— Yo… la maté… no quería…
— Solo intentabas defenderte. Si no lo hacías, ella habría acabado contigo.
Morgan abrazó al príncipe Ricardo y le dio unas cuantas palmadas en la espalda, a modo de tranquilizarlo. Yo miré por el borde del abismo, en donde había caído Jully hacia unos instantes. No quedó rastro de ella, su cuerpo fue devorado por la lava por completo.
Vi que Zack logró liberarse de una de mis dagas, arrancándose la otra y tratando de ponerse de pie, con esfuerzo. Al verme, me gritó:
— ¡Me vengaré! ¡Les haré pagar por lo que le hicieron a Jully!
Conociéndolo, sabía que siempre cumplía con sus palabras y sería capaz de todo aunque le cortáramos todas las extremidades. Así es que me acerqué a mis compañeros y les dije:
— Será mejor que sigamos. El templo no debe quedar tan lejos.
Ricardo respiró hondo y se puso de pie, mientras decía:
— Tienes razón. Lo pasado pisado. Es hora de continuar.
Me dispuse a ponerme delante, cuando Morgan se me acercó y me habló al oído:
— ¿Por qué no lo ayudaste? Él no sabe defenderse, yo sí.
— No te mientas a ti mismo, jefe – le respondí – estabas más a mi alcance y… también… me has cuidado todo este tiempo. Si no fuera por ti, seguiría postrado en la cama. No podía dejar que ese sujeto te matara.
Morgan pareció sorprendido por mis palabras. Pero, luego, retornó a su semblante serio y, dándome la espalda, me dijo:
— Entonces ya no seré más amable contigo. Si después de esto el príncipe decide tomarte como su prisionero, no cuentes con que vaya a rescatarte.
Respiré hondo. Sabía que Morgan no estaba acostumbrado a depender de otros, pero no esperaba que se enojara tanto. Pero en lugar de volver a hablar del tema, me propuse a guiarlos en silencio. El suelo comenzó a temblar ligeramente y ya se podía escuchar el sonido del volcán, debíamos ser rápidos si queríamos sobrevivir a esa.
Tras andar por unos cuantos minutos, vimos que se nos acercaba una misteriosa mujer de estatura baja. Tenía los cabellos negros y sueltos, vestía una túnica blanca sin adornos ni encajes y parecía andar descalza. Ella nos miró asombrada, como si no pudiera creer que existieran otras personas en ese lugar, aparte de ella. Morgan se le acercó, pero ella retrocedió unos pasos.
— Espera – le dijo Morgan, extendiendo su mano hacia ella – no te haremos daño. Solo queremos saber dónde se encuentra el templo “Terra”.
— Queremos la copa divina que se encuentra dentro del templo – le explicó Ricardo – sé que está por aquí cerca, lo necesito con urgencia.
Los ojos de la joven se abrieron de par en par, pero siguió callada. Luego, dio media vuelta y procedió a alejarse de nosotros, lentamente.
— ¡Espera! – le dijo Ricardo.
— Creo que quiere que la sigamos – comenté – hagamos eso.
Los tres la seguimos y transitamos por un sendero formado por un muro de rocas, cuya altura sobrepasaba por tres cabezas a la estatura de Morgan. El humo y las cenizas del volcán comenzaron a disiparse lentamente, hasta desaparecer por completo. El aire se volvió limpio y hasta me pareció ver alguna que otra enredadera subiendo por las rocas.
— ¡Guau! – exclamó Ricardo - ¡Creí que aquí no había vegetación!
— Quizás sea la magia de la copa divina – comentó Morgan – si puede curar enfermedades, también podrá brindar vida.
La vegetación pronto abundó y las rocas lucieron cada vez más verdes por las enredaderas. De pronto, vimos que el camino terminaba en un enorme círculo, en donde había una hermosa laguna de aguas cristalinas y transparentes, tanto que era posible ver el fondo. En el centro mismo había un pequeño islote, en donde estaba construido un edificio de arcos puntiagudos y con esculturas de ángeles a su alrededor.
La mujer se detuvo, nos miró y se presentó:
— Soy la sacerdotisa María y me encargo de cuidar este templo desde hace mucho tiempo. También tengo el rol de otorgarle la copa divina a aquel que es digno. Por favor, preséntense y díganme el porqué quieren obtenerla.
— ¡Es un honor conocerla, sacerdotisa María! – le dijo Ricardo, saludándola con una reverencia – soy el príncipe Ricardo, hijo del rey Sol y la reina Luna del reino Estrella. Vine aquí a buscar la copa divina porque mi madre está gravemente enferma y quiero curarla. Ningún médico, curandero o hechicero pudo encontrarle solución a su enfermedad, por lo que esta es mi última esperanza. He pasado por muchos obstáculos a lo largo del camino y todos los he superado, así es que considero que soy digno de obtener tan preciada reliquia.
La sacerdotisa lo miró atentamente. Luego, giró la cabeza hacia el resto y nos preguntó:
— Faltan ustedes dos.
— Ellos solo me están acompañando – respondió Ricardo – el único que quiere la copa soy yo.
— Que ellos lo digan con sus propias palabras, alteza – le respondió la sacerdotisa María, usando un tono ligeramente severo en su voz.
Ricardo guardó silencio, mostrándose un poco ofendido por el trato que le dio la joven. Sin embargo, no dijo nada y dejó que nosotros habláramos.
