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La Venida de la Bestia

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 26 de julio de 2026

Ymir, una antigua ciudad portuaria de las Regiones del Norte, que ahora pertenece al Imperio de Dragnassil tras una sangrienta batalla librada durante la Guerra Continental. Este enfrentamiento duró casi un año bajo los constantes bombardeos costeros de la Gran Flota Imperial y la férrea defensa terrestre del Ejército de las Regiones del Norte (ERENOR).

El Imperio de Dragnassil lanzó una operación conjunta por mar y tierra contra el puerto y la ciudad de Ymir. Sin embargo, ni siquiera con el apoyo total de su flota lograron penetrar las imponentes defensas del ERENOR que se extendían a lo largo de toda la costa. Fue otro factor el que finalmente inclinó la balanza a su favor.

Situada en una planicie costera rodeada por una enorme cadena montañosa, Ymir y gran parte del territorio sur de la Federación están protegidos de cualquier amenaza externa. Las únicas conexiones posibles con el mundo exterior son por vía marítima o a través de túneles ferroviarios que atraviesan las montañas. Esta ubicación estratégica convierte a Ymir en un punto vital para el comercio y la política entre ambas naciones.

Y hacia allí nos dirigíamos.

Desde la ventanilla solo podía observar vastas laderas rocosas y arboledas cubiertas de nieve que rodeaban las vías. Las montañas y los constantes túneles que cruzábamos hacían que fuera difícil ver la luz del sol. Salvo por breves momentos en pequeñas planicies entre las montañas o cuando el sol nos alcanzaba directamente, pasábamos la mayor parte del tiempo bajo la sombra de las montañas o dentro de los túneles.

Cada vez que entrábamos en un túnel, el sonido de las ruedas y las bielas girando de Edelweiss se amplificaba enormemente. A Tália no le sentaba bien; constantemente se sentía aturdida por el retumbar en los túneles, y apenas lograba comunicarse conmigo. Ni siquiera estando ambos en el vagón dormitorio podíamos hablar con claridad. Por esta razón, no había encontrado el momento para cumplir una de mis promesas: contarle a fondo mi historia.

Habían pasado cuatro días desde que dejamos Steinheim y dos desde que Tália me pidió que le contara todo después de verme en "ese estado". Sin embargo, no había podido hacerlo, así que le pedí que permaneciera en el vagón dormitorio mientras yo manejaba a Edelweiss desde la cabina.

Cada vez que volvía al vagón, la encontraba tirada en la cama con su libro de Crónicas y sus hojas para practicar palabras, o bien comiendo algo. A pesar del ruido, parecía feliz. Incluso se ofreció a darle mantenimiento al rifle y a mi pistola en sus ratos libres. Aunque sabía que los Gran Colmillos estaban al acecho, acepté. Solo por verla contenta.

Mientras tanto, usaba mi tiempo en solitario para mentalizarme y prepararme para contarle todo. Tenía demasiado y realmente no sabía qué contarle... Sin embargo, había llegado la hora de hacerlo. En nuestra próxima parada en una estación de paso, le contraría mi historia. Se lo debía, no solo por la situación en la que la había metido, sino porque ella lo merecía, aunque me costara abrirme. Sentía un hormigueo en mi corazón y garganta, la ansiedad me podía por momentos, y no podía dejar de apretar impotente mis manos cada vez que pensaba en el pasado.

Cuando cayó la noche, la estación ya estaba a la vista. Sus grandes focos amarillos nos iluminaron mientras nos acercábamos y los portones de metal se abrían ante nosotros, como si ya nos estuvieran esperando. No hicieron preguntas por radio. Dentro, un escuadrón del ERENOR estaba listo para desenganchar el vagón con las crías de Gran Colmillo y llevarlo a otro sector de la estación. Alegaron "motivos de seguridad" cuando les pregunté al respecto.

Me tranquilicé al ver cómo el vagón se alejaba enganchado a otra locomotora más pequeña. Después de llenar el papeleo para reabastecer a Edelweiss, regresé al vagón dormitorio. Allí encontré a Tália algo más aliviada por la ausencia de los ruidos ensordecedores. Estaba sentada sobre una almohada frente a la estufa, con el rifle a medio armar en una mano y el cerrojo en la otra, intentando colocarlo con esfuerzo.

