Explorar novelas

El Comienzo del Fin, Parte 2

La Loba y El Maquinista · por Tália The Crimson Wolf · 19 de julio de 2026

En cuanto subí, me sentí como en casa. Era como volver a mi madriguera, regresar al hogar que me vio crecer. Solo que ahora había alguien más en mi madriguera, una loba; una muy alegre y glotona...

Tália se había acomodado en mi asiento frente a la mesita plegable y estaba comiendo las sobras del jamón que le llevé ayer a mi habitación en la posada.

—¿Lista para el viaje? —pregunté con una sonrisa pícara mientras me acercaba a la caldera para revisar los valores de las válvulas.

—Sí —respondió vagamente antes de zamparse un pedazo entero de jamón—. ¿Cuándo... partimos? —preguntó aún con medio jamón en la boca, hablando y tragando con dificultad.

— En unos minutos. Solo espera un poco —le pedí mientras comenzaba a anotar los valores de las válvulas en una hoja.

Una vez anoté todo, me acerqué a la ventanilla para ver cómo iba el acople de los vagones que llevaríamos. Saqué la cabeza y miré hacia atrás del vagón dormitorio. A lo lejos estaba Jimm con su figura peluda, haciendo señas con las manos y guiando la locomotora que traía el convoy de vagones.

El convoy era exactamente como lo había leído en la petición: un total de doce vagones, nueve cerrados y tres acorazados. Los dos de los extremos tenían varias armas acopladas, mientras que el del medio era un simple vagón acorazado con advertencias escritas en varias lenguas. Ese detalle llamó mucho mi atención, demasiado, de hecho. El vagón era inquietantemente similar al que llevé con mi abuelo aquella última vez...

Cuando lo vi acercarse, un miedo irracional me azotó la mente, trayendo consigo recuerdos oscuros que prefería no revivir. 

El grueso pelaje blanco y los ojos rojos observándonos desde la niebla mientras avanzábamos a toda máquina entre las montañas... El sonido de los frenos chirriando en cada curva, el viento colándose por los huecos de la cabina, y mi abuelo gritándome que echara más carbón en la caldera mientras él disparaba para alejarlos... Luego de eso, todo se volvía difuso, como si la niebla que una vez nos envolvió ahora cubriera también mi mente. Lo prefería así. Sabía cómo había terminado todo aquello, y eso era suficiente para comprender que ese vagón no traería buena fortuna. Mientras más se acercaba, mayores eran las náuseas que sentía.

Finalmente, tras varios juegos de señas de Jimm y un ligero estruendo metálico, Edelweiss quedó enganchada al convoy, lista para partir.

— Tália... —la miré con preocupación, buscando sus ojos—. Ya estamos enganchados. Una vez salgamos, seremos tú y yo frente a lo que pueda ocurrir. Sé que soy insistente, pero... ¿estás segura de que quieres venir conmigo? Me preocupa lo que pueda pasar ahí afuera.

Ella, al notar mi inquietud, se levantó del asiento y se acercó a mí con una sonrisa, tomando mi mano y apretándomela para tranquilizarme.

— Sí. A pesar del miedo que intuyo tienes —dijo, señalando mi expresión con una leve inclinación de cabeza—, no quiero echarme para atrás. Esta es una oportunidad única, y no pienso desperdiciarla. —Su voz era firme, pero su sonrisa cálida, como si intentara disipar mis dudas—. Además, confío en ti. Llevas años en esto; sé que estaré bien contigo. Si no lo creyera, no te habría dicho que sí ayer en el parque, después de conocernos.

Sus palabras me reconfortaron lo suficiente como para creer, aunque vagamente, que esos vagones no serían un problema. Sin embargo, los recuerdos y temores seguían presentes, ocultos bajo el eco de sus palabras alentadoras. Aun así, me esforcé en sonreírle de vuelta y centrarme en salir de la estación, aunque el pensamiento de esos vagones acorazados seguía rondando en mi mente como una sombra persistente.

Haciendo un esfuerzo por distraerme, comencé a abrir cuidadosamente las múltiples válvulas, dejando que el vapor de la caldera fluyera lentamente hacia los pistones. Mientras tanto, comprobé la cantidad de fuego en la caldera. Al abrir la pesada puerta metálica, el calor abrasador me golpeó de inmediato. Bastó una sola mirada para asegurarme de que no hacía falta avivarlo más.

Cada comprobación que hacía me ponía más nervioso. Cada paso nos acercaba más al momento de partir, al punto de no retorno...

Antes de liberar los frenos, revisé una vez más los medidores de presión de las válvulas. No había suficiente todavía, así que aproveché el tiempo para mover varias veces la palanca inversora de potencia y asegurarme de que funcionara correctamente. Cada vez que la movía, un sólido "clack" confirmaba que cambiaba de dirección como debía.

— Tália, ayúdame a mover eso, por favor —señalé un gran cajón de madera vacío que estaba junto a la carbonera—. Voy a llenarlo de carbón, pero necesito que me ayudes a traerlo.

