La luz del sol se filtraba a través de los vitrales de la Gran Capital del imperio Carebara (Veltharion), tiñendo el suelo del palacio con destellos de rubí y oro. Era un día de júbilo; el cumpleaños del abuelo, el patriarca, se celebraba con banquetes que ocupaban todo el ala este del palacio. La música de las cuerdas y el aroma a manjares dulces llenaban el aire, pero para las pequeñas de la familia Carebara, la fiesta oficial no era tan fascinante como los secretos que dormían en el corazón de la mansión.
Lira, de apenas cuatro años, lideraba la comitiva de exploradoras. Detrás de ella, con los ojos llenos de curiosidad y pasos sigilosos, le seguían Natalie (seis años), Ysera (cinco años), Sorrow (cinco años), Mirage (seis años),Ana (seis años) y la pequeña Alice (cuatro años). Con las manos entrelazadas y el corazón palpitando por la travesura, se escabulleron lejos del ruido de la celebración, adentrándose en el pasillo sombrío que conducía a la Gran Biblioteca Familiar.
El aire allí dentro era diferente: olía a papel antiguo, a pergamino y a historia olvidada. Las estanterías, tan altas que parecían perderse en la oscuridad del techo, formaban un laberinto de sabiduría prohibida.
Las niñas avanzaron de puntillas, conteniendo la risa, hasta que una figura surgió de entre las sombras, frente a un escritorio de caoba oscura. Era su abuelo.
Al verlo, las pequeñas se detuvieron en seco. Un jadeo colectivo llenó la sala. Lira, la más pequeña, se escondió tras la falda de Natalie, y Alice soltó un pequeño chillido de sorpresa, creyendo que serían castigadas por su intromisión. El abuelo, sin embargo, no levantó la voz. Lentamente, cerró el libro que estaba leyendo y, con una sonrisa suave que arrugó las comisuras de sus ojos, hizo un gesto con la mano para que se acercaran.
—¿Acaso buscaban el mapa de los dragones o el tesoro de los antiguos reyes? —preguntó con una voz profunda que parecía un susurro de otros tiempos.
Las niñas, al ver que no estaba enfadado, se fueron acercando poco a poco, cautivadas por el aura de misterio del anciano. Se sentaron a su alrededor en la alfombra , formando un círculo de ojos abiertos y curiosidad pura.
—Abuelo, cuéntanos una historia —pidió Lira con voz tímida, mientras se abrazaba las rodillas.
El abuelo observó a sus nietas, las pequeñas herederas de una estirpe legendaria. Suspiró, y el peso de siglos pareció reflejarse en su mirada mientras el fuego de la chimenea proyectaba sombras danzantes en las paredes.
—Si quieren una historia... les contaré una que nunca olvidarán —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro solemne—. Les hablaré de una época donde el mundo fue testigo de la batalla más épica que jamás haya existido. Les hablaré de Karlyth I, la emperatriz que, armada solo con su berserk y el amor por su familia el imperio, se atrevió a desafiar al soberano de los cielos, al gran rey dragón Flamerus.
El silencio que siguió fue absoluto. La emoción recorrió a las niñas como un escalofrío. La fiesta afuera se olvidó por completo; en aquel momento, solo existía la voz del abuelo y la sombra de la emperatriz guerrera que estaba a punto de cobrar vida en sus mentes.
—Escuchen bien —añadió el anciano, y comenzó a relatar...
Esta es una historia que se cuenta en las tabernas, en conversaciones de estudiosos, en relatos de niños que desean ser valientes y heroes en relatos de abuelos a sus nietos, esta es la cronica de la Corona y el fuego .
(Año 2390 del Imperio – Reinado de Karlyth I, "La Lanzaviento Matadragones")
El Imperio Carebera, tras siglos de expansión, gozaba de una estabilidad sin precedentes bajo el mando de Karlyth I. Pero la paz es un cristal frágil. Desde las tierras volcánicas del sur, una amenaza que creían extinta había despertado: Northakal, el hijo del legendario Rey Dragón Flamerus. A diferencia de su padre, que en el pasado había sellado un pacto de respeto con el imperio, Northakal era una fuerza de destrucción pura. Sus ataques no eran incursiones; eran aniquilaciones. Ciudades fronterizas amanecían convertidas en cráteres de vidrio fundido, y el cielo se teñía de negro por el humo de las cosechas ardidas.
Karlyth I, fiel a la tradición de su linaje de buscar la razón antes que la espada, tomó una decisión que chocó con los consejos de sus generales: no enviaría ejércitos de inmediato. Enviaría palabras.
Tres hombres fueron elegidos para la misión. No eran simples mensajeros, sino los caballeros más valientes y respetados de la corte imperial, hombres que habían sobrevivido a las guerras del occidente. Vestían túnicas blancas inmaculadas, símbolo de diplomacia, y portaban los sellos de plata de la Emperatriz. Su mensaje era sencillo y solemne: "El Imperio Carebera solicita audiencia con el Rey Dragón Flamerus para comprender las acciones de su hijo y buscar un camino que evite la destrucción de ambos pueblos."
El viaje hacia las Montañas de la Fragua fue un calvario. El aire se volvía cada vez más denso, cargado de un olor penetrante a azufre y piedra fundida. Los caballos se negaban a avanzar, y el calor era tal que las armaduras de los caballeros quemaban al tacto. Pero avanzaron, guiados por la esperanza de que la antigua sabiduría del Rey Dragón aún prevaleciera sobre la furia de su cría.
Al llegar a la meseta de obsidiana, el cielo se oscureció. No fue una nube, sino el batir de unas alas que bloquearon el sol.
Flamerus descendió.
No aterrizó como una bestia, sino como un dios antiguo. Su impacto contra la roca hizo temblar la tierra bajo las botas de los emisarios. Era colosal, con escamas del color de la lava enfriada y ojos que ardían como oro fundido, llenos de una inteligencia que superaba por mucho a la de cualquier mortal.
El calor que emanaba su cuerpo hacía que el aire a su alrededor vibrara y distorsionara la realidad.
El líder de la embajada, con la voz temblorosa pero firme, dio un paso al frente y leyó el mensaje de Karlyth I.
Flamerus escuchó en silencio. Su enorme cabeza se inclinó ligeramente, y por un segundo, los emisarios creyeron que la razón prevalecería.
