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El Final de la Guerra... El Final de la Maldición, Parte 2

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 13 de agosto de 2026

Lo vi... Por un momento, luego de volver mi vista hacia afuera, lo vi: una gran silueta que se movía entre las densas capas de bruma. Fue por décimas de segundo, pero estaba seguro... De un momento a otro, nos iban a atacar, estaba más que seguro.

— ¡Creo que lo vi! —grité, sin dejar de perseguir aquella silueta con la mirada.

No habíamos desarrollado un plan con Tália. Una vez nos atacaran, tendríamos que actuar rápido e improvisar sobre la marcha. Dispararles solo los retrasaría, y no teníamos otra arma capaz de hacerles daño salvo el rifle que tenía en mis manos. Además, parecía que íbamos a la máxima velocidad gracias a las grandes habilidades de Tália para controlar a Edelweiss.

Algo teníamos que formular...

La silueta del Gran Colmillo se alejaba y se acercaba por momentos, moviéndose erráticamente. No tenía un patrón; ni siquiera podría descifrar una señal para adivinar sus movimientos. Simplemente nos seguía, esperando el momento oportuno para atacar.

— ¡Con un demonio, no para de moverse! —maldije, incapaz de pensar en algo—. ¡Tália... tendremos que improvisar, así que acepto sugerencias! —le dije, intentando mostrar confianza con una sonrisa que apenas podía sostener.

Ella se dio la vuelta hacia mí y, con la misma sonrisa de confianza, respondió:

— ¡Yo solo les disparaba cuando los veía y con eso se iban, no sé qué más ofrecerte! —Levantó los hombros en señal de rendición y volvió a su lugar.

— ¡Me gusta tu idea! —respondí sarcásticamente—. ¡Era la misma que tenía yo... no es que tengamos muchas opciones tampoco!

Teníamos que aprovechar cualquier oportunidad. Mientras más los retrasáramos, más cerca estaríamos de nuestro destino. Con eso en mente, apunté y jalé el gatillo con fuerza.

"¡¡¡Pafff... Chick-Chack!!!"  La bala salió disparada, cortando el viento y la niebla, y se perdió en aquel paisaje blanco. Para mi desconcierto, la silueta ni se inmutó; siguió corriendo a nuestro compás, como si la bala nunca la hubiera alcanzado.

— Debió ser por el viento... —deduje, al ver la inmutable sombra del Gran Colmillo moverse entre la vorágine de viento y nieve. Siquiera sabía la distancia que nos separaba.

Era la primera vez que disparaba en un entorno con tormenta de nieve y ventisca. No había pensado en cómo el viento afecta las balas, ni entendía del todo cómo disparar con el viento en contra. ¡Ni siquiera sabía en qué dirección iba el viento!

No quería volver a fallar. No debía fallar. Tenía muchas promesas que cumplir y una vida que vivir. ¡Se lo prometí a mi abuelo, a Tália, incluso a mis padres! Pero lo tenía todo en contra: el viento, la poca visión, el frío que me carcomía la cara y las manos y, sobre todo, las expectativas de todos los que confiaron en mí...

Sentía el peso de mis decisiones. Debía actuar, aunque tuviera que hacer lo imposible. Si Tália pudo, ¿por qué yo no? Pero cuando volteé a buscar el consuelo de Tália una vez más, me sentí como un inútil. Siempre buscaba el consuelo de los demás. Por más que me dijera: "no huiré más", me había vuelto a bloquear. El miedo me tenía atrapado, como una sustancia espesa y pegajosa, imposible de quitarse del todo.

Mi mente divagaba entre la idea de volver a fallar si lo intentaba y morir sin haberlo hecho siquiera. Todo estaba en mi contra. Pero debía actuar. Se lo había dicho a todos, y todos confiaron en mí. No podía traicionarlos ahora...

Mientras yo pensaba, la sombra del Gran Colmillo se acercaba más. Aquella figura blanca oculta entre la bruma comenzaba a hacerse visible, presionándome con cada segundo que pasaba. ¡Tenía que hacer algo! Si no lo hacía, esa cosa se lanzaría contra nosotros.

Sus pisadas eran cada vez más fuertes, y parecía que iba a saltar en cualquier momento.

Cuando enfrenté algo similar con mi abuelo, era demasiado pequeño para entender lo que estaba pasando. No sabía por qué nos atacaban, pero ahora la situación era distinta. Yo tenía el arma. Yo debía proteger a alguien. Mi abuelo confió en mí, me llevó hasta el limbo, me mostró lo que sería de mí si moría...

¡Eso daba miedo! No quería ser un alma perdida en un páramo, no quería estar solo nuevamente... Tália no se lo merecía...

— ¡Tália! —Me volteé hacia ella—. ¡¿Confías en mí, verdad?!

