Explorar novelas

Una Bomba de Tiempo, Parte 3

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 26 de julio de 2026

Finalmente, pasamos las puertas, y rápidamente el convoy de vagones dejó atrás el andén de la estación con un fuerte traqueteo. Habíamos vuelto a salir de la protección que ofrecía la estación; una vez más, estábamos solos, solo nosotros dos frente a la amenaza de los Gran Colmillos...

Cuando lo recordé, un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero, a diferencia de mí, Tália seguía igual de tranquila que siempre, viendo el paisaje blanco que volvía a acompañarnos a través de la ventanilla.

Quizás debería contarle lo de los Gran Colmillos. Arruinaría completamente su ilusión y, posiblemente, dejaría de estar feliz todo el tiempo, pero al menos sabría que hay más peligros ahí fuera de los que imagina y podría estar más atenta en caso de emergencia... Aunque también podría instruirla disimuladamente para que sepa lo básico en caso de que nos ataquen, no solo los Colmillos, sino ante cualquier eventualidad.

Tiene iniciativa, y lo ha demostrado varias veces antes. Solo con verme anotar los valores de la caldera unas pocas veces antes de partir, parece que ya casi lo sabe hacer sola. Con un par de empujones más en otros ámbitos, podría aprender a manejar a Edelweiss y, en consecuencia, salvarse en un apuro, ya sea aquí o en la vida misma. 

Si voy un poco más allá, incluso podría enseñarle a usar armas. Por ilógico que parezca, el rifle sería un buen punto de partida.

Con la amenaza constante de un ataque de aquí en adelante, sería muy prudente enseñarle estas cosas. Mientras tanto, puedo empezar de forma discreta, ir introduciéndole ciertas habilidades. Pero por ahora, empezaría con algo sencillo, y el rifle es un buen inicio...

Mientras Tália seguía mirando por la ventanilla, me acerqué a la esquina donde estaba el rifle recostado. Lo agarré y jalé del cerrojo suavemente, este se retrajo con un sonido mecánico, sin apenas oponer resistencia. Cuando las balas quedaron a la vista, las retiré con los dedos y las guardé en el bolsillo de mi chaqueta: cinco balas Kaido 7.8x42mm. 

Luego, miré a Tália. Ella estaba de espaldas a mí, con los brazos apoyados en la mesita plegable y la cabeza sobre sus manos, mientras seguía absorta mirando por la ventanilla.

— ¡Tália! —la llamé mientras sostenía el rifle en mis manos.

— ¿Sí? Dime —respondió ella, volteando apenas su cabeza hacia mí.

— ¿Quieres aprender a disparar? —Le mostré el rifle, apuntando hacia un lado con él para incitarla.

Ella entrecerró los ojos, miró el rifle y luego me miró con algo de desconfianza.

— ¿Por qué quieres enseñarme a disparar? —Señaló el rifle y luego me señaló a mí—. No tengo problema, siempre me gusta aprender cosas nuevas, pero... me resulta raro por algún motivo.

Claramente, no le iba a decir que era porque llevábamos las crías de una bestia de leyenda como el Gran Colmillo. Así que improvisé rápidamente.

— Me pareció verte aburrida de mirar hacia afuera y pensé que te interesaría aprender para matar el aburrimiento, más que nada. Pero si no quieres, no te voy a obligar —afirmé, haciendo amago de dejar el rifle en su lugar.

Luego de mirarme unos instantes y de echar una última mirada hacia afuera, hizo un gesto con la cara, como si le diera igual, y respondió:

— Claro, ¿por qué no? —Extendió sus manos en señal de interés—. Dime, ¿Qué tengo que hacer?

— No es muy complicado, en realidad. Solo toma el rifle y sigue mis instrucciones —le expliqué, entregándole el arma—. ¿Has disparado un arma alguna vez?

— Sí, con mi padre, aunque fue hace un tiempo ya... —respondió mientras observaba el rifle con cierta melancolía—. Pero estoy muy oxidada —comentó con ironía.

— No hay problema —chasqueé los dedos—. Seré tu "antioxidante".

Ella no se rio, pero pareció entender la broma, ya que me siguió el juego.

— Bien, señor "antioxidante", dígame: ¿Qué debo hacer? —preguntó, levantándose y acomodando el rifle en su hombro.

Tenía una buena postura y agarre al sostenerlo. Su padre parecía haberle enseñado bien. Ella colocó su dedo en la zona del gatillo y, con la otra mano, sostuvo el rifle por la parte del cañón. 

Al verla, la felicité.

— Lo haces muy bien. Tienes buen agarre, así que no voy a enseñarte mucho —comenté mientras buscaba en mi bolsillo una de las balas—. ¿Sabes accionar el cerrojo?

— Eh... —Comenzó a forcejear con el cerrojo, tirando en línea recta, pero sin éxito—. Jejeje... Parece que me olvidé de algo —Se rio, divertida por su propio error.

