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Capítulo 1: Cenizas del pasado

La Odisea de los elementos (libro 1: adventure of kenji) · por nicoltesla · 01 de agosto de 2026

El viento se desliza suavemente entre las neblinas que envuelven las montañas. En medio de ese paisaje se extiende una isla dentro del archipiélago Estrella.

La villa del sol comienza a despertar.

 

-¿Qué? ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? -murmura Kenji, un niño de siete años.

Atrapado en un sueño, el pequeño se encuentra en medio de un espacio oscuro y una tierra devastada por la lucha.

 

*¿Qué es ese resplandor?* -pasa por su mente mientras avanza hacia la luz.

Al acercarse, distingue a dos guerreros que combaten con ferocidad: uno envuelto en un aura de color morado y el otro con un aura verde.

 

*¿Quiénes son ellos?* -se pregunta con los ojos muy abiertos por el desconcierto.

 

La pelea sigue su curso y, de pronto, en medio del intercambio, se encienden llamas a su alrededor con los colores característicos de cada uno. Un choque cruzado libera una onda expansiva tan violenta que lo sacude por completo, arrancándolo del sueño.

 

-¿Ah? ¿Qué fue eso? Vaya sueño... ¿Qué hora es? Ni siquiera ha amanecido -piensa mientras se incorpora sobre el tatami-. Quizá mi abuelo esté despierto.

Kenji se levanta, recorre los pasillos de madera de la casa y baja hacia la planta baja.

 

-Buen día, abuelo -dice, inclinando ligeramente la cabeza.

 

El anciano se gira. Aunque los años han pasado y hace mucho dejó atrás las peleas, su postura sigue guardando la disciplina de quien fue un maestro del fuego. Al ver a su nieto levantado tan temprano, su expresión se suaviza.

 

-Buen día, Kenji. ¿Qué haces levantado a estas horas, muchacho?

 

-Tuve un sueño bastante raro, abuelo, y eso me despertó.

 

-¿Un sueño? ¿Y de qué trató?

Kenji le cuenta cómo fue. Mientras escucha, el abuelo cruza una mirada de profunda sorpresa, intentando disimular el misterio que se le viene a la cabeza

 

.

-Vaya, qué sueño tan curioso -comenta, agachándose un poco para quedar a la altura del niño y apretando apenas las manos al oír aquello-. A veces los sueños son señales de lo que está por venir... pero tal vez solo haya sido eso, un sueño. ¿Quieres un poco de té?

 

-No, gracias, es muy temprano. Voy a buscar a Bruno, seguro que ya anda despierto.

 

-Anda, ve -dice su abuelo con una sonrisa discreta-. Solo ten cuidado.

 

Kenji se encamina hacia la casa de Bruno y lo encuentra entrenando duro, intentando dominar su elemento de roca. Al verlo, un destello de fastidio cruza el rostro de Bruno por un momento, reflejando el peso invisible de los intentos fallidos que ambos arrastran últimamente. Sin embargo, intenta sacudirse el mal humor al ver llegar a su amigo.

 

-Hola, Bruno. ¿Cómo estás? -saluda Kenji.

 

-Mira nada más a quién tenemos aquí, al don madrugador -dice Bruno en tono de broma-. ¿Qué haces despierto a esta hora? Normalmente duermes hasta mediodía.

 

-Bruno, ya para. Simplemente me desperté temprano -responde Kenji, omitiendo por completo los detalles de su sueño.

 

Para cambiar de aires y despejar un poco la tensión del ambiente, Bruno busca una salida.

 

-Oye, ¿y si vamos a un lugar? -propone con una sonrisa.

 

-¿Mh? ¿Qué propones?

 

-No sé, a distraer la mente. Mira, la gente del pueblo está rumoreando que hay un templo abandonado cerca de las montañas. Obviamente el camino es algo peligroso porque está abandonado, pero ¿quién se osaría a meterse conmigo?

 

-Tienes razón... Bueno, es hora de avisarle a mi abuelo, ¿no?

 

-no te va a dejar.

 

-Tienes razón. ¿Y tu padre?

 

-A él ni siquiera le importa lo que haga. Solo con que yo entrene está bien.

 

-Pues vamos -decide Kenji.

Los jóvenes se dirigen hacia el templo. Mientras tanto, un guerrero enmascarado avanza con sus hombres hacia la Villa del Sol.

 

En el camino, que decían que era complicado, el trayecto se les facilita ya que Bruno va despejando los obstáculos con su elemento.

 

-Vaya, qué fácil. Pensé que sería más complicado -comenta Kenji.

 

-Mira, matorrales. Creo que es hora de tu turno -le dice Bruno.

 

-¿Mi turno? Aquí va.

 

Kenji lanza un ataque ignio que quema las plantas.

-Vaya, qué ataque. Parece que vas mejorando.

 

-¿Tú crees? -responde Kenji, mientras sigue lanzando puños de fuego para controlar su elemento, entrenando junto con Bruno durante el viaje.

Al llegar al lugar, se dan cuenta de que no era un templo, sino una casa quemada.

 

-¡Qué basura! Yo esperaba encontrar algo mejor, un castillo, un templo o algo. ¿Qué es esta basura? -se queja Bruno.

