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Estación de Paso, Parte 3

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 15 de julio de 2026

No alcancé a gritar cuando sentí aquel liquido carmesí filtrarse entre mis dedos, comenzando a caer lentamente al suelo, manchando mis botas. 

Gimoteé en silencio. No iba a permitirle oírme sufrir...   

De a poco comencé a sentir cómo la sangre fluía lentamente por mi cara. Podía percibir claramente cómo recorría el contorno de mi ojo, cruzaba la hendidura entre la nariz y la mejilla, y finalmente rodeaba mi boca. 

Una pequeña parte de la sangre manchó mis labios, permitiéndome percibir su amargo y seco sabor ferroso.

El lupino se lamía orgulloso la mano con la que me había arañado. Mi sangre caía en densos hilos rojos desde sus garras hasta su hocico abierto, su lengua afuera, saciando sus más animales instintos.

— ¡Sangre imperial! —afirmó eufórico—. ¡Deliciosa! Tal y como me había dicho mi padre, ¡Los Imperiales tienen una sangre exquisita! —se jactó mientras se relamía hasta el último dedo.

Sentí asco, solo podía sentir asco y rabia al verlo lamer mi sangre. La escena era nauseabunda. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía, la impotencia se mezclaba con la desesperación, obligándome a seguir mirando. Cada vez que lo veía relamerse, mi sangre fluía con más fuerza por mi cara, bañándome en ella. 

Mi rostro ardía; sentía el escozor y el calor, pero ninguna de esas sensaciones era rival para la rabia que me consumía.

La adrenalina no tardó en hacer efecto, suprimió parte del dolor, pero la sangre seguía fluyendo, manchando mi visión, que lentamente se volvió en rojo, el color de la sangre ya no me importaba. ¡Iba a acabar con esto rápido!

— ¡No voy a jugar más...! —murmuré, agotado, furioso. Mi cara llena de sangre y la rabia que recorría cada fibra de mi ser. No podía pensar con claridad.

Intenté recuperar algo de visión pasándome la mano por la cara para quitarme la sangre. No tuve que mirar mucho para verlo: estaba cubierta de sangre, hervía... mi sangre hervía... Observé atónito mi mano, concentrando toda mi mente en la furia que sentía en ese momento, dejando que esta me guiara.

— ¡Le pegan a alguien en el suelo y se jactan de ello...! ¡Lo justifican! ¡Todo el mundo se reúne, pero nadie hace nada! ¡Solo observan como ovejas cómo lastiman a otra persona! ¡Y cuando alguien interviene... cuando alguien interviene...! 

¡¿Qué podía hacer?! Ésta gente no me iba a escuchar y aun así las grité, esperando algo que nunca llegaría.

— ¡Lo ven mal! —grité a todo pulmón, asegurándome de que todos me escucharan.

No hay salvación para ellos... Nadie va a salvarla, solo yo...

Levanté la pistola una vez más, mi brazo completamente extendido mientras me limpiaba constantemente la sangre de mi rostro. La empuñadura de la pistola también estaba manchada de sangre... Liberé el cargador vacío y este también parecía sangrar.

¿Por qué? El arma entera goteaba sangre, manchando el andén como si ella también estuviera herida... Los ojos del lupino se llenaban de una confianza embadurnada en arrogancia a medida que cada gota carmesí caía al suelo. Sus ojos marrones, inyectados de sangre, evaluaban cada uno de mis posibles movimientos.

Era ahora o nunca. Si seguía esperando, perdería más sangre y... No habría quien salvara a la operaria, menos a mí...

— Dispararé antes de que eso pase... —murmuré con esfuerzo, relamiendo la sangre que cubría mis labios. 

"¡Chack!"  La corredera de la pistola se cerró violentamente tras colocar un nuevo cargador, frente a las descuidada nariz del lupino que veía mi sangre caer, confiando que yo no podría hacer demasiado.

El andén, con su vapor y cajas de madera, estaba lleno de sangre, mía y de ellos. Habíamos vuelto un lugar de trabajo, algo donde los instintos más primitivos de ambos salían a flote.

Durante unos segundos, nadie se movió. Él me tanteaba con la mirada, relamiéndose la boca a la vez que respiraba ansioso, mi sangre pareció encender una mecha en él... Apenas pude contener una violenta arcada producida por la mezcolanza de emociones, el regusto amargo a la cerveza se había vuelto a impregnar en mi garganta.

Ambos estábamos listos para dar el golpe final...

Una de mis gotas de sangre cayó al suelo y junto a ella, el lupino, confiando en su agilidad, se lanzó hacia mí una vez más, aprovechando mi limitada visión para atacarme. En un sangriento parpadeo mío, el lupino desapareció. Cuando logré volver a verlo, ya estaba encima mío, sus garras listas para atacar mi cuello.

Esta vez no me dejé aturdir, soltando todo el aire de mis pulmones y moviendo mi muñeca, coloqué una vez más la pistola cerca de mi pecho, flexionando mis brazos para apuntar el cañón hacia su torso. La expresión del lupino cambió a medida que se acercaba, lanzando un golpe ascendente que apuntaba directamente a mi ojo bueno. 

No iba a permitirme sufrir otra herida más. Tantee el gatillo, su tacto frio contrarrestó el calor de mi cuerpo, logrando desentumecer mi cerebro por un segundo.

