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Capitulo 5: La reunión con un lobo con sus carneros

La inercia de un Dios · por Moon · 14 de agosto de 2026

Hoy ya es el tercer día que estoy en estos tiempos mientras busco cómo no morirme con este cuerpo. Tengo aún la misma pregunta: ¿qué voy a hacer? Hasta el momento no se me ha ocurrido alguna idea para volver al futuro, o mejor dicho, a mi presente. En lo que encuentro alguna solución, tendré que enfocarme en este momento.

—Párele, que me quedo sin aire —baboseaba Chatane, a quien tenía del cuello con una mataleón.

—Se te olvida que tú me dejaste una noche entera en el valle —dije—. Además de que a un oso de anteojos le dio por acostarse encima de mí hasta el amanecer.

Chatane y yo nos ubicábamos en su hogar; gracias a que lo agarré desprevenido es que ahora estamos en esta situación. Él intentaba escaparse de mi llave, pero no lo iba a dejar.

—Además, no te estás ahogando; solo no está yendo y viniendo la sangre de tu cerebro.

—Es lo mismo —exclamó—. No me dejas de otra.

Ahí fue donde Chatane me pegó una lamida en el brazo, lo cual fue tanto asqueroso como cochino. Si hay algo que me enerva y me da escalofríos es sentir cómo la saliva se esparce y toca mi piel al mismo tiempo que la atraviesa: una de las sensaciones que más me repugnan.

Instintivamente me saqué de encima a Chatane mientras empezaba a limpiar con fervor mi brazo de esa sucia sustancia, pero al lograr quitarla, sentí cómo algo sumamente duro impactaba contra mi nuca. Al voltearme me dieron otro golpe, esta vez en la frente.

—¡Toma, toma, toma! —repetía Chatane mientras me golpeaba con sus macanas—. ¡A que no es muy divertido cuando uno es el que recibe!

—¡Mocoso fastidioso!

Mi puño, cansado y agobiado por el fastidio de Chatane, tomó una curva hasta chocar con su frente con tal fuerza que se escuchó un golpe hueco. La cara que puso Chatane dejó sus ojos bizcos y la boca suelta, como si le hubiera dado un derrame.

—Ahí tiene. Eso le pasa por aprovecharse dos veces de uno y además... —Le rapiñé las macanas a Chatane—. Ahora esto me lo quedo.

Al instante en que le agarré las macanas, Chatane salió de su trance:

—Eso no se vale, tú me atacaste primero; además de que sin mis totitos no puedo pegarte.

—En primera, te lo mereces; tú fuiste el que dijo «vamos a ver qué pasa» y terminamos hechos miércoles, más yo que tú. Además, tú me abandonaste a mitad del bosque. Y también, ¿cómo que tus totitos?

—Yo les llamo a mis armas totitos... ¡Devuélvalas! —Chatane se arrodilló y me tomó de la pierna, intentando forzar unas lágrimas.

—No, no te los voy a dar, porque si te los doy me vas a seguir cascando, y el que te debería estar cascando soy yo —expliqué a la vez que sacudía mi pierna para sacármelo de encima—. Además, esa cara no te servirá; mi sobrino hacía lo mismo cuando le decía que no le tirara piedras al hijo del vecino.

—¡Epa! —Chatane se recompuso y quitó la cara de lástima que tenía—. ¿Tienes un sobrino?

—Tenía demasiados hermanos, además eso no te incumbe.

—¡Guardiana Norte! —gritó una voz ronca y gruesa proveniente del bosque.

De entre la hierba y los árboles salió un hombre de cuerpo robusto, con perforaciones en su nariz que le daban la presencia de un toro. El hombre se acercó y me sorprendí al ver que aquel tipo era tan alto como yo.

—Guardián de los pasadizos del amanecer Chatane, el honorable cacique Fizcotachao requiere de tu presencia antes del mediodía en el carey; si no, se te impondrá un castigo. —El hombre se sentó con las piernas cruzadas para descolgarse su calabaza y, a través de una boquilla, comenzó a beber su contenido—. También el honorable cacique Fizcotachao quiere que vaya el forastero Gabi.

—¿Para qué será?

—Discúlpeme, guardián de los pasadizos del amanecer Chatane, no tengo conocimiento o memoria acerca de la razón o motivo, espero que me perdone.