Entonces, el Rey Dragón abrió sus fauces.
No hubo palabras. No hubo negociación. Solo un rugido que no fue de ira, sino de un desprecio absoluto, seguido de un aliento de fuego blanco y concentrado. Dos de los emisarios no tuvieron tiempo ni de gritar; fueron desintegrados en un instante, reducidos a un montón de ceniza blanca que el viento de la montaña se llevó al instante.
El tercero, un joven caballero llamado Valerius, cayó de espaldas, cegado y con la piel en carne viva por el calor residual. Esperó la muerte. Pero Flamerus lo miró con una frialdad calculadora. No lo mató. Lo perdonó, no por misericordia, sino para que fuera el portador de su sentencia.
Semanas después, el ambiente en el Palacio Imperial de Veltharion era de una tensión asfixiante. La Emperatriz Karlyth I esperaba en su salón del trono, rodeada por sus consejeros más cercanos.
De repente, las grandes puertas se abrieron.
No entró un caballero imperial. Entró un fantasma.
Valerius avanzó arrastrándose. Su caballo había muerto en las escalinatas del palacio. Su armadura blanca estaba negra, fundida y retorcida por el calor. Su rostro era una máscara de quemaduras y terror, con la mirada perdida de un hombre que había mirado al abismo y había visto el fin del mundo.
Cayó de rodillas en el centro del salón, tosiendo sangre y ceniza. Un silencio sepulcral, tan pesado que dolía, cayó sobre la corte.
Karlyth I se levantó lentamente de su trono. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus puños estaban apretados con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—Habla —ordenó. Su voz no fue un grito, pero resonó con una autoridad que heló la sangre de todos los presentes.
El emisario levantó la cabeza con dificultad. Cada palabra le costaba un esfuerzo sobrehumano:
—Majestad... entregamos su mensaje.
Hizo una pausa, tragando saliva y sangre.
—El Rey Dragón escuchó nuestras palabras...
La corte se inclinó hacia adelante, conteniendo la respiración.
—...y mató a mis compañeros —sollozó, rompiendo finalmente su compostura—. Me dejó vivir para traer su respuesta.
Karlyth I dio un paso hacia él. Sus ojos, usualmente serenos, ahora brillaban con el destello de una tormenta a punto de estallar.
—¿Cuál fue su respuesta?
Valerius cerró los ojos, como si repetir las palabras le quemara la lengua, y susurró con un odio impotente:
—Dijo... "Dile a su emperatriz ,que su imperio arderá... y que los Carebera serán cenizas."
El eco de esas palabras pareció quedarse suspendido en el aire. Nadie se atrevió a respirar.
Karlyth I se quedó inmóvil durante un largo minuto. Luego, asintió lentamente. No hubo lágrimas, no hubo gritos de ira. Solo una calma terrible, la calma que precede al ojo del huracán.
Se giró hacia sus generales, y cuando habló, su voz ya no era la de una diplomática, sino la de la emperatriz del imperio Carebara
—si el Rey dragon cree que podra borrar al imperio Carebara asi de facil es que no sabe que es el imperio Carebara,liberen las cuervos que lleven mi mensaje es un llamado de guerra total que toda la familia imperial, que todos los soldados y si los civiles que desean pelear contra estos dragones se levanten a mi llamado, su emperatriz los esta llamando a defender nuestro hogar,si el dragon desea guerra y no quiere responder a la razon, entonces nosotros lo haremos a entender.
—Ese mismo día —dijo la Emperatriz, y su voz retumbó en el salón—, el Imperio respondió. Como siempre lo ha hecho. Como una familia.
Esa misma tarde, las trompetas imperiales sonaron en cada provincia, un sonido grave y continuo que no se escuchaba desde hacía siglos. Los ducados levantaron sus estandartes. Las legiones marcharon desde las fortalezas del este hasta las murallas del oeste.
Pero esta vez no era una guerra convencional. En los patios de armas, se descubrieron las nuevas máquinas de guerra: ballestas gigantes capaces de disparar arpones de hierro negro, catapultas de asedio reforzadas y escudos tratados con aleaciones resistentes al calor.
Karlyth I se puso su propia armadura, una obra maestra de placas entrelazadas diseñada para canalizar su Berserk. Miró hacia el sur casi cerca de la capital, hacia las montañas humeantes. La diplomacia había muerto en esa meseta. Ahora, solo quedaba la tormenta.
Cuando la orden de movilización salió de la capital, no fue mediante señales sobrenaturales ni mensajeros voladores. Fue a través de la red de caminos imperiales, posta a posta, llevada por jinetes que cabalgaban sin descanso. Pero en el Imperio Carebera, no se necesitaba magia para que un mensaje cruzara un continente. Se necesitaba lealtad. Y la lealtad, forjada durante siglos bajo la idea de que "el Imperio es una sola familia", se movió más rápido que cualquier viento.
En cuestión de días, el sello imperial llegó a los cuatro grandes ducados fronterizos. Y el continente respondió. No con milagros, sino con acero, disciplina y una voluntad inquebrantable.
En las tierras donde el invierno esculpe las montañas, la Gran Duquesa del Norte hermana de la emperatriz recibió la orden en su fortaleza de piedra gris. Allí, el poder elemental no era cosa de todos; solo la sangre Carebera podía canalizar la bendición de la Diosa. Pero el Norte no la necesitaba para defender a su Emperatriz.
Sin pronunciar palabra, la duquesa desenvainó su espada de acero forjado en frío y la clavó en la mesa de mando.
— Si el cielo amenaza a nuestra Emperatriz —dijo con voz grave—, entonces amenaza a nuestra propia sangre. ¡Que los cuernos suenen!
Llamando a primos y tios que seguian vivos,miles de guerreros, curtidos por el hielo y la disciplina, comenzaron a descender de las sierras. No volaban, no conjuraban tormentas. Marchaban. Con armaduras pesadas, escudos de madera reforzada con hierro y una logística perfecta que alimentaba a legiones enteras. Su fuerza era humana, pero su voluntad era de hierro.
Al otro extremo del mapa, bajo el sol implacable de las llanuras doradas, la Gran Duquesa del Sur otra hermana de la emperatriz, escuchó el mensaje mientras supervisaba los graneros imperiales. Su respuesta fue inmediata. No hubo plegarias místicas, solo órdenes precisas.