Al cerrarse la puerta tras de mí, provocó un ligero golpe seco, casi inaudible pero que hizo que ella levantara la mirada hacia mí. Sus ojos, marcados por ojeras, y sus orejas peludas se movieron hacia adelante mientras una sonrisa pícara se dibujaba en su rostro. Mi ansiedad se calmó por un segundo, hasta que puse mis ojos en aquel rifle, recordando su oscuro propósito.

- Bullet, necesito ayuda con esto -me pidió ella, levantando ambas piezas del rifle hacia mí-. ¿Me echas un mano, por favor?

- Claro... -respondí, extendiendo las manos-. Dámelos, yo te ayudo.

- Aquí tienes, toma -me entregó el rifle y el cerrojo por separado-. Hoy no me siento muy bien. El ruido de los últimos días me ha dejado bastante mareada. Disculpa que te lo pida.

- No hay problema. Para eso estoy, ¿no es así, "compañera"? -le guiñé un ojo mientras colocaba cuidadosamente el cerrojo en su lugar-. Es una pena que te encuentres mal... Justo hoy pensaba contarte lo que te prometí antes de ayer -murmuré, insinuando cosas con mi mirada.

- ¡Eso es trampa, Bullet! -me acusó, haciendo un puchero mientras intentaba levantarse con torpeza. Trastabilló una vez, pero por suerte se agarró de mí.

- Como quieras... -me encogí de hombros con una sonrisa, ofreciéndole mi mano.

Ignoró mi mano como si nunca hubiera estado allí y se dirigió al baño. En tanto yo daba vueltas por el vagón, más por la ansiedad que por otra cosa. Para relajarme un poco, fui a la despensa y saqué unas tiras de carne seca. Me senté en la mesa a comerlas mientras esperaba. Sobre esta estaba el libro de Crónicas que Tália leía y las hojas que usaba para practicar palabras en distintas lenguas.

Curioso, tomé una de las últimas hojas que había escrito y la leí por encima. Su letra seguía siendo terrible en la mayoría de las lenguas salvo en la del Norte, pero me impresionó cuánto había avanzado en solo dos días. Había nuevas palabras junto a sus traducciones, lo que evidenciaba un esfuerzo constante.

Mientras terminaba la última tira de carne seca, Tália salió del baño con el cabello envuelto en una toalla y una gran sonrisa en el rostro. Se sentó cerca de la estufa, calentándose las manos.

- Acércate al calor, Bullet. Te vas a enfriar. Ven -me hizo señas con la mano, golpeado con demasiada fuera el suelo a su lado.

- Es razonable que te dé frío si sales con la cabeza mojada -comenté, señalando el bulto que formaba la toalla en su cabello.

- ¡Tenía que "despertarme" de alguna forma! ¿Acaso no viste mis ojeras? -replicó, señalándose bajo los ojos. Aun conservaba manchas negras bajo sus ojos.

- Te ves linda con o sin ojeras... -le dije con un toque de picardía mientras me acercaba a la estufa-. Pero ese no es el punto.

- ¿¡Vas a contarme tu historia o no!? -me interrumpió con un grito, sacando una almohada de su cama y colocándola en el suelo-. Ten, siéntate aquí. Así puedes estar cerca del calor -agregó, acercándose un poco más a la estufa.

- Que adorable, Tália... -murmuré, viendo cómo inflaba sus mejillas con enfado.

Con algo de desgana, me senté sobre la almohada y me recosté nuevamente contra uno de los soportes de la litera. Tália puso unos troncos en la estufa, incrementando el calor y la luz en el vagón. Satisfecha con el resultado, cerró la rejilla y se giró hacia mí, expectante.

- ¿Puedo empezar entonces? -pregunté, levantando una ceja, impaciente.

Sin decir palabra, ella asintió, igual que la última vez.

- Bien... -suspiré pesadamente, abriendo y cerrando mis manos para relajarme-. No sé bien cómo empezar... ¿Te conté hasta cuando abandoné el campamento de refugiados?

- Sí, lo hiciste -respondió dudosa, escudriñando sus ojos hacia la nada.

