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El Final de la Guerra... El Final de la Maldición, Parte 6

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 13 de agosto de 2026

— Algo me dice que no soy el único que quiere venganza... —murmuré, pensando en los innumerables usos que podría tener esa nueva tecnología.

Por un lado, podría justificar un exterminio en el peor de los casos, pero por otro, mejoraría la calidad de vida de cientos de miles, incluso millones de personas.

Matar a unos pocos en post de ayudar a la mayoría... Eso suena macabro, pero, moralmente, quizás sea aceptable. Y, al final, solo los líderes de las naciones podrían tomar decisiones como esa. Nadie, salvo ellos y unos pocos, sabría cuál sería la verdadera causa detrás de ese revolucionario descubrimiento.

— Por sobre todas las cosas, soy la madre de los Gran Colmillos —expresó Fio sin rastro de humor, simplemente una tristeza que se arraigaba más allá de sus duras palabras—. Yo los creé y hasta llegué a criarlos para que me ayudaran en mi labor de mantener seguras y tranquilas las Regiones del Norte. Y como madre, te pido que, por favor, no los mates. Hay más en juego que una simple venganza. Tu abuelo lo entendió cuando se lo expliqué, así que espero que tú también lo hagas —añadió, con una voz firme y serena, casi coercitiva.

— ¿Y por qué traerme aquí? ¿Por qué yo directamente? Tú misma lo has dicho: eres una diosa. ¡La mismísima Diosa de las Regiones del Norte! ¿Por qué necesitas de un simple mortal como yo? Podrías hablar directamente con los líderes de todas las ciudades y convencerlos...

— Porque tú eres uno de los pocos que entiende lo que significa la pérdida y el sacrificio, no de un padre o una madre, sino de todos por ti. Piénsalo con detenimiento: en los vagones llevas muchas crías de Gran Colmillo, y la razón por la que las ataca ese Gran Colmillo es porque es su madre. Ella sabe el infierno que vivirán sus hijos si tú llegas a completar el envío.

La crudeza de sus palabras me atravesó. Sé por dónde van los tiros y sé que va a doler...

— ¿Qué fue lo que hicieron tus padres para que estuvieras aquí? ¿Qué hizo tu abuelo? Dieron su vida por ti. Pues ella hará lo mismo por sus cachorros, y si la matas, solo quedará una camada de crías huérfanas, como tú lo eres. Repetirías el ciclo de sacrificios sin darte cuenta y perpetuarías el sufrimiento de más seres. 

¿Repetir el ciclo...? 

— Y un último punto para que entiendas: el envío que llevaban tu abuelo y tú el día de su muerte tenía el mismo fin que este, apoyar la investigación de ese método de transporte. Ese día volviste a quedar solo porque los Gran Colmillos querían recuperar a sus crías. Tu abuelo, sin saberlo, se interpuso entre ellos y sus hijos, y falleció para que tú no murieras.

— Y ahora es mi turno de decidir si interponerme entre unos padres y sus hijos. ¿Eso quieres decir?

Es mi decisión si dejo o no a unos hijos sin sus padres... Eso es jugar sucio, demasiado sucio. Usar los valores de alguien y su pasado para condicionarlo a actuar según tus órdenes...

Pero como ella dice, si mato al Gran Colmillo y sacio mi sed de venganza, condenaré a las crías a ser huérfanas. Y eso, si no son diseccionadas antes de que alguien note su condición. Por más que no sean "personas", en este caso es difícil. Que Fio me traiga aquí y me pida esto me presiona más y me deja más indeciso.

Desde antes de llegar entendí la pérdida de mis padres y de mi abuelo. Comprendí que no fue mi culpa que murieran. Incluso mi nombre actual tiene más significados que la simple asociación con la muerte. Proteger también es una de las funciones de las balas, y por eso quiero proteger a Tália. Ella es ahora mismo todo lo que tengo y mi soporte para no caer nuevamente en la oscuridad...

Pero, aun así, seguía existiendo el peligro de los Gran Colmillos. Un nuevo impedimento para mi felicidad y un recuerdo constante de cómo murió mi abuelo. Aquellas bestias me obligaron a hacerlo, y las había visto arrasar sin miramientos con una estación entera. Ahora estaban más cerca que nunca.