— El príncipe tiene razón – dijo Morgan – yo solo vine aquí para protegerlo, ya que me prometió que ayudaría a un pueblo que me acogió cuando más lo necesitaba. Lo único que quiero es vivir una vida tranquila, sin nada que me altere.
— ¿Y cuál es tu nombre? – le preguntó la sacerdotisa.
— Soy Morgan, un humilde leñador.
La sacerdotisa asumió con la cabeza y reveló una pequeña sonrisa, como si le agradara esa persona. Luego, me dirigió la mirada y me dijo:
— Faltas tú.
— Me llamo Jason – me presenté – hago toda clase de encargos o lo que venga. Estos dos me tomaron como guía porque soy el único que conoce bien la ubicación del templo y acepté ayudarlos, a cambio de comida.
— ¿Eres del clan “Sombra”? ¿Verdad? Solo ellos conocen la ubicación, aunque nunca se animaron a pasar más allá del río de lava.
— Lo era – admití, sintiendo un agujero en mi corazón – pero me desterraron y solo busco iniciar una nueva vida.
— Entiendo – dijo la sacerdotisa, sin darle mayor importancia a mi oscuro origen y dirigiendo su mirada a los tres – ahora que conozco sus razones para venir hasta aquí, debo darles algunas advertencias: la copa divina está dentro del templo, pero si quieren obtenerla, deberán aceptar renunciar a lo que más aprecian en el fondo de su corazón. Si están dispuestos a dejar de lado su egoísmo y ayudar a los demás de forma desinteresada, entonces rellenen la copa con el agua de esta laguna – se inclinó para tocar el líquido con un dedo, provocando unas ligeras ondas que alteró su pasividad – y bebérsela. Si tienen una fuerte convicción, el agua no les dañará. Pero si son débiles de espíritu, el agua los envenenará y morirán. Si pasan la prueba, podrán llevarse la copa para curar enfermedades complicadas o heridas fatales de otras personas, pero nunca usarlas para sí mismos porque surgirá el efecto contrario. Teniendo en cuenta esto, ¿siguen queriendo obtenerla?
— ¡Definitivamente! – dijo el príncipe Ricardo, con voz firme - ¡No hay nada más valioso en este mundo que la vida de mi madre! ¿Qué importa si pierdo mis riquezas o mi derecho al trono? ¡Estoy dispuesto a todo para salvarla!
— Entonces sígueme, alteza. El resto, aguarde su turno.
La sacerdotisa María guio al príncipe hasta un puente que conectaba la orilla con el islote. Morgan y yo decidimos quedarnos esta vez, ya que ninguno de los dos estaba realmente interesado en la copa divina y tampoco había mucho que hacer.
Apenas el príncipe y la sacerdotisa entraron al templo, escuchamos una conocida voz a nuestras espaldas, diciéndonos:
— Ahora me las van a pagar.
Los dos nos giramos y esquivamos unos dardos venenosos que nos arrojó Zack en dirección nuestra. El joven llevaba las manos vendadas y logró atarse unos palos en sus piernas, para mantenerse de pie pese a las heridas provocadas por mis dagas. Por algún motivo, sentí lástima por él y le dije:
— Ya basta, Zack. Estás muy malherido. Necesitas atención médica.
— ¡La tendré cuando obtenga la copa divina! – dijo Zack, siguiéndome lanzando dardos.
Logré esquivarlos, mientras que Morgan procedió a acercarse a él con su machete. Zack lo esquivó y le arrojó una piedra directo a su cara, haciéndole sangrar. El leñador se levantó rápidamente y, mientras se limpiaba la sangre con el dorso de su mano, le preguntó:
— ¿Por qué no te das por vencido? Ya el príncipe está dentro del templo, superará el desafío dado por la sacerdotisa y se llevará la copa. Hemos ganado.
— Tú no sabes lo valiosa que es esa copa para nuestro clan, ignorante – le dijo Zack, con ira – con esa maravillosa reliquia, el patriarca alcanzará la eternidad y nosotros obtendremos honor y gloria. ¡El mundo estará a nuestros pies y todos nos rendirán pleitesía por tener el secreto de la longevidad!
— Te equivocas – le dije, recordando las palabras de la sacerdotisa – para obtener la copa, debes sacrificar algo tuyo o se volverá contra ti. La copa divina no otorga la vida eterna, solo cura enfermedades y heridas graves.
— ¡Es mentira! – gritó Zack - ¡Estás intentando manipularme! ¿Qué sabrá un maldito desterrado y cobarde como tú? ¡No mereces siquiera respirar nuestro aire, gusano!
— ¡No le digas así! – le dijo Morgan, respaldándome - ¡Jason es el hombre más valiente y noble que he conocido! Cometió errores, pero logró redimirse y está dispuesto a tomar su propio camino, lejos de ese nefasto clan que le arruinó la vida.
— ¡Cállate!
Zack le lanzó el último dardo que le quedaba, parando directo en el brazo de Morgan. Como no acertó a un punto vital, el veneno tardaría en hacerle efecto y Zack no estaba dispuesto a esperar. Así es que tomó un cuchillo para darle una muerte rápida.
Sin dudarlo, me interpuse entre ellos y fue ahí que el filo del arma atravesó mi estómago, dejándome fuera de combate.