El canto de un ave llamó la atención de Emma. Todos debieron de haberlo escuchado, pero ella fue la única del grupo que desvió la atención de la ceremonia. Un gorrión, pequeño y ruidoso, volaba en círculos cerca de los árboles, y la pequeña lo siguió con la mirada, completamente embobada.
El vuelo del gorrión era algo cotidiano, pero para Emma resultó mucho más interesante que la ceremonia del lago. Realmente, cualquier cosa lo era. El animalito acabó posándose sobre una rama delgada, lo que le permitió observar al grupo desde la altura. Era pequeño, redondo, con una mirada curiosa que, de alguna forma, parecía molesta. Aun así, su canto chillón tenía cierto encanto, lo que dibujó una pequeña sonrisa en la niña.
—Se parece un poco a ti —rio una voz a su lado, por lo bajo—, especialmente por esa cara tan ridícula.
El susurro vino desde un muchacho de pie a su lado, varias cabezas más alto, más delgado, con el pelo castaño y rebelde luchando por saltar en todas direcciones. La miró con una sonrisa, a lo que Emma respondió con una expresión fulminante. Su intento de intimidación no tuvo el éxito esperado, pues su hermano tuvo que morderse el labio para aguantar la risa.
Emma quiso decir algo, pero un par de manos pesadas se apoyaron en el hombro de cada uno, callándolos al instante. Un adulto se interpuso entre ellos, y ninguno de los dos se atrevió a moverse.
—Sethric, está por comenzar. Guarda silencio —ordenó el hombre. Sus palabras, aunque fueron un susurro, llenaron el espacio entre ambos chicos—. Emma, presta atención. Es importante que lo hagas.
Su hermano podía ser un payaso revoltoso a sus ojos, pero incluso él obedeció sin rechistar; casi nunca osaba desobedecer a su padre, y mucho menos en eventos importantes. Esa era la señal que Emma necesitaba para saber que debía hacer lo mismo. Se tragó sus palabras y dirigió la mirada al frente, donde la congregación estaba reunida ante la orilla del lago. Formaban dos hileras que se curvaban en un semicírculo; todos con las manos juntas a la altura del pecho y las cabezas bajas. Los sacerdotes escarlata siempre caminaban con aires de autosuficiencia, mirando a los demás (incluso a la familia de Emma) por lo alto, pero durante las ceremonias se volvían tan pequeños, tan sumisos.
Era el tipo de sumisión que debían entregarle al Padre Sol, aunque no era a ese dios a quién ofrecían sus respetos, sino a la sacerdotisa que aguardaba de pie, al centro de todos ellos. Fue la única que mantuvo la postura erguida, con las manos entrecruzadas delante de ella. Llevaba, al igual que el resto de los sacerdotes, una toga larga y carmesí que caía hasta cubrir sus pies, acariciando el suelo con delicadeza. Lo único que la distinguía de los demás (además de su parada) fue aquel velo rojo, casi traslúcido, que acompañaba la caída de su largo pelo. El color avellana del mismo, junto con la tonalidad de la toga, realmente la hacían parecer como una mujer en llamas; una verdadera hija del sol.
Tal y como Emma debía ser. Por eso tenía que prestar atención. Era importante que ella lo hiciera.
Los sacerdotes, sin levantar las cabezas, retrocedieron exactamente cinco pasos. La multitud sostuvo la mirada, y por un momento pareció que todas las respiraciones se cortaron; Emma pudo notarlo, y aunque no lo entendió del todo, supo que los corazones de los presentes añoraban lo que estaba a punto de suceder.
La sacerdotisa escarlata comenzó a avanzar en línea recta. Desde donde estaban, Emma sólo podía verle la espalda, pero incluso así se estremeció ante la gracia de cada uno de sus pasos. Parecía tan preciso, como si cada movimiento, por muy sutil que fuera, estuviera cuidadosamente ensayado. No se apresuró, pero tampoco se tardó; su andar fue impecable, tal y como lo era ella.
Cuando sus pies se hundieron en el lago y se adentró en él, la toga carmesí flotó delicadamente en la superficie, extendiéndose a medida que avanzaba. Desde tierra, casi parecía que el agua se había tornado roja. La tela formó un círculo casi perfecto, y cuando la figura se hizo clara para todos los presentes, la sacerdotisa se detuvo. Tenía el agua a la altura del ombligo; tal y como Emma supuso, cada movimiento estaba cuidadosamente medido.