Los campesinos guardaron sus arados y empuñaron lanzas. Los establos se transformaron en cuarteles. La Duquesa, montada en su caballo de guerra, alzó su estandarte ante miles de jinetes.
— ¡El fuego cae sobre Carebera! —proclamó—. ¡Entonces el Sur cabalgará contra el cielo!
La caballería ligera partió como una tormenta de polvo y hierro. No usaban poderes divinos; usaban velocidad, tácticas de flanqueo y un conocimiento del terreno que ningún dragón podía anticipar. Solo algunos primos lejanos con la bendición imperial atenuada portaban un Berserk menor, pero el verdadero poder del Sur era su organización militar absoluta.
En el occidente, el corazón industrial y naval del Imperio, el mensaje activó una maquinaria sin igual. Aquí había duquesas con poderes berserk al mando, tambien ingenieros, herreros y capitanes de flota que llevaban siglos perfeccionando el arte de la guerra humana.
La Gran Duquesa de Occidente otra hermana de la emperatriz observó desde su barco insignia cómo las grúas cambiaban la carga de trigo por arpones de hierro negro, cómo las fraguas que antes hacían adornos preciosos, ahora forjaban placas para catapultas y ballestas gigantes.
— El Imperio es nuestro hogar —dijo ante sus capitanes—. Y una familia no abandona a su madre cuando la casa arde.
Cientos de naves de guerra izaron velas reforzadas con cuero hervido. Los astilleros trabajaban día y noche. No era magia. Era ingeniería, sudor y la voluntad de proteger lo suyo.
En las fronteras orientales, donde las antiguas murallas de piedra negra vigilaban los pasos montañosos, la Gran Duquesa del Oriente otra hermana de la emperatriz reunió a sus primos, tios y generales que estaban en la region y bajo la luz de antorchas.
No hubo discursos dramáticos. Solo el sonido rítmico de miles de botas golpeando la piedra, el crujir del cuero de los escudos y el desplegar de estandartes bordados en oro y blanco.
— Que los dragones aprendan —dijo la Duquesa, con voz firme— que incluso el cielo puede sangrar si se atreve a tocar lo que es nuestro.
Los arsenales imperiales se abrieron. Arqueros, infantería pesada y unidades de asedio se alinearon con una precisión que solo décadas de entrenamiento y lealtad podían lograr.
No eran cuatro ejércitos separados. Eran cuatro ríos de acero, logística y voluntad que fluían hacia un mismo punto.
En los caminos, un norteño compartía su odre con un jinete del sur; un ingeniero del occidente ajustaba la tensión de las cuerdas de un arquero del oriente. No había rivalidad. Solo había un propósito.
Porque en el Imperio Carebera, la magia no existe para el pueblo. El Berserk es un regalo exclusivo, una bendición divina reservada únicamente a la sangre imperial. Pero el pueblo no necesita poderes divinos para ser formidable. Necesita disciplina, rutas seguras, graneros llenos, y sobre todo, la certeza de que su Emperatriz no es solo una gobernante, sino una madre.
Y cuando una madre llama, todos sus hijos responden.
La guerra se convirtió en un abismo de desgaste. Durante años, el cielo fue una carnicería de escamas destrozadas y máquinas de asedio reducidas a chatarra. Karlyth, al ver los mapas de su imperio cubiertos de nombres de ciudades caídas y las listas de bajas que parecían no tener fin,
Los cielos ardieron. Dragones descendían como tormentas de fuego mientras las máquinas imperiales lanzaban enormes lanzas hacia las nubes.
Machinas de guerra diseñadas para enfrentar dragones fueron llevadas a los frentes: lanzas gigantes, catapultas de acero, ballestas capaces de atravesar escamas.
Muchos dragones murieron.
Muchos soldados también.
La emperatriz Karlyth I observó cada informe. Cada lista de nombres. Cada ciudad destruida.
Y comprendió algo terrible.
Si la guerra continuaba... el mundo entero podría arder.
Una noche, después de escuchar otro informe de miles de muertos, la emperatriz permaneció en silencio durante largo tiempo. Miró el mapa del imperio. Luego habló.
—Esto comenzó porque el no acepto la conversación. Quizas ahora este dispuesto a conversar, y asi esto terminara de una buena vez.
Se levantó del trono su esposo el emperador consorte le suplicaba que no fuera mientras , a lo que Karlyth I mirando a los ojos de su esposo le dio una sonrisa, para luego ver a sus pequeñas hijas y negando con la cabeza le dijo
—No...no puedo seguir enviando a mi gente a morir, enviar familiares a morir, estamos perdiendo mucho y ellos tambien ,estoy decidida a ir querido ,por el bien de nuestras niñas,debo detener esto o morir en el intento si algo me sucede protege a nuestras pequeñas
Dandole un beso a su esposo se levanto llamando a sesion en el trono ,mientras le daba instrucciones a su jefa de sirvientas que prepare su armadura de batalla, mientras explicaba al consejo de nobles lo que haria.
Algunos nobles protestaron inmediatamente.
—¡Majestad, es una locura! ¡El rey dragón la matará!
Pero Karlyth negó con la cabeza.
—Ya ha matado a miles. No permitiré que mueran miles más por el orgullo de dos monarcas que no quieren razonar.
Se colocó lentamente su armadura imperial con ayuda de su jefa de sirvientas, dio una ultima mirada a su esposo y una sonrisa calida a sus hijas,pensando en su mente que su destino ya estaba sellado. Y entonces monto su caballo dandole instrucciones a los soldados ,cabalgó sola hacia las montañas negras donde habitaba el soberano de los dragones.
Cuando llegó a la gran meseta de obsidiana —un lugar de piedra volcánica donde los dragones descendían para descansar—, el cielo mismo parecía estar en duelo. De pronto, un rugido hizo que los huesos de la tierra temblaran.
La Emperatriz desmontó con calma. Se quitó el casco, dejando que su cabello negro se meciera con el viento gélido de las cumbres.
El cielo, antes gris, se tiñó de un rojo incandescente. No fueron nubes las que se apartaron, sino el aire mismo, que se rasgó con un estruendo que hizo temblar los dientes en el cráneo de la emperatriz.
Flamerus descendió.