Ella me miró con aquellos ojos carmesíes, exudando cansancio por la pregunta, pero, aun así, sonreía ligeramente, como si dijera: "¿Cuántas veces tengo que decírtelo?".

— ¡Bullet...! —Suspiró con desilusión.

— ¡Lo sé, solo necesito oírlo nuevamente! —le confesé—. ¡Por favor!

— ¡A la cabeza...! Eso fue lo que él te dijo, ¿no? ¡Confío en que les des en la cabeza a cada uno de ellos! —gritó, mostrando una sonrisa de oreja a oreja.

— ¡¿Tú... cómo lo supiste?! —La miré con una pizca de asombro y temor—. ¡Da igual! ¡Era todo lo que necesitaba oír!

Ella había dicho lo mismo que me enseñó mi abuelo, lo mismo que dijo cuando estuve en el limbo con él. No sabía cómo lo supo, pero no me importaba... Con la confianza renovada gracias a sus palabras, sostuve con fuerza el cañón del arma y esperé a que el Colmillo se acercara más. Quería asegurar el tiro. Sentía que si fallaba, esa cosa saltaría mientras accionaba el cerrojo, y no podía permitirlo.

Lo observé acercarse a través de la mira de hierro mientras apretaba con cuidado el gatillo. Tenía un único disparo y no podía desperdiciarlo. Debía esperar el momento perfecto.

El Gran Colmillo se aproximaba rápidamente, sus patas delanteras se movían al unísono mientras levantaba gruesas capas de nieve con cada zancada. Su boca emanaba una fina estela de vaho, como si todo el esfuerzo que hacía para seguirnos fuera un simple juego para él. Conforme más se acercaba, la bruma lo cubría menos, revelando sus movimientos con una claridad que me heló la sangre.

Parecía que saltaba con cada movimiento. Flexionaba ambas patas traseras, daba un largo salto diagonal de varios metros y recibía el impacto con sus patas delanteras, utilizando la inercia para impulsarse de nuevo. Cada salto lo acercaba peligrosamente más. Era cuestión de tiempo antes de que estuviera al alcance.

Verlo moverse con tanta destreza y, aun así, mantenernos el ritmo me hizo dudar. ¿Cómo íbamos a detener algo así?

— Si solo pudiéramos pararte en seco, todo sería más fácil... —murmuré, frustrado al verlo saltar y saltar sin parar—. Parar en seco... —repetí inconscientemente. De repente, una chispa iluminó mi mente— ¡Hay que para...! ¡Eso es!

Si iba a seguir saltando hacia nosotros, tal vez solo debíamos esquivarlo de alguna forma. Y viendo a Tália moverse con gracia entre los controles y palancas de Edelweiss, tuve una idea.

— ¡Tália, cuando te dé la orden, pon los frenos! ¡Todos, el hidráulico, el de vapor, TODOS! —le grité, señalando la palanca de freno y una válvula de la caldera—. ¡Necesito que uses esos frenos!

— ¡Entendido! —respondió, dudosa, recostándose contra la pared, con una mano en la palanca y otra en la válvula—. ¡Cuando des la orden, freno! —afirmó con seguridad.

Le asentí con confianza y volví mi vista al Gran Colmillo.

Estaba casi listo para saltar. En su siguiente movimiento, lo haría. No me quedaba duda. Estaba a poco más de diez metros, o eso podía calcular. No perdí el tiempo y preparé el rifle, sosteniéndolo con todas mis fuerzas, luchando contra el viento, el frio y la ansiedad de no saber cuando sucedería. Mi dedo estaba rígido sobre el gatillo, solo podía tirar de él... El mundo me decía lo que tenía que hacer.

— Vamos... salta, maldito... —le murmuré, expectante, presionando lentamente el gatillo. Atreves de todo el caos que nos rodeaba, podía percibir el leve chirrido del mecanismo de disparo, retrayéndose para accionar el martillo.

La ansiedad del momento me podía. Mis ojos se llenaban de imágenes difusas, recuerdos mezclados con la realidad misma. 

Tenía la cruz de la mira directamente sobre la cabeza del Gran Colmillo. Un movimiento en falso y dispararía... ¿Pero serviría de algo? ¿Podría hacerle algo? Esas preguntas, traicioneras y rastreras eran obra de mi mente, solo ella podría hacerme dudar así.

Tras unos segundos de incertidumbre, aquella bestia dio un salto, uno que creía, sería el ultimo pero que dio paso a otro, un último salto antes de poder abalanzarse sobre nosotros. Me miró directamente, como si supiera que yo era su objetivo. Con un poderoso pisotón en la nieve, se impulsó hacia nosotros, flexionando las patas traseras. Saltó en menos de un segundo, directo hacia la cabina.

El Gran Colmillo saltó con la boca abierta, mostrando sus enormes y amenazantes colmillos.

— ¡Arena y frenos, Tália! ¡¡¡Frena!!! —grité con desesperación al verlo venir hacia mí—. ¡¡¡Tália!!!