La mujer levantó las manos, que gotearon a través de sus brazos, mientras que alzaba la mirada al cielo. Justo sobre ella, el sol del mediodía calentó su rostro y su luz hizo brillar su toga. Emma no se lo pudo explicar en ese momento, pero notó un escalofrío que la recorrió.
—Padre Sol —dijo entonces la sacerdotisa, su voz suave pero firme con tal de que todos pudieran oírla—, escucha mi canto, oh, escucha mi plegaria. —Juntó ambas manos, entrelazando los dedos y acercándolas a su frente. Por primera vez, la sacerdotisa bajó la mirada—. Hermana Agua, que alimentas nuestro hogar y lo limpias de la impureza, libranos de la oscuridad. Hermana Luna, que tomas el lugar de tu padre para iluminarnos, sigue siendo nuestra guía en la adversidad. Madre Tierra, adorada fuente de la vida, que tu fertilidad nunca decaiga y tu basto dominio se mantenga puro. Oh, se los ruego, escuchen mi canto, escuchen mi plegaria.
Emma escuchó atentamente la oración, intentando recitarla a la vez en su mente. Tenía la vista fija en la sacerdotisa, pero se encontró con que, poco a poco, su mirada se estaba cansando. Entrecerró los ojos, con la impresión de que el sol estaba brillando incluso más. Sethric también tuvo una reacción similar, e incluso su padre parpadeó para aliviar la molestia. El rojo de las túnicas de los sacerdotes pareció volverse más chillón, y fue en ese momento que la sacerdotisa dio media vuelta, extendiendo los brazos hacia la multitud.
—¡Madre Tierra, escucha mi plegaria! ¡Te entregamos nuestra fe, por favor, danos tu bendición!
Y entonces sucedió.
Emma ya lo había visto un montón de veces, pero no dejaba de impresionarla. El césped a sus pies aumentó su altura, flores emergieron y abrieron sus pétalos en pocos segundos, incluso varias personas exclamaron cuando las ramas de los árboles se balancearon, debido a las hojas que crecían en ellas.
Las plegarias fueron escuchadas, y la gracia de los dioses pareció haberse extendido por el territorio una vez más. La ceremonia fue un rotundo éxito, y por ello, todos los presentes se unieron en un rezo silencioso, aunque apasionado.
—Mamá es increíble —murmuró Sethric, y aunque su padre le dirigió una mirada severa, no lo hizo callar.
Emma no respondió, pero estuvo de acuerdo. Cada vez que veía ese milagro dudaba ser capaz de replicarlo una vez la responsabilidad recayera en ella. Después de todo, su madre era perfecta, y ella era tan sólo una mocosa parecida a un gorrión.
La niña se esforzó para que esas ideas no interrumpieran su rezo, sin embargo, no pudo volver a enfocarse. «¡Concéntrate! Así nunca lograrás que la Madre Tierra te escuche», se reprochó a sí misma. Le costaba trabajo imaginarse cargando con la toga de los sacerdotes rojos, bañándose a la luz del sol y permitiendo que el lago limpiara las impurezas de su alma. En ese momento, al igual que ya lo había hecho antes, tuvo el deseo efímero de que Sethric hubiera nacido mujer, así ella no tendría que cargar con tal peso.
La ceremonia acabó sin que pudiera concretar su oración. Decepcionada de sí misma, Emma, junto al resto de su familia, comenzaron a retirarse. Dejaron a su madre con el resto de los sacerdotes; luego podrían reunirse con ella. Ignoró los comentarios de Sethric y buscó con la mirada al gorrión, sin embargo, el animalito había desaparecido.

—No me lo imagino —dijo Sethric, sacándola de sus pensamientos.
—¿Qué?
Una vez volvieron a casa, su padre los acorraló en la sala. Fue un llamado de atención a Sethric, por hablar en medio de la ceremonia, y a Emma por distraerse. La chica pudo alivianar un poco la reprimenda de su padre, pues recitó a la perfección la oración de la sacerdotisa. No obstante, volver a ser sermoneada (como era ya costumbre tras cada ceremonia) le hizo sentir agotada y harta.