No aterrizó como una bestia; se posó como un dios caído. Sus alas, al plegarse, generaron una onda de calor que derritió la escarcha de las rocas cercanas. Sus escamas eran negras como la obsidiana, con vetas de magma que palpitaban bajo su piel. Cuando abrió los ojos, dos pozos de oro fundido se clavaron en la pequeña figura humana que osaba mirarlo a la cara.
Ninguno retrocedió.
—Gran rey dragón —dijo Karlyth—, ¿aceptará responder las preguntas que el Imperio Carebera ha intentado hacerle desde el inicio de esta guerra?
La cabeza gigantesca del dragón descendió un poco. Su voz hizo vibrar el aire.
—No acepto peticiones humanas. ¿Crees tener el derecho de exigir explicaciones al hijo del Dios Nuahalkr? ¿Acaso los humanos dictan cómo debe moverse el mundo?
Karlyth no dio un paso atrás. Enderezó la espalda y clavó su mirada en los ojos del dragón.
—No hablo como humana —su voz se elevó, fría y absoluta—. Hablo como Emperatriz. Tu hijo ha masacrado a mi familia, y a mi imperio ,mi imperio no es una herramienta: es mi sangre y mi familia y una madre protege a sus hijos del fuego, sin importar cuán grande sea la llama.
Flamerus gruñó.
—Exiges que mi hijo sea juzgado por mortales. ¡No lo permitiré! No ha hecho nada malo; simplemente ha reclamado lo que es de los fuertes como lo dicta nuestro mundo pequeña humana.
—Lo que haces es ocultar las consecuencias de la soberbia —respondió ella—. Los padres tenemos el deber de enseñarles cuando se equivocan. Tu hijo atacó mi hogar, y hoy, ese ciclo termina.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
—Tu hijo atacó mi imperio. Y mi imperio es mi familia.
Flamerus observó a la mujer. Durante siglos había visto a los reyes humanos tratar a su pueblo como herramientas. Pero esta emperatriz hablaba de ellos como hijos.
—Mis súbditos son mis hijos —continuó ella—. Y una madre protege a sus hijos.
Flamerus cerró los ojos. Por un instante recordó a otra emperatriz del mismo imperio, siglos atrás, que había venido ante él temblando para pedir ayuda contra la emperatriz Aina III.
Recordó el día en que una niña de apenas trece años, temblando pero con la barbilla en alto, se atrevió a escalar su montaña sagrada. Era Colmena I.
Flamerus, en su juventud era un rey dragon audaz y orgulloso, él la había mirado con desdén. Su voz había retumbado como un trueno de burla:
"¿Por qué habría de manchar mis garras con las disputas de mortales, pequeña? Que tu emperatriz loca queme sus propias tierras. Mi especie no interviene en el suicidio de las especies inferiores."
Pero la niña no había retrocedido. Con lágrimas de rabia en los ojos, había gritado la verdad que nadie más se atrevía a decir:
"¡No es solo una guerra mortal! ¡Ella caza a los tuyos! ¡Arranca las almas de tus hermanos, cose su carne podrida y los obliga a servir como monturas para su ejército de muertos! ¡Tu estirpe se está convirtiendo en su abominación!"
En ese instante, la burla de Flamerus se había congelado. La palabra "abominación" había resonado en su pecho como una campana de alarma pero todavia sin creerle a la joven humana, miro a los dragones y rugiendo le respondio
"esta bien pequeña humana ire contigo, pero te dire algo pequeña humana si me estas mintiendo y en realidad quieres usar a mi especie para tus guerras humanas, yo mismo y mi linaje destruiran tu imperio endeble ,pero ahora tienes mi palabra ire contigo a detener a tu emperatriz loca
La joven emperatriz con los ojos abiertas y sollozando pero sin bajar la mirada ante el rey dragon , solo asintio y camino hacia el,mientras el rey dragon se colocaba en una posicion para que lo montara
El rey dragon abrio los ojos y observando de nuevo a esa humana enfrente a el de la misma familia ahora estaba ahi para exigir justicia por las acciones de su hijo y eso en el fondo lo hacia enojar al querer reclamar algo que por derecho casi divino los dragones lo tienen por decreto propio
El viento sopló con una violencia inusitada, levantando una nube de polvo volcánico que envolvió a ambos.
Karlyth cerró los ojos por un segundo,recordo las aldeas quemadas,recordo el miedo en los ojos de sus ciudadanos , y luego, recordo cuando uno de esos dragones ataco a la capital y como protegio a sus hijas y habia jurado que terminaria con esto para que su familia el imperio nunca tenga miedo
Cuando abrió los ojos, ya no había diplomacia en ellos. Solo una calma gélida y letal.
— Mi pueblo no es tuyo para tomarlo —dijo Karlyth, y su voz bajó una octava, cargada de una resonancia antinatural—. Y yo no me arrodillo ante nadie que no haya ganado mi respeto. Si quieres ceniza, viejo rey... te daré una tormenta.
Flamerus entrecerró los ojos. Una sonrisa cruel, llena de colmillos del tamaño de lanzas, se dibujó en su rostro.
— Entonces arderas y despues tu misero imperio lo hara contigo
Karlyth se colocó el casco lentamente, y cuando su voz volvió a escucharse, sonó metálica, privada de cualquier piedad.
—Entonces... lo lamento.
Su voz salió fría detrás del metal.
—Mi pueblo siempre estará agradecido por tu ayuda en el pasado. Pero prometí justicia a quienes perdieron a sus familias. Y una madre cumple sus promesas.
La emperatriz levantó su espada hacia el cielo. Y gritó con toda la fuerza de su imperio:
—¡POR CAREBARA!
Corrió hacia el rey dragón.
El dragón inhaló. Su pecho se infló como un horno, brillando con un blanco cegador.
Antes de que el aliento de fuego pudiera escapar, Karlyth levantó las manos.
¡CRACK!
No fue un escudo lo que se formó, sino una cizalla. Un muro de viento hipercomprimido y giratorio estalló frente a ella. Cuando el torrente de fuego blanco de Flamerus chocó contra él, no lo atravesó; se partió en dos, fluyendo a los lados de la emperatriz como un río de lava alrededor de una roca, incinerando el suelo a sus espaldas pero dejándola a ella intacta en el ojo del huracán.
Karlyth no se quedó en el suelo. Golpeó el suelo con el talón y una columna de viento ascendente la disparó hacia el cielo a una velocidad que desafiaba la gravedad.