"¡¡¡Clack!!!-¡¡¡Clack...!!!" El rápido sonido de las palancas resonó en el interior de la cabina.

Instantes después, un fuerte "¡Plack-plack!" acompañado de un estridente"¡¡¡Quiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!" que llenó el aire.

En un acto reflejo, Tália tiró de la palanca del freno y abrió la válvula, dejando salir desde las ruedas una espesa nube amarillenta de arena. Las ruedas se aferraron al riel con fuerza abismal, y Edelweiss junto al convoy comenzó a frenar con una violencia que hizo crujir toda la cabina.

En cuestión de segundos, extendí mi brazo con el rifle en mano, apuntando directo a la boca del Gran Colmillo que se acercaba peligrosamente. Era el momento perfecto. No habría mejor tiro que este. Cuando vi claramente sus colmillos y toda su rojiza tráquea, jalé con todas mis fuerzas el gatillo.

"¡¡¡Pafff...!!!"

El retroceso me golpeó con una fuerza brutal. El rifle salió volando de mis manos, chocando contra la pared a mi espalda antes de caer al suelo de la cabina. Apenas pude flexionar el brazo para amortiguar el impacto en mi hombro, pero el golpe fue tan fuerte que sentí que casi se me lo dislocaba. Por suerte, el dolor aún no llegaba, pero sabía que cuando lo hiciera, tendría que apretar los dientes y soportarlo.

No pude confirmar si la bala había dado en el blanco. Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento antes de que la fuerza del frenado me lanzara hacia adelante. Todo volaba dentro de la cabina: cajas, casquillos y fragmentos de vidrio chocaban contra la robusta caldera de Edelweiss. En mi desesperación por no golpearme contra la caldera ni contra Tália, logré aferrarme del borde de una ventanilla llena de vidrios rotos. Sentí un tirón en el brazo y una punzada de dolor en la palma de mi mano. Apenas podía mantenerme sujeto mientras la cabina se sacudía violentamente.

Todo terminó en cuestión de segundos. El Gran Colmillo desapareció de mi vista mientras nos alejábamos, cubiertos por una gran nube de chispas y arena amarillenta. En un instante, la bruma y la tormenta de nieve lo engulleron por completo.

Lo habíamos logrado... por el momento...

— ¡Libera los frenos, Tália! —le grité, intentando recuperar la compostura—. ¡No quiero que esa cosa nos alcance pronto!

— ¡Pero, Bullet... tu mano...! —respondió con voz temblorosa, señalando con preocupación.

— ¡Hazlo, por el amor a la Diosa! —le insté, intentando mantener la calma mientras evaluaba el daño en mi brazo—. ¡Solo hazlo!

Preocupada, comenzó a liberar los frenos uno por uno, cerrando las válvulas y jalando las palancas con rapidez. Mientras tanto, el monótono y repetitivo sonido de las bielas girando volvió a llenar el ambiente, recordándonos que Edelweiss seguía en marcha. Con un fuerte empujón que me conmocionó, Edelweiss se lanzó hacia adelante sobre la vías.

Mientras Tália se encargaba de liberar los frenos, yo me quedé recostado contra la pared. El ruido de las bielas girando volvía a ser nuestro único acompañante, pero mi mente seguía atrapada en el caos que acabábamos de atravesar. Apenas sentía el dolor en mi mano, pero sabía que la adrenalina no me protegería por mucho tiempo.

Mi mano, aun aferrada a la ventanilla, yacía inmóvil, atravesada desde la palma al dorso por un cristal de varios centímetros, aun adherido al marco de metal. Consiente de lo que eso provocaría y el calvario que sufriría dentro de unos minutos, tomé una varilla de metal de los restos de la ventanilla y comencé a golpear el cristal hasta romperlo. Libre por fin, me alejé de la ventanilla. Tener un vidrió atravesado en mi mano era una sensación nueva...

— Uf... uf... uf... —respiré rápido, intentando engañar a mi cuerpo para mantener la adrenalina—. ¡Tália, ve por el botiquín del vagón dormitorio!

Ella volteó hacia mí con un destello de miedo en sus ojos. Mi sangre goteaba al suelo, formando pequeñas manchas que resaltaban contra el metal ennegrecido de la cabina.

— ¡Voy! —asintió ella rápidamente, saliendo corriendo por la puerta, dejando un rastro de pisadas ligeras y apresuradas.

La vi desaparecer en el pasillo, y, por un momento, el silencio de su ausencia hizo que el frío se sintiera aún más penetrante. Intenté jugar el papel del tipo duro, el que no se inmuta ante el dolor, pero mi cuerpo empezaba a traicionarme. El escozor en mi mano crecía con cada latido, y sabía que no tenía mucho tiempo antes de que el dolor se convirtiera en algo insoportable...

 

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