Seguro lo dices porque conviviste con algunos Pokémon en una guardería
—¿Cómo lo supiste?
—Tu madre me lo conto Red es fácil sacarle información a esa mujer.
—Si y no solo los cuide también tuve enfrentamientos.
Al ver la expresión seria de su compañero, una sonrisa presuntuosa se dibujó en el rostro de Green mientras lo miraba directamente.
—Está bien, acepto el desafío. Mañana mi abuelo me regalará un Pokémon junto a una Pokédex. Escogieron a tres chicos; uno de ellos soy yo. Si tú fuiste seleccionado, podremos combatir.
—¿¡En serio!? Yo me inscribí, pero nunca me notificaron nada.
—¡Ja! Eso significa que te ignoraron. Ni para rechazarte sirves.
—Eres un...
Cuando Red estaba a punto de abalanzarse contra Green, la puerta se abrió y se escuchó una voz femenina. Era la dueña de la casa, quien no pudo aguantar la curiosidad de saber qué estaba ocurriendo. Al verla, el chico de cabello castaño se acercó e hizo una reverencia.
—Hola, señora Sara. Disculpe el escándalo, solo estaba enseñándole a jugar a Red combates Pokémon en nuestra consola. ¡Aún es un novato! Le falta mucho por crecer.
—Ara~ no te preocupes, Green. Me alegra que un chico como tú sea amigo de mi hijo y lo ayude. A veces se aburre estando solo en su cuarto jugando ese juego. Por cierto, ¿Cómo está tu abuelo, el profesor Oak?
—¡Muy bien, señorita Sara! Ha estado revisando los documentos de los entrenadores que obtendrán un Pokémon. Por cierto, ¡mañana me convertiré en entrenador Pokémon!
El joven se frotó la nariz con un dedo como símbolo de orgullo. La señora, incrédula, se llevó una mano a la boca antes de responder:
—Qué bueno. Mi hijo Red también quería tener su primer Pokémon. Había enviado su solicitud, pero tu abuelo nunca respondió y después supimos que el cupo que buscábamos ya lo tenía otra persona.
—No se preocupe, todo se solucionará.
El chico mostró una sonrisa antes de salir del cuarto. Al verlo marcharse, el chico de la gorra roja respiró profundamente y se dejó caer sobre la cama como un costal de papas. Su madre, confundida, no pudo evitar preguntar:
—¿Pasa algo, hijo?
—Mamá, ¿por qué siempre dices que es mi amigo? ¡Siempre se la pasa molestándome!
—Pero, hijo, siempre preguntas por él y él por ti. Además, se conocen desde pequeños, desde antes de que se fuera del Pueblo Paleta. Recuerdo cuando jugaban en los charcos de lodo bajo la lluvia.
—¡Mamá! ¡Eso es cosa del pasado! Desde que volvió ya no es el mismo. ¡Ahora es mi rival!
—¿Tu rival? Qué raro que lo consideres así... pero bueno, ya habrá otro momento para hablar. Por ahora quiero que limpies este lugar.
El chico se sorprendió por el cambio tan brusco de humor de su madre. Para él no parecía ser para tanto, pero al voltear a ver el lugar se dio cuenta de que todo estaba hecho un desastre, como si un tornado hubiera pasado sin piedad. Sin perder tiempo, comenzó a limpiar y a mover cosas. Así transcurrieron varias horas desde aquella escena.
Mientras el sol se ocultaba, en otra parte del Pueblo Paleta se alzaba un laboratorio, cerca de una colina. A través de sus ventanas podía verse la silueta de un hombre de edad avanzada, con canas que le daban al cabello un tono blanco grisáceo. Leía un libro sobre leyendas de Pokémon antiguos, usándolo como distracción tras un día estresante. En ese momento, se escuchó a alguien entrar al laboratorio.
Era el chico de ropa verde celeste, quien entró para saludar a su abuelo.
—Oh, Green, veo que regresaste. ¿A dónde fuiste?
—Fui a ver a un amigo. Por cierto, abuelo, ¿conseguiste un suplente para el otro Pokémon?
El profesor Oak se sorprendió por el comentario del chico y suspiró.