El duelo aéreo comenzó.
Flamerus se lanzó al aire, un coloso de toneladas de músculo y fuego. Golpeó con sus garras, creando ondas de choque que partían las nubes. Pero Karlyth era un fantasma. Su Berserk, Lanzaviento, no era un viento caótico; era un bisturí atmosférico.
Mientras el dragón giraba para aplastarla, Karlyth se dejaba caer en picada, esquivando las garras por milímetros, y al pasar, lanzaba un corte de viento. Una línea de presión de aire tan densa y afilada que silbaba como un trueno.
¡ZAS!
La primera línea de sangre, dorada y humeante, brotó del cuello de Flamerus.
El dragón rugió, más por sorpresa que por dolor, y giró su cola como un látigo titánico. Karlyth usó el impacto de aire de la cola para impulsarse hacia arriba, girando sobre sí misma y desatando una ráfaga de microcortes que llovieron sobre las alas del rey, rasgando las membranas y obligándolo a aletear con más fuerza para no caer.
Era una danza de David contra Goliat, pero David tenía el control de la atmósfera. Karlyth no atacaba la armadura de escamas negras; atacaba las articulaciones, los ojos, las membranas alares. Cada movimiento suyo era económico, preciso, letal.
Pero Flamerus era un Rey Dragón.
El combate fue tan terrible que incluso los ejércitos que luchaban en la distancia dejaron de combatir.
Desde el suelo, soldados imperiales y dragones observaban el cielo con temor. Allá arriba, entre nubes desgarradas por fuego y viento, dos soberanos luchaban por el destino de imperios.
El rugido del dragón sacudía las montañas. Las ráfagas del berserk de la emperatriz hacían temblar el aire.
Fuego y viento chocaban una y otra vez, formando tormentas que iluminaban el cielo.
Pero Flamerus era antiguo. Sabio. Y feroz.
Con cada ataque, la emperatriz se acercaba más a la muerte.
Su armadura comenzó a agrietarse. Su brazo derecho colgó inútil después de que otra vez la cola del dragón la golpeara contra una roca y esta vez no la pudo evadir,la sangre cubría parte de su rostro.
Pero no se detuvo.
El dragón detuvo su persecución. Se elevó, subiendo, subiendo, hasta convertirse en una silueta negra contra el sol, muy por encima de las nubes de ceniza.
El aire a su alrededor comenzó a distorsionarse. El calor se volvió tan intenso que las nubes se evaporaron al instante. Flamerus no estaba huyendo. Estaba cargando su golpe final.
Abrió sus alas al máximo y se dejó caer.
No fue una caída. Fue una propulsión. Giró sobre su propio eje, envolviéndose en su propio aliento de fuego hasta que su cuerpo dejó de ser un dragón y se convirtió en un meteoro viviente.
Un pilar de fuego blanco y negro que descendía hacia la tierra con la fuerza de un impacto de asteroide. Frente a él, en pleno cielo, la emperatriz se mantenía en el aire, sostenida por su poder, aunque el cansancio ya pesaba sobre su cuerpo. Aun así, no retrocedió.
Cuando ambos estuvieron lo suficientemente cerca, Flamerus abrió sus fauces.
Desde el suelo, los soldados imperiales gritaron horrorizados. Durante un instante, la emperatriz
Parecía el final.
Pero Karlyth I no era la emperatriz del imperio Carebara por casualidad.
Mientras el meteoro descendía, ella no huyó. No levantó un muro. Atacó.
Cerró los ojos y canalizó cada onza de su Berserk, cada gota de su voluntad de proteger a su imperio aunque herida, el aire a su alrededor dejó de ser invisible. Se volvió blanco, denso, girando a velocidades supersónicas.
Formó una lanza de viento. No un tornado, sino un taladro de presión atmosférica pura, un vórtice de viento cortante tan concentrado que el sonido a su alrededor enmudeció, creando un vacío sónico.
Cuando el meteoro de Flamerus estuvo a solo cien metros, Karlyth se impulsó hacia arriba, directamente hacia el infierno.
Cuando ambos estuvieron lo suficientemente cerca, Flamerus abrió sus fauces.
Un océano de fuego salió de su garganta.
Las llamas envolvieron completamente a la emperatriz.
No hubo una explosión inmediata. Primero fue el sonido: un chillido agudo, insoportable, como si el cielo mismo estuviera siendo desgarrado por unas tijeras gigantes. El viento cortante de Karlyth comenzó a cincelar el fuego. Las corrientes de aire giratorias actuaban como una sierra circular, desviando el calor, cortando la capa de fuego exterior y buscando el núcleo del dragón.
Flamerus rugió dentro del infierno, intentando aplastarla con su masa, pero la presión del viento de Karlyth era un muro de fuerza bruta que lo frenaba, lo desviaba, lo hería.
La armadura de escamas de obsidiana del dragón comenzó a agrietarse bajo la presión del viento cortante. Chispas de sangre dorada salpicaron el aire, vaporizándose al instante.
Karlyth gritó, un sonido de esfuerzo puro, mientras la temperatura amenazaba con fundir su armadura. Sus manos sangraban por la presión de contener el vórtice. Pero no cedió ni un milímetro.
El viento cortó. El fuego rugió.
Y en ese punto de colisión entre la furia ancestral y la voluntad inquebrantable de una madre, el cielo se partió en dos, decidiendo el destino de dos imperios en un solo, cegador destello de luz.
Y entonces un rugido atravesó el cielo.
No fue el rugido de victoria de un dragón.
Fue un rugido lastimero. Un rugido de dolor.
Nadie vio con claridad lo que ocurrió dentro de aquel torbellino. Solo vieron el resultado.
El cielo giraba en un torbellino de nubes desgarradas y ceniza.
El rugido del viento era ensordecedor, pero no tan fuerte como el dolor que le desgarraba el pecho. La perforación que Karlyth I le había abierto con su Berserk era un abismo de carne quemada y escamas rotas. Su ala izquierda, destrozada por el taladro de viento, ya no podía sostenerlo. La gravedad, esa ley antigua que ni siquiera los dragones podían desafiar para siempre, los reclamaba a ambos caían ,el Rey de los Dragones, y la pequeña emperatriz humana.