Cuando su padre los liberó, buscó alejarse de todos dirigiéndose a la fuente de la plaza del pueblo. El agua corría sin pausa, pero sin prisa, y su sonido siempre conseguía alivianar sus tensiones. Para su desgracia, Sethric, su molesto hermano mayor, creyó que sería buena idea seguirla.
—Que no me lo imagino. Ya sabes, a ti haciendo... eso. Simplemente no lo veo posible.
Emma frunció el ceño y le dio un golpecito al brazo. Sethric rio, por lo que la niña le lanzó otro par más. Su hermano no dejó de reírse, pero acabó por extender la mano para hacer distancia, claramente intentando ocultar el dolor de su rostro.
—¡Cállate, Seth! —gritó la niña, con las mejillas enrojecidas—. ¡Ya me gustaría verte a ti intentarlo!
Sethric se encogió de hombros.
—Vamos, no te pongas así. Por mucho que me encantaría ponerme una de esas encantadoras togas y recitar mis plegarias, dudo que los dioses me escuchen. Nuestra protección recae en tus pequeñas y regordetas manos, hermanita.
Emma apretó los dientes y alzó el brazo, amenazando con golpearlo otra vez. Se detuvo a mitad de camino, relajando repentinamente su expresión y entrecerrando los ojos. Sethric aguardó el golpe, y como no llegó, sólo se le quedó mirando en silencio.
—Oye, no lo decía en serio —dijo Sethric, borrando su sonrisa—. Eres aún una niña, y mamá es joven todavía. Queda toda una vida antes de que debas tomar su lugar, y quizá lo hagas bien. E-espera... eso no sonó bien.
—Deja de hablar.
Sethric chistó la lengua, volteando la mirada en todas direcciones, como si buscara las palabras apropiadas. Ese comportamiento entretenía a Emma, pero no quiso dejar que su hermano lo notara.
—El punto es que... cuando el momento llegue lo harás bien. Incluso si no haces que los arboles florezcan de la nada, sólo necesitarás hacer las plegarias, cumplir tu papel y así contentarás a todo el mundo.
—Pero... ¿Y si fallo? —soltó Emma, con la voz apagada—. ¿Y si no logro traer la gracia a nuestro hogar... y provoco que los traspasantes vuelvan?
Sethric la miró con los ojos como platos. No respondió inmediatamente; en su lugar, infló sus pulmones para luego soltar un largo suspiro.
—¿Los traspasantes? —repitió—. ¿Esos monstruos con cuernos y pieles escamosas? ¿Esas bestias con apariencia humana que llevan el caos a dónde sea que vayan? —Emma asintió—. Sí sabes que no es más que una leyenda, ¿verdad?
Emma le dio otro golpecito, y esta vez Sethric no pudo evitar gimotear y sobarse el hombro.
—¡No es así! —exclamó la niña—. ¡Es esa la razón por la que necesitamos el don de los dioses! No es simplemente para «hacer crecer árboles». Sin la protección del Padre Sol y la Madre Tierra, esos monstruos pueden invadirnos en cualquier momento.
—Mírate, ya hablas como toda una sacerdotisa.
—¡Seth!
—Está bien, está bien. Mira, incluso si realmente están allí, en algún lugar, la historia dice que han pasado más de cien años desde que estuvieron aquí. En todo ese tiempo se han llevado a cabo más del doble de ceremonias, ¿y crees que en todas pasó lo que vimos hoy? ¡Claro que no! Y aun así no hemos visto a ningún ser con cuernos, ¿o sí?
—N-no... pero...
—Escucha, Emma, estamos a salvo —declaró Sethric, mirándola a los ojos—. Los traspasantes no podrán hacernos daño. No lograron destruirnos entonces, y no lo harán ahora. ¿Sabes por qué? Porque el poder de nuestra madre nos protege, un poder que tú compartes, y cuando llegue el momento podrás utilizarlo. Sé que podrás.
Emma desvió la mirada, apenada. El agua de la fuente salpicaba junto a ellos, pero ya ni siquiera eso podía tranquilizarla. Sethric se rascó la nuca y se sentó a su lado. Dejó caer su mano sobre la cabeza de Emma, revolviéndole el cabello sin cuidado alguno.