—La verdad no he encontrado ningún reemplazo. Estoy esperando el otro envío de solicitudes para ver quién quiere el Pokémon.
El hombre, visiblemente estresado, se frotó el cabello con frustración.
—Tuve que rechazar a varios, enviarles cartas de negación... y ahora me pasa esto.
—Espera, abuelo. ¿Viste alguna solicitud de una persona llamada Red?
—¿Uh? Red... ese nombre me resulta conocido. Espera, ¿no es el hijo de Sara?
—Sí, ese mismo.
—La verdad, no recuerdo haber leído su nombre.
Mientras su abuelo seguía hablando, Green notó una hoja debajo del escritorio, aún polvorienta y doblada. La tomó y se la entregó.
—¡La encontraste! Sí, es el perdón de tanto trabajo; a veces algún papel se me traspapela.
El profesor Oak revisó la solicitud y suspiró.
—Bueno, por lo que veo en su informe y en cómo respondió las preguntas que formulé, me hace dudar de que sea una buena elección.
—No lo subestimes, abuelo. Podría darte una sorpresa.
—¿Tú crees? Hablaré con Sara sobre esto y, si acepta, le diré que venga para decidir si le doy un Pokémon.
El joven se despidió de su abuelo y salió del lugar con una sonrisa decidida, mientras la penumbra de la noche comenzaba a manifestarse.
A la mañana siguiente, el joven dueño de la gorra roja dormía plácidamente, con una gota de saliva escurriendo por sus labios. De pronto, un llamado fuerte, como un estruendo, interrumpió su sueño. Era la voz de su madre.
—¿¡Qué pasó!? ¡Mamá, qué ocurre!
La puerta se abrió y entró su madre con una sonrisa, sosteniendo el celular cerca del oído.
—Tienes que alistarte ahora. Aceptaron tu solicitud para tener tu primer Pokémon. ¡Tienes que irte!
El joven no podía creerlo. Una sonrisa se dibujó en su rostro y se levantó de un salto, como si se hubiera sacado la lotería. Se puso una chamarra roja con mangas y bolsillos blancos, unos tenis y una gorra de los mismos colores. Salió corriendo de su casa con un pedazo de pan en la boca, intentando desayunar en el camino. Un sinfín de preguntas y emociones se agolpaban en su mente: ¡Esto es genial! ¡sere un entrenador Pokémon! He esperado este momento durante tanto tiempo...
Tras varios minutos, llegó al sendero donde había una cerca y un guardia que le preguntó su nombre. Tras responder, logró entrar y llegó al laboratorio. Se detuvo frente a la puerta, que parecía grande, aunque no lo era realmente. Al pedir permiso para entrar, su emoción se transformó en nervios: conocería por primera vez el laboratorio del profesor más reconocido de la región.
—Hola... buenos días. Vengo porque me llamaron por lo de la solicitud.
—Sí, entra, joven.
Entró lentamente con una sonrisa decidida. Al alzar la vista, vio la silueta de la persona que siempre lo molestaba su rival, Green, quien lo miró con despreocupación antes de bostezar y comentar:
—Vaya, qué lento eres. Incluso yo te gané en llegar aquí. ¿Así quieres que piensen que eres un entrenador responsable?
Eso hizo que el chico de la gorra roja se sintiera molesto, pero intentó contenerse; no quería arruinar su oportunidad de obtener un Pokémon. La tensión fue interrumpida por el profesor Oak.
—Bueno, mucho gusto, Red. Me alegra que hayas venido. Revisé tu solicitud y, tras ver toda la información que disté, decidí que eres apto para tener un Pokémon.
El chico saltó de emoción, con los ojos brillantes, incapaz de contener sus palabras.
—¡Sí! ¡Profesor, juro que no lo decepcionaré!
—Pero antes, una vez que escojas un Pokémon, para obtener tu Pokédex deberás hacerme un pequeño favor importante.
Red se mostró confundido, pero no le importó. Era lo mínimo que podía hacer por una oportunidad que pocos tenían.
—Excelente. Entonces, muchacho, escoge tu primer Pokémon.
