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Capítulo 9. Una sesión de placeres

La copa divina · por msolfere · 15 de agosto de 2026

Durante todo el trayecto mantuvimos el silencio. Sentía que algo andaba mal, ya que no esperaba que nos convocara a los tres para una reunión. El príncipe Ricardo lucía extrañamente serio, como si de pronto tuviera miedo de algo.

Cuando llegamos al palacio, unos guardias nos franquearon y nos condujeron a lo largo de un pasillo. El príncipe Ricardo siguió manteniéndose serio, pero pronto su expresión cambió a la de sorpresa y comentó:

      No nos están llevando al trono.

Tal como nos dijo, los guardias nos condujeron hacia un jardín, en donde colocaron una mesa rectangular repleta de comida y bebida. La princesa y algunas doncellas se encontraban ahí, esperándonos y luciendo realmente emocionadas al vernos.

      ¡Bienvenidos, oh nobles guerreros! – nos saludó la princesa, mientras daba una reverencia – creí que nunca más regresarían de su viaje y me entristeció que salieran con mucha prisa, sin siquiera poder disfrutar de su grandiosa victoria en el torneo pasado. Pero ahora que regresaron, he decidido agasajarlos por haber sobrevivido a toda clase de peligros. Sé que han pasado por mucho y, por eso, deseo invitarlos a este banquete para que se lleven un lindo recuerdo de mi ciudad.

Noté que Ricardo, repentinamente, aligeró su expresión. Luego, con una sonrisa amable, le respondió:

      Me alegra saber que al fin soy tratado como se merece. En ese caso, acepto la invitación.

Luego, se giró hacia nosotros y, con una amplia sonrisa, nos dijo:

      Coman y beban todo lo que quieran. Celebremos que hayamos culminado el viaje con éxito y al fin podamos regresar cada uno a nuestras casas.

Morgan y yo nos acercamos a tomar unos bocados. Al principio lo hicimos tímidamente, pero luego entramos en confianza y comenzamos a comer.

Las doncellas se acercaban cada tanto a nosotros para servirnos vino. Muchas de ellas rodearon a Morgan para admirar sus músculos y llenarlo de elogios. Éste comenzó a sonrojarse, por lo que presentí que se embriagó y quedó a merced de sus admiradoras.

Por mi parte, siempre fui bastante tolerante al alcohol. No importara cuánto bebiera, nunca me emborrachaba fácilmente. Y fue por eso que, mientras bebía mi vino, percibí que el príncipe y la princesa procedieron a abandonar el banquete.

“Algo no anda bien”, pensé, mientras los veía retirarse. “Bueno, el jefe no podrá ayudarme esta vez, tengo que averiguar qué está pasando por mi cuenta propia”.

Así es que dispuse a seguirlos, cuando dos de las doncellas se me acercaron, mostrándose muy melosas conmigo:

      ¿No quieres que te haga un masaje, guapo? ¡Luces bastante tenso!

      ¡Soy tu más grande admiradora desde el combate! ¿Ya te recuperaste de tus heridas? ¿No quieres que te sirva más vino?

Si bien me pareció bastante tentador compartir momentos de caridad con esas bellas damas, mi instinto de supervivencia señalaba que no debía bajar la guarda. Era cierto que sobrevivimos a un largo viaje, pero se supone que habíamos regresado con las manos vacías. Lo entendería si, durante el camino, logramos salvar a una persona importante o defendimos la ciudad de alguna catástrofe o realizamos otras hazañas heroicas. El banquete de agasajo no tenía ni pies ni cabezas, debía llegar al meollo del asunto.

Fue así que me dirigí a las doncellas y les dije:

      Lo siento, señoritas, pero debo ir al baño y no quiero que haya problemas.

      ¡Oh! ¡Entiendo! – dijo una de las doncellas – en ese caso, puede ir por el pasillo al fondo a la derecha.

      Gracias, señorita.

Me dirigí hacia esa dirección, pero en lugar de entrar al baño fui a otro pasillo más cercano, donde creí haber visto al príncipe con la princesa. Cada tanto me ocultaba entre las sombras de las esculturas o armaduras de utilería para evitar que algún guardia o criado me pillara espiando. En algo debía agradecer haber sido criado por el clan “Sombra”, o de lo contrario habría sido descubierto desde hacia rato.

Así fue que vi al príncipe Ricardo, ingresando por una puerta fuertemente custodiada por un par de guardias. No podía simplemente ir ahí a escuchar, por lo que supuse que no quedaba de otra que darme por vencido. De pronto, vi que una de las doncellas se acercó a los guardianes y, con un tono desesperado en su voz, les dijo:

      ¡Ayuda! ¡El caballero Froilán irrumpió en el banquete y está intimidando a nuestro invitado de honor!

      Su alteza está en una reunión importante ahora – dijo uno de los guardias – pero iremos a detener a ese caballero. A ver si al fin la princesa nos autoriza a darle una lección por mal comportamiento.

Los guardias siguieron a la doncella para intervenir en el pleito. Tuve deseos de seguirlos para apoyar a mi amigo, pero sabía que al final él se volvería a molestar, por lo que decidí al fin permanecer al margen y seguir con lo mío.

Armándome de valor, me acerqué a la puerta y apoyé mi oreja sobre la madera, de forma tal a poder escuchar la conversación del interior.

      ¿Entonces quiere decir que todo fue mentira? – escuché que preguntaba la princesa Mara, con un tono de decepción - ¿No existe la copa divina?

      Así es, alteza – le respondió el príncipe Ricardo – resulta que era una simple leyenda, otra más del montón para engañar a viajeros incautos en busca de reliquias mágicas.

