"Los hombres creen que la historia comienza con los reyes. Los sabios saben que comenzó mucho antes. Antes de las coronas. Antes de los imperios. Antes incluso de que el primer hombre alabara a los dioses o levantara una espada contra su hermano."
Hubo un tiempo en el que el mundo no conocía el odio.
Los océanos aún no habían aprendido a rugir contra las costas.
Las montañas no habían sido heridas por fortalezas de piedra.
Los bosques crecían libres, tan antiguos que sus copas parecían sostener el firmamento, mientras los ríos recorrían la tierra como venas de cristal, llevando vida allí donde tocaban.
No existían reyes.
No existían fronteras.
No existían guerras.
Solo existía Elyr, el Mundo Primigenio, un reino nacido del aliento de la Creación y sostenido por una armonía tan perfecta que el tiempo parecía transcurrir como una única respiración.
Pero incluso la armonía necesitaba guardianes.
Porque toda luz proyecta una sombra.
Y toda creación, tarde o temprano, sería puesta a prueba.
Fue entonces cuando surgieron los Siete Guardianes del Equilibrio.
No eran soberanos que gobernaran sobre los hombres.
Ni dioses sedientos de adoración.
Eran custodios.
Cada uno aceptó velar por un principio indispensable para la existencia del mundo, jurando que ninguno impondría su voluntad sobre los demás. Aquel pacto, pronunciado antes de que existiera la memoria de los mortales, sería conocido por las generaciones futuras como el Pacto del Equilibrio.
Mientras ese juramento permaneciera intacto, Elyr prosperaría.
Y los dioses, aun siendo inmensamente poderosos, aceptarían una verdad inquebrantable:
Ni siquiera ellos estarían por encima del Equilibrio.
El primero en jurar fue Elarion, Señor de la Luz y la Justicia.
Su presencia no cegaba.
Iluminaba.
Allí donde un gobernante dudaba entre la rectitud y la tiranía, la luz de Elarion revelaba el camino que preservaba la dignidad de los inocentes. No otorgaba coronas ni decidía el destino de los reinos; recordaba a los hombres que la verdadera autoridad solo podía sostenerse sobre la justicia.
Por ello, los antiguos jueces pronunciaban su nombre antes de dictar sentencia, no para pedir victoria, sino para no dejarse vencer por la corrupción de sus propios corazones.
Después habló Sylvara, Madre de la Vida.
De sus pasos nacieron los primeros bosques.
Los ríos aprendieron a cantar siguiendo el ritmo de su voz, y las flores cubrieron la tierra donde antes solo existía roca desnuda.
Ella enseñó que toda vida, desde el más humilde insecto hasta el más orgulloso de los reyes, poseía un valor imposible de medir.
Por esa razón, quienes dedicaban su existencia a sanar, proteger o dar vida eran considerados hijos de Sylvara, aunque jamás hubieran pronunciado una sola oración en su nombre.
El tercero fue Vael, Dios de la Guerra Honorable.
Muchos mortales, siglos después, creerían que gobernaba la violencia.
Nada estaba más lejos de la verdad.
Vael jamás bendecía la conquista.
Aborrecía la guerra nacida de la ambición.
Su fuerza pertenecía únicamente a quienes levantaban una espada para proteger a otro, aun sabiendo que podrían no regresar jamás.
Por eso, entre los antiguos caballeros existía un juramento que había sobrevivido durante generaciones:
"Que mi espada jamás sirva a mi orgullo, sino al deber."
Quienes olvidaban esas palabras dejaban de caminar bajo la mirada de Vael, aunque siguieran venciendo en todos los campos de batalla.
La cuarta en hablar fue Asteria, Dama del Destino.
En sus manos descansaban los incontables hilos que unían el pasado, el presente y los futuros posibles.
Los mortales decían que tejía el destino.
Ella sonreía al escucharlos.
Porque ni siquiera una diosa podía decidir el camino que recorrería un alma.
Asteria no imponía el destino.
Solo contemplaba las posibilidades que nacían de cada decisión.
Era por ello que incluso los dioses respetaban el libre albedrío de los hombres.
Sin esa libertad, el Equilibrio no tendría significado.
El quinto juramento perteneció a Veridion, Señor de la Verdad y los Juramentos.
Su dominio no era la ley escrita.
Era la palabra dada.
Cada promesa pronunciada con absoluta sinceridad quedaba inscrita para siempre en su reino invisible.
Los hombres podían mentirse entre sí.
Podían engañar a un rey.
Podían ocultar la verdad al mundo entero.
Pero jamás podían ocultarla de Veridion.
Y cuando un juramento era roto por ambición o traición, no era él quien castigaba al culpable.
Simplemente permitía que las consecuencias de aquella decisión siguieran su curso.
Porque toda mentira, tarde o temprano, terminaba reclamando un precio.
La sexta en aceptar el Pacto fue Elyndra, Guardiana de la Esperanza y la Compasión.
Su luz era la más discreta de todas.
No inspiraba temor.
Ni imponía respeto.
Aparecía en los momentos más oscuros, cuando un hombre estaba convencido de que ya no quedaba ningún motivo para continuar.
Era entonces cuando una pequeña voz nacía en el fondo del corazón.
"Levántate una vez más."
Muchos creían que aquella voz pertenecía a su propia voluntad.
Muy pocos comprendían que, mientras existiera alguien capaz de creer en un mañana mejor, Elyndra jamás abandonaría el mundo.
Finalmente, el séptimo guardián dio un paso hacia el centro del círculo sagrado.
Su presencia no irradiaba luz.
Tampoco oscuridad.
Era un silencio profundo.
Un silencio que no inspiraba miedo, sino descanso.
Los pueblos de la Primera Era lo llamaron Nerath, el Guardián de la Memoria Eterna.
Miles de años después, los hombres olvidarían aquel antiguo nombre y comenzarían a conocerlo como Morthael, el Guardián del Último Umbral.
Con el paso de los siglos, muchos lo llamarían equivocadamente el Dios de la Muerte.
Pero la muerte nunca fue su verdadero dominio.
Morthael no arrebataba vidas.
No elegía quién debía morir.
No sembraba enfermedades ni desataba guerras.
Su deber comenzaba únicamente cuando el viaje de un alma llegaba a su final.
Él custodiaba el Umbral.
Recibía a quienes abandonaban el mundo de los vivos.
Protegía sus recuerdos para que jamás fueran consumidos por el olvido.
Porque mientras una vida fuera recordada con amor, nunca desaparecería por completo.
Los antiguos decían que, cuando una madre pronunciaba el nombre de un hijo perdido entre lágrimas, Morthael inclinaba la cabeza en señal de respeto.
Porque la memoria era la forma más pura de eternidad.
Así quedaron establecidos los Siete Guardianes del Equilibrio.
Siete voluntades distintas.
Siete dominios.
Un único juramento.
Desde aquel día, ninguna divinidad podría intervenir libremente en el destino de los mortales.
Podían inspirar.
Podían advertir.
Podían observar.
Pero jamás arrebatar a la humanidad el derecho de elegir su propio camino.
Aquella ley era el corazón mismo del Equilibrio.
Y mientras permaneciera intacta...
El mundo tendría esperanza.
Sin embargo...
Incluso en una creación nacida de la armonía...
Siempre existe un lugar donde las sombras aprenden a esperar.
Y fue allí, lejos de la mirada de los Guardianes, donde comenzó a pronunciarse un nombre que la historia intentaría olvidar.
Un nombre que no pertenecía al Pacto.
Un nombre que jamás debió ser invocado.
Morghul.
Pero esa... es una historia que aún no ha comenzado.