-Tomando eso en cuenta, sigamos... -recapitulé, intentando ordenar mis pensamientos-. Luego de que abandoné el campamento con las pocas provisiones que me dieron los soldados del Norte, comencé a caminar sin rumbo a lo largo de las vías. Mi intención era alejarme lo más posible del frente de batalla, así que, perdido y desorientado, seguí las vías en dirección a la cadena montañosa de Ymir...

- Pero, contrario a lo que pensabas, hacia allí estaba el frente... -añadió Tália, asintiendo con pesadez-. Aún se seguían librando batallas cerca de Ymir. ¿Nunca lo supiste, verdad?

- No, nunca lo supe -resoplé, riéndome para mis adentros-. Sin darme cuenta, me dirigí directamente hacia la boca del lobo. Esperanzado de huir de la guerra, caminé directo hacia una de las carnicerías más crudas que jamás imaginé ver.

A veces, ya de mayor, me cuestiono por qué lo hice. ¿Por qué seguí esas vías si todo lo que veía indicaba lo contrario? ¿Estaba tan cegado por mi desconocimiento, mi esperanza de escapar, o tal vez por la idea de ver a mis padres una vez más? Pero no importa cuánto lo cuestione ahora; lo hice. Seguí esas ondulantes vías como si fueran una guía en medio de los inmensos bosques verdes.

- Caminé sin descanso por varios días, agotando mis provisiones y durmiendo donde podía. A veces bajo un puente, otras en una cueva, y en algunas ocasiones a la intemperie, bajo un árbol. En lo que intuí fue el quinto día, mis pies estaban tan llenos de ampollas que no podía moverme por el dolor. Al sexto o séptimo día, las ampollas reventaron cuando intenté limpiarme y quedé varado sobre las vías, jadeando de agotamiento y llorando de frustración al darme cuenta de que no podía avanzar más.

Mientras lo relataba, el recuerdo del dolor fue tan vívido que mi cuerpo reaccionó instintivamente, llevándome a tocarme el pie, como si esperara sentir nuevamente aquel ardor insoportable. Aguanté la respiración, apretando mis dientes y manos, esperando que el dolor fantasma desapareciera antes de siquiera pensar en continuar.

Tália me miró confundida, pero rápidamente entendió lo que sucedía. Ocultó su tristeza tras una sonrisa tenue y esperó a que pudiera volver hablar. Le agradecí el gesto con una sonrisa, volviendo a respirar con pesadez al cabo de unos segundos.

- Las siguientes noches la pasé recostado, inmóvil, contra un árbol cerca de las vías. Usé la poca agua que me quedaba para intentar limpiar mis pies y calmar el ardor de las heridas, pero me fue imposible. Para cuando logré volver a pararme había perdido ya la percepción del tiempo, para empeorar mi ya de por sí, deplorable situación, mis provisiones se habían agotado. No tenía comida ni agua, seguía sin saber dónde estaba, pero lo único claro era que debía seguir caminando. Si me detenía, moriría.

«Oía bombardeos lejanos, humo negro escurecía el sol... A veces encontraba partes del bosque quemadas; arboles destrozados, zanjas llenas de cuerpos, alambre de espino lleno de... ¡Aghhh...! Fue un milagro que saliera de ahí con vida...»

Por un momento me detuve, quería ordenar mis pensamientos. Tália, sin decir palabra, se levantó y fue a la despensa. Por un momento pensé que, como siempre, tenía hambre. Pero no. Sacó una lata de fideos con salsa y una botella de hidromiel dorada de su mochila, dejándolas junto a donde estaba sentada. Poco después, regresó con dos vasos de madera y movió su almohada cerca de la mía antes de ofrecerme uno de los vasos.

Confundido, observé cómo destapaba la botella con la mano, el corcho voló, pero no le dimos importancia. El olor a la hidromiel me embriagó al instante y el mentolado aroma de Tália logró apenas calmarme.

- ¿Vas a beber o algo? -le pregunté al verla sostener el vaso.

- Te vi mirando de reojo la despensa con tristeza mientras contabas tu historia. Pensé que un trago y algo de fideos podrían sentarte bien -respondió, levantando la lata y colocándola sobre la estufa.

Siquiera me había dado cuenta de a donde iban dirigidos mis ojos. Me encerré tanto en mi mente que mi cuerpo actuó por su cuenta...

- Jeje... Gracias, supongo -le sonreí, observando atentamente cómo abría la lata con entusiasmo-. Quizás lo necesitaba...