Y luego viene alguien, diciéndome que desde el principio yo era el malo en esta historia. Incluso antes de tomar este envío, ya lo era... Con mi abuelo, estábamos alejando a unos hijos de sus padres. Y, para colmo, esos hijos son uno de los pilares de la estabilidad de las Regiones del Norte, pero también representan el futuro de una revolución tecnológica...

— ¿Y qué pasaría si mato a la madre de esas crías y entrego finalmente a sus hijos al ERENOR? —pregunté, aún en duda sobre qué hacer.

— Simple y llanamente condenarías a la totalidad de las Regiones del Norte a una lenta y agónica muerte. Tendrían la posibilidad de viajar en segundos, sí, pero poco a poco, debido a la caza exhaustiva que generaría la nueva necesidad de Gran Colmillos para sustentar el transporte, el limbo se llenaría de sombras. Y al cabo de unos diez años, quizás quince con optimismo, el limbo se saturaría, dejando escapar a la totalidad de las sombras en las vastas tierras de las Regiones del Norte. Cada alma estaría condenada a nunca poder alcanzar el paraíso.

— ¿Y qué hay del Imperio y las otras naciones? Ellos tienen a sus propios dioses y limbos —pregunté, sosteniendo una esperanza que sabía, era débil, pero que no podía ignorar.

— También estarían condenados —respondió Fio, su voz se redujo a un murmullo. Su mirada se cruzó con la mía, y en ella vi algo que no entendí en ese momento: una tristeza infinita, mezclada con una aceptación serena. Una sonrisa melancólica curvó sus labios, mientras sus ojos, que parecían contener siglos de secretos, me observaban como si supieran más de mí que yo mismo—. El mundo estaría condenado... —susurró, su tono se alejó de mí, como si hablara desde un lugar distante, fuera de mi alcance, como si no fuera del todo a mí.

Por un instante, la fragilidad se apoderó de ella. La comisura de su labio tembló, y parecía que iba a romperse. Pero respiró hondo, como si expulsara algo que le pesaba demasiado. Sentí algo extraño en ese momento, un calor familiar que me recorrió como un eco distante. Una lágrima comenzó a deslizarse por mi mejilla, surcando la cicatriz que marcaba mi rostro. Su calidez me desconcertó, tan cercana y a la vez tan ajena, como si no me perteneciera del todo.

Aquella lágrima llegó a mis labios, rozándolos con un beso agridulce que me dejó sin aliento antes de extinguirse. Y entonces cayó, pero no se perdió. La bruma que nos rodeaba pareció reclamarla, como si perteneciera más a Fio que a mí.

La observé, confundido. Sonreía. Su sonrisa no era de alegría, sino una mezcla de dolor, resignación y algo que no pude descifrar. Asintió lentamente, como aceptando un peso que yo no alcanzaba a comprender. Una imagen vaga cruzó mi mente, una sensación que parecía ser un recuerdo olvidado, algo que nunca pude sostener. Antes de darme cuenta, ya había desaparecido, como si se hubiera marchado en el último tren hacia el olvido, hacia el oscuro limbo.

— El limbo... —retomó ella, su voz ahora era ligera, despojada de la carga de momentos atrás—. El limbo es común a todos los territorios. Los Dioses solo nos encargamos de decidir cómo las almas llegan al... —Hizo una pausa, su mirada se suavizó, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. La seguí con la vista hasta que alcanzó sus labios, donde se desvaneció, como la mía—. Paraíso. Conmigo es a través de los Colmillos. Con mis hermanos será distinto, pero el limbo y el paraíso siempre serán los mismos.

Hubo algo en su voz, en su manera de decirlo, que dejó un eco dentro de mí. Era como si... no... algo estaba oculto en esas palabras, y yo no pude verlo por completo. No pude, no se me permita verlo, no hasta más adelante, no hasta que todo llegara a su final. Pero en ese momento, lo único que percibí fue su sonrisa, y el vacío que dejó tras de sí.

Aunque me esforzara, no pude hacer nada. Se había escapado de mí. El sentimiento de pérdida me inundó y solamente pude rememorar todo lo que viví, como si fuese todo lo que podía hacer ahora.