—Además, incluso si uno de esos demonios llega a cruzar la frontera hasta estas tierras, no tendrás que temer —Sethric le dirigió una sonrisa, una distinta a todas las demás. Sin malicia, sin burla, sin condescendencia. Simplemente una sonrisa—. No dejaré que nadie te culpe por ello, ni dejaré que uno de esos demonios se te acerque. Confía en tu hermano; lo harás todo bien.
—¿Y si no lo hago bien?
—Entonces me quedaré a tu lado para asegurarme de que lo hagas bien, mocosa.
Antes de que Emma pudiera responder, Sethric le revolvió el cabello con más fuerza, echándose a reír en el proceso. La chica quiso librarse, pero su hermano la sujetó firmemente. Su risa resonó con más fuerza, y aunque Emma no se sentía del todo bien, acabó contagiada por su voz.
Ambos rieron con fuerza. Emma lanzó golpeteos suaves al pecho de Sethric, y él sumergió su mano en la fuente para salpicar a su hermana.
Estuvieron tan inmersos en su propio juego, que no notaron que algunas personas salían de sus casas mientras que otros tantos caminaban con prisa en dirección al bosque. Algunos miembros de la guardia del pueblo marcharon en grupo, e incluso algunos se dirigieron a los ciudadanos para pedirles que volvieran a sus casas. Unos obedecieron, mientras que otros tantos se abrieron paso para tener una vista clara.
El primero en notarlo fue Sethric, quien siguió al montón de cabezas que miraban a un punto en común. Se dio cuenta muy tarde de lo que estaba pasando, y no pudo evitar que Emma también volteara.
Algunos de los sacerdotes escarlata que se quedaron en el lago gritaban y corrían despavoridos, emergiendo de entre los árboles. Sethric se puso de pie de un salto, aferrándose a los hombros de Emma. Ella, por su parte, se cubrió la boca con horror.
Los sacerdotes estaban heridos, o al menos la mayoría de ellos. Sus togas rojas no permitían verlo del todo, pero varios dejaban un rastro de sangre al caminar. Otros arrastraban sus pies, dando tropezones violentos. Los ropajes rasgados dejaban ver la gravedad de sus heridas; aparentes arañazos abrieron la carne de los sacerdotes, y el pavor que sentían debía de ser lo único que les hacía obviar su propio dolor.
—N-no lo entiendo —soltó Sethric, temblando—. Esta es una zona segura... no deberían haber osos en los alrededores.
Tenía razón. Sus ancestros habían levantado ese y los múltiples pueblos del sector hacía más de mil años, y en la mitad de ese tiempo habían conseguido alejar a todos los depredadores peligrosos. Por generaciones pudieron transitar los bosques sin peligro alguno, pero aun así, los sacerdotes (estando completamente desprotegidos) parecían haber sido víctimas de una brutal carnicería.
No obstante, Emma no se detuvo en ello. Su mente estaba ocupada con algo más; un detalle aun más importante. Mientras que algunos guardias y ciudadanos corrían para socorrer a los sacerdotes, Emma notó que faltaba al menos la mitad de ellos. Su madre no estaba a la vista.
Emma debió de gritar algo, pues Sethric se sobresaltó. La niña intentó correr hacia el cada vez más aglomerado grupo, sin embargo, su hermano la detuvo. La acercó a sí mismo y la abrazó con fuerza, impidiendo que pudiera seguir viendo. Emma forcejeó, angustiada, mientras que su vista se oscurecía y las voces se amontonaban a su alrededor.
Sethric la obligó a caminar, sin aflojar su agarre. Emma intentó lanzar golpes y patadas para librarse. Quiso gritar el nombre de su madre, pero ni siquiera ella pudo entender sus propias palabras. Acabó soltando meros balbuceos, notando la boca pegajosa y húmeda; eran sus propias lágrimas ahogando sus palabras.
El ruido a su alrededor se volvió más caótico. Creyó escuchar la voz sobresaltada de su padre en algún lugar, los gritos despavoridos de los sacerdotes heridos y los susurros inentendibles de Sethric.
Emma casi no pudo ver nada más que sombras borrosas. La luz del sol pareció perder parte de su calidez, y de entre toda esa contaminación acústica, Emma notó un ruido familiar que destacó. Un canto chillón, pero propietario de cierto encanto.
A través de un hueco en el agarre de Sethric, Emma pudo ver a la distancia. En el techo de una casa cercana, un gorrión pequeño, redondo y con una mirada curiosa la estaba mirando.