Mientras la tierra se acercaba a una velocidad vertiginosa, la mente de Flamerus no viajó al dolor de sus huesos quebrándose, sino al pasado. A un recuerdo que había dormido en su corazón durante setecientos años.
La memoria saltó al día de la Gran Alianza contra la emperatriz de la muerte Aina III del imperio Carebara que enloquecida habia provocado la furia de todos los demas imperios que se unieron formando una alianza para detenerla. Flamerus había descendido al campo de batalla, esperando encontrar una guerra normal.
Pero lo que vio le heló la sangre, una sensación que ningún dragón de fuego debería conocer.
Entre el humo y los gritos, lo vio.
Era su propio hermano.
El majestuoso dragón que una vez surcó los cielos con él, ahora era un cascarón putrefacto. Sus escamas se caían a jirones, sus ojos brillaban con un fuego verde enfermo y antinatural, y sobre su lomo, riendo con una locura absoluta, cabalgaba la emperatriz Aina III.
El dolor que sintió Flamerus en ese momento no fue ira. Fue un luto sagrado. Era la profanación absoluta de todo lo que su especie representaba.
Recordó el rugido desgarrador que había soltado, un sonido que hizo temblar los cimientos del mundo. Recordó cómo se había lanzado no para matar a un enemigo, sino para concederle a su hermano la misericordia de una muerte verdadera. Y recordó, con asombro, cómo esa pequeña niña, Colmena I, había saltado desde su propio lomo para dar el golpe final a su propia madre, salvando al mundo de su locura.
Después de la batalla, la joven emperatriz lloró en sus garras.
Lloró porque había matado a su propia madre.
Pero también había salvado a todos.
Flamerus la había mirado y había entendido algo aquel día: que los humanos, a veces, podían ser tan nobles como los dragones.
El recuerdo desapareció.
El suelo estaba cada vez más cerca.
Flamerus abrió los ojos. A través del humo y el dolor, miró hacia abajo. Allí estaba Karlyth I, cayendo junto a él, con la armadura destrozada, sangrando, pero con una mirada fiera, protectora y llena de un amor feroz por su pueblo.
Era la misma mirada que había tenido Colmena I setecientos años atrás.
"eres como ella", pensó el dragón, con una paz repentina invadiendo su corazón agonizante. "Eres una verdadera soberana. Una que protege, no que profana."
Extendió su garra rodeando a Karlyth I para protegerla mientras su cuerpo golpeaba la tierra. El impacto levantó una nube gigantesca de polvo y esquirlas de piedra.
El estruendo de la batalla se había desvanecido, reemplazado por un silencio tan pesado que parecía aplastar los pulmones. El claro de la meseta volcánica era un paisaje de pesadilla: roca vitrificada, ceniza flotando como nieve negra y el olor penetrante a ozono, carne quemada y sangre de dragón.
En el centro de la devastación yacía el cuerpo inmenso de Flamerus. Su pecho, antes un horno de poder ancestral, estaba atravesado por una herida colossal, humeante y silenciosa.
Y junto a él, arrastrándose con un esfuerzo que desafiaba la lógica humana, estaba la Emperatriz Karlyth I.
Su armadura estaba fundida en varios puntos, adherida a una piel en carne viva. Su cabello, antes una melena imponente, era ahora un cascabel de ceniza y sangre seca. Cada respiración era un silbido agonizante, pero sus ojos, aunque inyectados en dolor, no habían perdido su brillo verde ámbar. Se aferraba a una de las escamas del rey dragón como si fuera su único ancla a la vida.
Los soldados imperiales y maestres de guerra corrieron hacia el lugar y cuando el polvo comenzó a disiparse... la vieron ,a su emperatriz,ella staba en el suelo. gravemente herida. Su armadura destrozada,su respiración débil. Pero aún viva.
Y cerca de ella... yacía el cuerpo inmenso e inmóvil del rey dragón Flamerus.
Después de aquello, aún cubierta de quemaduras y cicatrices de fuego, la emperatriz pidió algo inesperado.
—Llévenme... ante la reina dragona.
— Majestad, debe descansar, se esta desangrando... —suplicó el Capitán.
— ¡Es una orden! —grito ella con algo de dolor pero en ese destello de furia, los soldados obedecieron.
Los soldados y maestres la llevaron con cuidado hasta la presencia de la reina.
La cargaron como si fuera de cristal, avanzando lentamente a través del campo de batalla devastado, dejando un rastro de gotas carmesí sobre la piedra gris.
Cuando los soldados llegaron a lo mas profundo de la montaña,sucedio lo impensable el cielo se oscureció, pero no por nubes de tormenta. Una sombra colosal se cernió sobre el valle. Con un batir de alas que generó un vendaval capaz de derribar árboles a kilómetros de distancia, descendió la Reina Dragona.
Era una visión de majestuosidad aterradora.
Sus escamas eran de un rojo carmesí tan profundo que parecía negro, veteadas con oro líquido. Sus ojos, dos pozos de inteligencia antigua y dolor infinito, y luego, con una presión que hizo temblar la tierra, se clavaron en la pequeña figura humana que aún se negaba a morir.
Detrás de ella, cojeando y con el orgullo herido pero aún desafiante, estaba Northakal, el heredero rebelde, observando la escena con una mezcla de odio y un miedo que apenas lograba disimular ante la presencia de su madre.
Se detuvieron a diez pasos de la Reina Dragona. La presión del aura de la bestia era tan densa que a los soldados les costaba respirar, pero Karlyth hizo un gesto débil con su mano sana.
— Dejenme aquí...
Con un esfuerzo que le arrancó un grito silencioso de sus entrañas, Karlyth I se deslizó de los brazos de sus guardias. Sus piernas temblaron violentamente, pero se negó a caer. Usando su espada rota como un bastón, se obligó a sí misma a doblar las rodillas y arrodillarse frente a la Reina Dragona.
No era una postura de sumisión. Era la postura de una soberana que se presenta ante otra, de igual a igual, a pesar de estar al borde de la muerte.
La Reina Dragona bajó su enorme cabeza hasta quedar a la altura de la Emperatriz. El calor que emanaba de sus fosas nasales era como un horno, pero Karlyth no parpadeó.