— Lo perdí todo en la Guerra Continental... Perdí a mi abuelo... Me perdí a mí mismo... Y una vez que pienso que estoy haciendo lo correcto... ¡Plafff! —golpeé mis manos con frustración, la ira me envolvió por un segundo, purgando todo aquello como si jamás hubiera sucedido—. Me doy de frente contra la realidad. —Suspiré, derrotado—. Este mundo es horrible, Fio. ¿No sería mejor que se acabara todo? ¿Borrón y cuenta nueva?

— Es una opción... —asintió, forzándose esta vez a no aparentar desconexión. Una sonrisa orgullosa acompañó su esfuerzo mientras me miraba— Pero tú no te rindes tan fácil. Lo demostraste en el pasado, me lo has demostrado a mí y a todos los que te hemos estado observando desde hace tanto... tanto tiempo...

Y aun así no podía creerlo, no podía permitírmelo del todo. Desde donde fuese que estuvieran, siempre hubieron ojos mirándome, acompañándome en silencio mientras me hundía.  

— Desde un inicio, pudiste haberte dejado morir en aquellas cajas en la estación llena de refugiados, pero decidiste meterte en una y embarcarte en un nuevo viaje dentro de aquel lúgubre vagón. Pudiste haberte matado con la misma pistola con la que le disparaste a tu abuelo, pero aún así la conservas, guardada cerca de tu corazón. Incluso le diste una oportunidad a Tália para entrar en tu vida, para acompañarte en este viaje de redención tuyo... Pudiste haberte rendido hace tanto tiempo, y no lo has hecho aún. ¿Por qué lo harías ahora?

— ¡Porque estoy harto de sufrir! —confesé con un grito ahogado—. Estoy harto de tener que pasar por estas cosas. Pensar en disfrutar de unos posibles diez años con Tália antes de que el mundo acabe me parece mucho más romántico y justo para mí que estar anclado a un mundo tan injusto en tantos aspectos...

— No te engañes, Bullet. Sé que no quieres morir, nunca quisiste morir —dijo. Ella sabía todo de mí, no podía negarlo—. Sé que ese huérfano nunca quiso morir. Todos te lo han dicho: quedan cosas por las que vivir. Y como tu Diosa, quiero que me ayudes a hacerlas perdurar... ayúdame.

Sus palabras parecían un ruego y aun así, se levantó de la silla con una sonrisa. En un parpadeo, se sentó a mi lado y me dejó recostarme contra su cálido y blanquecino pelaje. No pude resistirme, mi cuerpo actuó solo. Mis músculos cedieron, entrando en un incomodo letargo. Hacía años que no encontraban descanso suficiente.

— Como lo hice con tu abuelo, te propondré un trato... Ayúdame a preservar las Regiones del Norte, y yo te prometo que todos tus esfuerzos habrán valido la pena. "Todos estarán orgullosos de ti y de lo que has hecho". Si aceptas o no, lo dejo a tu criterio. Solo asegúrate de que todos se sientan orgullosos —añadió dulcemente al oído, abrazándome con fuerza—. Ahora es hora de que vuelvas...

De repente, como si el calor de Fio y la bruma del lugar me envolvieran, comencé a despertar de ese mundo de ensueño.

Poco a poco volví a sentir el viento helado rodeándome, enfriando mi cara y mis manos nuevamente. La nieve golpeaba mi rostro con fuerza, cegándome e impidiéndome abrir por completo los ojos.

El sonido también regresó: el traqueteo de las ruedas y los amortiguadores, el chirrido insistente de los frenos de los vagones, el zumbido del viento en mis oídos, y las corrientes que levantaban aquellas diminutas y blanquecinas motas de nieve que se depositaban sobre los restos del vagón y sus alrededores.

Cuando logré percibir finalmente mi entorno, noté que tenía el brazo extendido, luchando por sostener aquel recuerdo metálico que tanto me había protegido en el pasado. Mi mano y mi brazo temblaban, expuestos a la nieve y al viento gélido.

Antes de abrir los ojos, sabía que ya no estaba en compañía de Fio. El sueño y la bruma habían quedado atrás, y ahora estaba parado, temblando de frío y angustia por lo que tendría que hacer. Cuando finalmente reuní el valor para abrir los ojos, vi el vagón devastado y humeante. El páramo montañoso nos rodeaba, a mí y a aquella madre que buscaba proteger a sus hijos.