El profesor caminó hacia un pupitre donde había tres Pokébolas. Ambos chicos las observaron atentamente. Oak se colocó frente a ellas y, señalándolas una a una, explicó con entusiasmo:
—Como verás, en estas tres Pokébolas hay Pokémon poco comunes. El primero es Bulbasaur, de tipo Planta y Veneno; el del medio es Squirtle, de tipo Agua; y el último, pero no menos importante, Charmander, de tipo Fuego.
Mientras escuchaban, el nieto del profesor sonrió.
—Si quieres, puedes escoger primero. No tengo ningún problema.
—Claro, seguro ya sabes cuál es el mejor Pokémon.
El profesor interrumpió con una leve risa.
—Green aún no ha visto a los Pokémon ni los conoce. Solo conoce sus tipos.
Red no tuvo más remedio que aceptar. Observó las tres Pokébolas con atención. No sabía qué apariencia tendría cada Pokémon, así que reflexionó.
Si quiero ser campeón, tengo que ganar los gimnasios. El más cercano es de tipo Roca, perfecto para Squirtle... pero más adelante hay líderes de tipo Eléctrico, y después la Cueva Diglett...
Tras dejar de pensar, tomó una decisión y exclamó:
—¡Escojo al Pokémon de tipo Planta!
Tomó la Pokébola con firmeza y, con una mirada llena de determinación, presionó el botón, liberando al Pokémon. El sonido no tardó en escucharse.
—¡Bulbasaur! ¡Bulba...!
La criatura, de color verde y ojos rojos, con un cuerpo parecido al de un sapo y un capullo en la espalda, miró confundida al chico de la gorra roja. Su entrenador no tardó en darle la bienvenida.
—Ahora somos compañeros. ¡Mucho gusto!
El Pokémon se mostró algo nervioso. Entonces se escuchó la voz de Green, acercándose a su elección.
—Entonces yo escojo...
Red pensó que elegiría al Pokémon de tipo Agua, pero se sorprendió por su decisión.
—Escojo al tipo Fuego Charmander. Ahora ve, yo te elijo.
Apareció una pequeña lagartija naranja, bípedo, con ojos verdes y una larga cola cuya punta ardía con una pequeña llama. Su voz sonó con un tono tierno.
—¡Char! ¡Char!
Con una sonrisa cautivadora y alegre, Bulbasaur correspondió la mirada de su entrenador. Red, contagiado por aquel sentimiento tras presenciar la escena, dio un paso al frente, tomó distancia, señaló a Green y exclamó con determinación:
—¡Te reto a una batalla Pokémon!
Todo el laboratorio quedó en silencio. Entonces, el profesor Oak intervino, visiblemente molesto.
—Espera, chico. Recuerda que antes debes hacerme un favor. Además, mi laboratorio no es un campo de combate.
Green, que estaba agachado acariciando a su Charmander, rió con los ojos cerrados y respondió con un tono de burla:
—Jajaja, mejor apúrate a hacer lo que te mandaron. No dejes que tu suerte de tener un Pokémon termine ahora.
El profesor Oak tomó la Pokébola restante y la colocó dentro de una caja junto a una Pokédex y una carta. Luego la selló con una cinta y se la entregó a Red junto a la dirección donde tenia que ir.
—En Ciudad Verde hay una escuela Pokémon. Allí vive la madre del otro entrenador que obtuvo el Pokémon restante. Entrégale esto.
—¡Está bien, profesor! ¡Vamos, Bulbasaur! ¡Tenemos una misión!
El Pokémon se quedó mirando por un momento; el nerviosismo era evidente en sus ojos.
—Entiendo que estés nervioso, es lo normal cuando eres nuevo en un lugar.
En ese instante, el profesor le dio un consejo:
—Deberías guardarlo en su Pokébola. Aún no confía en ti. Al no estar acostumbrado a convivir con entrenadores, te recomiendo no usarlo en combate todavía.
—Está bien, profesor. Haré lo que diga.
Red siguió las sabias palabras del profesor y devolvió al monstruo de bolsillo a su Pokébola. Caminó hacia la puerta y, justo antes de salir, la voz de su rival resonó como un eco en el laboratorio:
—Recuerda llorar si un Pokémon salvaje te asusta.
