EL ESCANDALOSO CASTIGO DE FEME A LA COTILLERA ABBY O CUÁNTAS BOCAS PUEDO ABRIRTE HASTA QUE EMPIECES A CALLAR
INTRODUCCIÓN:


Cuántas bocas debo abrirte para que te agotes de palabras, para que dejes de masticar el apellido de mi familia y lo escupas sin dientes? Llevo siglos oyendo el mismo chisme con distintos trajes, he visto coronas rodar y pan secarse en las manos del pueblo, vi a María Antonieta aprender el peso de un rumor (en forma de pastel) cuando su cuello se volvió retribución y la plaza decidió su hora, y aun así vuelven ustedes con su: «no exageres», «era un decir», «son solo rumores, Henrietta Bowers» y yo cierro otra boca en tu rostro con saliva de paciencia vieja, porque he vivido lo suficiente para saber que el veneno no cambia de frasco. Un relincho contenido en la garganta sigue siendo un relincho. Pero sigues preguntando otra vez:
—¿Qué bebes?
—No es Coca
—¿Alcohol?
Y pienso tu boca
en lagos sellados
por hielo donde peces
se apiñan en puertas
de plata buscando aire.
Y sin levantar la voz te digo:
—Deja de hablar mal de mi familia.
—Deja de hablar mal de mi familia.
—¡Deja de hablar mal de mi familia!
—Mi hermano es solo un niño.
—Mi deseo sexual no es un expediente.
—Mi gusto no es un delito.
—sí, soy homosexual— y cada afirmación clava un alfiler en tu cerebrito, porque la memoria también sangra, porque he visto demasiadas verdades arrancadas por diversión y demasiadas tazas de té enfriarse en tanto la historia hace inventario, así que seguiré abriendo bocas hasta que la tuya aprenda el silencio, no por miedo a tus relinchos, sino por cansancio. Y en tanto el día se vuelve siglos, el hielo cede, y el universo insiste en encerrarme a mí, la diosa de los rumores y la fama, en cuerpos de seda, aun cuando los tuyos vuelven a hablar de lo mismos con otra máscara, ¡con otra boca...!, yo te pregunto:
¿Cuántas necesitas abiertas para que empieces a callar?