"¡¡¡Pafff... Pafff... Pafff!!!"  Tres rápidos disparos, acompañados de fogonazos rojos, salieron del cañón de la pistola.

En menos de una fracción de segundo, el lupino cayó de cara contra el suelo. El murmullo que había crecido en la multitud se detuvo de golpe al verlo caer, petrificado. 

Lo único que quedó fue el eco de mis disparos alejándose a través de los andenes, opacando las pocas maquinas pesadas que nunca se detuvieron. El silencio posterior fue precioso, un momento de paz en medio del caos. A mis pies, tres casquillos dorados, y frente a mí, el lupino desplomado en un creciente charco de sangre.

Los disparos habían impactado en ambas piernas y debajo del hombro. No se podría mover en semanas, quizás meses, si un médico no llegaba a tiempo. Lo importante era que no los había matado, y con eso me bastaba. Aunque mi mano, pegada con sangre seca a la pistola, ansió volver a disparar, mi dedo índice temblaba sobre el gatillo.

— Creo... —suspiré pesadamente, recuperando el aire que jamás sentí que había perdido —. Que no le tocaran un pelo a nadie nunca más... —comenté al verlos tirados en el suelo, gimiendo de dolor—. Ufff... —resoplé pesadamente—. Ya terminó... Gracias a la Diosa, terminó...

La sangre había dejado de fluir por mi rostro, ahora era una especie de moco rojo, pegajoso, pero que parecía no querer fluir más. 

Lentamente, desvié mi atención, dejando de lado a los lupinos heridos. 

Me dirigí hacia la operaria que yacía en el suelo, su uniforme estaba arrugado, llena de marcas de punta pie y de suelas de bota. Estaba completamente magullada y llena de pequeñas heridas. No supe reaccionar ante eso. 

Sintiendo mi cuerpo caerse a pedazos, me limpié la mano lo mejor que pude y comencé a llamar a la joven.

— ¡Señorita...! ¿¡Señorita, está bien!? —le moví el hombro en busca de una respuesta. No parecía estar en condiciones de moverse, y me preocupaba dejarla atrás. No era seguro, no en un lugar donde a nadie le importaba si alguien era golpeado. 

Mientras la miraba más de cerca, noté que en su overol de trabajo tenía cosido un nombre: "Tália". Ese debía ser su nombre. No me detuve mucho en eso; solo quería irme de allí rápido, y por ahora, me llevaría a la operaria conmigo.

— Señorita Tália, discúlpeme, pero usted viene conmigo... con su permiso... —Pasé su brazo por sobre mi hombro y la recosté contra mí.

La pelea me había dejado agotado. Apenas tenía fuerzas para levantarme. Mis piernas temblaban y mis brazos estaban rígidos, pero aun así, junté lo poco que me quedaba e hice un último esfuerzo para llevarla hasta Edelweiss.

Paso a paso, avanzamos por el andén, atravesando a la multitud, que nos abría paso. No sé si por lástima, respeto o asco, especialmente por mi aspecto cubierto de sangre. No dijeron nada, simplemente guardaron silencio, lo único en lo que eran buenos: "guardar silencio y no hacer nada". 

No me preocupé por ellos, mi único objetivo era llegar a la cabina de Edelweiss.

Mientras caminaba, observé a Tália apoyada en mí. Parecía una mestiza, una hija de dos razas: lupino y humano. Su rostro era casi completamente humano, salvo por las grandes orejas de lobo pelirrojas que sobresalían sobre su cabeza. Carecía de orejas humanas, pero su carencia estaba cubierta por una larga y sedosa cabellera pelirroja.

Era una joven muy bonita a mi parecer...

Cuando llegamos a Edelweiss, esta estaba aún en el andén, a varios metros de donde me había bajado antes. Había avanzado unos metros más, curiosamente más cerca de donde había terminado la pelea, casi como si, inconscientemente, se hubiera acercado más para ayudarme a salir de allí más rápido. En silencio, le agradecí a Edelweiss el gesto y esta, liberó una densa nube de vapor cerca de sus ruedas.

Casi de manera automática, subí a Tália a la cabina y la recosté sobre unas frazadas desgastadas que usaba para dormir. La dejé allí mientras me acercaba a los controles para poner en marcha el tren.

Solté los frenos, moví la palanca inversora de potencia y revisé la presión de vapor en la caldera antes de comenzar a mover a Edelweiss. 

Cada vez que movía una palanca o giraba una válvula, mis manos, entumecidas por los nervios, apenas respondían. Me daba miedo no poder hacer nada, quedarnos atrapados allí, pero por suerte, logré completar los procedimientos. A modo de celebración, hice sonar el estridente silbato de Edelweiss y esta comenzó a moverse con fuerza, alejándose de los andenes de la estación, bajo la atenta mirada de todos.

Aquellos ancianos de la estación me miraban con orgullo por alguna razón desde la puerta del edificio principal... Había hecho lo correcto, o al menos eso quería creer... Cada uno de ellos, levantaba su jarra o asentía hacia mí como gesto de respeto. Por algún motivo eso me llenó de satisfacción, como si mi abuelo estuviera entre ellos...

— Viejo... ¿Estás orgulloso de mí por esto, verdad...? ¿Hice lo correcto o fui un hipócrita...? —Esa pregunta que me persigue desde hace años se repite ahora—. Hice lo correcto, ¿verdad...?

 

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