—¡Cuando regrese tendremos esa batalla! ¡Espérame aquí, Green!
—Sí, sí... lo que digas.
El chico salió corriendo como una bala, sin preocupación alguna. Era un sueño hecho realidad: por fin podría explorar el mundo, siempre y cuando cumpliera con su último deber.
Al llegar a casa, encontró a su madre limpiando. Entró sin saludar, como si nada más importara. Ella, con una expresión confundida, preguntó:
—Hijo, ¿Cómo te fue? ¿Por qué tan apresurado?
—¡Mamá, tengo que ir a Ciudad Verde!
—Pero está muy lejos, a casi una hora... Supongo que usarás la bicicleta, ¿verdad?
No le faltaba razón. Usarla le ahorraría tiempo y le ayudaría a evitar encuentros innecesarios.
—Bueno, mamá, ya me voy.
—Espera un momento. Dime, ¿regresarás?
—Sí, mamá, regresaré.
—No te acerques a los pastizales. Hay Pokémon y puede ser peligroso. ¡Y recuerda llevar el repelente!
—¡Sí, mamá! ¡Lo tengo todo aquí!
El chico sacó su Pokébola, símbolo de que ahora tenía un compañero Pokémon. Su madre sonrió con calidez, acompañada de un sentimiento de confianza.
—Está bien, hijo. Ve con cuidado.
El niño se fue rápido como un rayo. Cruzó un camino liso, sin vegetación; el cielo azul se extendía sobre él mientras aves llamadas Pidgey volaban en lo alto. De pronto, las ruedas de su bicicleta derraparon, obligándolo a detenerse. Tomó su Pokébola y susurró:
—Nuestro momento ha llegado. Es hora de demostrar qué tan fuertes somos, le borraremos esta estúpida sonrisa a Green.
Red se salió del camino y se adentró en los pastizales. Entonces, algo saltó con rapidez, interponiéndose en su camino. Detuvo la bicicleta de golpe. Frente a él estaba un Pokémon con aspecto similar a una rata de color púrpura, ojos rojos y una mirada amenazante.
Lejos de asustarse, Red sonrió. Era el momento perfecto para demostrar sus habilidades.
—¡Vamos, Bulbasaur!
Liberó a su Pokémon inicial, que emitió su grito característico.
—Muy bien, Bulbasaur. ¡Es hora de demostrar tus habilidades! Usa Látigo Cepa contra ese Rattata.
La mirada perdida de Bulbasaur lo decía todo. No entendía lo que su entrenador le pedía. Red se puso nervioso y continuó:
—¡Entonces usa Hoja Afilada!
Nada ocurrió. Un silencio apático se apoderó del lugar. Red empezó a gritar ataques sin parar, como si recitara una lista sin sentido. Incluso sacó una libreta con todas sus notas. Aun así, no entró en pánico. Finalmente, no tuvo más opción que suplicar:
—¡Solo intenta hacer algo, Bulbasaur!
El Rattata no esperó más y se lanzó con una embestida, golpeando a Bulbasaur, que salió volando con un pequeño grito de dolor.
—¡Bulbasaur, no!
El Pokémon rata fijó su mirada en el entrenador, mostrando sus dientes afilados como tenazas capaces de desgarrar carne. El joven de gorra roja tembló, incapaz de reaccionar. Con dificultad, logró abrir su mochila y buscar el repelente.
—Menos mal que tengo esto...
Antes de terminar la frase, el Rattata fue golpeado y lanzado por los aires por el pequeño sapo verde, cuya mirada ardía de furia descontrolada.
—¡Genial, Bulbasaur! ¡Golpéalo! ¡Sigue usando Embestida!
Ambos Pokémon se atacaron sin descanso, sin dejar respirar al otro hasta que uno cayó tendido en el suelo como una lona abandonada. Era el Rattata. Bulbasaur permaneció de pie, con el cuerpo herido y respirando agitadamente.
—Gracias, Bulbasaur... de verdad.