La Gran Colmillo estaba frente a mí, su cabeza extendida, y el cañón de mi pistola apuntándole directamente a la frente. No parecía querer atacarme. Simplemente yacía allí, expectante, sin mostrar remordimiento ni angustia. Confiaba en que yo actuaría con buen juicio.

— Sé que tú no tienes la culpa —dije, mirándola directamente a los ojos—. Tus hijos tampoco tienen la culpa de lo que están viviendo... Lo siento tanto...

Ella solo me miró con esos ojos rojos, acercó su nariz al cañón del arma y cerró los ojos. Ya no sabía qué hacer. Nuevamente había perdido mi propósito, y una vez más me enfrentaba a una decisión difícil, una que no solo me afectaba a mí, sino a todos.

¿Condenaría al mundo a vivir sus últimos años en una vorágine de locura y desesperación, o interrumpiría el avance de una sociedad para que esta perdurara más tiempo?

— Jalar el gatillo sería tan fácil... —murmuré mientras tanteaba con mi dedo aquel gatillo frío y sin vida—. Abuelo... ¿Qué debo hacer...? Sé que viviré y cumpliré mi promesa contigo y con Tália, pero... ¿a qué costo?

Como si el mundo quisiera darme la respuesta, el viento y la ventisca amainaron, dejándome en un silencio casi sepulcral.

— La decisión es mía y solo mía, ¿no es así? —sonreí con pesar.

Hablar con Fio me había dejado la mente completamente rota. Ya no sabía si era valiente al pensar en jalar del gatillo o si era un cobarde por no dignarme a hacerlo.

De repente, me imaginé cómo reaccionarían mi abuelo y Tália. Seguramente, Tália me abrazaría por la espalda y me consolaría, dejando que su aroma mentolado me calmara mientras su peluda cola se enroscaba a mi lado hasta que lograra encontrar la paz.

El viejo, por otro lado, probablemente se burlaría. 

— ¡Yo no te crie así! ¡Haz algo de una vez! —Alcancé oír el eco de sus gritos en mi cabeza, alejándose.

Él me habría dado un golpe en la nuca para centrarme... Creí sentir aun el ardor de su mano en mi nuca. Pero no hubo más palabras, solo la falsa esperanza de que él se acercaría con una de sus frases filosóficas y motivadoras. Siempre sabía cómo incentivarme a actuar, para bien o para mal.

—Una bala no es nada sin un arma que la dispare —recordé las palabras de mi abuelo en el limbo—. Y un arma no sirve si no tiene quien la dispare... y de este depende a dónde se dispara la bala. Yo soy la bala, y mi arma es esta pistola. De mí depende a dónde va dirigido el disparo... ¿Eso es así, abuelo? ¿Estaré en lo correcto haga lo que haga...?

Quería creer que sí. Sería más fácil de sobrellevar si así fuera.

— ¿Y si no hago nada? —dudé, apuntando con cada vez menos certeza a la Gran Colmillo—. ¿Quieres... que te deje ir? —le pregunté, sin esperar respuesta.

Y así fue, no respondió. Simplemente retrocedió unos pasos, mirándome con esos ojos rojos, expectante pero serena.

Tal vez esa sea la mejor opción: dejarla ir con sus crías. Quizás así se salvarían y podrían mantener las Regiones del Norte en pie un poco más, al menos hasta que encontraran otra familia de Gran Colmillos para investigar. Al menos así sentiría que cumplo con todos: Fio, mi abuelo, mis padres, Tália... Cumpliría todas las promesas que hice, seguiría vivo y no mataría a los Colmillos, como me pidió Fio. Pero tendría que abandonar todo rencor acumulado hacia los Gran Colmillos, enterrarlo muy profundo, tan hondo que no volviera a salir. Y decirlo era mucho más fácil que hacerlo.

La idea de dejar viva a esta Gran Colmillo, aunque no fuera la misma que atacó a mi abuelo, seguía dejando un regusto amargo. El odio no era hacia ella en particular, sino hacia su especie. Ojo por ojo, diente por diente... Pero dejarla ir significaba enterrar todo eso. O, al menos, intentarlo.

La Gran Colmillo continuaba mirándome, expectante, sin mover un músculo. Su mirada era casi desafiante, aunque no agresiva. Era como si quisiera asegurarse de que mi decisión fuera genuina, no un acto impulsivo.