— Vas bien. Solo tienes que jalarlo hacia arriba primero, y luego sí, hacia atrás —Le mostré cómo hacerlo con gestos—. Una vez lo abras, pon esta bala en la recámara. Parece que será más fácil de lo que esperaba...

Ella siguió mis instrucciones al pie de la letra y abrió la recámara. Cuando lo vi, le di la bala. Ella la tomó con delicadeza, inspeccionándola minuciosamente para luego, colocarla dentro del arma.

— Qué bala más rara —murmuró mientras la introducía—. Bien... ¿Ahora qué sigue?

— Simple —Le mostré con mis manos cómo sostener y operar el rifle—. Cierras la recámara, levantas, apuntas y... ¡Pafff! Disparas. No hay más magia.

— Lo sé, sé qué hacer después. Pensé que ibas a decirme algo más... no sé... —Se detuvo un instante—. Algún chiste tuyo, ¿quizás?

— Lo siento si esperabas algo más emocionante —me excusé con una sonrisa—. Solo quería sacarte de la monotonía de mirar por la ventana...

Tras esto, el ambiente se enfrió un poco. La conversación, por alguna razón, murió ahí mismo... 

Nos quedamos mirándonos en silencio; ella seguía sosteniendo el rifle en sus manos, mientras que yo, incómodo, no tenía nada en las mías. La incomodidad duró por quien sabe cuanto tiempo hasta que uno de los dos lo rompió; fue Tália quien habló primero.

— ¿Estás seguro de que no pasa nada? —me miró como si fuera una detective. Sus orejas se alzaron, atentas mientras me escudriñaba con la mirada—. Pareces un poco nervioso desde ayer en la noche. Leí la carta de Jimm. Además, la Mayor Grant se comunicó contigo después de que me fui a acostar, ¿no es así? —Arqueó una ceja y ladeó ligeramente la cabeza, inquisitiva.

Por un momento, sentí cómo mi corazón se detenía. Pero, extrañamente, no me sorprendí tanto. Esperaba que notara algo, aunque no tan pronto. 

Mi idea era enseñarle más cosas disimuladamente antes de contarle sobre los Gran Colmillos...

¿Se habrá dado cuenta por mi cara? ¿O tal vez escuchó la conversación con la Mayor Grant...?

Cuando volví a mirarla, su expresión seguía siendo la misma: interrogativa, pero sin enojo. Sus orejas, sin embargo, seguían erguidas, mostrándome que estaba prestando atención. No quería perderse nada; estaba claramente expectante.

En mi mente, me mentalicé para contarle lo que pasaba, pero de una forma que no fuera demasiado agresiva ni la preocupara más de lo necesario. Apenas ayer me enteré de la carga del vagón, y todo había sido tan rápido. Sin embargo, por su seguridad, era mejor que lo supiera. Sería egoísta de mi parte ocultarlo más...

Respiré hondo una última vez y me dispuse a hablar.

— Tália... —Levanté las palmas frente a mí en señal de confianza—. Por el bien de mantener una buena relación de compañeros y, sobre todo, la confianza, voy a decirte lo que sucede. Pero necesito que mantengas la calma en todo momento, ¿sí? —Le pedí con delicadeza.

Ella tornó su expresión de interrogación en una de preocupación. Dejó el rifle a un lado de mi asiento y se sentó frente a mí.

En ese momento, solo el traqueteo rítmico de las ruedas de Edelweiss y el cálido sonido de la caldera rompían el silencio en la cabina. Tália se llevó la base del dedo índice a los labios. Después de unos segundos de morderse el dedo mientras me miraba con atención, asintió y habló.

—Te escucho —dijo con frialdad.

Sin perder el tiempo, aunque aún sin tener del todo claro cómo explicarlo, me armé de valor y comencé.

— Tália... —bajé la mirada y hablé con cautela—. Lo que sucede es lo siguiente: sabes que llevamos tres vagones acorazados, ¿verdad?

— Sí. ¿Tienen algo de malo? —preguntó mientras intentaba mirar por la ventanilla, como si pudiera comprobarlo por sí misma.

— Sí y no. Los dos que tienen armas montadas no son el problema. El que realmente lo es... es el que no las lleva. En ese vagón transportamos una carga un tanto... "peculiar", por decirlo de alguna forma.

— ¿Peculiar, eh? —Volvió su mirada hacia mí con evidente interés—. ¿Y qué es eso "peculiar" que llevamos?

— Llevamos...

Justo cuando iba a responder, la radio sonó, interrumpiéndome.  Miré a Tália, quien ahora me observaba con preocupación. 

Me acerqué a la radio con un suspiro y, antes de levantar el micrófono, le hice señas para que permaneciera en su asiento. Ella, sin dejar de mirarme con el ceño fruncido, levantó el pulgar en señal de que se quedaría quieta. Con su otro dedo, se lo llevó a los labios en un gesto que prometía guardar silencio.

Agradecido por su discreción, asentí y tomé el micrófono.