El chico se levanto con algo de miedo, su primera batalla pokemon había terminado en desastre, miro a su acompañante, un silencio incomodo se sentía en el ambiente para después apretar sus puños puso su mirada hacia su alrededor por si alguien fue expectante de lo que acababa de suceder, no quería que nadie se enterara de su actuación ridícula.
—Regresa te curaré en el Centro Pokémon.
Red subió a su bicicleta y avanzó a toda velocidad, atento a cualquier otro Pokémon que pudiera bloquear su camino. Al volver al sendero rumbo a Ciudad Verde, un sentimiento de tristeza se apoderó de él. Pensó que todo estaría bajo control, pero la realidad había sido distinta casi salió herido en su primera batalla, no pudo dar órdenes correctamente.
Mientras avanzaba, divisó a lo lejos casas, edificios y un letrero que decía Ciudad Verde.
—Llegamos, amigo. Primero entregaré el pedido y luego te curaré en el Centro Pokémon.
Hablaba con su Pokébola como si su compañero pudiera escucharlo. Un sentimiento pesado se apoderó de él al recordar aquella actuación patética. Guardó a su Pokémon y, sin permitirse más excusas, se dispuso a cumplir su misión.
Preguntó la dirección que le habían dado a varias personas hasta dar finalmente con el lugar: una pequeña escuela, con una humilde puerta de madera. Desde el interior se escuchaban las risas de los niños, divirtiéndose como los adultos esperarían, ajenos a las preocupaciones del mundo exterior.
—Al fin llegué... aquí es.
Al abrir la puerta, un hombre salió de golpe y chocó con él. Ambos cayeron al suelo, estropeando el paquete que Red llevaba. El hombre se levantó furioso y gritó:
—¡Fíjate, mocoso inútil!
Se marchó sin importarle si el chico estaba bien. Red intentó incorporarse y entonces notó el estado del paquete estaba roto. Lo inspeccionó con miedo, rezando para que nada se hubiera dañado. Sin embargo, su peor temor se hizo realidad. La Pokédex estaba rota. Por suerte, la Pokébola seguía intacta. Red, desesperado, comenzó a intentar arreglarla, con las manos temblorosas y el corazón encogido.
—No, no... está roto. Dirán que yo lo dañé. Dios... al menos la Pokébola no está dañada y la carta está intacta.
Cuando vio de reojo la carta abierta, notó que tenía varios dibujos entre la escritura: corazones, flechas apuntando directamente a ellos. Al leer un poco, el chico se sonrojó, pero esa reacción duró poco cuando una voz lo asustó.
—Oye, disculpa, ¿estás bien?
El chico, nervioso, metió todo en la caja que, aunque estaba rota, aún podía pasar desapercibida. Intentó ocultar la condición del paquete con su cuerpo temblando y volteó hacia donde estaba la persona.
—S-sí, sí... solo tuve un accidente con el paquete.
Se pudo ver a una hermosa mujer saliendo de la escuela. Tenía el cabello rubio y largo, ojos naranjas y vestía un delantal. Desde el interior se escuchaban muchos niños que parecían divertirse. Ella, con expresión preocupada, respondió:
—Niño, no es necesario que lo ocultes. Sé que ese hombre chocó contigo y dañó algo importante para ti.
El joven entrenador, al escuchar eso, se sorprendió, pero luego suspiró con tristeza.
—La verdad... sí. Quería entregar esto a alguien que trabaja aquí, pero quedó arruinado. Ahora seguro... dirá cosas malas de mí.
—¿A quién se lo ibas a dar?
—A una tal Julia Evans. Según, trabaja como maestra.
—¿Eh? ¿En serio? Mira qué suerte tienes, chico. Yo soy Julia Evans.
—¿¡Eh!? ¿¡En serio!?
La mujer mostró su carnet de maestra con su nombre.
—Sí. Así que no tienes que dar explicaciones a nadie.
La sonrisa del chico apareció de inmediato. Se había salvado de un posible problema que incluso podría haberle impedido ser entrenador Pokémon. Entonces le entregó el paquete en mal estado y ella sacó una carta de su delantal.
—Este también es un recado para él. Tómalo.
El chico guardó la carta y, con curiosidad, preguntó:
—¿Ese Pokémon es para alguien en especial de la clase?