 

-Oye, Bruno, mira eso. Una estatua de una deidad desconocida con unas escrituras que nadie descifra.

 

-No lo sé, pero parece antigua. ¿Qué dice ahí?

 

-No, no lo descifro.

 

-Vaya misterio. Bueno, exploremos.

 

Mientras los jóvenes exploraban, un guerrero de vestimentas blancas y misteriosa mascara llegó a la villa, atacando y matando a todos los habitantes.

 

El padre de Bruno, un maestro de roca, lanza fuertes ataques con su elemento para intentar repeler el ataque junto con el abuelo Fuji, pero nada es útil.

 

-¡Fuji! ¿Dónde están los chicos? ¡No los encuentro por ninguna parte! -grita el padre de Bruno en medio del caos, lanzando un gran bloque de piedra que apenas retrasa al enemigo.

 

-¡Los vi irse por las montañas esta mañana! ¡Solo ruego que sigan allá arriba! -responde el abuelo Fuji, esquivando el fuego.

 

El padre de Bruno se enfrenta directamente al enmascarado, quien tiene un dominio elemental de fuego y, curiosamente, sus llamas son moradas. Tras un intercambio feroz, el padre de Bruno termina siendo asesinado, siendo calcinado hasta los huesos.

 

El abuelo Fuji le da combate al enmascarado, y este lo acorrala dentro de su propia casa. Junto a la pared, atraviesa el cuerpo del viejo con su puño. El invasor suelta una risa seca y fría.

 

-Maldito... -logra exhalar el anciano antes de desplomarse, mientras el enmascarado continúa con la masacre

 

.Los guerreros se marchan. Al poco rato, de regreso por el camino, los jóvenes alcanzan a ver una densa columna de humo negro elevándose desde la villa.

 

-¿Qué está pasando allá abajo? -suelta Kenji, con un nudo en el estómago

 

.

-No lo sé... ¡Vamos! -responde Bruno, acelerando el paso.

 

Ambos echan a correr a toda velocidad hacia el pueblo. Al llegar, el silencio es absoluto; ya no hay rastros del guerrero enmascarado ni de sus hombres, solo el rastro de la destrucción. Sin cruzar palabra, corren directo a sus respectivas casas.

Bruno se detiene en seco frente a un montón de cenizas y restos calcinados. Reconoce los brazaletes metálicos entre los huesos carbonizados y el mundo se le viene abajo.

 

-¡Padre...! -grita llorando con desesperación, un alarido desgarrador que se quiebra en el aire vacío.

 

Kenji, con el corazón en la garganta, entra corriendo a su hogar y encuentra al abuelo Fuji tirado junto a la pared, aferrándose a la vida con lo poco que le queda. Con un temblor en las manos, el anciano se desabrocha un brazalete y se lo tiende con esfuerzo.

 

-Kenji... ya no me queda mucho tiempo...

 

-¡Abuelo, iré por ayuda, aguanta! -grita el chico, intentando sostenerlo.

 

-No, hijo... quédate aquí conmigo.

 

-¡Abuelo, no!

 

-Mira... -le susurra el viejo, señalando el metal-. El brazalete que te di tiene una gema. En su momento sabrás para qué es... Toma las espadas que están en mi habitación. En las montañas del norte encontrarás a un antiguo discípulo mío... Cuéntale lo que me ha pasado y él con gusto te entrenará...

 

-¡Abuelo!

 

-Kenji... sé un buen niño. Entrena y pórtate bien... Sé un guerrero, y no busques venganza...

 

-¡Abuelo, no...! -llora el niño, apretando el cuerpo inerte mientras el anciano exhala su último aliento en sus brazos.

 

Pasadas las horas, usando la habilidad de Bruno con su elemento para cavar la tierra de forma rápida y sencilla, ambos se encargan de levantar y enterrar las tumbas de todas las familias del pueblo.

Ya con el sol ocultándose, se dirigen fuera de la villa.

 

-No hay nada que hacer aquí... pero no podemos quedarnos -dice Kenji, secándose las lágrimas con fiereza-. Yo tengo una misión. Tengo que ir a ver al maestro del norte. Vámonos juntos con él, quizás nos logre entrenar a los dos

 

.

-No, Kenji -niega Bruno con la mirada perdida en el horizonte-.

 

Yo tengo otro camino. Mi padre me dejó dicho que, si algo le pasaba, fuera a buscar a otra persona.

 

-¿Al igual que mi abuelo? ¿Y a dónde irás?

 

-Quizás a la capital. Ahí se encuentra su dojo.

 

-Entonces, ¿este es el adiós, amigo? -pregunta Kenji con la voz rota.

 

-Lastimosamente, Kenji... -responde Bruno.

 

-Nos veremos cuando seamos más fuertes -dice Kenji.

 

-Yo ya lo soy -responde Bruno con soberbia, apretando los puños con rabia contenida.

 

-Adiós, amigo.

 

Ambos toman caminos separados bajo el cielo gris. Kenji emprende la marcha hacia el

norte; Bruno, con paso firme y silencioso, hacia la capital

Se quedan en silencio unos segundos, sintiendo el peso de la soledad que ahora los envuelve.

 

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