— ¡Perfecto, te ayudo! —respondió animada, sacando un par de guantes gruesos de su mochila. Sin perder tiempo, arrastró el cajón hacia la montaña de carbón, dispuesta a colaborar.

Habiendo movido el cajón, tomé una gran pala y la hundí un gran hueco de la carbonera, comenzando a llenarlo con paladas firmes y constantes. Después de varias paladas, el cajón estuvo lleno.

— Listo. Ayúdame con esto —le indiqué a Tália, sujetando uno de los extremos de madera.

Con su ayuda, movimos el pesado cajón hasta la caldera, dejándolo en una posición más accesible para alimentar el fuego. La fuerza de Tália fue sorprendente; gracias a ella, el trabajo resultó mucho más rápido y sencillo. Pese a su aspecto algo descuidado, ella escondía una fortaleza física enorme.

Aún con los nervios a flor de piel, revisé nuevamente los medidores. Esta vez, la presión estaba en niveles óptimos para movernos. Respiré hondo y me giré hacia Tália.

— Tália, asómate por la ventanilla y avisa que vamos a partir —le pedí mientras me acercaba a las palancas de freno—. Cuando termines, tápate los oídos. Es por tu bien.

— ¿Eh? Bien... supongo —respondió con algo de confusión, pero hizo lo que le pedí. Se apoyó en el marco de la ventana y gritó hacia el andén—. ¡Lucius! ¡Jimm! ¡Ya nos vamos! —Su voz enérgica, desbordaba tanta emoción que temí, impregnara a todos en el andén, incluso en la estación con ella. 

Cuando terminó, entró y aplastó sus características orejas peludas contra su cabeza con ambas manos, intrigada por mi advertencia. Su expresión denotaba curiosidad y un poco de ansiedad. Mientras tanto, su mullida cola no dejaba de moverse, barriendo el polvo de carbón del suelo.

— Es hora... —murmuré para mí mismo antes de jalar con fuerza de una cadena en una esquina de la caldera.

"¡¡¡Turuuuuuuuuuuuuuufff!!!" El potente silbato de Edelweiss resonó, atrayendo la atención de todos en el andén.

A través de la ventanilla, vi cómo los rostros de Lucius y Jimm se iluminaban de sorpresa, aunque ambos se mostraban melancólicos por algún motivo, mientras que la Mayor Grant, quien también estaba presente, se tapaba los oídos con visible molestia. No esperaba verla de nuevo; quizá había regresado para asegurarse de que la carga partiera en orden.

Volví la mirada a la cabina justo a tiempo para ver a Tália junto a la palanca de freno, sujetándola con ambas manos y mirándome con emoción. Sus ojos carmesíes bien abiertos mientras sonreía expectante. 

— Dale, hazlo tú. No hay problema —le dije con una sonrisa cómplice—. Solo tira con fuerza. ¿Entendido?

Tália asintió y, tras un pequeño esfuerzo, logró accionar la palanca. Un seco "¡Plack!" fue seguido por el sonido del vapor escapando a presión de los pistones.

Las ruedas motrices comenzaron a girar lentamente, empujadas por las robustas bielas que chirriaban y se humedecían por el vapor. Edelweiss comenzó a avanzar lentamente, resoplando y marcando el paso mientras dejábamos el andén atrás. Lucius y Jimm nos acompañaron a pie mientras nos alejábamos. Ambos se despedían con entusiasmo, mientras la Mayor Grant nos seguía con la mirada, seria, con el ceño fruncido. Sentí que ocultaba algo, pero ya era demasiado tarde para preguntar.

En un acto de ligero desafío, me llevé la mano a la sien y le hice una venia militar. No esperaba respuesta, pero para mi sorpresa, ella se irguió y me devolvió el saludo con la misma e incluso mayor formalidad. Esa reacción me tomó desprevenido, aunque en ese momento me resultó irrelevante. Pronto dejamos el andén atrás, y regresé mi atención a la cabina.

Tália, que había tomado asiento junto a la mesita plegable, rebuscaba algo en su mochila.

— Tália, si quieres, ve al vagón dormitorio y elige la litera que prefieras —le sugerí—. Cuando termine aquí, voy contigo. Así también echo un vistazo al vagón.

— Está bien, pero antes dime algo —dijo mientras se levantaba y ladeaba ligeramente la cabeza hacia mí—. ¿Por qué le hablaste así a la Mayor?

No esperaba esa pregunta. Creí que no le daría importancia, y ahora no sabía cómo responder.

— Es una buena pregunta, Tália... —murmuré, pensativo, alejándome un poco de ella—. Pero no sabría responderte ahora mismo.

— Eso es raro, ¿no? No saber por qué usaste ese tono —me miró con una mezcla de confusión y curiosidad sincera. 

— No es que no lo sepa... —respondí, recostándome contra la ventanilla, buscando las palabras correctas mientras veía los edificios pasar fugazmente a nuestro lado—. Es más bien que no sé cómo expresarlo.