—No, es para mi hija. Ella no está muy acostumbrada a vivir con Pokémon. A veces pienso que debería hacerlo para que experimente el mundo con ellos.
—Entiendo. Me despido, ¡muchas gracias!
—Hasta luego, muchacho. ¡Te lo agradezco!
El niño de la gorra roja tomó su bicicleta y se dirigió rápidamente al Centro Pokémon, pero al llegar vio una fila enorme de personas esperando. Algunos llevaban Pokémon ilesos, otros con vendajes. También había vendedores promocionando distintos artilugios para las tiendas, lo que llamó la atención del chico, quien no estaba dispuesto a esperar tanto.
—¿Qué necesitas, chico?
—Tengo un Pokémon lastimado.
—¿Lastimado? Puedo ayudarte. Tengo pociones para curar heridas, aunque depende del daño. Si son huesos rotos o falta de energía grave, no funcionará y tendrás que ir al Centro Pokémon. Recuerda que no todas las heridas son visibles.
—Sí, entiendo, pero estoy seguro de que no es un daño grave.
—Entonces toma, chico. Úsala sabiamente. Recuerda que hay una tienda Pokémon en la ciudad. Aquí está la dirección.
El chico tomó el papel y se fue a toda velocidad, pasando entre la gente. Se escuchaban ruido que abundaba en el ambiente, no solo de personas, sino también de Pokémon ayudaban a la gente. Al llegar a la salida del pueblo, Red sacó su Pokébola para invocar a Bulbasaur, que aún se veía herido y cansado.
—Muy bien, aquí está la opción. No te muevas.
Sacó una botella de plástico transparente con un líquido morado en su interior. En la tapa había un botón que accionó, liberando un rocío sobre el Pokémon tipo planta. Bulbasaur se asustó un poco, pero pronto comenzó a relajarse y sus heridas empezaron a desaparecer gracias a la opción.
—Te sientes mejor, ¿verdad?
El Pokémon, sonriendo, saltó de alegría mientras recibía el rocío como si fuera una ducha. Cuando terminó, la alegría disminuyó.
—Escúchame, Bulbasaur. Ahora no pelearemos en la hierba alta para evitar otro ataque como ese.
A pesar de la sonrisa del entrenador, los recuerdos de aquella lucha comenzaron a pesarle en los hombros. Tragó saliva, mientras las palabras de su rival resonaban en su mente: «Recuerda llorar si un Pokémon salvaje te asusta».
Aquella burla se había vuelto realidad. Devolvió a su Pokémon inicial a la Pokébola y retomó el camino sin mirar atrás, decidido a no cometer otro error.
Durante el trayecto, cada pedaleada se volvía más pesada que la anterior. Los recuerdos se agolpaban en su mente y, con ellos, el temblor incontrolable de sus manos. Finalmente llegó a Pueblo Paleta y se dirigió al laboratorio. Allí, en el exterior, vio a Green alimentando tranquilamente a su Charmander en el jardín, ajeno a todo lo que había ocurrido.
—Volviste... parece que no regresaste llorando con tu Pokémon debilitado.
Red lo miró molesto, pero escuchó las siguientes palabras del nieto del profesor Oak, quien se incorporó y lo miró con una sonrisa.
—Date prisa en entregarlo. Tengamos la lucha que habíamos planeado.
El niño de la gorra roja, al escuchar aquellas palabras, no supo cómo reaccionar. Quiso responder con firmeza que estaba listo, pero la seguridad que creía tener comenzó a tambalearse. Ya no estaba tan seguro de poder demostrar su experiencia.
Si bien había pasado tiempo en una guardería, los Pokémon que había usado en sus combates ya estaban entrenados y acostumbrados al contacto humano. A eso se sumaba otro problema no conocía a su nuevo Pokémon, uno extraño y poco común, cuya forma de ser le resultaba un completo misterio. La duda se reflejó en su expresión. Green lo notó de inmediato.
—¿Uh? ¿Por qué esa cara?
El chico al escuchar eso, en vez de seguir mostrando debilidad, mostro una cara de determinación las palabras que intentaron tranquilizar su mente resonaban: No te preocupes, el también no tiene experiencia estamos en las mismas condicione.
