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Prólogo

La Venganza de la Reina · por Lea Marian · 20 de julio de 2026

Solo quedaban las cenizas de lo que dos semanas atrás había sido uno de los reinos más poderosos del continente. Las llamas se habían extinguido hacía días, pero el humo seguía suspendido sobre las ruinas como un velo gris que se negaba a desaparecer. El olor a piedra calcinada, madera consumida y hierro quemado impregnaba el aire, mientras el silencio se extendía por las calles destruidas con una pesadez que resultaba más inquietante que el estruendo de la guerra. Las murallas se habían desplomado sobre sí mismas, las torres apenas conservaban fragmentos de su antigua estructura y el palacio real no era más que una montaña de columnas quebradas y bloques de piedra ennegrecidos.

Los vencedores habían abandonado aquel lugar convencidos de que no quedaba nadie con vida bajo los escombros. Durante dos semanas, ningún hombre se acercó a las ruinas. Solo un águila regresaba cada amanecer. Sobrevolaba el antiguo palacio una y otra vez antes de posarse sobre el arco derruido que aún permanecía en pie. Desde allí observaba la misma montaña de piedra, como si esperara un acontecimiento que el resto del mundo había dado por imposible.

Aquella mañana, un leve temblor recorrió el terreno. Al principio, fue un movimiento imperceptible que hizo rodar algunas piedras por la pendiente. Después, una grieta se abrió entre los escombros y una nube de polvo ascendió lentamente hacia el cielo. El águila desplegó las alas y descendió varios metros sin apartar la vista de aquel punto. Un instante más tarde, una mano cubierta de sangre reseca emergió entre los bloques de piedra. Los dedos buscaron apoyo con desesperación antes de aferrarse a una roca. La fuerza apenas alcanzaba para moverla unos centímetros, pero insistieron una y otra vez hasta abrir un pequeño espacio por el que asomó un brazo tembloroso.

El esfuerzo parecía imposible para un cuerpo tan castigado. Cada movimiento arrancaba un jadeo ahogado mientras nuevas piedras caían sobre sus hombros. Pasaron varios minutos antes de que lograra liberar el torso y, cuando al fin consiguió salir por completo, cayó de rodillas sobre la tierra cubierta de ceniza sin fuerzas para sostenerse.

Era una mujer. Su vestido, confeccionado con finas telas, colgaba reducido a jirones ennegrecidos por el fuego y endurecidos por la sangre seca. La piel mostraba cortes recientes, quemaduras superficiales y múltiples rasguños que recorrían sus brazos, el cuello y parte del rostro. Una cicatriz atravesaba su ceja izquierda, aún enrojecida por la herida, mientras el cabello negro, enmarañado por el polvo y la sangre, caía sobre sus hombros formando mechones apelmazados. Respiraba con dificultad, como si cada bocanada de aire le exigiera un esfuerzo desmedido.

Levantó lentamente la cabeza. Ante ella no quedaba rastro del reino que había conocido. Donde antes se alzaban jardines, patios y torres de mármol solo permanecían montones de piedra humeante y estructuras derrumbadas. Entre los escombros sobresalían armas deformadas por el calor y estandartes convertidos en jirones oscuros que el viento apenas lograba mover.

Sus ojos recorrieron aquel paisaje sin encontrar un solo rostro conocido. Ni un superviviente, ni una voz, ni siquiera el sonido de algún animal. Solo el crujido ocasional de la piedra al asentarse sobre las ruinas.

Intentó incorporarse apoyándose sobre una rodilla, pero las piernas cedieron al instante. El dolor recorrió todo su cuerpo y volvió a caer sobre las manos. Permaneció quieta unos minutos, respirando con dificultad mientras el mundo parecía oscilar frente a sus ojos. Aun así, reunió las pocas fuerzas que le quedaban y consiguió dar un paso.

El águila descendió hasta posarse a escasos metros de ella. Permanecía observándola con una atención casi humana.

La mujer extendió lentamente una mano hacia el ave, pero el brazo perdió fuerza antes de alcanzarla. El cansancio terminó imponiéndose. La vista comenzó a nublarse y un intenso zumbido llenó sus oídos. Dio un último paso vacilante antes de desplomarse sobre la tierra ennegrecida, donde quedó inmóvil.

Cuando volvió a abrir los ojos, la luz del día había cambiado. El humo continuaba cubriendo el horizonte, aunque el sol comenzaba a descender entre las nubes. Durante unos instantes permaneció tendida, incapaz de recordar cuánto tiempo había permanecido inconsciente. Después giró lentamente la cabeza y descubrió un viejo casco de soldado colocado junto a ella. En su interior había agua limpia. A su lado descansaba una manzana de piel rojiza, intacta.

Frunció el ceño. No recordaba haber visto a nadie antes de perder el conocimiento.

Con un esfuerzo doloroso alzó la mirada. El águila seguía allí, posada sobre el tronco caído de un árbol. No apartaba los ojos de ella.

La mujer tomó el casco entre sus manos temblorosas y observó el agua durante un largo instante. Aquello solo podía significar una cosa.

Mientras había permanecido inconsciente, alguien había estado observándola. Y, por alguna razón que todavía no comprendía, había decidido mantenerla con vida.

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