— Tren 602 al habla... —dije, adoptando un tono frío.

— Aquí la Mayor Grant. ¿Bullet, eres tú?

— Sí, soy yo. Dime que tienes buenas noticias respecto a los "Colmillos" —respondí, rezando internamente por ello.

— Ya quisieras —respondió en tono de broma, aunque pronto adoptó un tono más serio—. Tengo el informe de los exploradores de la zona... —Se oyó el sonido de papeles moviéndose al otro lado de la línea—. Los dos "Colmillos" que los estaban acechando comenzaron a moverse nuevamente después de que ustedes abandonaron la estación hace unos minutos.

— ¿Tus exploradores lograron averiguar algo más? —pregunté, intentando mantener la calma. Era su trabajo, ¿no?

— No mucho. Apenas pudieron seguirles el rastro unos minutos antes de perderlos en la ventisca... —Más ruido de papeles—. Por otro lado, tengo los informes meteorológicos de las zonas que van a recorrer. Los de ayer, que recibiste, están obsoletos. El clima está cambiando y eso hará que deban cambiar de ruta nuevamente.

Un nuevo cambio de ruta... Esto no pinta bien. Solo espero que sea una ruta más rápida y segura.

— Tomarán la ruta original. Atravesarán las montañas como se tenía planeado al principio. Se avecinan tormentas muy fuertes, y no será prudente que tarden más tiempo en llegar.

La ruta original... Desde el punto de vista estratégico, sigue siendo la más óptima para este envío, pero el peligro aumenta considerablemente. Tendremos que reducir la velocidad en cada curva para evitar el descarrilamiento, y eso sin contar el riesgo de avalanchas, que será aún mayor con las tormentas cerca. 

Y, por supuesto, están los Gran Colmillos... esos no dejan de ser un tema evidente.

Esto se está poniendo cada vez peor... y Tália es la que más va a sufrir con todo esto. Cada vez me arrepiento más de haberla traído conmigo en este viaje.

— Mayor, está bien lo de la nueva ruta, ¡pero te recuerdo que llevo a Tália conmigo! —golpeé la pared de la cabina, dejando escapar mi frustración—. Me parece perfecto que quieras cambiar los planes, pero no somos tus soldaditos a los que puedes mover de un lado a otro como si nada. 

Su imagen para mí no era más que la de una mujer en un escritorio, sentada bebiendo café mientras mira un mapa. ¡No podía verla de otra forma!

— Entiende que, si fuera yo solo, no tendría problema. Pero hay alguien más conmigo, alguien que no tiene la culpa de estar atrapada entre dos monstruos del tamaño de un tren y el frío mortal de las Regiones del Norte.

Al escuchar mi comentario, Tália giró sus orejas hacia mí y arrugó el ceño, intentando captar mejor lo que decía. Por otro lado, la radio se quedó en silencio durante unos segundos, hasta que la voz de la Mayor Grant volvió con una firmeza que no preví nunca.

— ¡Y permíteme recordarte que el que está jugando al héroe aquí eres tú! —exclamó con un tono que no dejaba lugar a discusiones—. ¡Así que, si vas a comportarte como tal, acata las órdenes y reza para que ella no se muera!

Pude sentir el golpe de lo que parecía un manojo de papeles contra una superficie a través de la radio. Apreté los labios, incapaz de mirar a Tália.

— Nadie te dijo que la llevaras contigo, nadie te obligó a aceptar este envío, y nada te impidió hacerla bajar en la estación anterior cuando te enteraste de todo esto... Si ella muere, será íntegramente tu culpa. Acéptalo... y empieza a aceptar también que lo que ocurrió en el pasado también lo es.

Su tono se calmó un poco, aunque aún cargaba con esa autoridad que le era tan característica.

— Si buscas sangre con este envío, te digo que será la de la chica, no la tuya. Así que haz lo que te decimos y, con suerte, ambos saldrán con vida.

Sus palabras fueron como un balde de agua helada. Sentí cómo cada una me perforaba el alma. No podía refutarlas, ni siquiera negarlas. No quería admitirlo, pero no había forma de evitarlo: ella tenía razón. Si Tália moría... sería mi culpa...

Todo había sucedido tan rápido: conocer a Tália, ofrecerle llevarla a Ymir, aceptar el envío, enterarme de los Gran Colmillos... Todo había pasado en un abrir y cerrar de ojos. Y aún no terminaba de darme cuenta de en qué nos habíamos metido... 

Pensé que todo sería más sencillo, como lo fue por todos estos años...

— ¿Por qué...? —murmuré, roto, incapaz de levantar mi voz—. ¿Por qué...? 

Todo estaba yendo tan bien...

—  ¿Por qué ahora? ¿Por qué lo hice...? ¿Por qué te traje conmigo...? —pregunté, mirando a Tália a los ojos—. Lo siento... lo siento tanto, Tália... yo... lo siento...

 

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Tália The Crimson Wolf en el lector de Culto de Papel. Es gratis.