- ¡Sigue contando! No me dejes con la intriga -me animó, empujándome ligeramente del hombro y acercándose más.

- Está bien, no hace falta que empujes. Tranquila -Ella rezumaba emoción por cada uno de sus poros, eso me sacó una sonrisa, generando una extraña calidez cerca de mi pecho.

Esperé unos momentos a que se calmara y dejara de mover locamente su cola antes de continuar.

- Atravesé aquel bosque, escondiéndome y rezando para no encontrarme siquiera una minúscula escaramuza entre soldados. Recuerdo... -murmuré, bajando levemente la mirada, esforzándome para recordar-. Llegué pueblo fronterizo, a la orilla de un rio, donde pude asentarme por unos días. Como no tenía absolutamente nada de valor, no podía comprar comida ni agua, así que recurrió al rio para bañarme y llenar mis cantimploras. ¡Ja! El agua estaba helada... -recordé con un escalofrío al contrastar ese recuerdo con el calor de la estufa.

- Dicen... -Tália entrecerró los ojos por un instante, quizás pensando en algo o simplemente, digiriendo lo que le contaba-, que el agua que desciende de las montañas es extremadamente fría, que no es apta para baños, siquiera para beber... -dijo por fin, mientras revisaba cómo iban los fideos. Revolvió con un tenedor un par de veces y luego se lo llevó a la boca para limpiarlo.

Ignoré aquel hecho y seguí. Por algún motivo me pareció demasiado dulce su gesto.

- Quien sea que te lo dijo tiene toda la razón. ¡Estaba helada! Pero no tenía otra opción. Necesitaba agua y, honestamente, también necesitaba asearme.

Con el tiempo aprendí que mucha gente durante la guerra, murió de infecciones o enfermedades producidas por la falta de higiene y agua potable. Quizás yo fui afortunado o quizás... ellos lo fueron al poder dejar este oscuro mundo antes que yo...

- Más tarde ese día -continué, aligerando mi tono por unos instantes-, me ofrecí a ayudar a un anciano humano a pescar. Me prometió que si sacábamos más de un pez, el segundo sería mío. Y así fue. Ese día pescamos tres peces: uno para mí y dos para él. Durante los días siguientes, el anciano volvió cada mañana al río para pescar y hablar conmigo... hasta que un día no apareció más.

- No me digas... -murmuró Tália, dejando su frase en el aire.

- Tal como imaginas -respondí con un suspiro, sintiendo mi corazón estrujarse por un instante-. Una tarde, cuando estaba a punto de dejar el pueblo, una mujer mestiza, como tú, vino a buscarme. Vestía harapos y llevaba un collar de esclava. Traía un pescado envuelto en papel... Sin mostrar emoción alguna, me dijo que el anciano había muerto la noche anterior. Un obús de artillería había alcanzado su casa. No hubo sobrevivientes, salvo ella. Al parecer, estaba de camino al pueblo cuando oyó la explosión. Me dijo que el anciano había estado feliz en sus últimos días gracias a mí y que el pez era un regalo en su nombre.

Nuevamente tomé una pausa, sintiendo el peso de lo que estaba por contar. Aunque la verdad era mucho más oscura.

Aquella mujer sacó un viejo revolver de entre sus harapos. El arma estaba oxidada, hoy en día me sigo cuestionando como seguía funcionando, pero en ese momento lo hizo... Tomó el arma con una mano, sin cuestionarse si había una bala en la recamara. Tardé varios segundos en reaccionar, mi mente no pudo conciliar el hecho hasta que lo oí.

"¡¡¡Pafff...!!!" El sonido mecánico del gatillo fue seguido de una leve explosión negra. Al instante, aquella mujer cayó como un bloque de piedra sobre el rio... Se hundió a la vez que teñía de rojo carmesí la corriente.

No podía contarle esto a Tália, al menos no de esta forma... Mis siguientes palabras salieron de mi boca con una naturalidad que no creía posible.

- Después de darme el pescado, la mujer se despidió y caminó hacia el río. La vi adentrarse en la parte más profunda hasta desaparecer bajo las aguas... -expliqué, observando la reacción de Tália.

Ella se giró rápidamente, con los ojos bien abiertos y un evidente gesto de preocupación.