La emperatriz explicó con dificultad lo ocurrido. Cómo había intentado la diplomacia. Cómo Flamerus había rechazado cualquier acuerdo. Cómo el duelo había terminado con ambos cayendo del cielo. Y la muerte del rey dragon
La reina cerró los ojos.
Ella ya sabía lo que su hijo había hecho. Cuando los emisarios habían llegado, ella y su esposo habían discutido con él sobre sus actos. Pero aun así habían decidido apoyar a su hijo.
Ahora, su esposo estaba muerto.
La reina llamó a su hijo.
Northakal, el heredero con algo de dolor en su pecho ,sintiendo rabia y tristeza grito
— ¡Madre! —gruñó, con la voz distorsionada por el dolor—. ¡Mira lo que ha hecho esta mortal! ¡Ha matado al Rey! ¡ A matado a mi padre a tu esposo! ¡Debemos reducir su imperio a cenizas! ¡Debemos...!
La Reina Dragona no rugió. Su silencio fue mucho más aterrador.
Con un movimiento tan rápido que el ojo humano apenas pudo seguirlo, la Reina se abalanzó sobre su propio hijo. No con la furia de una bestia, sino con la frialdad absoluta de un juez divino. Su garra delantera, del tamaño de un galeón, se cerró alrededor del cuello de Northakal, clavándolo contra el suelo con una fuerza que hizo crujir la roca madre.
— Silencio —la voz de la Reina no salió de su garganta, sino que resonó directamente en las mentes de todos los presentes, un trueno de decepción y furia contenida—. Has traído la deshonra sobre nuestra estirpe. Confundiste la crueldad con la fuerza, y la arrogancia con el poder.
— ¡Ella es un insecto! —chilló Northakal, debatiéndose inútilmente bajo la garra de su madre—. ¡Un insecto que mató a mi padre a tú esposo!
— Tu padre murió porque eligió protegerte a ti —replicó la Reina, y en sus ojos dorados brilló un dolor tan antiguo que hizo que Karlyth contuviera la respiración—. Y tú, por tu ambición ciega, decidiste actuar como si no hubiera consecuencias por tus acciones y al final has convertido su muerte en un sacrificio y en una mancha sobre nuestro especie.
La Reina alzó su otra garra. Sus uñas, afiladas como espadas de obsidiana, brillaron con un calor blanco.
— Un dragón que no sabe proteger, no merece volar.
Con un golpe seco, brutal y definitivo, la Reina Dragona atravesó la base de las alas de Northakal. El joven dragón soltó un alarido que desgarró el cielo, un sonido de agonía pura y humillación, mientras la sangre dorada salpicaba la tierra.
La Reina no lo mató; le arrebató su orgullo, su cielo y su capacidad de volver a alzar el vuelo, dejándolo como un reptil terrestre, condenado a arrastrarse por la tierra que tanto despreció.
— Vivirás —sentenció la Reina, soltando su cuello y retrocediendo—. Y cada día que arrastres tu cuerpo por el polvo, recordarás el precio de la deshonra.
Northakal gimió, incapaz de hablar, derrotado no por una humana, sino por la justicia de su propia sangre.
Luego, la reina se inclinó hacia la emperatriz herida.
—Entiendo por qué lo hiciste —dijo con voz grave—. Y me sorprende que una humana haya logrado lo imposible. Sé que esto no devolverá a mi esposo... pero ¿te satisface el castigo que he dado?
La emperatriz asintió con dificultad.
La reina guardó silencio un momento.
—¿Deseas algo como compensación por lo que comenzó mi hijo?
La emperatriz respiró con dificultad. Sus quemaduras le ardían como si el fuego de Flamerus aún la estuviera consumiendo desde dentro.
—Solo... deseo usar los restos ...del rey dragón.
La reina sintió un instante de ira. Sus ojos brillaron con furia contenida.
Pero la emperatriz continuó hablando.
—No busco insultar su memoria... quiero que mi pueblo ....lo recuerde como el héroe que fue hace setecientos años. Él salvó el mundo ....junto a una de mis ancestras. En mi imperio siempre .....se contaron historias sobre él. Hay poemas, estatuas... incluso escuelas con su nombre. Muchos niños llevan su nombre en honor a él.
La Reina Dragona se quedó completamente inmóvil. Por primera vez en milenios, algo en su expresión ancestral cambió. La furia se disipó, reemplazada por un asombro solemne. Los mortales siempre pedían clemencia, riquezas o poder. Nunca, en la larga historia de su especie, un humano había pedido honrar la memoria de un Rey Dragón de esa manera.Las lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de la reina.
—Quiero que mis soldados vistan sus escamas —continuó Karlyth, con voz débil pero firme—. Que las armas que protejan a mi pueblo lleven la fuerza del gran rey dragón. Así vivirá para siempre, no como un enemigo... sino como un guardián de acero y fuego.
La reina cerró los ojos. Una lágrima de lava rodó por su mejilla escamada.
—Acepto.
Entonces la emperatriz pidió una última cosa.
—Y también... permíteme cazar a los dragones que huyeron de esta guerra. Aquellos que no siguieron al rey dragón, que atacaron por su cuenta... también deben enfrentar justicia.
La reina asintió.
—Lo permito.
Y entonces, la adrenalina que la había sostenido se desvaneció de golpe.
El mundo se inclinó. El dolor en su costado y en su cuerpo se convirtió en un fuego cegador. La espada se le escapó de los dedos y Karlyth I, la Emperatriz Lanzaviento, , se desplomó hacia adelante.
Lo último que vio fue la oscuridad que la reclamaba
Los maestres y soldados imperiales se alarmaron. El pulso de la emperatriz era débil. Sus quemaduras eran profundas. Las llamas de un rey dragón no sanaban con hierbas ni plegarias.
Pero entonces, la reina dragona hizo algo inesperado.
Tomó forma humana —aún con sus alas visibles, brillando como obsidiana pulida— y se acercó a los maestres. Se cortó un dedo con su propia garra y dejó caer su sangre en un pequeño vial de cristal.
—Denle esto —dijo—. Un poco cada día, mezclado con agua, hasta que sane. Las llamas de dragón dejan cicatrices terribles. Puede que su cuerpo quede marcado para siempre... pero sobrevivirá.
Miró a la emperatriz dormida.
—Un imperio no debe perder a una monarca que ve a su pueblo como familia.
Los soldados y maestres, con lágrimas en los ojos, inclinaron la cabeza.