— ¡No me mires así! —le grité, bajando la pistola de golpe—. ¡Que conste que esto es por Fio y las Regiones del Norte! —añadí, con una voz más temblorosa de lo que esperaba—. Así que quédate aquí sentada. Pararé el tren y tú te irás muy lejos con tus hijos. ¡Que no los vuelvan a encontrar! ¿Entendido?

Mejor actuar antes de arrepentirme...

Sin mirar atrás, me di la vuelta y comencé a caminar hacia la cabina del tren. Mientras atravesaba los vagones a toda prisa, apenas presté atención a mi entorno. Todo se sentía borroso, como si mi mente estuviera tratando de bloquear el peso de lo que acababa de decidir. Cuando me di cuenta, ya estaba frente a la puerta de la cabina.

Antes de abrirla, una idea me cruzó la mente: ¿Cómo reaccionaría Tália cuando le pidiera detener el tren? Llevábamos días huyendo de los Gran Colmillos, y ella misma había sido testigo de cómo arrasaban la estación. Seguramente no le gustaría la idea...

— Espero que, al menos, acceda a parar... —murmuré, mientras apoyaba la mano sobre la puerta.

Con un fuerte chirrido metálico, la puerta se abrió, y el calor abrasador de la cabina me golpeó como una bofetada. Me quedé desorientado unos segundos, hasta que la vi: Tália, de pie frente a la caldera abierta, sosteniendo la pala cargada de carbón con ambas manos.

Su expresión cambió de inmediato al verme. La seriedad en su rostro se desvaneció, dando paso a una alegría tan pura que me sorprendió. Sus ojos se abrieron como platos, su sonrisa se extendió de oreja a oreja, y sus orejas puntiagudas se irguieron al instante. Su cola comenzó a moverse con tanta rapidez que parecía un abanico enloquecido.

— ¡Bullet! —gritó, dejando caer la pala al suelo. En un instante, se lanzó hacia mí y me abrazó con fuerza—. ¡¿Estás bien?! ¡¿Estás herido?! —preguntó frenéticamente, revisándome de arriba a abajo mientras frotaba su cara contra mi pecho—. ¡Me alegra tanto que hayas vuelto! ¡¿Pudiste acabar con el Gran Colmillo?! —exclamó, mientras cubría mi rostro con besos rápidos y desordenados—. ¡Mmuuaa! ¡Mmuuaa! ¡Mmuuaa!

¿Cómo se lo digo? Está demasiado emocionada. No puedo bajarla de esa nube con este balde de agua fría.

— Ehhh... no... —confesé con torpeza, buscando las palabras adecuadas—. Es una larga historia, pero necesito que paremos a Edelweiss.

Intenté apartarla suavemente, pero seguía aferrada a mí, con una mezcla de entusiasmo y confusión.

— ¡¿Pero lo hiciste o no?! —insistió, sentada sobre mis piernas—. ¿Y por qué necesitas detener a Edelweiss? Ya casi llegamos a nuestro destino. Quedan unos diez kilómetros, más o menos.

— ¡Con más razón! —repliqué, alarmado, intentando alcanzar los frenos—. ¡No podemos dejar que ellos lleguen hasta allí!

— ¿Quiénes son "ellos"? ¿Y por qué no deben llegar a la fortaleza? —preguntó, asomándose por la ventanilla para observar hacia los vagones traseros—. Allí atrás no hay nada —gritó, volviendo a la cabina con el ceño fruncido.

No había tiempo que perder. El destino estaba demasiado cerca.

Con una determinación renovada, me acerqué a la caldera y tiré de la palanca de freno con todas mis fuerzas. La resistencia metálica me hizo temblar los brazos, pero no cedí. Finalmente, un estruendo resonó por toda la locomotora.

"¡¡¡Clack!!! ¡¡¡Quiiiiiiiiiiiiii!!!"

Las ruedas de Edelweiss comenzaron a chirriar bajo una nube de arena y chispas, desacelerando poco a poco. El tren entero temblaba con la fuerza del frenado.

Sabía que esta decisión cambiaría todo. El rumbo de nuestras vidas, y quizás de las Regiones del Norte, estaba en juego.

 

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