Sé la razón. Soy consciente de por qué actué así, pero conectar esas emociones... con palabras es lo que me resulta complicado.

El primer punto es que simplemente no guardo buenos recuerdos de mis tratos con el ejército. El segundo, y más importante, es el motivo por el que tuve que tratar con ellos. Ambos están ligados de forma inseparable: cuando pienso en uno, inevitablemente me lleva al otro. Es un ciclo de recuerdos arraigados en la pérdida, por eso se me dificulta explicar lo que siento. No era como que las palabras se trancaran en mi garganta, sino que no exista palabra alguna, simplemente, vacío

— Por ahora, Tália, ve y acomódate en el vagón —le pedí con una tenue sonrisa—. Cuando termine aquí, iré contigo. Quizá entonces logre contarte algo más claro.

Mi respuesta no fue la mejor, lo sabía. Pero me daba tiempo para ordenar mis pensamientos, para poner en palabras lo que solo eran emociones y fragmentos de recuerdos. Tália, sin embargo, pareció comprender mi intención. No se molestó ni insistió; simplemente asintió, como si mi gesto fuera suficiente, y salió de la cabina en silencio.

El sonido de la puerta metálica cerrándose tras ella trajo un breve momento de calma. Por primera vez desde que subimos al tren, volví a estar solo en la cabina. Ese espacio, mi refugio durante tantos años, se sentía diferente con Tália fuera, más vacío, pero también más sereno. Aproveché la soledad para enfocarme en lo esencial: controlar la velocidad y la caldera mientras salíamos de Steinheim.

Mientras Edelweiss aceleraba, el ruido rítmico de las ruedas sobre los rieles se intensificaba, creando un eco que resonaba en todo el tren. Cerré los ojos un instante, dejándome llevar por aquel sonido, un recordatorio constante de que seguíamos adelante, sin importar los temores que cargaba. Me senté en mi asiento y, como había prometido, intenté reflexionar sobre lo que Tália me había preguntado. Reformular mi respuesta no era fácil. ¿Odio a los militares? No. Es más complejo que eso. Tal vez rechazo, o algo similar, pero el término no importa tanto como la razón detrás de ello.

Mis padres murieron en la Guerra Continental. Ese fue el inicio. Recuerdo con dolor cómo me subieron a un tren de evacuación, mi madre prometiéndome que vendrían detrás de mí. Pero no lo hicieron. Una vez el tren salió de la estación, nunca los volví a ver.

Con el tiempo asumí que habían muerto. Quizá a manos de los soldados de la Federación, tal vez por un bombardeo del Imperio de Dragnassil. En todas mis conjeturas, los soldados estaban presentes; siempre había uniformes, armas, destrucción... y muerte.

Luego vino el infierno de los campos de refugiados. Los soldados estaban ahí también, pero solo para abandonarnos cuando más los necesitábamos. Cuando el Norte atacó, fueron los primeros en huir, dejándonos atrás. Recuerdo con amargura cómo la Federación tomó el campamento sin resistencia. Al menos nos permitieron llevar nuestras cosas y nos dieron algo de comida antes de obligarnos a marcharnos. Aun así, cada encuentro con soldados era una señal de que algo malo estaba por venir.

"Siempre que esté lejos de ellos, estaré más seguro", me decía a mí mismo entonces.

Aquellos que juraron protegernos bajo la corona nos abandonaron a nuestra suerte. Imperiales o de la Federación, ninguno me protegió. Me quitaron más de lo que pudieron dar.

Ese es el verdadero problema. No los culpo por la guerra; no es ni será su culpa que esta exista. Pero me siento traicionado por ellos. Su presencia siempre me recuerda la pérdida total y absoluta de todo lo que amaba...

Suspiré profundamente, aliviado por haber puesto algo de orden en mis pensamientos o al menos... una parte de ella... Quizá ahora podría explicárselo a Tália, aunque no todo, porque algunas cosas... son demasiado dolorosas para decirlas en voz alta.

— Creo... —murmuré mientras me levantaba del asiento—. Creo que ya sé cómo responderte —agregué, mirando hacia la puerta de la cabina.

Decidido a enfrentar su pregunta. Abrí la pesada puerta de metal con un movimiento firme y pasé al pequeño túnel que conectaba con la carbonera. El frío seco me golpeó, pero no me sorprendió; estaba acostumbrado. Avancé ligeramente agachado, evitando rozar las paredes ennegrecidas por el hollín, y finalmente llegué frente a la puerta del vagón dormitorio.

El ruido constante de las ruedas y bielas de Edelweiss quedó en segundo plano, reemplazado por el rechinar de la suspensión del vagón. Ese sonido, aunque menos intenso, resonaba con un ritmo propio, casi como un latido que acompasaba mis pasos.

Tomé aire antes de abrir la puerta. Tália merecía una respuesta, y aunque aún no podía darle todo, al menos podía intentar explicarle lo que realmente siento.

 

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Tália The Crimson Wolf en el lector de Culto de Papel. Es gratis.