- No fue hasta el día siguiente que me enteré de que sus restos habían sido encontrados río abajo entre las redes de unos pescadores-añadí con pesadez, sin apartar la mirada de la estufa-. ¿Sabías que en el Imperio de Dragnassil, cuando un amo muere, el esclavo está obligado a hacer lo mismo? Yo no lo sabía... hasta ese momento.

Tália mostró una mezcla de emociones en su rostro, luchando por procesar lo que acababa de escuchar. Me alegré de no haberle contado la verdad completa. No podía hacerle cargar con esa imagen. Era demasiado fuerte, incluso para mí. Aun podía sentir aquel hedor a carne quemada y pólvora vieja, atravesando mi nariz...

- Eso es... -murmuró Tália, buscando las palabras-. Pero ¿Qué hiciste después?

-A la mañana siguiente, aún en shock, abandoné el pueblo a toda prisa. Me vi incapaz de seguir allí -expliqué, sintiendo un enorme cumulo de emociones arremolinarse en mi interior-. Caminé sin detenerme, sin poder sacarme de la cabeza lo que había hecho aquella mujer. Poco después, volteé para echar un último vistazo al pueblo desde una colina cercana. Siquiera sé por qué lo hice...

La memoria de lo que vi me golpeó como una violenta tormenta, estremeciendo mi cuerpo como pocas veces había sentido antes. Mis palabras salieron con dificultad y la imagen de la estufa frente a nosotros solo acrecentó mis memorias.

- Humo negro... -murmuré, perdido en el recuerdo-. Cuando me giré, el pueblo estaba en llamas. Podía distinguir a los soldados persiguiendo y masacrando a los civiles. Los gritos de auxilio, los lamentos... todo llegaba hasta donde estaba.

- ¿Ni siquiera a los niños...? -preguntó Tália, sus ojos carmesíes se llenaban de una débil esperanza.

- ... -cerré los ojos y negué con la cabeza, incapaz de mentirle.

El silencio cayó entre nosotros, roto solo por el chisporroteo de la estufa. Sentí cómo Tália se arrimaba a mi lado, sosteniendo la lata de fideos y un tenedor. Sin decir nada, me ofreció la comida.

Tália revolvió los fideos en la lata como si estuviera jugando, esperando que continuara mi relato. Parecía buscar algo más que palabras en mi rostro, quizás una señal que le indicara cómo procesar lo que acababa de escuchar.

- Tú... ¿cómo...? ¿Cuál era el ejército que viste? -preguntó finalmente, su voz se mezclaba entre la curiosidad y el temor.

¿Temía que hubiera visto a su padre allí? Quien criase a Tália jamás formaría parte de ello, no lo veo posible.

No pude evitar sonreír ante su ingenuidad, tan pura en medio de un tema tan oscuro. Seguía revolviendo los fideos sin percatarse del peso de la conversación. Esa imagen, tan sencilla e inocente, me ofreció un breve alivio.

- El color o la bandera no importaron, Tália. Fue una masacre. Imperio o Norte, da igual... -respondí con pesadez, desviando la mirada hacia ella-. Te prometí que esta vez te lo contaría todo, y así lo haré.

Su actitud enérgica regresó por un momento. Era un ligero soplo de aire fresco para aliviar el ambiente opresivo que habíamos creado.

¡Y no me arrepiento! ¡Sigue contando, por favor! -exclamó, asegurándome con firmeza mientras sacaba un gran bocado de fideos con su tenedor y se lo llevaba a la boca.

-Jejeje... -dejé escapar una leve risa-. Eres todo un caso, Tália... -dije, palmeándole suavemente la cabeza mientras ella masticaba con entusiasmo-. Luego de ver aquello, seguí recorriendo las vías en shock. Estaba aterrorizado, temía que esos soldados me encontraran. Apenas me detuve a descansar, comer o beber algo. Caminé durante horas, tratando de alejarme lo más posible.

Una fuerte tormenta comenzó poco después. En aquel momento no lo pensé mucho, pero ahora me gusta creer que esa tormenta ayudó a apagar las llamas del pueblo. Quizás, de alguna manera, purificó la miseria y lavó la sangre que había corrido. Mientras tanto, yo seguía avanzando, cargando con mi propia tormenta interna, buscando algún lugar que pudiera acogerme... o salvarme...

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