      Pero… ¿y el templo? ¿Existe esa construcción?

      Sí, de haber templo lo había, pero pongo la mano al fuego si le digo que, para estas alturas, ya estará reducido a cenizas por culpa del volcán. Puede mandar a sus exploradores en esa zona, si quiere, para comprobar mis palabras.

      ¡Qué lástima! Albergaba la esperanza de que me trajeras la copa para hacer una demostración en vivo, tal como me lo habías prometido en nuestra última reunión.

Mientras los escuchaba, un guardia que patrullaba los pasillos, me señaló y me preguntó:

      ¿Qué haces aquí?

Entré en pánico, pero debía responder rápido si no quería sufrir represalias.

      ¡Me perdí! Estaba buscando el baño, pero…

      ¡Mientes! – bramó el guardia, apuntándome con su lanza - ¡Te vi fisgoneando en la oficina de la princesa! Ahora mismo dime qué pretendes o, de lo contrario, vas a…

No tenía remedio. De alguna manera debía liberarme del castigo y más si quería rehabilitar mi vida. Fue por eso que, para sostener mi palabra, procedí a soltar aquello que llevaba dentro y se había formado por beber tanto vino.

Sentí que mis pantalones se humedecieron y, por mis pies, se formó un enorme charco de líquido amarillento, lo cual le repugnó al guardia.

      ¡Ugh! ¡El baño está allá, idiota! – me señaló hacia una dirección a mis espaldas - ¡Ahora piérdete de mi vista o te castro por asqueroso!

Con la cara roja de la vergüenza, corrí directo hacia esa dirección.

…………………………………………………………………………………………………………………………………………………

Cuando regresé al patio, vi que la doncella no mentía al decir que el caballero Froilán había estado intimidando a Morgan. Y tal parece que hubo pelea de por medio, porque la mesa estaba volcada y todo se encontraba en completo desorden.

El noblecito matón estaba siendo llevado por los guardias a las celdas, mientras que Morgan dejaba que una de las doncellas le vendara la mano, el cual llevaba un enorme corte. Me acerqué y, a modo de broma, le dije:

      Vaya, jefe, apenas desaparezco y ya te metes en problemas.

      ¡Mira quién habla! – me dijo, levantando una ceja – Fue una suerte que me atacara a mí y no a ti. Por cierto… - dirigió su mirada hacia mis pantalones mojados - ¿Acaso no llegaste a tiempo?

      Este… es una larga historia – comenté, esta vez con ganas de que me tragara la tierra – en realidad hice un terrible descubrimiento y no quiero decírtelo aquí, delante de la gente del palacio. ¿Qué tal si nos retiramos y regresamos con Ami?

Debido a que el banquete se arruinó por el caballero Froilán, al final nos dejaron marcharnos. Sabía que Ricardo estaría bien, pero temía que hablara de más y revelara a la princesa sobre el agua milagrosa que cargábamos en las cantimploras.

Mientras íbamos caminando, procedí a comentarle a Morgan lo que conseguí escuchar. Este pareció muy pensativo por mis palabras, pero luego me dijo en voz baja, de forma tal que ningún posible espía de la princesa nos escuchara:

      No tienes por qué preocuparte. El príncipe Ricardo sabe lo que hace y más si la vida de su madre está en juego. Ya sabes, en la realeza tienen sus modos de solucionar las cosas, no lo comprenderíamos.

Apenas entramos al local, nos encontramos con una Ami muy molesta, lo cual me pareció bastante inusual dado a su gentil personalidad. Ella se acercó y, agitando las manos, nos explicó:

      ¡Los soldados me confiscaron todas las copas que tenía a disposición! ¡No sé qué tienen con las copas que se llevaron incluso las que eran de mis posesiones personales! Pero eso no es peor, sino que también revisaron sus equipajes con la excusa de que podrían estar traficando con drogas. ¡En verdad lo siento, chicos! ¡No pude detenerlos!

      Lo que temía – dijo Morgan, presionando los puños – la princesa nos tendió una trampa para que bajáramos la guardia. Lo lamento, Ami, por nuestra culpa arruinaron tu negocio.

      Qué se le va a hacer – dijo Ami, calmándose al fin – solo espero que me devuelvan las copas, no tienen nada de extraordinario más que el material y el diseño de cada uno.

      ¿Y se llevaron algo más? – le pregunté.

      No, hasta donde pude ver – respondió Ami – pero les sugiero que revisen sus cosas, me preocupa que se hayan llevado algo de valor y que sea de mis huéspedes.

Morgan y yo fuimos a revisar nuestro equipaje para comprobar que las cantimploras seguían en su sitio. Ninguna fue manipulada, así es que ni siquiera atinaron a mirar su contenido. De igual forma, debía comprobar que no hayan intercambiado el agua milagrosa por una normal.

Tomé mi cantimplora, me acerqué a Morgan y le dije:

      Extiende tu mano herida.

      No voy a usar el agua milagrosa para curar rasguños – dijo Morgan.

      Solo hazlo. Quiero comprobar algo.

Ante mi insistencia, Morgan extendió su mano y procedí a salpicarle con unas gotas. Al ver que la herida se cerró, respiré aliviado y dije:

      Seguimos portando el líquido milagroso. Por lo visto la princesa solo buscaba la copa.

Morgan comenzó a reír y, pronto, yo también me uní a sus risas. Aun manteníamos el secreto a salvo y estábamos seguros de que, pasara lo que pasara, nos lo llevaríamos a la tumba para que ninguna persona malintencionada se apoderara del agua milagrosa de la vida.

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