Entró rápidamente al laboratorio, donde el profesor lo recibió con una sonrisa.
—Veo que volviste. ¿Lo entregaste como te dije?
—Sí, profesor. Y también ella me dio esto.
El profesor tomó la carta rápidamente y la ocultó en su bata. Su expresión mostró emoción.
—Bien, tal como prometí, toma.
Fue a su escritorio y sacó un objeto parecido a una máquina con una pantalla y una credencial.
—Listo. Aquí tienes tu Pokédex y tu credencial de entrenador.
—¿Pokedex? ¡Al fin tengo una, genial!
—Recuerda que solo se la damos a entrenadores dispuestos a ayudar en nuestra investigación. Solo te pido que registres cualquier Pokémon que no necesites o sea raro envíamelo.
—¡Sí, profesor!
El chico salió al exterior, donde Green lo miró fijamente y luego sonrió, sosteniendo una Pokébola.
—¿Estás preparado para perder? Te demostraré que no tienes oportunidad contra mí.
—Estoy listo....
Red se preparó para la batalla, pero la tensión era tan abrumadora que, al sacar su Pokébola, la apretó con demasiada fuerza. Ambos invocaron a sus criaturas.
Charmander apareció con una mirada feroz, aunque aún conservaba un aire adorable, expulsando pequeñas llamaradas por las fosas nasales. Bulbasaur, por su parte, se puso en guardia, clavando una de sus patas en el suelo y desgarrando la tierra bajo él.
—Te concedo el primer movimiento. Solo no des pena.
—Muy bien, tú lo pediste. ¡Bulbasaur, usa embestida!
El Pokémon tipo planta corrió directo hacia la lagartija de fuego.
—Charmander, esquívalo y usa arañazo.
El Pokémon tipo fuego esquivó con facilidad, haciendo que Bulbasaur frenara con dificultad. Entonces recibió unas garras afiladas que lo lastimaron.
—¡Esquívalo, Bulbasaur! ¡No pares!
El Pokémon de tipo planta siguió esquivando, pero Green ordenó:
—Usa malicioso varias veces cuando el esquive ahora!
Una luz dorada envolvió al Pokémon sapito, haciéndolo sentirse extraño.
—¡Esquiva! ¡Espera el momento para atacar!
La sonrisa de Green se tornó molesta.
—Charmander, ataca. Ya sabes qué hacer.
Cuando el Pokémon verde logró esquivar otro arañazo, la victoria pareció rozarlo apenas un instante; sin embargo, la lagartija de fuego se impulsó de pronto hacia adelante y lo embistió con un violento cabezazo, lanzándolo por los aires. El Pokémon de tipo planta cayó pesadamente al suelo, incapaz de levantarse. Charmander, por su parte, permaneció en pie solo por inercia, tambaleándose con la mirada perdida, como un ebrio que luchaba por no desplomarse en una taberna.
—Al final siempre fuiste puro humo. Te dije que no podías ganarme, sin importar el Pokémon que eligieras. Aunque debo admitir que escoger al tipo planta fue una buena opción para los dos gimnasios cercanos.
—¡Lo sabías! Entonces si sabes eso ¿Por qué escogiste a Charmander, tanto era tu gusto de vencerme?
Green guardo a su Pokémon que aún estaba aturdido por el golpe y pasó a su lado del chico de la gorra roja sin decir nada, entonces se detiene en seco, entonces su voz no tardo en escucharse.
—Lo escogí para darte una paliza... y para imponerme un reto. Si puedo ganar con desventaja, significa que soy un gran entrenador. ¡Ahora deberías, llevar a tu renacuajo con mi abuelo antes de que se hinche jajaja!
Red corrió hacia Bulbasaur y se arrodilló a su lado. La sombra de su gorra ocultaba sus ojos mientras clavaba las manos en el suelo, mordiéndose los labios en un silencio cargado de frustración. A su alrededor, el mundo parecía haberse detenido. En ese instante comprendió que su camino apenas comenzaba y que el mundo, vasto e implacable, era mucho más grande de lo que había imaginado.
Continuará...