En voz baja le dije a Chatane, sin apartar la mirada de aquel mastodonte del cual podía oler desde su calabaza un aroma a alcohol, quizás de maíz:

—¿Por qué habla de esa manera?

—No tengo idea, siempre ha sido muy respetuoso.

—Discúlpenme, forastero Gabi —dijo el hombre—. No es por molestarlos o apresurarlos, pero les sugiero que vayan tan pronto como sea posible, por favor.

—No te preocupes, Hycamica, ahí estaremos.

—Una última cosa antes de irme: es de mi deber informarle que la noche pasada fueron avistados desconocidos y posibles peligros para la comunidad. Sugiero máximo cuidado al caminar por el valle.

Chatane y yo nos miramos lentamente el uno al otro, teniendo conocimiento acerca de lo que había pasado la noche anterior. Preferimos callarnos antes de mencionar el asunto sobre el presunto Bozica. Para cuando el hombre llamado Hycamica se perdió otra vez en el valle, pudimos dar un respiro.

—Chatane —dije al mismo tiempo que ponía mi mano en su hombro—, en la vida no hay que ser sapos, y menos con el mismo tipo que nos pudo tronar la espalda en varias oportunidades.

—Opino lo mismo.

Fuimos de una vez hacia el carey. En mi memoria solo estaban aquellas estructuras a veces del tamaño de una finca; he contado y memorizado cada vez que he ido, entrado y salido de una. Nunca es por algo bueno; incluso el día que tomé el título de semidiós fue muy opaco, no fue para nada memorable o satisfactorio obtener ese título.

—Oye, Chatane —dije dejando de lado mis pensamientos—, ¿por qué te llamaron como guardián?

—Pues porque yo soy el guardián de donde sale el sol, obviamente.

—Me refiero a por qué alguien como tú consiguió ese puesto.

—¿Qué quieres decir con eso?

—A ver... En primera, saliste corriendo cuando nos encontramos por primera vez; en segunda, aparentemente no puedes pegarle a nadie sin tus «totitos»...

—Hablando de eso, ¿me los regresas? —interrumpió Chatane a la vez que trataba de agarrar sus armas de mi bolsillo.

—¡No! —Dándole un zape en la mano—. En tercera, lo único que tienes es fuerza física e instinto; el resto, eres un ignorante.

—Ash, solo porque no puedo hacer lo que otros caciques hacen no significa que sea débil.

—Solo contesta la pregunta.

—Pues el mismo Fiz me recomendó o algo por el estilo, una cosa llevó a la otra y terminé ahí.

—Pues qué desesperados debieron estar.

—Haga silencio, que ya llegamos.

Frente a nosotros se hizo presente una muralla de troncos con una entrada lo suficientemente grande para ver la monumental estructura al fondo, que parecía ser un templo no convencional. En la puerta había un hombre delgado mirando fijamente el cielo.

—Caguigua, ¿cómo estás? —saludó Chatane al hombre, apurándose para llegar a él.

—Bien —Caguigua respondió sin inmutarse ni dejar de ver el cielo.

—¿Qué haces?

—Viendo.

—Maravilloso, si no hay problema, vamos a pasar.

—Bueno.

Pasamos al hombre yendo hacia el templo que, incluso con la simpleza que tenía, seguía siendo majestuoso. Al entrar se notaba la oscuridad que albergaba; no fue hasta que chocamos contra una cortina que supimos que habíamos llegado. Chatane fue el primero en asomar la cabeza y, al sacarla, tenía una cara tan blanca que parecía nieve del Cocuy.

—Gabi, estamos jodidos.

—Chatane, ¿qué viste?

—Tengo miedo, Gabi.

—Patrañas, con tu idiotez es imposible que le temas a algo.

—Hay algo ahí dentro esperándonos y es aterrador. Nos vamos a morir.

—No debe ser tan malo

Al hacer a un lado la cortina, vi a Fiz sentado delante de una fogata. Pero además de la terrorífica mirada que daba aquel hombre que se sentía como pisar pasto hecho de agujas mientras llueven clavos y respiro polvo, vi que delante de Fiz y la fogata estaba sentada una figura que odiaba haber reconocido, esta misma se giro y con una mirada algo cobarde.

—Hola, socio, ¿qué me cuenta?

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