Y así terminó la guerra entre el Imperio Carebera y la casa de Flamerus.
La emperatriz Karlyth I sobrevivió.
Pero las llamas de Flamerus la marcaron para siempre. Su rostro, sus brazos, parte de su pecho: todo llevaba las cicatrices brillantes de aquel duelo en el cielo. Los cronistas dirían más tarde que "parecía llevar la aurora grabada en la piel".
Nunca volvió a usar armadura completa. El roce del metal contra sus quemaduras era insoportable. En su lugar, vistió túnicas de seda negra con los bordados dorados del imperio.
Pero su voluntad no se quebró.
Tal como había pedido, las escamas de Flamerus fueron repartidas entre los mejores soldados del imperio. Los herreros imperiales trabajaron durante años forjando armaduras resistentes al fuego, escudos que podían soportar el aliento de dragones menores, y lanzas cuya punta brillaba con un tono rojizo imposible de ignorar.
Los Cazadores de Dragones —una orden creada durante el reinado de Maxxa II hija de la emperatriz Karlyth I — recibieron las mejores piezas. Y cada vez que un soldado vestía una escama de Flamerus, se decía en voz baja:
"Que el rey dragón nos proteja desde el fuego que un día nos quiso consumir."
Karlyth I gobernó durante sesenta años más.
Nunca volvió a cabalgar sola hacia un dragón. Pero tampoco volvió a temerles.
Cuando los cronistas le preguntaron cómo había logrado herir a Flamerus en aquel duelo final, ella solo sonreía con tristeza y mostraba sus manos quemadas.
—respondía—. Lo hice con mi cuerpo. Cuando el fuego me envolvió, dejé que me quemara. Y en ese instante... mientras él creía que ya había ganado... atravesé sus escamas con mi propia mano. Con el último resto de mi Berserk, lancé un taladro de viento directamente en su corazón.
Ella hizo una pausa como recordando ese momento ,mientras observaba sus manos con las quemaduras del rey dragon , el precio que tuvo que tomar por salvar a su imperio, a su gente , a su familia
—Un rey dragón no espera que una humana prefiera morir quemada antes que rendirse.
Los cronistas anotaban en silencio.
—Esa fue mi ventaja —concluía ella—. No el poder. Sino el amor por los míos.
Y así, la emperatriz que desafió al cielo pasó a la historia no solo como la Matadragones, sino como la gobernante que enseñó al mundo que incluso el fuego ancestral puede ser vencido por una madre que protege a sus hijos.
Esta crónica fue escrita en los anales imperiales por orden de la propia Karlyth I, cinco años antes de su muerte, para que nunca se olvidara que:
"El viento no siempre gana contra el fuego.
Pero el amor de una madre...es ese viento que nunca se apaga."
El eco de la lanza de viento de Karlyth aún parecía vibrar en las paredes de la biblioteca, mezclándose con el crepitar de la chimenea. El abuelo cerró el pesado tomo con un golpe seco, un sonido que marcó el fin de la leyenda y el regreso al presente.
Las niñas permanecían inmóviles, con los ojos tan abiertos que parecían querer retener cada detalle de lo que acababan de escuchar. Lira, con las mejillas encendidas por la emoción, miró sus propias manos, preguntándose si ella también podría convocar una ráfaga de viento. Alice y las demás, absortas, soltaron un suspiro largo y tembloroso, como si acabaran de despertar de un sueño de siglos.
Pero no habían estado solas.
Un sutil crujido en la madera del suelo hizo que todas giraran la cabeza. En el umbral de la biblioteca, apoyadas contra el marco de la puerta, estaban sus respectivas madres, Elara ,Caelithra, Thelaria II,Maereth, Serethis,Vaerene y Narethis y tambien estaban las primas y sus hermanas mayores, Anastacia,Raven,Explora IV,Anabelle,Maxxa III,Mercy II,Lilith,Mimi ,Maika IV y Vira. Sus rostros reflejaban una mezcla de asombro y una profunda ternura que les nublaba la vista; todas tenían las mejillas húmedas por las lágrimas. Escuchar la historia de su propia estirpe, contada con tanta épica y amor, había tocado una fibra que no esperaban.
Vira, tratando de disimular la emoción con una sonrisa traviesa, se puso de pie y se ajustó la túnica con un movimiento rápido.
—¡Bueno! —anunció con un tono juguetón que rompió el hechizo solemne—. Creo que ya han escuchado suficiente historia por hoy. ¡Ahora es momento de que la leyenda se vuelva real!
Las niñas la miraron, confundidas, hasta que Vira arqueó la espalda, extendió sus brazos como si fueran alas inmensas y lanzó un rugido teatral, aunque cálido.
—¡Yo soy el gran Flamerus, el rey de los cielos! —exclamó Vira mientras comenzaba a perseguir a las pequeñas—. ¡Y he venido a buscar a las pequeñas guerreras de Carebara!
El pánico divertido estalló de inmediato. Lira, Ysera,Ana y Alice soltaron gritos de risa pura y salieron disparadas hacia el pasillo, sus pies descalzos golpeando el suelo de madera con un ritmo frenético. Las primas mayores, Anastacia, Mirage y Sorrow, reaccionaron al instante, lanzándose tras ellas para "salvarlas" del dragón,las otras primas mayores se unieron tambien , transformando la biblioteca en un escenario de persecuciones y carcajadas infantiles.
El abuelo, al ver el caos alegre que había provocado, soltó una carcajada profunda y cansada. Con manos temblorosas pero firmes, terminó de cerrar el libro, acariciando la portada de cuero desgastado con cariño.
—Esa es la verdadera magia de nuestra sangre —murmuró para sí mismo.
Thelaria II, Caelithra,Maereth,Vaerene, Narethis,Serethis y Elara se acercaron lentamente a su padre. Se arrodillaron algunas a su lado, otras se colocaron detras de él, apoyando la cabeza en el hombro del anciano, aún con los ojos brillantes por la historia.
Al fondo del pasillo, el eco de los gritos felices de las niñas y el retumbar de los pies de las primas mayores se perdía en la inmensidad del palacio. La historia de la Lanzaviento Matadragones ya no era solo un relato de libros; era una semilla sembrada en el corazón de las herederas de Carebara, quienes, entre risas y juegos, ya comenzaban a forjar su propio destino.